La revolución desde la izquierda
Por: Roland Denis / Proyecto
Nuestramérica- Movimiento 13 de Abril
El pecado original del
chavismo
Ni el chavismo ni la “revolución bolivariana” son fenómenos políticos
nacidos desde un lugar de izquierda, ese es su pecado original. Nacen en
la rebelión de las calles, en las insurrecciones de los cuarteles y no
desde la decisión racional de una vanguardia o bloque político de
izquierda que empuja un proceso revolucionario hacia su victoria.
Estamos hablando entonces de un fenómeno cargado de un barroquismo
originario tremendamente complejo que se fue alimentando afortunadamente
de los insumos más libertarios y radicales que en una época de nuestra
historia empezaron a regarse por múltiples rincones de la sociedad y del
movimiento popular, hasta llegar actualmente a enarbolar las banderas
del anticapitalismo y el socialismo.
Pero también estamos hablando de una sociedad traumatizada por la
miseria acumulada y los grados de corrupción sembrados en un modelo
acumulativo basado en una “economía de extracción”, es decir, una
economía nacional dependiente de un estado que vive fundamentalmente de
la renta petrolera y una estructura capitalista que se reproduce gracias
al subsidio la tasa de ganancia por vía del acuerdo distributivo (muy
poco legal y abierto por cierto, de allí es “estado de impunidad”
permanente en que vivimos) entre clases dominantes y elites políticas al
mando. Esta base estructural dentro de nuestra formación social,
teniendo ya casi un siglo de existencia, ha ido creando no solo una
sociedad tremendamente desigual (los que participan del botín petrolero
y los que están excluidos de sus frutos) sino al mismo tiempo genera las
bases de un movimiento popular y de resistencia que como cualquiera
denuncia esta realidad y lucha por las revindicaciones populares más
urgentes y muchas veces elementales (agua, luz, vivienda, tierra,
trabajo, educación, salud, etc), llevando consigo la debilidad de ser un
movimiento de los márgenes (de la “marginalidad”), un movimiento que en
su mayoría está excluido del debate central de la producción y la
distribución de la riqueza creada.
Si hay entonces una “base clasista” en este movimiento esta se generó
con la ayuda sin duda de ciertos núcleos combativos del movimiento
obrero y marxista, pero sobretodo de un tipo de debate e influencia de
corrientes históricas de lucha completamente heterodoxas y diversas (las
resistencias culturales, el cristianismo liberador, el cimarronismo, la
democracia de la calle reivindicada desde los barrios, movimientos
sociales de todo tipo muchas veces inesperados, la lucha estudiantil,
las sublevaciones populares espontáneas, los movimientos de liberación
nacional, el bolivarianismo revolucionario, la lucha armada, el marxismo
crítico latinoamericano, el indigenismo, etc). E allí el segundo pecado
original del “movimiento bolivariano”, su insólita diversidad y
heterodoxia, hoy representado en la figura de Hugo Chávez.
Los errores de cierta crítica de izquierda
Los “sectores
revolucionarios”, es decir, los que creemos estar dentro de la lucha
política y social buscando las coherencias necesarias entre teoría y
praxis, estamos sumidos por tanto a un inmenso reto de comprensión y
diseño de acción que pueda ser congruente con la compleja realidad que
vivimos y la responsabilidad histórica que tenemos. Evidentemente que no
ha sido fácil y aún hoy por hoy sería muy difícil identificar a un polo
dentro de esa izquierda revolucionaria que haya podido despejar por
completo sus dudas y vacíos. Sin embargo, desde nuestra perspectiva hay
errores evidentes que siguen reproduciéndose quizás por la propia
necesidad de refugiarse en un campo de certeza que le permita a tal o
cual organización, grupo o tendencia, blindarse del propio caos de la
realidad y de la crisis “sin salida cierta” del orden de dominación en
nuestro país.
Por un lado hay una izquierda que radicaliza su discurso a partir de la
valoración del “carácter de clase” de este gobierno (burgués, pequeño
burgués), y de los visos “populistas”, “reformistas”, “nacionalistas”
que corren en su seno por razones de clase, siendo por tanto un gobierno
condenado, más allá de cualquier discurso, a defender los intereses del
capital nacional e imperialista (nos referimos a la mayoría de las
corrientes trotskistas, hoy muy activas en algunos sectores obreros).
