Chávez se fortalece en medio de la crisis regional
Por: Luis Bilbao
Fecha de publicación: 06/03/08
Tomado de aporrea.org
Tensión y renovada confianza. Son los rasgos sobresalientes en torno
al gobierno venezolano. Es que la guerra no se presenta como
desenlace más probable de la crisis que conmueve a Ecuador, Colombia
y Venezuela. En cambio, en el plano interno, la coyuntura parece
encaminarse a una recomposición de la hegemonía de que ha gozado en
los últimos años el presidente Hugo Chávez.
No faltan motivos para la tensión. Desde el sábado 1 de marzo,
cuando el ministro de Defensa colombiano, Juan Manuel Santos,
anunció la muerte de Raúl Reyes, el hombre clave de las Farc, la
sucesión de revelaciones sobre la operación militar y de medidas
adoptadas en Quito, Caracas y Bogotá, se encadenaron sin pausa y
muchos se preguntan si será posible detener la escalada. El
presidente Rafael Correa declaró en tono severo que su país “no se
conformará con un simple pedido de excusas”. Al día siguiente Hugo
Chávez respaldó a Ecuador y advirtió: “Esto puede ser el comienzo de
una guerra en Suramérica".
Los hechos son elocuentes. Temprano en la mañana de ese sábado
fatídico, Correa recibió un llamado de su par Álvaro Uribe. Así se
notificó de que un choque entre el ejército colombiano y las Farc
trascendió la frontera y dio lugar a un involuntario combate en
territorio ecuatoriano, del que resultaron muertos 19 militantes de
la organización guerrillera. Dos comandantes de las Farc, explicó
Uribe, habían sido trasladados a Bogotá por las tropas colombianas.
Cauto, Correa hizo pública esa información y ordenó una
investigación. Diez horas después el presidente de Ecuador volvió a
hablar a la nación, pero esta vez para decir que “Uribe fue mal
informado o descaradamente le mintió al presidente de Ecuador”.
Es que la investigación a cargo del ejército ecuatoriano probó que
no hubo combate en territorio colombiano y un desplazamiento de las
acciones hacia el país vecino. Presumiblemente para evitar un cerco
de las fuerzas oficiales, las Farc habían transpuesto el río
Putumayo internándose 1800 metros al otro lado de la frontera. El
propio Correa aseguró en cadena nacional que los cadáveres de los
guerrilleros fueron hallados sin ningún rastro de combate en el área
y en paños menores. Fueron atacados, con bombardeos aéreos, mientras
dormían. Aseveró además el presidente ecuatoriano que aviones y
helicópteros artillados entraron más de diez kilómetros y atacaron
al campamento desde el Sur. Luego hubo un segundo asalto. Ingresó
otra cuadrilla de helicópteros que esta vez descendieron en el
lugar. Sus ocupantes remataron a varios de los heridos y se llevaron
a dos de ellos: Raúl Reyes y Julián Conrado, otro comandante de la
organización insurgente. Como anunciaría luego el gobierno
colombiano, también llevaron de allí tres computadoras portátiles.
La operación dejó 21 muertos y dos guerrilleras heridas. “Fue una
masacre”, dijo Correa. Luego anunció el desplazamiento de tropas
ecuatorianas hacia la frontera, la expulsión del embajador
colombiano y convocó al Consejo de Seguridad Nacional. El presidente
ecuatoriano subrayó además que la detección del campamento había
sido realizada por medios técnicos “con ayuda de una potencia
extranjera”. Reyes utilizó un teléfono satelital. Desde la base
estadounidense en Manta, esa llamada fue detectada. Al día siguiente
se denunció que las naves colombianas habían decolado de Tres
Esquinas, una base de Estados Unidos en Colombia. Fidel Castro, en
una de sus ya habituales incursiones periodísticas, llegó más lejos:
"Fueron bombas yanquis, guiadas por satélites yanquis".
Vorágine belicista
Aun antes de estas precisiones, tres países quedaron envueltos en
una escalada militar. A ritmo de vértigo Uribe, Correa y Chávez, en
ese orden, dispusieron el desplazamiento de tropas hacia las
fronteras. El embajador de Colombia en Quito fue expulsado. El de
Venezuela en Bogotá fue retirado y 24 horas después le tocaría la
expulsión a todo el personal diplomático de Uribe en Caracas. Acto
seguido vino la ruptura de relaciones, primero de Ecuador y luego de
Venezuela, con Colombia.
