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El
8 de marzo de 1908, las
trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York se concentraron para
exigir mejoras en su situación laboral. Reclamaban que su jornada se redujera a
un máximo de 10 horas (trabajaban más de 12 horas diarias y recibían un salario
muy inferior al de sus compañeros).
Encerradas en la fábrica y rodeadas por la policía hasta que
depusieran su actitud reivindicativa, se produjo un misterioso incendio en el
interior de la fábrica y las 129 trabajadoras que se habían encerrado para
luchar por su futuro murieron calcinadas.
Desde entonces, el 8 de marzo es una fecha señalada en
la lucha por la emancipación y la igualdad de las mujeres. En 1975
las Naciones Unidas declaró el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer.
A lo largo de la Historia, las
mujeres trabajadoras han tenido una larga tradición de protestas por la mejora
de las condiciones económicas. En las revueltas y las manifestaciones de las
grandes revoluciones de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, las ciudadanas
de la clase trabajadora también se unían para crear organizaciones que
promovieran los intereses de las mujeres.
Tras la Revolución francesa, la derrota de los gobiernos
republicanos sólo intensificó aún más la exclusión de las mujeres de la vida
pública. Las mujeres de la clase trabajadora apoyaron las revoluciones del siglo
XIX y murieron por ellas. Crearon grupos políticos y económicos que
representaran sus propios intereses y necesidades. Aunque fueron derrotadas,
dejaron un legado de acción que nunca ha sido olvidado por completo.
Las mujeres de la clase obrera lucharon contra sus precarias
condiciones laborales y económicas. Esta lucha las separaba del movimiento por
el voto de las mujeres, mayoritariamente de clase media.
El feminismo afirma que las mujeres son antes que nada
seres humanos y, como tales, merecen justicia. Lo que la justicia para las
mujeres implica ha cambiado a través de los siglos, pero las feministas están de
acuerdo en su convicción de que las mujeres están oprimidas y de que esa
opresión puede y debe terminar. Las primeras feministas lucharon para derribar
los argumentos masculinos sobre la inferioridad y la subordinación femeninas.
En el siglo XIX, las feministas organizaron a otras mujeres y
hombres para exigir derechos políticos y legales para las mujeres, desde la
custodia de los hijos al control de la propiedad, desde una misma enseñanza
pública hasta el voto. Entre 1875 y 1925, estos movimientos pro derechos de las
mujeres lograron muchas de sus metas.
El cambio de las condiciones económicas y políticas, además
de animar a algunas mujeres a luchar por nuevos derechos políticos, animó
también a otras por conseguir mejoras económicas. Exigieron igualdad para las
mujeres en el puesto de trabajo, el acceso a mejores empleos, mejores salarios,
mejores condiciones de trabajo y mejor educación. Ya en el siglo XX se insistía
en que las mujeres tuvieran las mismas oportunidades que los hombres en la
elección de empleo, acceso a una preparación específica y posibilidades de
promoción. A través de sindicatos, partidos políticos socialistas y sus propias
organizaciones de mujeres, estas mujeres extendieron sus reivindicaciones
feministas al mundo del trabajo femenino, tanto remunerado como no remunerado.
Tras los años de entreguerras, las preocupaciones feministas
volvieron a aparecer a finales de la década de los sesenta como el
movimiento de liberación de la mujer. Este movimiento resucitó las antiguos
sueños de igualdad política y económica, pero también fue más lejos, y exigió
una transformación radical de la sociedad.
El feminismo tuvo su origen en la percepción por parte de las
mujeres de la injusticia de su situación y en su rechazo a aceptarla. El nuevo
movimiento de liberación de la mujer se creó en oposición a hombres de una misma
ideología. Las feministas insistían ahora en que la igualdad que se suponía que
habían alcanzado no era igualdad en absoluto. Criticaron la contradicción
existente entre los ideales y la práctica, entre las promesas y la realidad,
entre lo que les decían que habían conseguido y la percepción concreta de su
propia situación. Uno de los primeros lemas y convicciones del movimiento de
liberación de la mujer es que "lo personal es político", que las
experiencias personales de las mujeres son válidas y tienen importantes
consecuencias políticas para la sociedad y la cultura. Temas que antes eran
"innombrables", como el aborto y la violación, se convirtieron así en cuestiones
de discurso político y acción feminista.
