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Encerradas en la fábrica y rodeadas por la policía hasta que depusieran su actitud reivindicativa, se produjo un misterioso incendio en el interior de la fábrica y las 129 trabajadoras que se habían encerrado para luchar por su futuro murieron calcinadas. Desde entonces, el 8 de marzo es una fecha señalada en la lucha por la emancipación y la igualdad de las mujeres. En 1975 las Naciones Unidas declaró el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer. A lo largo de la Historia, las mujeres trabajadoras han tenido una larga tradición de protestas por la mejora de las condiciones económicas. En las revueltas y las manifestaciones de las grandes revoluciones de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, las ciudadanas de la clase trabajadora también se unían para crear organizaciones que promovieran los intereses de las mujeres. Tras la Revolución francesa, la derrota de los gobiernos republicanos sólo intensificó aún más la exclusión de las mujeres de la vida pública. Las mujeres de la clase trabajadora apoyaron las revoluciones del siglo XIX y murieron por ellas. Crearon grupos políticos y económicos que representaran sus propios intereses y necesidades. Aunque fueron derrotadas, dejaron un legado de acción que nunca ha sido olvidado por completo. Las mujeres de la clase obrera lucharon contra sus precarias condiciones laborales y económicas. Esta lucha las separaba del movimiento por el voto de las mujeres, mayoritariamente de clase media. El feminismo afirma que las mujeres son antes que nada seres humanos y, como tales, merecen justicia. Lo que la justicia para las mujeres implica ha cambiado a través de los siglos, pero las feministas están de acuerdo en su convicción de que las mujeres están oprimidas y de que esa opresión puede y debe terminar. Las primeras feministas lucharon para derribar los argumentos masculinos sobre la inferioridad y la subordinación femeninas. En el siglo XIX, las feministas organizaron a otras mujeres y hombres para exigir derechos políticos y legales para las mujeres, desde la custodia de los hijos al control de la propiedad, desde una misma enseñanza pública hasta el voto. Entre 1875 y 1925, estos movimientos pro derechos de las mujeres lograron muchas de sus metas. El cambio de las condiciones económicas y políticas, además de animar a algunas mujeres a luchar por nuevos derechos políticos, animó también a otras por conseguir mejoras económicas. Exigieron igualdad para las mujeres en el puesto de trabajo, el acceso a mejores empleos, mejores salarios, mejores condiciones de trabajo y mejor educación. Ya en el siglo XX se insistía en que las mujeres tuvieran las mismas oportunidades que los hombres en la elección de empleo, acceso a una preparación específica y posibilidades de promoción. A través de sindicatos, partidos políticos socialistas y sus propias organizaciones de mujeres, estas mujeres extendieron sus reivindicaciones feministas al mundo del trabajo femenino, tanto remunerado como no remunerado. Tras los años de entreguerras, las preocupaciones feministas volvieron a aparecer a finales de la década de los sesenta como el movimiento de liberación de la mujer. Este movimiento resucitó las antiguos sueños de igualdad política y económica, pero también fue más lejos, y exigió una transformación radical de la sociedad. El feminismo tuvo su origen en la percepción por parte de las mujeres de la injusticia de su situación y en su rechazo a aceptarla. El nuevo movimiento de liberación de la mujer se creó en oposición a hombres de una misma ideología. Las feministas insistían ahora en que la igualdad que se suponía que habían alcanzado no era igualdad en absoluto. Criticaron la contradicción existente entre los ideales y la práctica, entre las promesas y la realidad, entre lo que les decían que habían conseguido y la percepción concreta de su propia situación. Uno de los primeros lemas y convicciones del movimiento de liberación de la mujer es que "lo personal es político", que las experiencias personales de las mujeres son válidas y tienen importantes consecuencias políticas para la sociedad y la cultura. Temas que antes eran "innombrables", como el aborto y la violación, se convirtieron así en cuestiones de discurso