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José
Ingenieros
"74 años de Lucha"
Algunos comentarios sobre las últimas movilizaciones populares en Argentina
Una de las formas para presentar la dimensión de lo ocurrido en la Argentina entre el 19 y 21 de diciembre es dando algunos datos de la represión: según la información brindada por la prensa los muertos serían 27, aunque podrían ser más; sólo en las inmediaciones de la Plaza de Mayo, centro de Buenos Aires, el jueves fueron asesinadas 7 personas. Los heridos se cuentan por centenas y los detenidos por miles - sólo en Buenos Aires fueron más de mil -. Algunos de los detenidos fueron torturados en comisarías y móviles policiales, también se habla de que funcionaron centros clandestinos de detención y de la existencia de personas desaparecidas. En algunas comisarías las fuerzas policiales no dieron lugar a los habeas corpus presentados en favor de los detenidos, aduciendo que éstos no se encontraban allí. Todas las herramientas fueron utilizadas para acabar con los luchadores populares que enfrentaban la represión.
Por más que oficialmente se quiso desconocer las víctimas, los muertos están allí, como una prueba más de que la esencia del estado es la violencia. Por más que el gobierno negó que las fuerzas represivas hayan utilizado armas de fuego, también están allí los muertos con sus cuerpos perforados por balas de plomo, espaldas y cabezas perforadas. Hombres, mujeres y niños atropellados por los caballos de la policía montada, cabezas y cuerpos hinchados por los bastonazos. Cuerpos irritados como consecuencia de los gases lacrimógenos y vomitivos. El gobierno tibiamente sólo admitió que se cometieron algunos excesos como en tiempos dictatoriales.
Otra forma de presentar lo ocurrido, al menos en la ciudad Buenos Aires, es hablar de los daños en la city porteña, unas 60 manzanas donde se concentran el capital financiero y las firmas internacionales. Allí todo era destrucción, vidrios, escombros, fuego. Lo que empezó como cientos de actos de iconoclasia anticapitalista derivó en la destrucción generalizada, por donde las miles de personas que se habían apoderado de las calles canalizaban su bronca.
¿Cómo empezó todo esto? No vamos a hablar de las causas más profundas que nos llevarían a remontarnos varias décadas atrás, nos referiremos a los hechos inmediatos que encendieron la mecha. El 3 de diciembre el gobierno nacional decretó la bancarización de la economía y retuvo los plazos fijos, mayormente de los pequeños inversionistas, para cumplir con las demandas de política de déficit cero del FMI, e intentando evitar que continúe la fuga de capitales. Este paralizó la economía doméstica, fue un golpe de gracia para los cuentapropistas y pequeños comerciantes, ni que hablar de los sectores marginados. El estallido social era sólo cuestión de días.
Los primeros saqueos se produjeron el martes 18 Córdoba y Entre Ríos, el miércoles por la mañana se expandieron al cinturón urbano que rodea la ciudad de Buenos Aires (el Conurbano Bonaerense) y a otras ciudades del país. La psicosis, como una peste, se expandía por la Argentina. Se fortalecía el rumor de que hordas de saqueadores - identificados capciosa y convenientemente como piqueteros - asolaban los barrios. Se buscaba desestabilizar al gobierno y al mismo tiempo enfrentar a pobres contra pobres para desarticular la lucha que sectores populares en pos de la construcción de una sociedad nueva. La derecha y los peronistas habían optado por guerra psicológica para allanar su camino hacia el poder.
