Ascenso y caída de la imaginación política
argentina
Christian Ferrer
Cornucopia
La vaca es el emblema grabado a fuego en la
imaginación de los argentinos, ya a edad muy temprana. La silueta bobina se
prodiga en láminas, gráficos y estadísticas de los libros escolares; es también
el objeto temático del texto que tradicionalmente redactan los niños una vez
dominados los primeros palotes; y se la reencuentra en la ritual excursión
pedagógica a las exposiciones de productos agroganaderos. La vaca y el trigo,
bienes que la feracidad de la tierra pampeana prometió mansos, abundantes
y eternos, y encadenados al sol y la lluvia, sus fieles activantes naturales
del ciclo anual que culmina en el silo y el matadero. Por más de un siglo,
esos cuatro elementos han conformado la cuadratura del círculo argentino,
problema resuelto sin mayores trámites en el convencimiento de que Dios tiene
una partida de nacimiento local. En la idea que los habitantes de este país
se hacían de una renombrada parábola bíblica, los siete años de vacas gordas
solo podían repetirse al infinito. Y así como el cangrejo ermitaño siempre
busca refugio en el caracol, la imaginación nacional no ha conocido otro hospedaje
que el cuerno de la abundancia.
Cien años de imágenes de bonanza y tres momentos
de consolidación de "derechos plebeyos", contribuyeron a fijar la posición
excéntrica de Argentina en el mapamundi sudamericano. En cada una de esas
etapas, tensas luchas sociales - ocasionalmente sangrientas- soldaron la masa
crítica de la cultura popular a un vehículo político específico. El primer
momento vinculó la cuantiosa inmigración europea con la construcción de sindicatos
y de una red de instituciones promotoras de "ilustración obrera", mayormente
orientadas por ideas anarquistas. El segundo momento unificó al obrero peronista
con la medianamente pujante flora industrial de la época. Y al último lo constituyó
la epifanía cultural de la clase media modernizada de los años 60 y 70 atravesada
por diversas y crecientes modalidades de la radicalización política. Esta
sucesión y superposición de "ganancias históricas" promovieron diversos grados
de ascenso social, apropiación de derechos laborales y la consolidación de
la imaginación plebeya como ingrediente inescindible de la mentalidad política
dominante en Argentina. Su consecuencia fue cornucópica. Sintéticamente: hasta
hace un par de décadas atrás, todo argentino nacía con el convencimiento de
que le sería garantizado trabajo de por vida, sueldo anual complementario,
vacaciones pagas, salud y educación amparadas por el Estado, universidad gratuita,
obra social sindical, psicoanalista pagado por el gremio, e incluso de que
podría enlazarse en matrimonio con un galán o doncella de clase media superior.
Esas certezas constituían a la vez el nutriente del temperamento político
y social de los argentinos y el límite de lo pensable sobre las causas de
la riqueza y la decadencia de las naciones: en estas tierras la vaca flaca
era una imposibilidad zoológica. Ninguna de aquellas garantías caía del cielo:
eran el fruto jugoso de las pugnas sociales anteriores. Pero a pesar de tantos
avances de la línea de trincheras, la lucha de posiciones permanecía irresuelta.
En los años noventa la imaginación política
plebeya se mantuvo activa y demandante -si bien a la defensiva-, pero los
fundamentos económicos, institucionales y políticos que la sustentaban se
debilitaron, o simplemente se disolvieron. Ciertamente, fueron años en que
Argentina promocionó a su sistema monetario, único en el mundo, como experimento
digno de merecer el Premio Nobel a la vez que sus habitantes se comportaban
a la manera de los fenicios satisfechos. El encastre aparentemente grácil
del país en los flujos culturales y económicos de la globalización hizo germinar
una inmensa fantasmagoría colectiva que ocultó la visión de la vaca enflaqueciente
y sin nutrición a la vista. La moneda argentina aparentaba solidez y el consumo
de bienes parecía una máquina de movimiento perpetuo, pero los economistas
locales (cuya locuacidad y arrogancia merecerían por sí mismos un tratado
completo) les adosaban cada año nuevo hipótesis ad hoc para explicar la supervivencia
del mecanismo, tal cual sucedía a fines de la Edad Media con los astrónomos
seguidores de la teoría ptolomeica. Mientras tanto, el desempleo se enraizaba
y afianzaba a lo largo del país, como ristras de tejido muerto a lo largo
de un cuerpo. Y en el horizonte, la envergadura de la deuda externa crecía
día a día y se adosaba a las finanzas públicas a la manera de las contracciones
de una boa constrictor. Lenta pero indeteniblemente, las líneas de continuidad
social entre pobres, clase media y sectores privilegiados se descoyuntaban,
astillando aún más a los excluidos y haciendo irreversible el deterioro social.