político y acción feminista. A lo largo de la década de los setenta, el movimiento de la liberación de la mujer consiguió para las mujeres del mundo occidental un cierto grado de control sobre sus propios cuerpos, especialmente sobre su fecundidad y sexualidad. A lo largo de la historia europea, las iglesias y los gobiernos habían procurado regular ambas cosas. La liberación de la mujer luchó con éxito por conseguir derechos relacionados con el divorcio, por la igualdad en el matrimonio y respecto a la tutela de los hijos, por que se pusiera fin a las desventajas legales de las madres solteras y de sus hijos. El movimiento concentró sus energías particularmente en conseguir que las mujeres tuvieran acceso a los medios anticonceptivos y al aborto y en terminar con las leyes que declaraban ambos ilegales. Además, el movimiento promovió una nueva actitud ante la violación y logró hacer que la violencia sexual contra las mujeres fuera una cuestión política. Cuestionó la doble moral para los hombres y mujeres, el estatus marginal de las prostitutas, incluso la creencia de que los humanos eran por naturaleza heterosexuales. Las campañas por el derecho a los anticonceptivos y al aborto hicieron también que las mujeres rechazaran las tradiciones que intentaban controlar su sexualidad además de su fertilidad. Las feministas hacían visibles temas que antes habían sido tabú: la masturbación, el incesto, la homosexualidad, la violación, la menstruación. Hicieron de tres cuestiones asuntos de política general y reforma jurídica: los derechos de las prostitutas, la violencia sexual contra las mujeres y los derechos de los homosexuales, especialmente de las lesbianas. En las últimas décadas, el movimiento de la liberación de la mujer ha tenido como objetivo prioritario cambiar todas las situaciones de desigualdad y discriminación que vivimos las mujeres a nivel social, económico y político, centrándose sobre todo en la Violencia sexista y la Feminización de la pobreza. Su meta sigue siendo transformar no sólo la vida de las mujeres, sino la de toda la sociedad. CUESTIÓN DE GÉNERO La condición sexual (hombre-mujer) es una cuestión biológica frente al concepto de "género" que es cultural, social y jerárquica. La discriminación que sufrimos las mujeres es producto de procesos culturales, sociales, ideológicos y, sobre todo, económicos. La cuestión de género pone encima de la mesa la desigualdad social entre hombres y mujeres, que tiene su origen en el papel que la mujer juega dentro de la Sociedad Patriarcal. La industrialización trajo consigo la desaparición de la sociedad feudal, y pudo haber traído consigo la desaparición de la sociedad patriarcal. Fue un momento histórico decisivo de mutación, que situó a la mujer en el mismo lugar que el hombre, en cuanto a "elemento de clase", pero el hecho de que no tuviese derechos mínimos de ciudadanía (derecho de voto, derechos sindicales, ...) hizo que desde los primeros momentos se asfixiase la oportunidad que brindaba la historia. Así los "trabajadores" confundieron los pactos, y pactaron con el capital por su derecho exclusivo como "clase trabajadora", recluyendo a las mujeres en una "subclase". Las consecuencias sociales, políticas, laborales y económicas han sido el sometimiento total de la mujer en cualquiera de estas esferas. La articulación social dentro del sistema capitalista se basa en el reparto de tareas diferentes entre hombres y mujeres, convirtiendo ambos mundos en dos esferas distintas. Esta División Sexual del Trabajo genera opresión y subordinación para las mujeres. Hombres y mujeres reciben roles diferentes que apuntan hacia la supremacía o la subordinación. Se crea, atendiendo a este reparto, una doble oposición: Mundo masculino (producción material y actividades remuneradas) y Mundo femenino (reproducción humana y actividades domésticas no remuneradas). La primera oposición se corresponde con el rol que el Patriarcado asigna a la mujer. Ella es la reproductora dentro de la familia y se encuentra bajo la "protección " del cabeza de familia que, por supuesto, es el hombre. La mujer se convierte dentro de esta jerarquía, en un ser con menos derechos y de segunda categoría y con una actividad asignada: la reproducción humana. Esta distribución de papeles crea también una