A lo largo de la década de los setenta, el movimiento de la
liberación de la mujer consiguió para las mujeres del mundo occidental un cierto
grado de control sobre sus propios cuerpos, especialmente sobre su fecundidad y
sexualidad. A lo largo de la historia europea, las iglesias y los gobiernos
habían procurado regular ambas cosas. La liberación de la mujer luchó con éxito
por conseguir derechos relacionados con el divorcio, por la igualdad en el
matrimonio y respecto a la tutela de los hijos, por que se pusiera fin a las
desventajas legales de las madres solteras y de sus hijos. El movimiento
concentró sus energías particularmente en conseguir que las mujeres tuvieran
acceso a los medios anticonceptivos y al aborto y en terminar con las leyes que
declaraban ambos ilegales. Además, el movimiento promovió una nueva actitud ante
la violación y logró hacer que la violencia sexual contra las mujeres fuera una
cuestión política. Cuestionó la doble moral para los hombres y mujeres, el
estatus marginal de las prostitutas, incluso la creencia de que los humanos eran
por naturaleza heterosexuales. Las campañas por el derecho a los anticonceptivos
y al aborto hicieron también que las mujeres rechazaran las tradiciones que
intentaban controlar su sexualidad además de su fertilidad. Las feministas
hacían visibles temas que antes habían sido tabú: la masturbación, el incesto,
la homosexualidad, la violación, la menstruación. Hicieron de tres cuestiones
asuntos de política general y reforma jurídica: los derechos de las prostitutas,
la violencia sexual contra las mujeres y los derechos de los homosexuales,
especialmente de las lesbianas.
En las últimas décadas, el movimiento de la liberación de la
mujer ha tenido como objetivo prioritario cambiar todas las situaciones de
desigualdad y discriminación que vivimos las mujeres a nivel social, económico y
político, centrándose sobre todo en la Violencia sexista y la Feminización de la
pobreza. Su meta sigue siendo transformar no sólo la vida de las mujeres, sino
la de toda la sociedad.
CUESTIÓN DE GÉNERO
La condición sexual (hombre-mujer) es una cuestión biológica
frente al concepto de "género" que es cultural, social y jerárquica. La
discriminación que sufrimos las mujeres es producto de procesos culturales,
sociales, ideológicos y, sobre todo, económicos.
La cuestión de género pone encima de la mesa la desigualdad
social entre hombres y mujeres, que tiene su origen en el papel que la mujer
juega dentro de la Sociedad Patriarcal. La industrialización trajo
consigo la desaparición de la sociedad feudal, y pudo haber traído consigo la
desaparición de la sociedad patriarcal. Fue un momento histórico decisivo de
mutación, que situó a la mujer en el mismo lugar que el hombre, en cuanto a
"elemento de clase", pero el hecho de que no tuviese derechos mínimos de
ciudadanía (derecho de voto, derechos sindicales, ...) hizo que desde los
primeros momentos se asfixiase la oportunidad que brindaba la historia. Así los
"trabajadores" confundieron los pactos, y pactaron con el capital por su derecho
exclusivo como "clase trabajadora", recluyendo a las mujeres en una "subclase".
Las consecuencias sociales, políticas, laborales y económicas han sido el
sometimiento total de la mujer en cualquiera de estas esferas.
La articulación social dentro del sistema capitalista se basa
en el reparto de tareas diferentes entre hombres y mujeres, convirtiendo ambos
mundos en dos esferas distintas. Esta División Sexual del Trabajo genera
opresión y subordinación para las mujeres. Hombres y mujeres reciben roles
diferentes que apuntan hacia la supremacía o la subordinación. Se crea,
atendiendo a este reparto, una doble oposición: Mundo masculino (producción
material y actividades remuneradas) y Mundo femenino (reproducción humana y
actividades domésticas no remuneradas).
La primera oposición se corresponde con el rol que el
Patriarcado asigna a la mujer. Ella es la reproductora dentro de la familia y se
encuentra bajo la "protección " del cabeza de familia que, por supuesto, es el
hombre. La mujer se convierte dentro de esta jerarquía, en un ser con menos
derechos y de segunda categoría y con una actividad asignada: la reproducción
humana. Esta distribución de papeles crea también una distribución de espacios
sociales y económicos. La mujer desempeña su trabajo no remunerado dentro del
Espacio doméstico y sin límite de tiempo, mientras que el hombre se dedica al
trabajo asalariado en un Espacio que no es doméstico sino social, lo que le
permite no sólo la autonomía económica sino también la participación en lo
social y en lo político. Por lo tanto ya tenemos situada la segunda oposición,
la que hace referencia a la gratuidad del trabajo doméstico frente al trabajo
remunerado del hombre en el espacio económico capitalista.