El contraste entre ricos y pobres devino una copia de la rutina latinoamericana.
Ahora, a tres meses del desplome de Fernando de la Rúa, una cuantiosa transferencia
de ingresos se desliza incontinente hacia los grupos privilegiados, tal cual
una transfusión de sangre sacrificial en beneficio de los fuertes y victimarios,
en el mismo momento en que las nuevas condiciones exigidas por el Fondo Monetario
Internacional para soltar la calderilla que el país imperiosamente necesita
se cierran sobre el cuello argentino a la manera del cepo.
La consigna y sus antecedentes
"Que se vayan todos" es el clamor que recorre
la Argentina entera desde el mes de diciembre pasado. La consigna, salpimentada
de repudio a la casta de políticos locales, no fue enarbolada por partido
político alguno ni saltó a la calle desde el estudio de un creativo publicitario.
Emergió en un instante, como por generación espontánea, dos meses después
de las últimas elecciones legislativas y en el mismo año en que setenta mil
argentinos zarparon del país con mirada de vigía fijada en algún punto de
la costa europea. Al mismo tiempo que estremece al régimen político afincado
en el país desde 1983, la consigna unifica a todas las clases sociales, resultando
ser la expresión lingüística más nítida de un intenso malestar colectivo.
La impugnación de la exigencia corre por cuenta del gobierno, de sectores
de la prensa y del empresariado, convencidos de que su extensión e intensificación
conduciría al país a un estado de incipiente guerra civil o de desgobierno
anárquico. Pero se trata de una estrategia defensiva, y en parte necia, pues
supone al reclamo capricho pasajero o protesta administrable, y no asume que
surge de las vísceras ciudadanas, tal cual la supuración urgente e indetenible
de un órgano moral ya colmado hasta el hartazgo y necesitado de una purga.
Quienquiera hubiera prestado una mínima atención al panorama estadístico que
instaló el último comicio de octubre habría notado que el agua estaba hirviendo
y las venas hinchadas. No habiéndose practicado una curación a tiempo, su
consecuencia ha sido la ruptura de la representación política, acompañada
por la conculcación del resto de los contratos sociales -comenzando por los
bancarios y los jurídicos. No ocurría un acontecimiento semejante desde 1945.
La "mala sangre" burbujeó por años. Buena parte
de los argentinos transitaron la década del noventa "a la espera" de un cambio.
Esa espera asumió un contenido moral, y por lo tanto su "tempo" era pacienzudo
y su móvil el resentimiento. Su correlato institucional fue encarnado por
el Frepaso, recambio político sentimental para la clase media que por un tiempo
pudo desplegarse con velas anchas y abiertas. Pero su alianza matrimonial
con el centenario Partido Radical haría abortar su salto a la madurez electoral.
Fue extraño que se esperara un cambio de rumbo por parte de la Alianza, cuyo
mascarón de proa, el ex presidente De la Rúa, era botón de muestra emblemático
de la vieja corporación política. Casi se diría que el personaje se había
desarrollado desde el estadio de bebé de probeta de comité. La compañía de
ruta del Frepaso le concedió a la alianza un dejo de sex-appeal, pero el encanto
se disolvió en un 13% de rebaja salarial de los empleados públicos compensado
por una suma desconocida de coimas entregadas a diputados y senadores. En
diciembre pasado, la espera abandonó su estadio moralista y se autotransformó
instantánea y radicalmente en un sinfín de microacontecimientos políticos,
inorgánicos algunos, fundamentados en variedades de la ética práctica otros,
pero más pregnantemente, en una irritada conversación colectiva que rehusa
conceder poderes de representación. No obstante, asambleas y marchas de protesta
se han revelado impotentes para construir un poder y para lanzar al ruedo
a nuevos líderes sociales, al menos por el momento. El descreimiento final
con el gobierno anterior fue patético: en su origen sólo se esperaba del gobierno
de la Alianza que no empeoraran las cosas y que se limpiara el escenario de
cuatro o cinco nombres propios odiosos. Era poco.
Numerosos analistas creen que el rechazo a la
corporación política es una tendencia de los años noventa causada por el triunfo
de los saberes económicos y tecnocráticos por sobre la racionalidad argumentativa
de la política; o que resulta ser la reacción histérica e hipócrita de las
clases medias violentadas en sus expectativas; o bien que esa casta política
es prebendaria, ignorante e ineficaz, y por lo tanto, indefendible. Quizás.