Esto puede ser totalmente cierto si nos atenemos a un parámetro de
comprensión totalmente formal y sociológico donde se contraponga en
nuestra imaginación política este gobierno (de pequeños burgueses,
campesinos o marginales de origen) a un eventual gobierno dominado por
delegados de los trabajadores y de las clases explotadas en general,
organizados e identificados como tal. Una pregunta un poco estúpida
quizás: ¿Después de Comuna de París y el primer gobierno soviético (el
espacio efectivo de gobernabilidad democrática de los soviets)
-1917-1919- ha habido un solo gobierno en la historia que cumpla con ese
parámetro y haya perdurado más de dos meses en “el poder”?. Si lo hubo
manden la información, en todo caso preferimos en este caso admitir que
este parámetro de compresión y acción la historia le ha demostrado que
adolece de inmensas carencias e impotencia política. ¿No será más bien
que alguna razón tenemos que darle a los buenos anarquistas, los
autonomistas, los consejistas, los libertarios, los camaradas de Durriti,
los zapatistas, respecto a la inviabilidad de la liberación del trabajo
utilizando como herramienta el partido de vanguardia y la forma estado?,
¿es que en esa “forma-estado” (cual sea su asignación ideológica) no
está condensada en sí misma todas las reglas, la cultura, las
formalidades, las relaciones, que hacen viable históricamente el dominio
capitalista?.
El problema de la caracterización ortodoxamente clasista centrada en la
tradición leninista tiende a ser su inmenso desprecio tanto de la
situación social (su diversidad, las relaciones que allí se desarrollan,
el entrelazamiento entre estos sujetos sociales) sobre la cual se
soporta el orden de dominación, como de los acontecimientos que se han
sucedido y que han permitido generar nuevos valores políticos, nuevos
modos de resistencia, nuevos espacios de interacción entre las clases
explotadas, nuevos planteamientos programáticos, fuera de los cuales no
hay revolución posible que no sea desde las cabezas y la mistificación
de las vanguardias. No queremos decir con esto que debemos despreciar el
papel de la clase obrera tradicional, el acto cardinal de la toma y
control de los medios de producción y el avance en formas muy concretas
de constitución de poderes donde el papel de este sector es clave. El
problema es sacarnos de la cabeza el prurito sociológico de la “clase” y
ver en todas estas dinámicas obreras una expresión más tanto de la
totalidad de la lucha de clases como de la experiencia de rebeldía y
constitución de nuevos órdenes de sociedad que emergen de la insurgencia
conjunta de los explotados. No es más importante por sí misma una toma
de inmuebles, una toma de tierra o una toma de fábrica, lo importante es
como se multiplican estos fenómenos de expropiación al capital, su
masificación, su creatividad política y capacidad de defensa ante el
ataque del estado capitalista.
Otra crítica de izquierda muy difundida es la que llamaríamos
radical-nacionalista. Su centro crítico ya no se centra en la
ascendencia de clase del gobierno sino en el problema de soberanía, más
concretamente, en el problema de la ambigüedad demostrada por el
gobierno ante su posición “antiimperialista”. Se critica que por un lado
el gobierno enfrente declarativamente el dominio imperial norteamericano
y por otro se establezca una alianza privatizadora con el capital
transnacional petrolero (extendido ahora hacia la esfera de la
explotación del gas) a través de las “empresas mixtas”. Se rechaza por
igual el abandono de la “orimulsión” (energético creado en Venezuela
hecho de una combinación entre agua y bitumen o petróleo extrapesado)
como alternativa energética. A ello se anexan todo un conjunto de
denuncias que cubren el problema del “modelo productivo” en su conjunto;
se critica que es una simple reproducción del capitalismo desarrollista,
dependiente y depredador, los planes de minería, el plan carbonífero, el
gasoducto del sur (red única gasífera de Venezuela hasta Argentina), la
anexión de Venezuela al IIRSA (otra cara del ALCA desde el ángulo de las
inversiones continentales en infraestructura), el pago de la deuda
externa etc. Se dice, desde las versiones más extremas de este
“nacionalismo radical” que en definitiva Chávez no es más que un
“monigote” del neoliberalismo vestido de socialista.