distribución de espacios sociales y económicos. La mujer desempeña su trabajo no remunerado dentro del Espacio doméstico y sin límite de tiempo, mientras que el hombre se dedica al trabajo asalariado en un Espacio que no es doméstico sino social, lo que le permite no sólo la autonomía económica sino también la participación en lo social y en lo político. Por lo tanto ya tenemos situada la segunda oposición, la que hace referencia a la gratuidad del trabajo doméstico frente al trabajo remunerado del hombre en el espacio económico capitalista. Los primeros ocuparán los espacios públicos (el empleo, la política, el ocio...)y las segundas los espacios privados (la casa, el cuidado de l@s niñ@s, las labores domésticas, los sentimientos...). Las mujeres incapaces de salir de estos límites se encuentran en mayor peligro de caer en situaciones de pobreza, sobre todo si se rompen los lazos que les unen con sus compañeros. En una sociedad donde lo económico cobra un papel prioritario, relegando y sometiendo al resto de actividades humanas, la mujer ve acrecentada en su entorno la inseguridad económica por partida doble, como sujeto social y como mujer. Cuando la mujer empieza a querer incorporarse al trabajo asalariado, cultural e ideológicamente dominio masculino, rompiendo con el espacio doméstico y regulando el tiempo que dedica a la unidad familiar, choca frontalmente con los intereses de esta sociedad neocapitalista/neoliberal (desde el empresario hasta sindicalistas e incluso proletariado más tradicional). La incorporación total de todas aquellas mujeres que lo deseen al mercado laboral y económico en igualdad de condiciones que el hombre es, hoy en día, un sueño más que una realidad. Cuando hablamos de trabajo, sea remunerado o no, no queremos/podemos pasar por alto las situaciones específicas (de género/por ser mujer) de paro, precariedad y pobreza que vivimos las mujeres. Hay que tener en cuenta que el trabajo es algo más que la jornada laboral remunerada en un "mercado oficial", siendo precisamente la mujer la que mejor conoce, por vivirla y sufrirla, la complejidad del entramado del trabajo desde la vertiente del trabajo remunerado y no remunerado y , dentro del primero, desde el trabajo oficial al sumergido. El trabajo asalariado (la llamada producción formal) es la forma más común e importante de renta, pero existen otras formas de trabajos y producciones precarias (producción informal) cuya características principal parece ser la "invisibilidad": el trabajo doméstico, el "voluntariado", la economía sumergida...Esta producción informal, también llamada "economía complementaria", es realizada fundamentalmente por mujeres y/o socialmente asignada a ellas, siendo la más importante, por la riqueza que produce, el trabajo doméstico. La producción doméstica (producción/reproducción) genera riqueza aunque no es remunerada, no contabilizada. Si se contabilizara, el Producto Interior Bruto aumentaría hasta un 60% en algunos países. En la CAV en 1998 el PIB habría aumentado un 40%, unos 2,2 billones de pesetas. En época de crisis económica este porcentaje adquiere mayor peso en la generación de riqueza. Se pone de manifiesto el peso económico del trabajo doméstico, siendo la mujer la que produce el 75% de la riqueza generada en este ámbito, frente al 25% que corresponde a los hombres. La necesidad de cuantificar el trabajo doméstico no remunerado es un paso previo a la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres. Lo importante no sólo es la remuneración, sino el verdadero reconocimiento social y el reparto del mismo. Según esto a las mujeres nos contratan o nos despiden no por nuestro trabajo más precario sino por la riqueza que producimos fuera de él, es decir, dentro del hogar. Parece claro que a un país le interesa más la riqueza generada por la mujer dentro del hogar que en su puesto de trabajo. Además, el trabajo doméstico de la mujer hace de colchón para que no existan tensiones en el mercado laboral. De esta manera, también las instituciones públicas ahorran en servicios e infraestructuras sociales (guarderías públicas, comedores infantiles, residencias para la tercera edad...).Los gastos sociales de los presupuestos públicos se beneficias del mayor trabajo de la mujer. Por otra parte, la mujer es la única