Pero se olvida que la tradición "antipolítica" es antigua en Argentina. Basta
pensar que los millones de inmigrantes que arribaron a este país nunca se
integraron del todo a los procesos electorales o bien lo hicieron con suma
lentitud. Habitaron, por bastante tiempo, una frontera imaginaria. Por entonces,
las primeras organizaciones gremiales del país, preñadas de ideales anarquistas,
se mantuvieron al margen de los incipientes procesos de inclusión de ciudadanías,
condición pronto legada a la izquierda comunista y más subrepticiamente a
saberes populares que localizaban en la actividad política síntomas de arribismo,
"cuña" y oportunidad de "negociado". Por su parte, desde la década del 30,
la derecha integrista, los grupos de acción católicos y los ideólogos del
nacionalismo también repudiarían la política "burguesa". Dos décadas después,
el peronismo se autoafirmó como "movimiento", paralelo a las prácticas parlamentarias
de los "doctores" y superador de ellas. Más adelante, la generación política
de los 70, desde la nueva izquierda al peronismo tercermundista, creía en
la democracia formal tanto como un hippie norteamericano en el envío de tropas
a Vietnam durante el gobierno de Nixon. En esos años, también el despliegue
de los grupos de rock nacional en Argentina se nutrió de ideales contraculturales
que no han desaparecido del todo de sus temáticas y de la sensibilidad de
sus audiencias, a pesar de constituir una industria y un mercado pujantes.
Al fin, los excluidos por la economía durante la década del noventa poco y
nada esperaban de sindicalistas y políticos. Son muchos los afluentes que
confluyen hacia esta desembocadura, y aunque muchos de ellos dejaron de estar
activos hace décadas, la transmisión subterránea de los saberes y valores
que ellos encarnaron en otros momentos históricos no deja de pujar bajo la
superficie política nacional.
No estamos tan lejos de los orígenes de esa
desconfianza: le hemos dado un beso al abuelo inmigrante. Aún viven muchísimos
inmigrantes llegados hace más de medio siglo y millones de argentinos son
sus descendientes, impregnados por una memoria política mucho más compleja
de lo habitualmente reconocido. Escasa es la reflexión existente sobre el
doble vínculo de los inmigrantes con la idea de autoridad, oblicua fuente
de suspicacia hacia la figura del político. Un enorme porcentaje arrastraba
consigo la experiencia del régimen autocrático, del poder arbitrario de un
emperador, zar, sultán o señor feudal -todavía en el sur de Italia a fines
del siglo XIX-. Esa experiencia se trasladó a los nietos y nutrió una imagen
ambigua y dual de la autoridad, vértice al que el argentino se somete si lo
obligan, al que adora si derrocha carisma y al que desobedece a la menor oportunidad.
No estaban mejor las cosas en la Argentina a la que tantos arribaron. El gaucho
matrero, el indio "alzado" y el criollo rural aborrecían o temían la llegada
de la autoridad, encarnada en el caudillo, el militar o las castas privilegiadas
de provincia. Desconfiar de la autoridad es una tradición en Argentina, aunque
demasiadas veces asume variantes perversas e imprevistas. Como extraña secuela,
en época de elecciones la población suele optar por los peores, pues la tradición
oral transmite a los jóvenes la convicción de que quien se mete "en política"
es alguien destinado a ensuciarse, a robar o a vehículizar ambiciones personales.
Consecuentemente la honestidad sería una virtud solo resguardable en el terreno
familiar, en la vida amistosa -el tango ofrece un ramillete de metáforas sobre
el tema-, o en los esfuerzos vocacionales. El misterio de la opción por los
peores no se explica solamente porque la única posibilidad presentada al electorado
venga envuelta en "listas sábana", sino por desconfianza hacia la política
en sí misma como actividad asociable al bien común. A las raíces de la especificidad
argentina habría que rastrearlas en esas antiguas experiencias rurales con
la autoridad, del indio o el bandolero popular en fuga, pasando por la montonera
sublevada contra el centralismo porteño, hasta llegar a las diversas formas
de malestar con el orden social de los caudillismos provinciales; o bien en
la memoria de quienes migraron desde imperios autocráticos hacia un puerto
del Río de la Plata.
