La cultura obrera autodidacta en el anarquismo ibérico


Uno de los méritos de mayor relieve del anarcosindicalismo español ha sido la extensión de una cultura alternativa a la oficial y sin lugar a dudas la más importante del siglo XX que haya podido hacer en España una organización obrera. Su extensión abarcó la gran mayoría del proletariado industrial y agrario en un país donde el derecho a la instrucción y la cultura estaba reservado a la burguesía.

En el terreno de la educación obrera las innumerables escuelas racionalistas anarquistas tuvieron por objeto lograr la libertad absoluta de conciencia, lo que equivalía a poner los cimientos para desarrollar una nueva sociedad, más humana, inspirada en el orden natural que podía permitir el cultivo de los sentimientos y las facultades de las personas en relación con la experimentación del pensamiento.

Por ello, el anarquismo desarrolló esta cultura consubstancial con la de una clase obrera que se apropió de ella. Por ejemplo, uno de los vínculos que se pueden hallar en este sentido son los existentes entre la persona y su entorno ecológico. Un valor cultural y social genuinamente anarquista.

Como es sabido, esta cultura anarquista de la naturaleza y de la paz fue llevada a cabo por hombres y mujeres contra la voluntad de los poderes económicos y religiosos de su tiempo. Es más, esta cultura obrera, alternativa a la burguesa, desarrolló muchas ideas de gran relevancia actual frente a lo que conocemos por pensamiento único contemporáneo.

Si examinamos algunas de estas ideas y sus ensayos hasta donde fue posible su realización veremos que sus objetivos, además de trasladar el orden de la naturaleza a la sociedad, estuvieron encaminados a conseguir que la producción fuese destinada al uso y no al lucro, la distribución igualitaria del producto social del trabajo y la autogestión de la industria por parte de los trabajadores.

A pesar de topar con una fuerza tan arraigada en España como el integrismo católico y los prejuicios burgueses, la acción cultural anarquista demostró que la clase trabajadora posee tanta sensibilidad cultural como cualquier otra.

Esta demostración tuvo lugar, principalmente, a partir de julio de 1936, cuando que el poder religioso fue desplazado y la clase trabajadora pudo expresar sus ideales. Entonces fue cuando se pudo establecer un primer ensayo de sociedad democrática natural en el ser humano, posibilitando pensar en nuevos valores culturales, algo que la política cultural estatal, inmersa en la guerra civil, impidió. Ante esta situación, a partir de mayo de 1937 los anarquistas ya pusieron de manifiesto que la cultura no se pude imponer desde arriba.

Efectivamente hasta 1939, en España fue tiempo de solidaridad internacional entre la clase obrera.

Así, después de estudios como los de Lily Litvak, se puede constatar cómo la cultura obrera no profesional estaba encamina a la búsqueda de un orden social internacional que, esencialmente, conllevaba el pacifismo, la humanización del trabajo y la solución de los conflictos económicos. Se puso de manifiesto que en el orden natural no tienen razón de existir las clases sociales y que éstas son producto de las desigualdades económicas.

Esta cultura anarquista, que tenía por objeto la consecución de la emancipación social, podemos hallarla en la pedagogía racionalista con su red de escuelas en los centros obreros, ateneos, etc., en el teatro de ideas, en una prensa independiente que funcionó eficazmente como verdadero canal de información alternativo. A partir de esta prensa y de un sin fin de publicaciones, podemos hallar los primeros pasos de la educación socioambiental en España. Una educación que traza una nueva cultura del territorio a partir de la geografía social de Elisée Reclus y de una educación para la clase obrera en materia demográfica o ecología de la población a partir de Paul Robin, como fue el neomalthusianismo (procreación humana consciente y limitada).

De la geografía de Reclus surgió en los medios anarquistas ibéricos la capacidad de establecer la relación crítica entre espacio y sociedad y de que el hombre es la Naturaleza misma tomando conciencia de sí mismo.

Así fue como en los medios obreros catalanes e ibéricos, las relaciones entre agua, (el anarquismo español hizo del agua casi una religión) territorio y sociedad, fueran aprehendidas como conocimiento imprescindible para una futura organización social anarquista.

La apropiación en los medios obreros ibéricos de la obra de Reclus ofrecía las claves para interpretar la Naturaleza en términos culturales, sociales y políticos, en el momento histórico en que los anarquistas transformaron la lectura exclusivamente biologista del viejo testamento cristiano que ordenaba a los humanos el dominio de la Tierra. En su lugar, se impuso la necesidad de comprender el medio ambiente para acceder a un equilibrio ecológico humano, es decir, un proceso que requería una evolución cultural permanente ante una Naturaleza en continua transformación.

El anarquismo, a través de sus intermediarios ibéricos, proporcionó una visión global del mundo en un momento histórico en el que se consolidaban los Estados-nación. Entonces, impulsar una visión holística de la Tierra representaba una gran novedad que coincidía con el gran momento de una educación obrera que posibilitaba la toma de conciencia respecto a la Naturaleza.

De ahí que en los medios obreros anarquistas se pueda afirmar que existió una nueva cultura de la Naturaleza. Ello aportó un verdadero intentó para hallar una nueva cultura del territorio (urbanismo a escala humana) a partir de una nueva estructuración del espacio a menor escala, y con ella, la libre federación de los pueblos, se presentó como he señalado, en un momento histórico desfavorable para la consecución de la estabilidad territorial y social, como punto de partida para acceder a una verdadera descentralización política y una coevolución sustentable con la Naturaleza.


Número especial Solidaridad Obrera: 100 años de anarcosindicalismo http://www.soliobrera.org/pdefs/centenario.pdf

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