Panamá, Año VII, No. 170
3 al 17 de febrero de 2008

SUMARIO

Nacional
Editorial
    Martín subsidia a la mafia empresarial transportista
  Miguel Antonio Bernal
    El caso Portugal y la impunidad
  Elías Solís González
    El caso Portugal y la Corte Interamericana
  Mario A. Rodríguez Stanziola
    La CSS tenía lo necesario
  Xavier Sáez- LLorens
    En salud, el conocimiento
  Ricardo Stevens
    Nuestro pueblo marcha...
  Paco Gómez Nadal
    Carnaval púrpura
  Marco Gandásegui hijo
    La ciudad bajo el libre mercado
  Susana A. Serracín Lezcano
    Por el derecho a la vida
  Luis Espósito Picardi
    Nefasta mancuerna petrolera
Internacional
  Antonio Morales Riveira
    Entrevista a Laura Restrepo
  David Brooks
    Candidatos demócratas sin decisión en el super martes
  Decio Machado
    Uribe, 'Uno de los nuestros'
  Guillermo Almeyra
    Bolivia: la mano y el codo
Pensamiento Critico
  Dennis Rodgers
    Pandillas y maras: protagonistas y chivos expiatorios
  Daniel Bensaid
    La humanidad, más allá del capital
  AlfonsoJ. Palacios Echeverria
    Bush: despedida adelantada

Boletín BUSCANDO CAMINO



RICARDO STEVENS

NUESTRO PUEBLO MARCHA COMO NUNCA ANTES...

Regreso de un asueto, merecido o no, poco importa, ya me lo tomé, gracias, luego del cual espero haber relajado la sesera lo suficiente como para no incurrir en leseras que revelen mi ingenua naturaleza.

Durante ese tiempo, aun cuando no escribí de política, ensayé otros aspectos más divertidos de la vida, no dejé de mirar y, más, observar, que es útil para poder decir «No me echen cuento, que esto lo vi», preguntar y escuchar, actividades que permiten aprender, «¡Ah! Ya entiendo, creo».

Escuché: «Ojalá el 2008 sea bueno, por lo menos igual al 2007». La voz antes había suspirado ante lo cara que está la vida, «Esos precios no se aguantan», pero bien probable, en su mente, reconoció que hubo peores años.

A pregunta que hice, otra respondió: «En el 2007 me fue bien». Esta voz era la de una mujer joven, complacida de sí misma, ansiosa por trabajar y honesta en sus apreciaciones; así que le creí y celebré su contentura.

Sin embargo, conociéndolas, como las conozco, sé que toman de la vida lo que se les permite, a pesar de que, sin profundizar, saben, ambas, que merecen una mejor suerte. Una de ellas -el cuento de una es el de la otra y de cientos de otras, seguramente miles- enganchó más frecuentemente: luego de los carnavales pasados, la llamaron para desempacar y reempacar carteras; eso lo hizo, junto a otras compañeras, por casi dos meses, con la última bolsa terminó el empleo. Antes de las dos semanas de cesantía, la volvieron a ocupar, la segunda vez en una empresa que requería quitar etiquetas a unas ropas y reemplazarlas por otras; eso duró trece días. Y, por ese estilo, fue llamada, en el año 2007, un total de ocho veces; en algunas ocasiones para limpiar alguna mercancía por uno o dos días, hasta la próxima oportunidad. Esta realización, comparada con el año anterior, fue mucho mejor, porque antes solamente la llamaron dos veces, por tres semanas y una semana.

Sí obtuvieron, ambas, más ingresos y más regularmente durante el 2007, y eso era suficiente para sus alegrías, su satisfacción de poder atender algunas de sus necesidades y las de sus hijos; no obstante, nunca se las registró en la seguridad social, con lo que, de enfermar, no solamente no tendrían cobertura de salud, sino que no las volverían a llamar. Nunca se les extendió, como no se hizo con las decenas de otras trabajadoras, pases para ingresar por la calle del medio a la zona franca donde estaban los puestos de trabajo, con lo que todas tenían que hacerles, cada vez, caritas a los guardias de seguridad para que las dejaran colarse. Por eso es que las prefieren jovencísimas, para que aguanten.

Y, obvio, el que las llamen depende la de única y caprichosa voluntad del empleador, quien tiene a la mano una larga lista de decenas de jóvenes mujeres dispuestas casi que a cualquier ignominia por una pega, por temporal que resulte.

No mencioné, ahora lo hago, que una de las dos tiene un tercer año de universidad.

El gozo de ellas, y el que pudiera tener la que pinta uñas en una esquina cualquiera de Jutson Lane, o el que vende regularmente lo que sea bajo un semáforo, o el biencuidao habituado, es el regocijo del condenado a muerte a quien le han conmutado la sentencia a cadena perpetua: ¡Claro!, no lo van a matar, no, pero tampoco lo van a dejar vivir...

La situación social es tan grave, el régimen nos ha llevado a tales honduras de desesperación, de desempleo real, de inseguridad, de vicios, de impunidad, de incertidumbre y de especulación maliciosa con las expectativas vitales, que cualquier paja, literalmente, cualquier paja se exhibe como tabla salvadora, y se acepta.

El trabajo ya no está definido, según los neoliberales, como aquella actividad productiva, acompañada de seguridad social, que brinda satisfacción mínima ni respeto a la dignidad de la persona del trabajador o de la trabajadora. Trabajo es, ahora, la dádiva, «Cógelo o muérete», piltrafa para hambrientos. Esto es lo que el sistema produce para las mayorías, y lo reparte con salsa, cantando, que el progreso se siente, que hacemos un país mejor, que el progreso es constante, que nuestro pueblo marcha como nunca antes, que echemos pa´lante.

Ya sabemos, esta es la Patria Nueva, y esto es lo que puede dar el buenazo de nuestro señor presidente: él no alcanza para otra calidad de vida..., la de los pobres, me refiero.