Una paradoja poco pensada arroja más gasolina
al fuego. La población argentina conserva en su memoria política una ajada
estampita religiosa con imágenes de hombres y mujeres representativos de antaño
que no intersecta en lo más mínimo con los representantes actuales. Se trata
de figuras carismáticas que acompañaron la larga marcha de la argentina republicana
y plebeya, entre 1900 y 1950, tales como Lisandro de la Torre, Hipólito Yrigoyen
o Eva Perón, todos ellos auroleados de honestidad, cuidado de los dineros
públicos o abnegación guerrera. Pero los espacios de emergencia de los políticos
ahora objeto de repudio han sido otros, básicamente la etapa de conflictos
civiles de los años 60 y 70 y, un poco más adelante, el mundo de la especulación
financiera y del acuerdismo clandestino de los años 80. El primer tipo de
político maduró en comités, unidades básicas, sindicatos, células guerrilleras
y centros de estudiantes, unidades mínimas de agregación que basculaban entre
sí según los humores violentos del mar de fondo de los años "de plomo". Son
personajes "sesentistas", y no sólo debido a su nutrición ideológica sino
porque las velitas que iluminaban su última torta de cumpleaños confesaban
una edad equivalente. Se consideran "pilotos de tormentas", y han forjado
sus alianzas públicas y secretas al calor de viejas rencillas superadas una
vez que los militares los trataran alguna vez como parásitos ineficaces por
igual. No pocos han pasado por la experiencia de la prisión y su retórica
está rociada de alusiones a la supervivencia de la víctima y a los derechos
morales del derrotado por la dictadura. El segundo tipo de político es una
o dos décadas más joven y los nichos donde se formaron son más opacos y nos
remiten a la imaginación social afincada durante la dictadura: el ejercicio
privado de la profesión, los cargos gerenciales en grandes empresas, las primeras
armas cumplidas en medios periodísticos, el trabajo en estudios que brindaban
asesoramiento financiero, y el mundo de la clandestinidad tolerada. Dejo aparte
a aquellos que eran buscados para su exterminio. Se trata de un tipo de político
que tenía unos veinte años en aquella época, que se formó no a pesar sino
en la dictadura militar, de acuerdo a las modalidades que asumió la vida cotidiana
y pública en esa época y de acuerdo al tipo de articulaciones que se establecieron
entre partidos, sindicatos, cargos estatales, medios gráficos, financieras
y bancos, es decir, al rescoldo de laboratorios especulativos y transaccionales,
donde la negociación no solamente constituía una herramienta partidaria sino
el centro de gravedad de la Argentina de entonces. Si la cuna y corralón del
primer tipo de político estuvo señalado por la conflictividad y el acuerdismo
previos a la dictadura, al molde de la siguiente generación de políticos se
conecta subrepticiamente con las prácticas de la city porteña, donde todo
valor eran objeto de negociación y a partir de donde se tejió la telaraña
que une a los diversos grupos de poder de la actualidad. Y más allá del sentimentalismo
populista (de izquierda o de derecha) que cansina y burocráticamente concede
color a sus discursos, es gente permeada por ideas tecnocráticas, propias
también de la época militar, en la cual los ideales de eficacia y los criterios
no políticos en la gestión de los asuntos públicos estaban a la orden del
día, y que una década después se acoplarían fácilmente a las exigencias de
la globalización. Esta generación está a punto de articularse transversalmente
en una nueva corporación política.
A pesar de lo mucho que se ha escrito e investigado,
lo que sabemos sobre la vida cotidiana durante el proceso militar es misérrimo,
incluyendo a sus formas de legitimación, sus articulaciones políticas o las
relaciones que establecieron los grandes partidos con militares y empresarios.
El período que corre entre 1976 y 1982 es fecundo para estudiar la emergencia
de saberes y oficios de la especulación: contadores, banqueros, economistas,
financistas, expertos en evasión de impuestos, en vaciamiento de empresas,
en fusiones, en creación de empresas off-shore, de empresas fantasmas. Además,
es la época en que comienza a fisurarse la relación entre mentalidad plebeya
y vehículo político, habilitándose de este modo la extensión de las mafias
que tomaban al Estado como vaca lechera a ser ordeñada con fines privados.
La mentalidad plebeya, mientras estuvo conectada a canales políticos y a esperanzas
colectivas, ejercía un trabajo de acoso sobre los sectores privilegiados.
En cambio, una vez disueltas sus bases estructurantes y desorganizado su referente
político, el plebeyismo deviene "pícaro", y lentamente las diversas articulaciones
entre Estado, sindicatos, empresas, sector financiero, la policía, los militares
y los encargados de vigilar las fronteras, conformaron encadenamientos mafiosos
que tomaron a las instituciones estatales como espacios de saqueo. Buena parte
del problema argentino reside en que el personal a cargo de los asuntos públicos,
incluyendo a la corporación política, no cree en su misión ni dispone de ideales
de servicio público, y por eso mismo pueden secar o desguazar al Estado. La
tendencia al encanallecimiento no es sólo propiedad de las clases privilegiadas
sino también del personal jerárquico del Estado, cuyas propias vidas cotidianas
carecen de adherencia a las ideas que han formado a lo público en la Argentina
-la educación libre y gratuita, la reforma universitaria, el ideal del médico
sanitarista al servicio de la salud colectiva, etc, etc, etc-, y esto desde
hace mucho tiempo. El plebeyismo pícaro alimentó lenta pero eficazmente una
red arterial del Estado, expandida hacia familiares, conocidos, amigos y diversos
beneficiarios y que, a la manera de las colonias coralinas, conforma microemprendimientos
mafiosos, que alguna vez pudieron responder a partidos, líneas políticas internas
o a "punteros" barriales pero que hoy ya están independizados y se acoplan
con cualquier factor de poder por igual. Todo culmina en un Estado marchito.
