Panamá, Año VII, No. 167
6 al 12 de enero de 2008

SUMARIO

Nacional
Editorial
    La rebatiña electoral
  Jorge E. Illueca
    9 de enero, en nuestro corazón
  Paco Gómez Nadal
    El superpresidente y sus superpoderes
  Julio Yao
    En el año del Hidalgo
  Marco Gandásegui, hijo
    Los "transitistas" se tomaron el canal
  Frente Santeño contra la minería
    2008, Año de lucha antiminera
  Betty Brannan Jaén
    Dinastías políticas: de Hillary a Cristina
  Genaro López
    Panamá: entre pobreza y opulencia
  Giovanny Beluche V.
    Comida o combustible
Internacional
  Emir Sader
    Otra Colombia es posible
  Raúl Zibechi
    2007: el año bisagra
  Tariq Alí
    Paquistaní merece más que política dinástica
  YVKE Mundial
    Venezuela: reducir la velocidad de cambio
Pensamiento Critico
  Guillermo Almeyra
    Cuba, el campo y la autogestión
  Osvaldo Bayer
    Delincuencia, castigo y ética
  Claudio Katz
    Las nuevas rebeliones latinoamericanas (1)

Boletín BUSCANDO CAMINO



PACO GÓMEZ NADAL*

EL SUPERPRESIDENTE Y SUS SUPERPODERES

La Prensa
paco@prensa.com

Los gobernantes nacen con poderes extraordinarios. Desde una oficina, rodeados de asesores a quienes otros muchos asesoran, con vidrios de seguridad en las ventanas, y hombres de negro armados en la manzana y rejas negras en las calles aledañas, gobiernan un país a su antojo, decidiendo cuál es la ruta y en qué empeñan los recursos y las ilusiones de una nación.

Nosotros, los votantes, somos los que les concedemos esos poderes extraordinarios. Nunca son suficientes. A los gobernantes les da pereza eso de tener que explicar sus planes y proyectos –aunque quien escuche sea la asamblea de corifeos actual–; negociar con la oposición les parece innecesario, y consultar a la población es solo un mecanismo de imagen que se traduce en juntas y reuniones de sordos (perdón por los sordos, que escuchan bastante más que los políticos).

Por eso, cuando un presidente pide poderes extraordinarios, hay que echarse la mano a la cartera para evitar que nos roben, nos quiten alguno de los derechos que hemos peleado durante décadas o logren torcer el brazo a quienes bajan la guardia en estas fechas navideñas.

Creo que en Panamá debemos crear el Comité Ciudadano de Alerta Navideña (CCAN). Un grupo de choque dispuesto a vigilar la Asamblea Nacional y el Palacio de Las Garzas entre el 22 de diciembre y el 3 de enero de cada año. Son las fechas propicias para madrugonazos, disloques y alegres leyes aprobadas con nocturnidad, Navidad y alevosía. Siempre nos cuelan goles y ahora parece que van a ser varios.

Entre los goles seguros está el de Migración y, por razones de origen, ese me preocupa especialmente.

La tendencia en todo el mundo –y en especial en los países desarrollados– es a echar la culpa de casi todos los males a los inmigrantes, a los inmigrantes pobres hay que matizar.

Panamá, aupada a una posición decente en el Índice de Desarrollo Humano, imita a sus hermanitos mayores y quiere echar el candado a las fronteras. A los que ya estamos dentro, nos pone costoso y difícil el trámite. A los que llevan décadas y quieren naturalizarse los hace examinarse sobre ríos y leyes para después guardar su expediente en el ineficaz Consejo de Seguridad. A los refugiados les niega un estatus estable y los hace rogar por un carnet que no los estigmatice. A los desplazados colombianos, los hemos convertido en fantasmas de su propia historia, sin identidad ni derechos, arrinconados donde no los vemos y no molestan tanto.

La inmigración es sana casi siempre. Sería más lógica ahora en época sin fronteras comerciales y podría construir mucho si se tratara como un asunto de movilidad humana y no de delincuencia potencial. Ya saben ustedes que los malos siempre pasan las fronteras, con o sin colaboración oficial. Quiero decir, que para Rayo Montaño nunca fue un problema renovar su visa, ni lograr una cédula E. El problema lo tienen los miles de inmigrantes latinos o asiáticos que llegan a Panamá en busca de una vida más razonable, aunque nunca de lujos.

Se anuncia como una novedad la creación de un fondo de repatriación, cuando todos los extranjeros entregamos 500 dólares al Estado para pagar deportaciones ajenas y, quizá, la propia algún día; anuncian un registro único de extranjeros, cuando todos los que pasan por Migración, deben hacerse un carnet de registro único…

En fin, que se vuelve a empezar de cero. No sé qué opinará el suegro del Presidente, que llegó a este país como inmigrante y logró construir una vida y una carrera promisoria. No sé si en las reuniones navideñas presidenciales saldrá el tema. No sé si, imbuido de poderes extraordinarios, el Presidente habrá conseguido rellenar el pavo con especial pericia antes de firmar los decretos que quiere hacer valer sin control previo alguno.

De lo que sí estoy seguro es de que los sillones presidenciales producen fantasmas que, a punta de adulaciones cercanas, se olvidan de que son falibles, de que fueron nombrados para gobernar en nombre del pueblo y que el respeto democrático no consiste solamente en no ejercer una dictadura, sino en practicar realmente la democracia.

Hoy empieza un nuevo año y será de espanto, porque las maquinarias electorales se calientan y el interés público –si alguna vez se tuvo en cuenta– pasa a un segundo plano ante los intereses de los posibles candidatos. El CCAN deberá ponerse las pilas, extender sus funciones gracias a los poderes extraordinarios que les acabo de conceder por decreto, y vigilar los movimientos de estos seres extraños que se lavan las manos con alcohol después de estrecharnos la mano, que se van de vacaciones a Miami añorando un país que no es el suyo y que están felices con este desarrollo económico excluyente que a ellos los incluye en las ligas de los peces gordos mundiales.

Los ciudadanos y las ciudadanas, mientras, debemos alistarnos para un nuevo año de perplejidad, en el que denunciar los entuertos o exigir los derechos básicos será tan difícil como dejar de fumar, adelgazar o quemar la tarjeta de crédito.

*El autor es periodista