Patriarcado y Capitalismo


Sacado del texto "Cansadas de tanto neofeminismo y polítricamente correctas". Zaragoza Octubre 2007


Otro gran debate que ha copado la práctica feminista del último siglo es aquel en torno a la relación entre Patriarcado y Capitalismo, y nos interesa aclarar nuestra postura sobre este punto para luego poder hablar de todo eso del victimismo…

¿Qué relación existe entre estos dos sistemas? ¿Es el patriarcado parte del capitalismo o, por el contrario, éste es una consecuencia de aquel? ¿Se tratan ambos sistemas de una doble realidad?

En su artículo La economía desde el feminismo, Pérez Orozco y del Río (2002) explican como, en los diferentes intentos por aclarar la relación entre estos dos conceptos encontramos tres posturas diferenciadas: quienes hablan de un único sistema, de sistemas duales y de sistemas múltiples.

Al hablar de un único sistema, generalmente se considera uno efecto del otro, ya sea el patriarcado como parte del capitalismo, en tanto que le es funcional, o el capitalismo como resultado del patriarcado o un tipo concreto de patriarcado. Destacan un problema en esta concepción de un solo sistema que es el hecho de que finalmente se privilegia al Capitalismo y las relaciones de clase por encima de los conflictos de género. Este problema llevó a la idea de que la realidad se comprendía y nombraba mejor de acuerdo con la lógica del doble sistema, esto es, que se tratan de dos sistemas diferentes que coexisten e interaccionan. La crítica al feminismo de las mujeres blancas occidentales provocó un replanteamiento teórico que llevó se comenzara hablar de múltiples sistemas a los que se van añadiendo otros en la medida en que se va tomando conciencia de que las mujeres somos diferentes y vamos constatando la experiencia de más y más formas de diferencia.

De acuerdo con las autoras de este artículo y dada la necesidad de delimitar un marco de referencia, nos referiremos a este sistema múltiple como “Patriarcado Capitalista Blanco” —¿o cómo deberíamos llamar a esa escandalosa cosa?— Esto es, cómo funciona este sistema aquí y ahora.

El Patriarcado entendido como realidad totalizadora y separado de la realidad social de cada momento entraña una serie de peligros, entre ellos la culpabilización de un sexo en su conjunto —de todos los hombres por el hecho de ser hombres— y la consecuente victimización del otro —a saber, las mujeres—. Olvidando que no podemos oponer a ambos sexos como si de dos clases sociales se trataran puesto que, aunque compartamos características, no todas las mujeres somos iguales ni nos encontramos en igual situación frente a los hombres, del mismo modo en que no todos los hombres son iguales.

En las siguientes páginas trataremos de distanciarnos de este concepto no porque creamos, como afirman muchas teóricas postmodernas, que estemos asistiendo a su final, —¡Ojala estuviéramos en situación de poder afirmar eso!— si no porque consideramos que para entender las relaciones de los sexos en su conjunto es necesario la superación de la opresión por parte de los hombres como marco explicativo; no porque estemos menos oprimidas de lo que podamos pensar, sino porque tanto hombres como mujeres somos víctimas en el reparto de roles, expectativas y tareas. Ambos sexos somos explotados, y la transformación de la realidad social es responsabilidad tanto de unos como de otras.

El concepto de Patriarcado aparece directamente relacionado con la crítica social con raíz marxista en la que se apoyaba el discurso feminista de los años 80:

Las feministas radicales describieron el patriarcado como una expresión del poder de los hombres sobre las mujeres. Las socialistas y las liberales, así mismo, dirigieron su atención hacia la vida privada de las mujeres y sus experiencias personales, lo que parecía confirmar que el problema de las mujeres era, a grandes rasgos, los hombres; no sólo aquellos que sustentaban los mecanismos de poder en el gobierno, sino también los padres, los compañeros y coetáneos. La observación de que la opresión del patriarcado parecía que se mantenía a través de la historia y de las culturas, reforzó la idea de que este sistema de opresión operaba con máxima efectividad en la esfera privada. La idea de que lo personal es político ganó empuje entre las feministas, y se comprendió que el escrutinio de las propias historias de vida era potencialmente liberador, acompañado por esfuerzos de cambio en la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres. No importaba lo bien intencionados que los hombres pudieran parecer, ya que como detentadores de un profundo interés en su status quo, al nivel de la sexualidad y la afectividad todos eran cómplices. Estas teóricas olvidaban, sin embargo, la complicidad de las mujeres en la construcción de ese sistema de relaciones:

“A fuerza de ignorar sistemáticamente la violencia y el poder de las mujeres, de proclamarlas constantemente oprimidas y, por tanto, inocentes, se acaba ofreciendo un relato de la humanidad cortada en dos poco realista. Por una parte las victimas de la opresión masculina, y por la otra, los verdugos todopoderosos...” (Por mal camino, Elisabeth Badinter, 2002) La lucha antipatriarcal se transforma entonces en una lucha contra los hombres y lo considerado masculino, haciéndoles responsables de nuestra opresión y también de nuestras carencias en todas las esferas que componen nuestras vidas.

Así, desde las actuales teorías ecofeministas —herederas de los presupuestos del feminismo cultural o radical de los setenta—, se sostiene e insiste en que la acción destructiva del varón —cultura— nos ha llevado a la situación actual en la que el planeta se encuentra en peligro de extinción, y que la tarea de la mujer, como portadora de valores tales como la capacidad de cuidado, la paz, la maternidad, etc, es la reconciliación con la naturaleza, la salvación del mundo.

Estos planteamientos llevan la división entre naturaleza y cultura a su máxima expresión, asociando, además, todo lo que la humanidad tiene de negativo al varón y la cultura y ensalzando la bondad de la mujer y la naturaleza. Afirman, una diferencia tajante entre los valores de ambos sexos y condenan al sexo femenino a un prototipo idéntico al proclamado por la tradición patriarcal. Además, refuerza la condena del sexo masculino y la consecuente victimización del femenino. 


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