La descomposición de la imaginación política
plebeya y de sus bases estructurales de sustento instaló en el espacio público,
a modo de secuela inconducente, a dos tendencias protagónicas: el sentimentalismo
populista, cuya última estribación ha sido el breve interregno semanal de
Adolfo Rodríguez Sáa; y el ajustismo y eficientismo de índole economicista,
sembrados de emplastos de racionalismo socialdemócrata. Ambas escuelas de
acción, que confluyen ahora en el presidente Duhalde, amenazan con transformar
al país en una rata de laboratorio. La mercancía argentina mejor producida
y distribuida desde hace años es la irresponsabilidad pública, y prueba de
ello ha sido la elevación al puesto de Canciller de Carlos Ruckauf, probable
incitador de los primeros saqueos a supermercados suburbanos el día previo
a la caída de Fernando de la Rúa. No está exenta de compartir aquella mercancía
la población en general, pues una faceta del repudio a los políticos exigiría
una reflexión sobre la propia responsabilidad en el encumbramiento de estos
mismos. Sería una visita a la galería de espejos deformantes: la moderada
satisfacción general ante la asunción de Rodríguez Sáa se constituyó en un
índice de irrealidad. Por cierto, el irrelevante caudillo de la Provincia
de San Luis había logrado meter las liebres más difíciles en su bolsa -incluyendo
a piqueteros y Madres de Plaza de Mayo- sin disparar un solo tiro ni hacer
el menor esfuerzo por correrlas: sencillamente las invitó a su corral y las
encandiló con retórica populista -la panacea de los nostálgicos de épocas
más exaltadas. En esos siete días grotescos se manifestaron los deseos más
intensos de los argentinos. Pero no necesariamente tienen razón quienes localizan
la avería del sistema en la debilidad de las instituciones democráticas ante
gobernantes populistas o en el "carácter irracional" del pueblo o en su mentalidad
anclada en la etapa del "bucolismo obrero y campesino" de la época peronista.
Ni el psicologismo conservador ni el republicanismo abstracto ni el modernismo
globalizador pueden sustituir la carencia de acumulación plebeya de poder
capaz de hacer frente a los grupos privilegiados de un país, especialmente
cuando las bases culturales del proceso de transición a la democracia -tal
cual se lo llamaba- eran endebles.
Daño e intimidad
¿Cuál es la tasa de daño tolerable por una población?
La pregunta no admite una consideración sociológica, sino política. Durante
las presidencias de Menem y De la Rúa, la economía y la política se transformaron
en planos inclinados y oscilantes. En el terreno de la economía, aumentaba
indeteniblemente el desempleo a la vez que crecía el frenesí del consumo,
en especial de bienes importados, entre amplias franjas de la clase media.
En la política, mientras buena parte de la población retiraba sus energías
del campo político y las desplazaba hacia otras fuentes de interés, la expansiva
inquietud moral se depositaba en el emergente Frepaso. Para millones de personas,
la economía y la política se transformaron en zonas de arenas movedizas, y
a medida que se desplomaba la calidad de los servicios públicos sanitarios
y educativos, sólo la vida íntima parecía ofrecer un proyecto de reparación
del daño causado. La tasa de daño aumentaba un grado más cada vez que la tierra
completaba su giro anual, y llegó el momento en que los distintos quebrantos
morales, económicos, políticos, subjetivos y carnales devinieron en una gran
cualidad. El evidente deterioro de zonas enteras de la ciudad de Buenos Aires,
antes gratas a la vista y hoy apenas acantilados carcomidos, acompaña al deterioro
físico y moral que escarba las caras de los porteños. Pero la intimidad resultó
ser refugio tanto como ciudadela sitiada, justamente porque encajó en sí misma
toda la carga de responsabilidades que no era posible canalizar a través de
la justicia, la política, la economía o la vocación. Eso mismo explica las
formas lingüísticas viscerales que asumió la protesta en el mes de diciembre
pasado: alaridos, gemidos, griterío, racimos entrecortados de voces airadas.
