¿Hay algo que no
hieda?
Por: Jaime Richard
Tomado de ARGENPRESS
En las sociedades
de libre mercado la podredumbre que siempre hubo en toda sociedad desde
que la memoria se pierde en la Historia, avanza con tal celeridad que
difícilmente esa cuarta parte del mundo sumida en el mortífero “modelo”
podrá resistirlo sin declarar a un enemigo prefabricado una guerra
total. Pues no hay cura específica para todo proceso agangrenado. El
único tratamiento posible es la amputación...
¿Me quieren decir los defensores del libre mercado qué ventajas, salvo
para unos cuantos, reporta a la humanidad el libre mercado? Empezamos
por que el libre mercado, entendido como la libre concurrencia entre la
oferta y la demanda no existe. En los países occidentales, más que una
economía mixta o dirigida, lo que existe es una economía absolutamente
controlado por la oferta. Mejor dicho, por quienes la manejan. “Detrás
de cualquier argumento contra el libre mercado yace la falta de fe hacia
la libertad misma”, nos dice el listo Milton Friedman.
Y efectivamente, no tenemos fe en la libertad misma porque la libertad
no existe, es una pura ficción, una ilusión. Pero si hemos de tener fe
ciega en algo sería preferible volver sobre nuestros pasos y tenerla
contra la fe contra la que desde hace mucho luchamos: en Dios. Friedman,
sin darse cuenta porque cree que nos vamos a acomplejar no teniendo fe
en la libertad, pone el dedo en la llaga. Gracias a la fe que él dice
tener en la libertad y por ende en el mercado, él y todos los que le
corean viven como Dios precisamente. Mientras que tres cuartas partes de
la humanidad vive engañada por ellos y malvive o perece sin creer en
absoluto ni en el uno ni en la otra o dando estúpidamente vivas a la
libertad. Sin ir más lejos ¿acaso tenía Friedman o yo libertad en
Estados Unidos para predicar o difundir el comunismo sin dar con mis
huesos en una prisión secreta u oficial o con un tiro en la nuca? En
cuanto una idea o movimiento incruento es abortado, siendo ilusoria la
libertad por definición, en ese país domina el totalitarismo bajo
disfraz. El concepto de libre mercado es una falacia en sí mismo. Y la
existencia del totalitarismo no depende sólo de que a un país se le haya
puesto o no una etiqueta.
Lo que se dice libre mercado, es decir hoy día “neoliberalismo”, lo vive
un tercio de la humanidad. El resto es planificación pura o
intervencionismo más o menos dirigido y eficaz.
Por eso y hablando de economía de mercado, ¿me quieren decir sus
abogados qué instituciones, profesiones, sectores, estamentos,
estructuras no están podridas y cada día que pasa más putrefactas? ¿Me
quieren decir que no habiendo espacio ni rincón de las sociedades de
mercado que no sea un lupanar en el peor sentido, un foco infeccioso de
engaño y de manipulación, semejante “modelo” de la falsamente llamada
“libre concurrencia”, pueda hacer feliz a los más y no sólo a los que lo
manejan y los débiles de carácter que se dejan engañar?
Ahora, un estudio de Consumers International señala “las malas prácticas
comerciales”: “información errónea intencionada, propiedades del
medicamento no probadas, propiedades “exageradas” del medicamento,
falsas comparaciones con otros', etc. ¿Es posible, por ejemplo -y éste,
se sobreentiende, es sólo un ejemplo pues luego está la justicia, el
ámbito religioso, la comercialidad, etc- vivir confiando en la Medicina,
en los médicos y en la farmacopea en semejantes condiciones? Es sólo una
muestra. Pero elijamos cualquier estamento social al azar: no existe uno
“sano”. Hasta hace poco si acaso la enseñanza. Hoy, ni la noble
pedagogía se libre de la tendenciosidad indecente, camuflada, como todo,
entre cantos de alabanza a la imaginaria libertad.
¿Que la corrupción va cosida a la condición humana, es inevitable y sólo
se puede rebajar? De acuerdo. Pero una cosa es que existiese (que no
existe) en los centros de poder la voluntad de rebajarla, y otra que
ellos mismos sean los que la fomentan para luego rentabilizar su
persecución. Como sucede con todas las guerras y ahora también con el
asunto artificial de la lucha artificiosa, sanguinaria y depredadora
contra el terrorismo practicada por Norteamérica, a toda costa empeñada
en contaminar a los países de su modelo de su propia infección...
La sociedad puede evitar la corrupción o convertirla en excepción si se
convence a sí misma, -empezando por los dueños del poder de facto de que
la libertad, que sólo la disfrutan realmente unos pocos a manos llenas-
de que debe restringirse enérgicamente, radicalmente, drásticamente en
lugar de venderla como producto de consumo viciado y engañoso para luego
recortarla, zarandearla y extraer provecho de ella, otra vez, unos
pocos.
Sólo un modelo de economía intervenida y planificada puede acabar no
sólo con la corrupción que se expande como una plaga bíblica por el
globo, sino con la miseria. Y sólo ese modelo es capaz de contener
eficazmente el vertiginoso proceso de agotamiento o extinción de las
especies y de los recursos esenciales para la humanidad, empezando por
el agua y el propio latir de la vida en el planeta.
Inici