Nuevamente pasa lo mismo, estamos totalmente de acuerdo respecto a la
“dualidad” estratégica que atraviesa al gobierno y sus políticas
económicas (apertura a nuevas relaciones de producción-alianza con el
capital transnacional). Lo de las empresas mixtas es sin duda una
concesión bestial al capital petrolero inaceptable. Por otro lado,
planes como los del desarrollo carbonífero en el Zulia, la penetración
transnacional en los territorios dedicados a la minería (oro, diamante,
fundamentalmente), los modelos de desarrollo que se plantean, la misma
visión de integración continental, el papel privilegiado concedido al
capital financiero, nos deja bien claro que al menos “transición hacia
el socialismo” es todavía muy dudosa y contradictoria. Ahora bien: ¿esto
quiere decir que Hugo Chávez y su gobierno no son más que una pieza
clave del imperialismo? Nuevamente se impone un pensamiento formal,
vacío de hechos, completamente abstracto e impotente políticamente como
en efecto lo han demostrado muchas de estas tendencias del
ultranacionalismo. Lo que pasa es que en ellas aunque en algunos se
habla de “enfrentamiento civilizatorio” (Douglas Bravo), de
enfrentamiento al capitalismo de estado incluso, y esto se les agradece
a los compañeros por su nítida posición ideológica y de izquierda, sin
embargo no superan nunca la denuncia y la ideología.
Efectivamente desde estas posiciones no hay alternativa que no sea
mistificando o el poder político o una suerte de comunidad originaria y
virgen más allá de la historia que se reivindica como salvadora de la
humanidad. Nunca hay “pueblo, movimiento, acción transformadora,
colectivo real y actual”. Sus discursos dejan subyacente que en realidad
todo tiende a resolverse desde el conspirativismo cerrado y de cúpulas,
o en todo caso de un programa donde eventualmente se imponga de nuevo el
Leviatán de estado. Un estado dueño de todo y enemigo de cualquier
imperialismo. ¿Qué otra salida puede haber más allá de cualquier
mistificación?. Lo más radical regresa objetivamente a los viejos
programas de gran parte de la izquierda latinoamericana de los años
treinta y cuarenta, de donde nacieron partidos como el APRA (Perú) y
Acción Democrática (Venezuela), y ya se sabe donde terminaron. Si el
problema es Chávez y su gobierno, eso quiere decir que el verdadero
gobierno revolucionario, como divinidad venida del olimpo, y a punta de
decretos y órdenes haría realidad desde su fuerza divina un estado
nacional de soberanía absoluta inmerso en una nueva racionalidad
civilizatoria. En el fondo es una de las locuras –ahora reelaboradas- en
que quedó atrapada la vieja izquierda radical (al menos sus elites más
consecuentes) hija tanto del marxismo soviético, de los programas de
liberación nacional, como del voluntarismo propio de las tierras
nuestramericanas.
La buena crítica
Obviamente existen otros
campos “de izquierda” que exponen su punto de vista crítico, todos
“antichavistas” (la nueva izquierda liberal –“antiborbónica” como dice
Petkoff- anexada al campo de la oposición de derecha). El problema es
entonces el “tirano-despota”, el “populista” y “antidemocrático” de Hugo
Chávez, su “precambrica” o “castrista” ideología política. O ciertos
núcleos anarquistas (ejemplo: periódico “El Libertario”, muy de salón
desgraciadamente, donde más o menos el problema es el mismo: Chávez el
militarista, Chávez el autoritario, etc). De verdad, con todo el
respeto, pero no es nuestro interés entrar en un debate con estas
tendencias porque o somos enemigos políticamente o simplemente porque no
aportan nada.