El gobierno nacional respondió a la profunda crisis social declarando el estado de sitio por 30 días. Nuevamente los reclamos sociales eran criminalizados y aplacados con la fuerza. El decreto presidencial se anunció formalmente cerca de las 23 del miércoles. En ese momento miles de personas salieron a las calles protagonizando uno de los mayores actos de desobediencia civil desde el retorno a la democracia representativa. El ruido de centenares de miles de cacerolas y bocinas y unas cuantas banderas argentinas cubrieron todos los barrios porteños y la gente se dirigió caminando hacia el parlamento y la Casa Rosada - Casa de Gobierno -. Cuando hombres, mujeres, niños y ancianos llenaron la Plaza de Mayo la policía disparó gases lacrimógenos contra la multitud. La respuesta general fue pacífica, aunque ya algunos grupos descargaron su furia sobre bancos, carteleras de publicidad, teléfonos públicos y locales de Mc Donald's.
Aun pasadas las 3 a.m., la gente rechazando los partidos políticos y sindicatos, continuaba resistiendo en las calles el estado de sitio y la presencia policial era escasa. La noticia de la renuncia del ministro de economía, primero, y del resto del gabinete, más tarde, alentaba la fuerza popular. Pero cerca de las cuatro comenzaron los ataques policiales con gases lacrimógenos y balas de plomo - también algunas de goma -. En las escalinatas del congreso - a 15 cuadras de la Plaza de Mayo - caía la primer víctima fatal.
A pesar de la represión algunos grupos continuaban en las calles. En el mediodía del jueves, la policía cargó violentamente contra quienes se manifestaban en Plaza de Mayo. La gente era atropellada por los caballos de la policía montada, gaseada, apaleada y baleada. La plaza había sido despejada pero se iniciarían las luchas callejeras por todo el centro de la ciudad.
La resistencia popular, que sólo contaba con piedras y algunas molotovs, durante ocho horas levantó barricadas impidiendo el avance policial. Con el correr de las horas la noticia de los compañeros muertos acrecentaba la ira. Cerca de las 19, cuando se dio a conocer oficialmente la renuncia del presidente, la policía embistió violentamente contra los manifestantes que aun quedaban en las inmediaciones de la zona del Obelisco.
Al mismo tiempo en el resto del país se sucedían las luchas. En Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, la gente intentó quemar la gobernación. En la ciudad de Córdoba, también la gente pretendió reducir a cenizas la sede del gobierno municipal. En La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, los manifestantes intentaron tomar la legislatura provincial.
Paralelamente a lo que en las calles ocurría, desde la clase política en general sólo se atinaba a llenar el vacío de poder generado por la patética huida en helicóptero del entonces presidente renunciante Fernando De la Rúa. Esta noticia fue recibida como una victoria en la convención de gobernadores justicialistas, que se realizaba en esos instantes en la provincia de San Luis. Recordamos que el día anterior éstos se habían negado a conformar un gobierno de coalición para acelerar así el inevitable vaciamiento de poder del gobierno radical. De esta manera, el gobierno derrocado por la lucha popular fue rápidamente reemplazado por los peronistas. Como dijo Ramón Puerta, quien siendo presidente del senado sucedió a de la Rúa, "En ningún momento hubo acefalía institucional".
El último acto de gobierno de De la Rúa fue levantar el estado de sitio, insistir en la paridad cambiaría un peso un dólar y decir que su renuncia no se debía a la lucha popular sino al vacío de poder hecho por los peronistas. El estado de sitio fue impuesto nuevamente por Puerta para las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires, aunque horas después fue levantado.
También la movilización popular tuvo sus lados oscuros; La gente no sólo rechazaba a la clase política (políticos y sindicalistas), y debilmente, al plan económico dictado por los organismos financieros internacionales, sino también a la política, a la posibilidad de crear un proyecto social diferente. Todos los medios masivos de (des)información presentaron estas jornadas históricas como un triunfo de la sociedad civil deslegitimando a los luchadores populares y a los marginados que en las calles dejaron su vida. Sin embargo, más allá de las maniobras realizadas por la derecha y el peronismo para fomentar la desestabilización política, la salida de De la Rúa fue una victoria popular.
Compañeros de la Biblioteca Popular "José Ingenieros"
Buenos Aires, 23 de diciembre de 2001