TLC PANAMA-EU ¿ANGEL O DEMONIO?
Pedro Rivera Ramos
Durante casi dos siglos y sin interrupción alguna, los gobernantes estadounidenses y sus círculos dominantes han tratado de imponer su hegemonía política, económica, militar y cultural, en las tierras latinoamericanas y caribeñas. La doctrina Monroe, el Destino Manifiesto, la Alianza para el Progreso, la Política de Buena Vecindad y la doctrina de la Seguridad Nacional, son algunas de las innumerables estrategias y programas que los EU han empleado para someter a nuestras naciones. El ALCA y los tratados de libre comercio (TLC) vienen a sumarse a esta cadena con la inseparable agenda subyacente que les acompaña.
El 19 de noviembre del año pasado en la ciudad de Miami, se anunció formalmente que los Estados Unidos iniciaría negociaciones con Panamá en el 2004 para concretar un Tratado de Libre Comercio. La presencia en dicho acto de la presidenta Mireya Moscoso, puso de manifiesto la enorme importancia que el gobierno panameño ha concedido a semejante acuerdo. Casi un mes antes, durante la quinta reunión del consejo de comercio e inversiones de EU celebrada en Washington, el entonces viceministro de comercio e industrias, Melitón Arrocha, afirmó que para sus negociaciones comerciales con los Estados Unidos, nuestro país tenía preferencia por el texto del acuerdo alcanzado con Chile. Dos meses después de la declaración del señor Arrocha, este acuerdo, que goza de tanta simpatía y admiración por el gobierno panameño, fue demandado ante el Tribunal Constitucional de Chile por violatorio de al menos seis artículos de su constitución.
Para el gobierno panameño, al igual que para algunos sectores empresariales e intelectuales de nuestro país, un TLC con los Estados Unidos no será la panacea a todas nuestras dificultades, pero sí puede rendir excelentes oportunidades de negocio y un aumento significativo en nuestros niveles de exportación hacia aquél país. Consideran que todo se reduce en saber negociar y obtener provecho de nuestras "ventajas comparativas". Este enfoque pretende ignorar, o ignora deliberadamente, que los TLC no fueron diseñados para servir al desarrollo de nuestras naciones, sino que representan una de las vías que los Estados Unidos viene ensayando, de no cristalizar el ALCA, para alcanzar sus objetivos estratégicos. La materialización de un TLC Panamá-EU, convertirá a nuestra república en uno de los tantos proveedores de productos tropicales hacia el mercado estadounidense, mercado donde sólo venderá aquel país que en feroz competencia, esté dispuesto a soportar las mayores privaciones y los salarios más miserables.
Por otra parte, la entrada masiva de productos norteamericanos baratos al mercado panameño, argumento que se esgrime para justificar los pretendidos beneficios a los consumidores nacionales y, que en gran medida los induce a manifestar su apoyo a estas negociaciones, de seguro impactará de modo positivo en los ingresos y las chequeras de los importadores, pero no necesariamente se traducirá en costos menores para la población. La experiencia histórica de los mexicanos con diez años de vigencia del NAFTA, así lo enseña: entre 1994 y el 2002 el índice de precios de la canasta básica en México creció en un 257%. Además, y tal vez esto sea lo más importante: la inundación de mercancías baratas puede destruir más ingresos y empleos internos que los que genera, toda vez que los TLC apuntan, con mayor fuerza, al desmantelamiento de las pequeñas y medianas empresas, que son en definitiva, las que mayor mano de obra tienden a emplear. |