Lo que si nos interesa, y es allí donde nos quedamos más pegados y
atentos a su evolución, es a otra crítica muy de izquierda también pero
que es quizás la más ingenua. Y decimos “ingenua” desde la posición de
aquel que ha tenido la suerte de hacerse de un arsenal teórico-político
mínimo que le permite evidenciar esta debilidad. Pero esto es un
privilegio intelectual personal irrelevante en los hechos. Desde ese
privilegio nos damos el derecho de llamarla quizás de manera impropia:
la crítica “popular-moralista”. Como postura política y como crítica es
muy sencilla. Se dice que Chávez es un hombre honesto, un verdadero
revolucionario, un hombre del pueblo comprometido con sus ideales, pero
rodeado de una cuerda de traidores, de gente falsa, de corruptos que se
aprovechan de su liderazgo, organizados principalmente en los partidos
oficialistas (básicamente MVR, Podemos y PPT) que a su vez los utilizan
como instrumentos principales de apropiación de los puestos de gobierno
y de los mandos en general tanto del estado como una buena parte del
espacio popular organizado. Se dice entonces que el problema fundamental
de la revolución bolivariana es la corrupción y el burocratismo,
reiterando su apoyo total al presidente, pero alejándose cada vez más de
las nuevas elites que monopolizan la representatividad política del
proceso revolucionario.
Lo más importante de esta crítica no es su acertividad de análisis o
profundidad teórica (debilidad evidente: la idealización de Chávez, la
personalización del poder), lo más importante es que se trata de la
única crítica que ha tomado un rango masivo, se ha hecho “popular” en
todo el sentido de la palabra, y que poco a poco se va exigiendo a ella
misma dar saltos cualitativos que la obligan a pasar del comentario al
hecho político y la construcción de estrategias de acción colectiva que
le permitan destruir el enemigo odiado de la corrupción y el
burocratismo. Es la crítica posible y necesaria desde la fase actual de
la lucha de clases para hablar en decente lenguaje marxista. Esto es lo
que llamamos desde el Proyecto Nuestra América, la construcción de una
“razón de todos”. No es la “razón” iluminada de la autoconciencia
hegeliana, es simplemente un campo concreto del raciocinio colectivo
donde se expresa el proceso revolucionario en su matriz social más
productiva y transformadora. De hecho ya salen a partir de ella
bellísimos procesos de movilización, de irreverencia social, de
radicalización del espíritu libertario e igualitario, de
autoorganización, que es en definitiva el nudo esencial que en el campo
ideológico ha construido la revolución bolivariana. Y a la vez el
espacio donde se refugian todas nuestras esperanzas ya no como
vanguardias arrogantes sino como luchadores revolucionarios que en su
condición material y afectiva somos idénticos a ese pueblo.
Qué decir y qué hacer entonces desde la izquierda
Más allá de las
interpretaciones dentro de las esferas de vanguardia o en el espacio
popular, en nuestro juicio importante en estos momentos percibir lo que
es el desarrollo de un movimiento social que aunque muchas veces fue
estimulado a crearse desde las esferas burocráticas de las direcciones
de gobierno (Comités de Tierra, Consejos Comunales, Comités de salud, de
energía, de agua), sin embargo comienza a tomar distancia de estas
formas de dirección y establecer sus propias políticas y estrategias,
desarrollando una actitud crítica ante el estado en su conjunto que se
radicaliza todos los días más. Junto a los movimientos sociales
autónomos más importantes (campesinos, empresas recuperadas, populares,
estudiantiles, indígenas) esta base organizada del movimiento popular es
la matriz de clase imprescindible para la profundización de la
revolución. Si ella no encuentra un teatro común de acción política y
construcción societal, lo más probable es que la revolución bolivariana
comience en los próximos años un declive de tal magnitud que desaparezca
como fenómeno real de ejercicio de justicia, libertad y construcción de
soberanía, independientemente de Chávez.
