EL BUNKER Y LA CONVENCION REPUBLICANA
La Jornada
Editorial
Aunque los organizadores se esmeran en crear un clima hollywoodense, habitual en las reuniones de los grandes partidos estadunidenses, que más parecen operaciones de mercadeo, con el lanzamiento de nuevos productos de gran consumo, la vida real se hace presente ante los muros de la fortaleza en que se ha convertido el local sede de la convención republicana que comienza el lunes. Sirven de poco los globos, el confeti, las serpentinas, las suaves edecanes hispanoparlantes: afuera no pueden ocultarse los problemas sociales y la protesta.
Como al parecer la juventud estadunidense votará contra Bush pero no espera mucho de Kerry, que también es belicista y hombre del establishment que ella repudia, ese sector está convencido de que las soluciones no vendrán de un cambio en la Casa Blanca ni en el Congreso, sino de sus movilizaciones callejeras. Porque éstas oponen el poder de la ciudadanía al de los aparatos institucionales y, al mismo tiempo, ayudan a educar, politizar y movilizar a la gran masa informe de abstencionistas o desmoralizados, que en definitiva podrían darle la victoria a Bush si los que votan fuesen pocos y el fraude no llegase a ser controlado.
Dos mundos libran una batalla que parece electoral, pues se combate en ese terreno y en el institucional, pero esa lucha es de fondo, porque un gran sector de Estados Unidos - donde hay 35 millones de pobres y las políticas públicas favorecen sólo a los ricos- quiere acabar con la injusticia, con el conflicto en Irak, en el contexto de la guerra preventiva tan elogiada por Bush, con la restricción de los derechos democráticos en nombre de un "combate al terrorismo" organizado por el mayor Estado terrorista del mundo. Justicia, derecho para todos, rechazo al racismo, defensa de la democracia, son las motivaciones de quienes se manifiestan contra la convención republicana. Por eso la represión contra ese sector, el intento de fragmentarlo, de reducir su derecho constitucional a manifestarse con pretextos pueriles (arruinarían, dicen las autoridades, el césped del Central Park; deberían protestar en una autopista fuera de la ciudad). El gobierno quiere impedir su impacto en la opinión pública, evitar que Bush aparezca rodeado en un búnker, náufrago en un islote oficial batido por la tormenta del repudio popular. La lucha, por consiguiente, no es fundamentalmente entre Bush y Kerry (y si se presenta, Ralph Nader): es una brega entre la sociedad - los oprimidos que votan, los hispanos y negros que no pueden hacerlo por impedimentos legales pero que toman posición, y los indocumentados, deseosos de legalizar su situación- y todo el establishment, y aunque ahora lleve a un desenlace en las urnas, trasciende el problema electoral. De ahí la importancia del repudio al carnaval republicano que entronará a George W. Bush, como candidato de esa burbuja empresarial y política. La visión de parte de la sociedad estadunidense, la más idealista y generosa, reprimida por la policía, dará la vuelta al mundo y evidenciará, una vez más, el disfraz que presenta como democracia a una restringida plutocracia oligárquica. |