Al dolor argentino le llevará mucho tiempo atravesar las cuerdas vocales con
lenguajes autoreflexivos, capaces de pensar el vínculo entre sufrimiento y
política, sólo expresable ahora bajo las formas del desánimo, el delirio de
fuga, el estupor político y el deterioro afectivo, polos simétricos de la
agitación improductiva, la exaltación irresponsable y la codicia de los grupos
que acumularon poder. Impulso autodestructivo y desamor por la propia nación,
tales son las consecuencias del desplome de los ideales de porvenir.
Cada daño individual se extendió como por un
tendido de cables subterráneos hacia los demás, y en el mes de diciembre pasado
su intensificación forzó la salida de la multitud a las calles: la envergadura
del perjuicio y la humillación se hizo evidente en un solo instante. ¿Por
qué tardó tanto en asumir una modalidad política? En parte porque la población
había confiado en una última posibilidad representacional, el Frepaso, y en
parte porque la forja de una intimidad satisfactoria, de índole amorosa, familiar
o amistosa, o bien asociada al consumo de bienes de diverso tipo, había condensado
-y consumido- una intensa energía colectiva. Agréguese a esta olla que se
cocinaba a fuego lento el consumo de antidepresivos y de libros de autoayuda.
Muchos se congratulan ahora de que la clase media al fin haya retirado su
apoyo a la casta política y tomado conciencia de la destrucción general. Otros
tantos desdeñan el nuevo tráfago y culpabilizan a este mismo sector por haber
concedido legitimidad a Menem, a Galtieri durante la Guerra de Malvinas o
a Perón en 1973. Pero estas tomas de posición suelen estar desinformadas acerca
de la verdadera condición de la clase media argentina actual. Hace tiempo
que su unidad epifánica se disolvió, y tanto los sectores beneficiados por
las transformaciones de los años noventa como los fragmentos desfavorecidos
e incluso lumpenizados flotan ahora sobre un universo que estalla una y otra
vez. Solo restan cuarteamientos, estratos fisurados que se interconectan unos
con otros, a la manera de las formaciones cristalográficas, y todo ocurre
al interior de una misma familia, de un mismo grupo de amigos, del mismo grupo
laboral. La experiencia del maltrato y de la salvación, del enriquecimiento
y la bancarrota, coexisten y se miden entre sí. Suponer a la clase media un
dato uniforme es una equivocación estratégica, salvo que se la considere como
mentalidad plebeya dominante en retirada. A su vez, la experiencia del recambio
generacional de la clase media superpone la humillación al borramiento del
horizonte: la entrada intermitente al mercado de trabajo, los sueldos miserables,
el trato indigno, hace que la condición del joven no sea del todo desigual
a la de los sectores populares. También ellos son sudacas en su propio país.
Tampoco estos hijos de aquel sector arrogante y culto han conocido el modelo
del grupo familiar tribal, y abundan las parejas inestables, las mujeres solas
que son "cabeza de familia", los padres separados incapaces de sostener económicamente
a sus hijos; condimentos que se precipitan sobre la actual experiencia política
de la clase media, y que explican las motivaciones diversas de aquellos que
se lanzaron a la calle en diciembre tanto como los distintos cursos de acción
que asumió la protesta: eran la momentánea unidad harapienta de fibras de
un tejido social entrecortado.
Las asambleas que emergieron durante este verano
no son figuras fáciles de analizar, pues no hay demasiados antecedentes locales
de ese raro sarpullido. Sin duda, existe la memoria de las asambleas sindicales
y las rutinas -bastante extendidas- de los centros de estudiantes. Pero la
inflorescencia asamblearia es efecto de siembras cercanas en el tiempo, la
emergencia final de una "sociedad invisible" que ya articulaba grupos de afinidad
variados, tales como los agrupamientos propios de la escuela secundaria, las
marchas contra la impunidad, los debilitados pero resistentes organismos de
derechos humanos, los grupos de ayuda mutua, los grupos de apoyo psicológico,
los grupos de estudio, los talleres de todo tipo, los clubes de trueque, los
rockeros y, al fin, la amistad como cemento de contacto, que no sólo supone
un vínculo sentimental sino también funcionalidad asesorial, psicológica,
terapéutica, financiera y política. La riada de la memoria de la autoorganización
es subterránea y concierne a todas las formas de filiación construidas durante
la última década, que no se condensan únicamente en las figuras del "piquetero"
o la del "cacerolero". Es larga la lista de redes cuyo amarre a la representación
política clásica era inexistente. Ahora las asambleas languidecen, en gran
medida porque no hay fundamentos culturales en este país que les permitan
establecerse como principio de autogobierno. Su valor reside en haber ofrecido
una contención política tanto como haber posibilitado un efímero bautismo
de fuego para nuevas generaciones. Es un espacio de aprendizaje político,
salvo para la izquierda, que sólo percibió en ellas una ocasión de captura.