Hoy en día nos encontramos en un momento de “máxima confusión” ya que
por un lado la ofensiva imperialista sobre Venezuela, la evolución del
“Plan Balboa” junto al “Plan Colombia”, en tanto diseños militares de
ataque a Venezuela, y la presión de la campaña electoral (la campaña por
los diez millones de votos), ayudan a cohesionar las bases populares
sobre la figura de Chávez y la posición de gobierno. Pero al mismo
tiempo la descomposición institucional que se vive, siendo cada vez más
patente dentro de los gobiernos municipales y estatales (alcaldías,
gobernaciones, en una inmensa mayoría en manos del “bloque del cambio”)
produce una impotencia colectiva que raya o en la desesperación o muchas
veces en la desesperanza. Por otro lado, los mismos mandos
institucionales se inquietan, generando por su lado una tendencia cada
vez más agresiva de control tanto de los procesos sociales de
organización, de autogobierno, como de experiencias productivas y
obreras tanto en la esfera cooperativa como dentro de las empresas
recuperadas. Una situación de “máxima confusión” ante la cual las
dirigencias de base tienden a repetir el mismo esquema aprendido desde
hace al menos 4 años: callar, esperar, seguir organizando, no confundir
el enemigo, pero esto también ya empieza a hacerse corto. Se necesita
dar un paso adelante conjunto. Hasta ahora los intentos han sido
interesantes pero no suficientes (la movilización emprendida por
sectores de los movimientos indígena, minero, campesino, obrero,
sobretodo). Además tenemos el problema que el estado como “máquina de
captación” y ordenamiento del conjunto rebelde. El aparato de estado al
ver el surgimiento de estos fenómenos si no puede reprimirlos como es el
caso a los mineros, los neutraliza convirtiéndolos en centros de
administración de fondos que el estado les da para su desarrollo. Dicha
“captación” resta en ellos toda beligerancia generado una tendencia a la
“despolitización” de su accionar, incrementando la unidad corporativa –y
no de clase- de sus bases (caso de una buena parte de los espacios de
comunicación alternativa).
Esta situación nos obliga
a dar un salto cualitativo conjunto que nos coloque al límite de una
nueva situación donde la relación entre gobierno y movimiento popular
“no administrado” cambie de manera radical. Hoy en día han surgido por
toda la geografía nacional núcleos críticos y de lucha que prácticamente
inundan todo el conjunto del espacio organizado de base. Son luchas
dispersas que defienden la revolución bolivariana, pero al mismo tiempo
constituyen un fiel testimonio del agotamiento del esquema institucional
de estado como palanca central del proceso transformador. Hemos
propuesto avanzar en una campaña que cabalgue sobre las venideras
elecciones presidenciales (diciembre 2006) generando dentro de ella una
dinámica alternativa centrada en la síntesis de todo estos programas
mediante el diálogo, la movilización, el encuentro de muchos, levantando
las banderas del antiburocratismo, la lucha contra la corrupción, el
capitalismo y la agresión imperialista. “Diez millones de voluntades
para profundizar la revolución”, proponemos como una de sus consignas.
Esta campaña la hemos
denominado “Por todas nuestras luchas”. Una “otra” campaña dentro del
territorio venezolano donde respiren las luchas reales, se encuentren
las palabras, se organicen núcleos de base, nos acompañemos en la
movilización necesaria, y podamos poner las bases de un “programa
autónomo de transición” común a todas las comunidades de lucha. La idea
no es agotar esta campaña con el acto electoral. Lo ideal sería
trascenderlo pudiendo para el próximo 27 de Febrero (fecha del
levantamiento popular del 89) tener entre manos las bases de un programa
y un plan común que permita la profundización efectiva del proceso
revolucionario. Se habla incluso de construir una tarjeta electoral
común a todos los movimientos que se sumen a la campaña como marco de
contrapeso frente a los partidos oficialistas. Una decisión importante
pero que siempre estará en un segundo plano frente a los objetivos
prioritarios de la movilización, el encuentro, el oírnos, el hacer
juntos, el construir un programa “de los pobres”, con el fin de iniciar
a partir del año que viene una nueva etapa del proceso revolucionario
caracterizada por la autonomía y la radicalización unitaria de las
luchas populares. Esta campaña debe comenzar en uno o dos meses, desde
el momento en que logremos en una conferencia conjunta conformar el
“comando por todas nuestras luchas”. Nuestra creatividad y voluntad
política va a ser determinante para su desarrollo, esperando poder
encontrarnos desde un terreno totalmente distinto donde la igualdad y la
dignificación del otro sea lo prioritario y no la instrumentación
política del colectivo.
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