DICIEMBRE CON OLOR A JAMÓN Y ÉXITO
David C. Róbinson O.
Soy un empresario exitoso. Tengo la cadena de tiendas más grande de la nación. En ellas se puede encontrar desde crema de maíz hasta el más moderno sistema digital de sonido. No hay barrio en la capital ni ciudad de provincia sin su respectiva sucursal.
¡Y pensar que todo empezó aquel diciembre!
Primero fueron los bombazos, luego los vecinos como hormigas arrasando los comercios. ¡Chinito visto, chinito saqueado! Gracias al auto de mi mujer pude ir hasta donde estaba la cosa buena: los centros comerciales. En aquellos días la sangre se me llenó con las emociones que debieron sentir Morgan y Drake. Por tanta mercancía tuve que sacar los muebles del cuarto. Las cajetas iban desde el suelo hasta el techo. Cuatro paredes forradas de cartón relleno con artículos de todo género. A mí esposa no le gustó mucho eso de dormir sobre una pila de cajas de latas de sardinas.
Al pasar la tormenta puse en práctica las normas generales del comercio. Cual profeta entré de lleno al mercado libre. Cambié zapatillas por lentejas, sopas enlatadas por camisas, pantalones por aceite, patitas de puerco por porotos, y claro, mercancía por dinero. Nunca olvidé la plusvalía a favor de mi bolsillo.
Buen susto me llevé cuando llegaron los armys al barrio buscando productos robados; por suerte Maré, el proveedor de polvos mágicos de la calle, me ayudó a mí y al resto de los vecinos saqueadores al venderles algo más interesante para ellos. También los desviaron del camino a mi botín las chiquillas locas que rodearon las tanquetas.
Mover la mercancía me trajo algunas dificultades pero nada del otro mundo. Mi jugada era ir a los lugares donde no hubo arrebatiña, recibir pedidos y si no tenía lo solicitado, buscar al saqueador que sí poseía el producto. Al final, tuve suficiente capital para abrir un mini-super, mi primera tienda. Ahí empezó mi destino, y lo aproveché. |