Hubo un estremecimiento en las cancillerías de la región. Y comenzó
un atropellado intento por detener la vorágine. Los gobiernos de
Nicaragua, Bolivia, Argentina, Chile, Perú, más tarde Brasil, en
lenguajes diferentes tradujeron sin embargo una misma urgente
voluntad: condenar la violación de la soberanía ecuatoriana y
encontrar un punto de negociación que neutralice la dinámica
entablada.
Sólo Washington sonó discordante: "le dije que Estados Unidos
seguirá al lado de Colombia", declaró George Bush, para luego
agregar, como declinando un verbo y apuntando a su propio frente
interno: "(Uribe) me dijo que la mejor forma de mostrar apoyo es
avanzar con el Tratado de Libre Comercio".
En registro marcadamente diferente, el gobierno francés deploró el
ataque mortal contra quien señaló como el interlocutor con quien
negociaba la liberación de Ingrid Betancourt. También desde Italia
se condenó la operación en territorio ecuatoriano y la muerte del
negociador de las Farc.
En la reunión de la OEA del martes 4, se haría evidente el total
aislamiento de Colombia: allí su único aliado fue Estados Unidos.
Los restantes países comprendieron que la reivindicación colombiana
del concepto de “guerra preventiva” amenaza a la región en su
conjunto. Y, con más o menos nitidez, tomaron distancia.
Bogotá comenzó a morigerar su actitud. Antes de la reunión de la OEA
anunció que no movilizaría tropas a las fronteras con sus dos
vecinos. Con todo, para ese entonces en la línea de demarcación con
Venezuela ya había 25 mil hombres, componentes de 25 batallones,
cuatro grupos mecanizados, un blindado y una brigada móvil, que
cuentan con aviones de combate Mirage, Tucano y K-fir. Con el mayor
disimulo y en plan hasta ahora estrictamente defensivo, también
están emplazadas o marchan hacia las fronteras tropas ecuatorianas y
10 batallones venezolanos, respaldados por el alerta de la Fuerza
Armada Nacional ordenado por Chávez.
¿Error de cálculo?
Es conjeturable que Uribe, o quienes diseñaron la operación, hayan
estimado incorrectamente la capacidad de respuesta del gobierno
ecuatoriano. Esta hipótesis se refuerza al observar la manera como
actuó el gobierno colombiano en el transcurso de las horas. Comenzó
por informar incorrectamente. Luego, develada la verdad, pidió
disculpas a Quito. Ante la réplica de Correa, explicó que se trataba
de un acto de legítima defensa. Correa expulsó al embajador y Bogotá
anunció que el disco duro de una computadora había pruebas de
relaciones entre las Farc y el gobierno ecuatoriano. El presidente
ecuatoriano explicó que efectivamente había relaciones con Reyes y
que estaba a punto de concretarse la liberación de Ingrid Betancourt
y otros once prisioneros. El Palacio de Nariño envió a un jefe
policial a decir que en el disco duro capturado también se probaba
que Chávez había entregado 300 millones de dólares y 50 kilos de
uranio a las Farc. Como de rayo, el ministro de Interior venezolano,
Ramón Rodríguez Chacín, en rueda de prensa ridiculizó las
acusaciones de Colombia y mostró una computadora, propiedad de
Wilmer Varela, alias Jabón, jefe narcotraficante asesinado por
sicarios en Mérida, en enero último.
Allí, afirmó Rodríguez Chacín, se encuentran textos probatorios de
que el propio jefe policial colombiano encargado de la denuncia,
Oscar Naranjo, hermano de un narcotraficante preso en Alemania desde
abril de 2007, ocupó ese cargo merced a una cuantiosa suma pagada
por “Jabón” al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos. En esta
escalada, de signo diferente a la concentración de tropas, pero tal
vez con mayor potencia explosivo, hay quienes creen que Uribe está
personalmente amenazado.
No faltan razones. Súbitamente cobran actualidad libros que vinculan
al jefe de Estado colombiano con el narcotráfico. Uno de ellos fue
escrito por el corresponsal de Newsweek, Joseph Contreras. Otro, más
directo y escandaloso, está firmado por Virginia Vallejo, ex amante
de Pablo Escobar Gaviria, quien alude a Uribe como hombre
fundamental para su organización delictiva. Salta ahora a la luz,
también, que José Obdulio Gaviria, primo del célebre
narcotraficante, es actualmente asesor de Uribe. Es de público
conocimiento que miembros del gabinete ministerial de Uribe, así
como altos diputados y dirigentes del partido que lo respalda, están
hoy presos por complicidad comprobada con el narcotráfico y el
paramilitarismo. En este contexto, la eventual publicación de las
cartas halladas en la computadora portátil del asesinado “Jabón”,
ponen en riesgo incluso la gobernabilidad de Colombia.