Es esta autoexperiencia política la que inquietó al gobierno y que fue impugnada
por numerosos voceros del pensamiento conservador local, cuyos temores son
herencia y actualización de otros anteriores, algunos tan antiguos como los
provocados en su momento por el malón indígena, la chusma rosista y la montonera
provincial, continuados con las imágenes del inmigrante "sucio y feo" y de
los activistas anarquistas y socialistas, miedos renovados -aunque en forma
localizada- por el bandolero popular rural y la "polaquita" urbana, y más
tarde aún, con la aparición súbita del "aluvión zoológico" de la época peronista,
los "melenudos" y la mujer emancipada de los años 60, el "subversivo" de la
década del 70, los drogadictos en los 80 y los travestis hace diez años. Ese
"afuera" incomprensible e incivilizado irrumpió nuevamente a finales del año
2001.
Resta el misterio de la creciente audibilidad
de la voz femenina en política, quizás un ingrediente importante para un futuro
proceso de recomposición de la esperanza colectiva. Al igual que en otras
partes del mundo, la política ha sido en Argentina un asunto masculino y,
a medida que su práctica se cerraba sobre un universo centrípeto, las promesas
de los políticos cruzaban el nivel menos cero de credibilidad pública. Por
el contrario, las voces femeninas, en tanto y en cuanto se mantuvieran en
una frontera entre lo social y lo político, encontraban oídos cada vez más
atentos. La mayor parte de estas voces femeninas se lanzaron a la esfera pública
desde espacios no matrizados por la rutina partidaria. En muchos casos, desde
una intimidad dañada, o abandonada. La retórica de estas mujeres difiere en
gran medida de la de sus contrapartes masculinas, fundamentalmente porque
su lenguaje no es pomposo ni burocrático, y más bien transmite una suerte
de franqueza que en estos tiempos es muy apreciada, es decir, en momentos
de indecisión colectiva sobre la calidad de las verdades que circulan en el
ámbito público. Tradicionalmente, las mujeres no intervenían activamente en
la política argentina, y su irrupción, todavía incipiente, quizás sea causada
por una mayor conciencia asumida del daño que las desatenciones estatales
han provocado indirectamente en la vida íntima, pero también porque la posición
estructural, económica y afectiva de las mujeres argentinas dio una vuelta
de campana desde los años 60. Pero quizás no se entienda la nueva experiencia
femenina si se recurre únicamente a teorías de género o a interpretaciones
psicoanalíticas: es la cuestión de la franqueza lingüística en política lo
que está en juego.
En el matadero
Las naciones no son eternas. Pueden ingresar
en etapas donde prima su descomposición moral, económica e incluso física,
más aún cuando ciertos poderes financieros y políticos internacionales las
eligen a modo de prototipo experimental de próximas subordinaciones territoriales
a un orden que aún no está ensamblado del todo. A modo de prerequisito, el
experimento exige la aceptación voluntaria de la degradación. Los países sudamericanos
iniciaron su vida activa con una declaración de independencia, pero el aprendizaje
de la indignidad puede agravarse por medio de un simple decreto de metamorfosis
monetaria que permute su peso histórico por un puñado de dólares, indispensables
en el plazo fijo pero contingentes en el largo plazo. En este mismo año, la
autobiografía de la Argentina iniciala un nuevo capítulo, y las voces colectivas
que orientan la escritura son vacilantes y escépticas, efecto coral de sus
ahora empobrecidas posibilidades existenciales. Por su parte, sus dirigentes
políticos -a los que cabría imaginar como tenedores de ese libro- ya han dejado
de hacer malabarismos con la idea de nación, y se aprestan a ensayar el mutis,
el travestimiento o el empeñamiento del cadáver del estado nacional a la doctrina
económica de moda entre las burocracias de los organismos internacionales.
Las palabras que usan los hombres representativos
de un país no pasan indemnes por el inmenso cedazo que teje la conversación
colectiva: tanto pueden animar como damnificar a los pueblos que las absorben.
Hay palabras públicas que elevan y fortalecen las esperanzas comunitarias
y otras que ilusionan sin fundamentos y se vuelven, al cabo, estériles e irresponsables.
