FELIPE: UN ÍCONO DE LA EXCLUSIÓN
George Priestley, PhD.*
El año que está por culminar fue para Panamá uno en el que se experimentó cierto grado de avance con respecto al tratamiento del tema de la inclusión social de algunos de sus componentes humanos. Esto se puede afirmar, al menos, en términos de la visibilización cuando no sensibilización en cuanto a la existencia en nuestro medio de una ancha franja de la población que padece de “dificultades” en atención a una condición específica.
Sobre el particular recuerdo que hace muchas décadas, cuando era yo un adolescente que crecía en el barrio de Guachapali , en la ciudad de Panamá, hubo una persona a quién le habíamos colocado el apodo de Cabeza. Era un discapacitado, negro y pobre, que vendía periódicos en la esquina de la emblemática Casa Muller. Todos en ese barrio obrero éramos pobres, en su mayoría descendientes de Antillanos que llegaron a Panamá, durante los primeros años del siglo pasado, para trabajar en las obras del Canal. Recuerdo que todos los días, en un momento u otro, participábamos en la burla contra Cabeza, el vendedor de periódicos, quien tenía la cabeza tan grande que buena parte del peso de su cuerpo parecía concentrarse arriba de sus hombros . Se le hacía muy difícil mantener el equilibrio y siempre daba la impresión de que en cualquier momento se iría de bruces. Tenía la cabeza tan grande que generalmente parecía tomar varios minutos para hacerla girar de un lado a otro. Al igual que “Chaflan”, un mestizo mudo, a la sazón el principal mentor del hoy grande Roberto “Mano de Piedra” Durán, Felipe Cabezón pasó a ser uno de los personajes populares que marcaron una época del crecimiento de la urbe capitalina.
Aquella muchachada de la década de los años 50 y 60 lo que no sabía era que con cada burla a esos íconos populares nos hacíamos partícipes en la sustentación de un sistema clasista, racista, sexista y xenófobo imperante en el país, por esa época, pues nuestra chanza no era simplemente contra Cabeza sino contra todos los pobres, indígenas, mujeres, negros, y discapacitados que se ganaban la vida honestamente, en un régimen social que tenía, y aún tiene, como regla intrínseca la explotación de la fuerza de trabajo de aquel "factor" del proceso productivo que contribuye de modo importante a la generación de la riqueza social, régimen que desconoce los reclamos sociales de dichos sectores y sus respectivas identidades.
Lo de Felipe Cabezón lo traigo a cuento porque hoy día coexisten en la esfera social de Panamá dos esfuerzos reivindicativos que dicen relación a la exclusión del cual fuese un ícono ese personaje de la cotidianidad que a mucha honra y sacrificios, sorteando todas las incomprensiones de su entorno, se forjó una vida. Me refiero a la inclusión de las y los discapacitados, y el ejercicio de la ciudadanía plena por parte de la población afrodescendiente del país. Creo que es importante reconocer que la lucha por la incorporación social de aquellos a quienes acompaña alguna limitación en sus capacidades, así como en contra de la discriminación étnico/racial, no es solamente para reinvindicarnos como seres humanos sino, también, para garantizar nuestros espacios sociales y económicos, y a la vez profundizar nuestra participación en los procesos de cambio, dirigidos a retar las desigualdades del sistema clasista, patriarcal, sexista y racista, y bregar de cara a su transformación.
Pienso que para garantizar el éxito de los esfuerzos reivindicatorios a favor de las y los discapacitados, los negros, los indígenas, y las mujeres, entre otras identidades, tendremos que superar la falsa dicotomía entre estas luchas y las llamadas contiendas puramente clasistas. Hago esta reflexión porque en mis quehaceres académicos y actuaciones en el marco de la sociedad civil no dejo de toparme con aquellos que sinceramente piensan que se puede transformar el orden social actual sin reconocer los reclamos de los variados sectores sociales antes mencionados. Estimo que quienes asumen estas posiciones quedarán al márgen de esos amplios segmentos de la población que están comprometidos en estos enfrentamientos cotidianos, a partir de sus especificidades, éstas últimas, siempre más inmediatas que su adscripción de clase.
Por otro lado, observo que existen aquellos convencidos de que las reivindicaciones étnicas y culturales se pueden realizar, plenamente, sin cambios profundos a la estructura socio-económica y el sistema de valores imperantes. A mi juicio, quienes en ese sentido argumentan se verán cooptados y manipulados por los defensores del status quo .
En el camino de contribuir a la edificación de una sociedad más equitativa y de real inclusión resulta apenas justo y necesario hacer una exaltación de seres humanos como Felipe, humildes, trabajadores, negros, discapacitados, quienes aspiran a mejores días en Panamá. En ese sentido, creo que ya viene siendo hora de que dejemos de reproducir los patrones ideológicos hegemónicos, que contribuyen a separar las acciones de esos diversos sectores, y emprendamos la tarea de construir un nuevo “sentido común” contra- hegemónico, que reivindique y respete la dignidad de todas y todos los panameños que guardan parecidos, en varios sentidos, con Felipe, ese hombre-niño, de tez oscura y cabeza dilatada, que tantos periódicos vendió a lo largo de su incomprendida existencia.
* El autor es panameño, catedrático universitario en Estados Unidos.
Este artículo fue originalmente elaborado en inglés. Esta es una traducción de A. Barrow, encargada y autorizada por el autor (diciembre 2005). |