Resuelto luchador, Uribe intentó un contraataque anunciando que
llevaría a la Corte Penal Internacional al presidente Chávez,
acusado de “patrocinio y financiación de una organización
terrorista”. La acusación, al margen de todo juicio de valor, tiene
ribetes insólitos: pocas hojas del almanaque cayeron desde que, en
septiembre de 2007, Uribe suplicó –y consiguió- la mediación de
Chávez para avanzar con las Farc en un acuerdo humanitario. O estaba
entonces desinformado en grado incompatible con la función que
ejerce, o está ahora estirando la cuerda más allá de lo que ésta
soporta. Al margen de la inviabilidad procesal de tal acusación, es
improbable que consiga apartar el foco del hecho en discusión: la
doble incursión militar colombiana en territorio ecuatoriano.
Cambio de clima
A la par del desasosiego palpable en Venezuela cuando Estados Unidos
comenzó a desarrollar la tesis según la cual, gracias a Chávez, las
Farc cuentan con armas de destrucción masiva, quedó a la vista que
el gobierno interpretó el efecto provocado por esta táctica
colombiana como una victoria propia ante la opinión pública mundial
y, sobre todo, al interior del país. La oposición, sorpresivamente
unida, condenó la conducta de Chávez. El ex general Raúl Baduel se
sumó a este bloque. “La fuerza armada no está obligada a obligada a
obedecer a este psicótico, loco asesino”, declaró Henry Ramos Allup,
titular del principal partido tradicional de oposición, Acción
Democrática. Como “obscena, diabólica”, calificó la decisión de
Chávez Manuel Rosales, gobernador del Estado Zulia y principal
candidato opositor. Los medios de comunicación arremeten con
virulencia tal que cabe suponer la hipótesis de un pronto
derrocamiento de Chávez.
Pero como ocurrió recientemente cuando adhirió a un ataque de la
petrolera Exxon Mobil contra Pdvsa, el bloque antichavista en apenas
horas comprobó que prevalece un sentimiento espontáneo,
inconsciente, que conmueve incluso a buena parte de los opositores.
Ese sentimiento se hizo más vivo cuando en su exposición ante la
Asamblea Nacional, el lunes 3, el canciller Nicolás Maduro reveló
que recientemente la inteligencia venezolana descubrió preparativos
para una operación similar a la ocurrida en Ecuador, pero en
territorio venezolano. Maduro sostuvo que transmitió esa información
a su par colombiano, en la reciente reunión de cancilleres de
Unasur. Y que éste, perplejo, lo admitió y adjudicó a “sectores
fuera de control” de su gobierno. Transmitiendo menos de lo que
sabe, Maduro asegura que sólo una muy enérgica reacción preventiva
de Chávez impidió un ensayo militar colombiano en territorio
venezolano.
La revelación corrió como descarga eléctrica por el cuerpo social.
Pero esto ocurrió en un clima ya signado por dos logros clave de las
últimas semanas, período en el que se produjo una dramática
reversión positiva en la curva de la inseguridad y se superó el
desabastecimiento. Un tercer factor de peso en las preocupaciones de
la población, presumiblemente será atacado en esta impensada
coyuntura: la corrupción.
También ante la Asamblea Nacional, el martes 4 Rodríguez Chacín
denunció a Baduel no sólo por traicionar su condición de general de
la nación, sino como figura principal de una cantidad de
funcionarios civiles y militares responsable de acumulación ilícita
de riquezas e intentos de transferirlas al exterior. Aseguró que
tiene pruebas y que se actuará contra ellos.
El impacto de la posición de Baduel en las filas militares es algo
que podrá medirse en las próximas semanas. La reacción general ante
una eventual campaña efectiva contra la corrupción, en cambio, no
ofrece incógnitas.
La tranquilidad en las calles de Caracas se observa a simple vista:
no hay corridas bancarias, ni compras compulsivas en los
supermercados, ni cualquier otro signo de inquietud o temor. Esa
confianza se traduce en amplio margen de acción para el presidente
Chávez y recuperación de la confianza entre sus partidarios.
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