Una corporación política despliega lenguajes, que pueden adquirir tonos vacuos
o pomposos como en el caso de De la Rúa, o estilos burocráticos como era costumbre
entre ministros y funcionarios, o estrategias demagógicas e insinceras, tal
cual sucedía con la mayoría de los diputados y senadores. Palabras huecas,
discursos de ocasión, rimbombancia teatral, altisonancia de acto escolar,
mentiras dichas con tono enfático, en fin, cáscara vacía. Seguramente ese
lenguaje tiene escasas posibilidades de supervivencia pública, pues la población
reclama nuevas voces políticas, pero no debe descartarse que la corporación
política reconstruya sus juegos y posiciones, metamorfoseándose y confluyendo
con ambiciosos hombres de negocios u otros outsiders del campo político, o
bien aprovechándose de la carencia argumentativa general, pues lo que ha circulado
hasta ahora en asambleas y en los emergentes partidos de oposición es una
mezcla de viejos retazos de discurso populista, parafernalia del léxico trotzkista
y voces vecinales fragmentadas por una década de desastres y de fraudes lingüísticos.
Un ejemplo de la insustancialidad de los hombres
políticos argentinos ha quedado expuesta en sus respuestas cuando han sido
confrontados con las treinta vidas perdidas el 19 y 20 de diciembre del 2001:
rituales "deslindamientos de responsabilidades" sumados a remisiones a la
obediencia debida. Nadie será responsabilizado por esos muertos, pues los
pactos de impunidad que la corporación política ha sellado con sindicalistas,
policías y jueces lo impiden. Pero cuando la ley no se cumple por arriba nadie
se siente llamado a cumplirla por abajo, y ello se extiende a los ordenes
impositivos y pedagógicos, enraizando aún más la irresponsabilidad pública.
¿Por qué tantos se sorprenden entonces cuando borbotones de violencia inesperada
brotan en Argentina, como un géiser? Las napas desde dónde se abrió camino
la riada venían trabajando subterráneamente. El viejo fantasma facúndico recorrió
las calles de Buenos Aires por dos días, y nadie sabe cuando volverá a hacer
su ronda nuevamente. El "retorno de lo reprimido" fue resultado de enormes
tensiones previas, algunas muy antiguas, muchas otras producto de los traumas
que dejó la dictadura, otras de haberse promovido a partir de 1983 un constitucionalismo
de cartón piedra desasido de energías políticas, otras de haberse malherido
a la educación y la salud públicas, muchas veces con la colaboración de personeros
de intereses privados, y aún otras del hechizo que las promesas, personalidad
y logros efímeros del Carlos Saúl Menem activaron en el notorio porcentual
electoral que lo acompañó en su gesta ruin y destructiva. El inventario casi
no registra beneficios, y la nueva pobreza encuentra a la mayoría incapaz
de imaginar un acto de contrición colectivo. A la vez, un sacrificio general
en pos de un porvenir mejor solo puede tener sentido si la compensación, material
o simbólica, es creíble. Por el momento, la sola idea de aceptar nuevos años
de dureza sin el contrapeso de la oxigenación política, jurídica, intelectual,
empresarial y periodística supone para los argentinos poco menos que una intolerable
conmoción espiritual.
Argentina no es ya la vaca gorda de antaño que
pastaba en horizontes inacabables. Sus actuales marchas y contramarchas se
parecen a las de un Minotauro agitado que transita desconcertado por su propio
laberinto, en el mismo momento en que propios y ajenos repudian su extraña
fisonomía. Cortado el chorro anual de bienes obsolescentes, invertida la dirección
de los fondos que llegaban de lejanos paraísos financieros e incierto el túnel
de cuya desembocadura podría manar una claridad esperanzadora, ese Minotauro
apenas puede subsistir devorándose a sí mismo. La autofagia es sinónimo del
presente argentino, y salvo que una dosis de sabiduría y de esfuerzo colectivos
detengan el proceso, inevitablemente se obturará la posibilidad de una renovación
espiritual en la generación aún adolescente y le será negada a la población
un principio de justicia económica y política. Y si los argentinos no fueran
capaces de apropiárselos por sí mismos, el destino del país que hemos conocido
sería una mayor y casi inimaginable agonía, o bien el afincamiento de un tipo
de subjetividad estupefacta, aturdida y resignada. Argentina sería arreada
más allá de su voluntad, carneada por obtusos matarifes locales y extranjeros,
sus cueros alfombrarían las salas de directorio de remotos organismos de crédito
y fondos de inversión, y de sus huesos solo se ocuparían los historiadores
de la decadencia de las naciones. Al final de todo, la efusión de fósforo
óseo que despide el esqueleto del ganado sucumbido en el campo suele aurolear
momentáneamente la noche pampeana. Se la conoce como "luz mala" y perdura
apenas por un instante. Luego, se restaura la oscuridad.