Los primeros ocuparán los espacios públicos (el empleo, la
política, el ocio...)y las segundas los espacios privados (la casa, el cuidado
de l@s niñ@s,
las labores domésticas, los sentimientos...). Las mujeres incapaces de salir de
estos límites se encuentran en mayor peligro de caer en situaciones de pobreza,
sobre todo si se rompen los lazos que les unen con sus compañeros.
En una sociedad donde lo económico cobra un papel
prioritario, relegando y sometiendo al resto de actividades humanas, la mujer ve
acrecentada en su entorno la inseguridad económica por partida doble, como
sujeto social y como mujer.
Cuando la mujer empieza a querer incorporarse al trabajo
asalariado, cultural e ideológicamente dominio masculino, rompiendo con el
espacio doméstico y regulando el tiempo que dedica a la unidad familiar, choca
frontalmente con los intereses de esta sociedad neocapitalista/neoliberal (desde
el empresario hasta sindicalistas e incluso proletariado más tradicional).
La incorporación total de todas aquellas mujeres que lo
deseen al mercado laboral y económico en igualdad de condiciones que el hombre
es, hoy en día, un sueño más que una realidad.
Cuando hablamos de trabajo, sea remunerado o no, no
queremos/podemos pasar por alto las situaciones específicas (de género/por ser
mujer) de paro, precariedad y pobreza que vivimos las mujeres. Hay que tener en
cuenta que el trabajo es algo más que la jornada laboral remunerada en un
"mercado oficial", siendo precisamente la mujer la que mejor conoce, por vivirla
y sufrirla, la complejidad del entramado del trabajo desde la vertiente del
trabajo remunerado y no remunerado y , dentro del primero, desde el trabajo
oficial al sumergido.
El trabajo asalariado (la llamada producción formal) es la
forma más común e importante de renta, pero existen otras formas de trabajos y
producciones precarias (producción informal) cuya características principal
parece ser la "invisibilidad": el trabajo doméstico, el "voluntariado", la
economía sumergida...Esta producción informal, también llamada "economía
complementaria", es realizada fundamentalmente por mujeres y/o socialmente
asignada a ellas, siendo la más importante, por la riqueza que produce, el
trabajo doméstico.
La producción doméstica (producción/reproducción) genera
riqueza aunque no es remunerada, no contabilizada. Si se contabilizara, el
Producto Interior Bruto aumentaría hasta un 60% en algunos países. En la CAV en
1998 el PIB habría aumentado un 40%, unos 2,2 billones de pesetas. En época de
crisis económica este porcentaje adquiere mayor peso en la generación de
riqueza. Se pone de manifiesto el peso económico del trabajo doméstico, siendo
la mujer la que produce el 75% de la riqueza generada en este ámbito, frente al
25% que corresponde a los hombres.
La necesidad de cuantificar el trabajo doméstico no
remunerado es un paso previo a la consecución de la igualdad entre hombres y
mujeres. Lo importante no sólo es la remuneración, sino el verdadero
reconocimiento social y el reparto del mismo. Según esto a las mujeres nos
contratan o nos despiden no por nuestro trabajo más precario sino por la riqueza
que producimos fuera de él, es decir, dentro del hogar. Parece claro que a un
país le interesa más la riqueza generada por la mujer dentro del hogar que en su
puesto de trabajo.
Además, el trabajo doméstico de la mujer hace de colchón para
que no existan tensiones en el mercado laboral. De esta manera, también las
instituciones públicas ahorran en servicios e infraestructuras sociales
(guarderías públicas, comedores infantiles, residencias para la tercera
edad...).Los gastos sociales de los presupuestos públicos se beneficias del
mayor trabajo de la mujer.
Por otra parte, la mujer es la única con capacidad para
reproducir la futura fuerza de trabajo y los futuros consumidores (capital
humano para mantener el sistema). ¿Qué cambios se producirían en la economía y
en la sociedad en general si la mujer dejara de realizar este trabajo-colchón?
Las tasas de actividad también variarían si
incluyéramos el trabajo doméstico de la mujer. De cada diez mujeres, siete son
consideradas "inactivas" porque no están apuntadas en las listas del INEM: De
las tres restantes, "activas"por estar reflejadas en el mercado laboral,
demandantes de empleo, una se encuentra en el paro y dos tienen trabajo.
La Encuesta de Población Activa (EPA) realiza una primera
clasificación de las personas según su relación con el Mercado Laboral en
"activas" e "inactivas". Las Personas Activas serían las ocupadas y las
paradas que hacen gestiones para incorporarse al mercado laboral. Las
Personas Inactivas son las estudiantes, pensionistas, discapacitadas y amas
de casa. Por tanto, aparece la descalificación social e institucional del
trabajo doméstico , se legitima la idea de "mujer en casa" igual a "mujer no
productiva", siendo, curiosamente, el trabajo que realiza la mujer dentro del
hogar básico par la supervivencia en el desarrollo humano, la calidad de vida y
la calidad de la fuerza de trabajo. La última encuesta de la EPA, en 2001, sitúa
la actividad femenina en un 38% en Euskal Herria (Araba, Bizkaia, Guipúzcoa y
Nafarroa), un 36% a nivel estatal. El empleo en las mujeres no sólo no aumenta,
sino que el paro disminuye por el descenso de la actividad, es decir, porque,
ante la falta de oportunidades, las mujeres dejan de buscar empleo.
Cuando las mujeres salimos al mundo laboral en busca
de empleo, los obstáculos con que nos encontramos las consideradas
"activas" son mayores que los de los hombres.
En primer lugar la doble jornada laboral. Pese a la
incorporación de la mujer al mercado laboral, pervive el desequilibrio en el rol
doméstico, de forma que las mujeres dedican mucho menos tiempo que los hombres a
las actividades productivas remuneradas y bastante más que éstos a las no
remuneradas y de reproducción, es decir, el cuidado de la familia y del hogar.
Además las mujeres trabajan preferentemente en sectores
como servicios o educación, con tendencia hacia ocupaciones que
permitan el trabajo a tiempo parcial y así poder ocuparse de las labores
domésticas.
La discriminación salarial también ataca a las
mujeres. Los salarios y las diferencias retributivas es otro de los aspectos que
evidencian las desigualdades entre hombres y mujeres en materia de empleo. La
ganancia media por trabajador y mes es un 30% inferior para las mujeres en la
CAV.
El paro femenino dobla al masculino, el 22% frente al
11%. Las jóvenes padecen mayores tasas de paro (60% en general, 43% de las
chicas frente al 27% de los chicos).
Cuando las mujeres realizan un trabajo por cuenta ajena,
generalmente son ocupaciones tradicionalmente femeninas peor pagadas y poco
remuneradas. Se considera la precariedad laboral un rasgo significativo
del empleo de la mujer. Los contratos indefinidos fueron en 2000 del 67% en el
caso de los hombres y del 33% en el de las mujeres. La mitad de las mujeres
ocupadas en Euskadi tiene empleo precario.
Las políticas actuales del mercado laboral, políticas de
"flexibilización", nos venden el trabajo a tiempo parcial como una
solución para las mujeres. Economistas "neoliberales" venden esta idea como un
avance para las mujeres que les permite combinar un trabajo remunerado con sus
responsabilidades domésticas. Pero bajo esta forma tan curiosa de apoyar a las
mujeres para que se integren en el mercado/mundo laboral (sin abandonar el
hogar) se esconden nuevas formas de explotación para la mujer, ya que la mayoría
de los contratos de este tipo están excluidos de beneficios de convenio, de
determinados programas sociales de la empresa y además suelen ofrecerse en
horario incompatible con el trabajo doméstico, creando así nuevos problemas para
la mujer. Del total de contratos a tiempo parcial realizados en la CAV en el año
2000, el 70,2% corresponden a mujeres frente al 29,8 de los hombres.
Un salario directo más otro indirecto (guarderías, comedores,
servicios comunitarios, etc.) llevaría a las mujeres a tomar una opción
consciente sobre la maternidad y el trabajo a tiempo parcial. Sin embargo, el
trabajo a tiempo parcial no resulta una opción personal, sino la única manera de
trabajar en lo que sea por necesidad.
La temporalidad es otro de los pilares de la
precariedad. Los contratos temporales conllevan peores condiciones laborales
para las trabajadoras eventuales, que carecen de derechos básicos como el de
vacaciones, permisos varios o la antigüedad. En Hego Euskal Herria de cada diez
contratos que se han firmado en 2001 nueve han sido eventuales, y el 57% de
éstos por menos de 30 días. Sólo cuatro de cada diez firmados han sido a favor
de las mujeres.
Las mujeres son el 77% de las personas que trabajan dentro de
la economía sumergida, sin contrato en los empleos peor considerados
socialmente y con los salarios más bajos, sin ningún derecho laboral. El Trabajo
doméstico por cuenta ajena (servicio doméstico) es una actividad especialmente
proclive al trabajo encubierto.
Entre l@s menores de 25
años las mujeres jóvenes con contrato indefinido sólo representan e 19,3%
, el 17,4% se encuentra en la economía sumergida, la forma máxima de
precariedad, y e 63,3% restante tiene contrato temporal. La contratación
indefinida solamente alcanza al 25% de los hombres jóvenes, el 6% de los cuales
no tiene contrato y el 69% que sí lo tiene, es de carácter temporal.
Desde un enfoque crítico hay que situar la repercusión
que la división de roles entre sexos tiene en el mercado laboral. La mujer no
sólo tiene problemas objetivos a la hora de desarrollar un trabajo
remunerado, sino que se encuentra con fuertes problemas subjetivos que no
tiene el hombre. A la mujer y en especial a la casada o con pareja, la sociedad
le reconoce el derecho a trabajar, pero no como obligación sino como actividad
que debe supeditar a su obligación primordial: la dedicación al hogar y a sus
hijos/as. Por el contrario al hombre, reconocido como el cabeza de familia, se
le supone la obligación de trabajar y las obligaciones familiares pasan a
segundo plano frente al empleo.
A la desigualdad de roles se añaden subordinación y
dependencia, que maniatan a la mujer. Aunque la mujer trabaje fuera del hogar,
se le supone a ella la responsabilidad última del hogar,
l@s
hij@s y toda la esfera de
lo privado (ancianos, disminuidos...). De esto se beneficia el hombre, que puede
mejorar su dedicación a la empresa, su formación, sus relaciones sociales y, en
definitiva, puede aumentar su competitividad y sus aspiraciones. Si alguna mujer
trata de salirse de ese rol y dedicarse por entero a su vida profesional, el
peso de su educación amenaza con aplastarla. Así los complejos de mala madre, de
egoísmo en el desarrollo personal, de hacer peligrar las relaciones de
pareja...se convierten en argumentos de largo alcance contra la mujer,
argumentos que no parecen plantearse los hombres.
CONCLUSIONES DE GÉNERO
La clave para cualquier cuestión relacionada con temas de
género sigue siendo la de partir de la autonomía personal, es decir, que las
personas de ambos sexos tengan la posibilidad de tomar decisiones que afectan a
su vida con la mayor libertad posible y con todos los recursos a su alcance. La
capacidad económica es el factor primordial, junto a la educación, el entorno
social y la autoestima, para lograr esa autonomía. Aumentar la autoestima,
desarrollando otro tipo de actividades, socializándonos en otras facetas que no
sean sólo las del cuidado, sino también el ocio, el mundo social y el político,
la formación y el estudio, el empleo digno...Cuando una mujer diga que necesita
tiempo para ella que no se limite a mejorar su imagen. Que incluya la salud,
física y mental, y su participación social y política. No sólo a través del
voluntariado, que la relega de nuevo a la no decisión y generalmente se limita
al cuidado.
Las mujeres necesitamos información. Es una conclusión
directa aportada por el Centro Asesor "Argitan", conocer nuestros derechos para poder
ejercerlos, tomar decisiones y en ocasiones salir de la espiral de los malos
tratos físicos o psíquicos. Hay que dignificar el trabajo doméstico y los
cuidados, que generan tanta riqueza, para poder después desprendernos de él,
repartirlo. Hay que dignificar las situaciones de falta de recursos económicos y
no sentirlas con culpabilidad. Las situaciones de pobreza no tienen
responsabilidades individuales, son consecuencia de un sistema económico que
genera desigualdades. Hay que dignificar las ayudas sociales, que en lugar de
limosna de las instituciones, deben ser un derecho de toda la ciudadanía a
reapropiarse de la riqueza. Finalmente hay que denunciar, luchar por nuestros
derechos, por aquellos por los que también luchan los hombres, hasta
equipararnos a nivel político, mientras vamos cambiando valores a nivel social.
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