con capacidad para reproducir la futura fuerza de trabajo y los futuros consumidores (capital humano para mantener el sistema). ¿Qué cambios se producirían en la economía y en la sociedad en general si la mujer dejara de realizar este trabajo-colchón? Las tasas de actividad también variarían si incluyéramos el trabajo doméstico de la mujer. De cada diez mujeres, siete son consideradas "inactivas" porque no están apuntadas en las listas del INEM: De las tres restantes, "activas"por estar reflejadas en el mercado laboral, demandantes de empleo, una se encuentra en el paro y dos tienen trabajo. La Encuesta de Población Activa (EPA) realiza una primera clasificación de las personas según su relación con el Mercado Laboral en "activas" e "inactivas". Las Personas Activas serían las ocupadas y las paradas que hacen gestiones para incorporarse al mercado laboral. Las Personas Inactivas son las estudiantes, pensionistas, discapacitadas y amas de casa. Por tanto, aparece la descalificación social e institucional del trabajo doméstico , se legitima la idea de "mujer en casa" igual a "mujer no productiva", siendo, curiosamente, el trabajo que realiza la mujer dentro del hogar básico par la supervivencia en el desarrollo humano, la calidad de vida y la calidad de la fuerza de trabajo. La última encuesta de la EPA, en 2001, sitúa la actividad femenina en un 38% en Euskal Herria (Araba, Bizkaia, Guipúzcoa y Nafarroa), un 36% a nivel estatal. El empleo en las mujeres no sólo no aumenta, sino que el paro disminuye por el descenso de la actividad, es decir, porque, ante la falta de oportunidades, las mujeres dejan de buscar empleo. Cuando las mujeres salimos al mundo laboral en busca de empleo, los obstáculos con que nos encontramos las consideradas "activas" son mayores que los de los hombres. En primer lugar la doble jornada laboral. Pese a la incorporación de la mujer al mercado laboral, pervive el desequilibrio en el rol doméstico, de forma que las mujeres dedican mucho menos tiempo que los hombres a las actividades productivas remuneradas y bastante más que éstos a las no remuneradas y de reproducción, es decir, el cuidado de la familia y del hogar. Además las mujeres trabajan preferentemente en sectores como servicios o educación, con tendencia hacia ocupaciones que permitan el trabajo a tiempo parcial y así poder ocuparse de las labores domésticas. La discriminación salarial también ataca a las mujeres. Los salarios y las diferencias retributivas es otro de los aspectos que evidencian las desigualdades entre hombres y mujeres en materia de empleo. La ganancia media por trabajador y mes es un 30% inferior para las mujeres en la CAV. El paro femenino dobla al masculino, el 22% frente al 11%. Las jóvenes padecen mayores tasas de paro (60% en general, 43% de las chicas frente al 27% de los chicos). Cuando las mujeres realizan un trabajo por cuenta ajena, generalmente son ocupaciones tradicionalmente femeninas peor pagadas y poco remuneradas. Se considera la precariedad laboral un rasgo significativo del empleo de la mujer. Los contratos indefinidos fueron en 2000 del 67% en el caso de los hombres y del 33% en el de las mujeres. La mitad de las mujeres ocupadas en Euskadi tiene empleo precario. Las políticas actuales del mercado laboral, políticas de "flexibilización", nos venden el trabajo a tiempo parcial como una solución para las mujeres. Economistas "neoliberales" venden esta idea como un avance para las mujeres que les permite combinar un trabajo remunerado con sus responsabilidades domésticas. Pero bajo esta forma tan curiosa de apoyar a las mujeres para que se integren en el mercado/mundo laboral (sin abandonar el hogar) se esconden nuevas formas de explotación para la mujer, ya que la mayoría de los contratos de este tipo están excluidos de beneficios de convenio, de determinados programas sociales de la empresa y además suelen ofrecerse en horario incompatible con el trabajo doméstico, creando así nuevos problemas para la mujer. Del total de contratos a tiempo parcial realizados en la CAV en el año 2000, el 70,2% corresponden a mujeres frente al 29,8 de los hombres. Un salario directo más otro indirecto (guarderías, comedores, servicios comunitarios, etc.) llevaría a las mujeres a tomar una opción consciente sobre la maternidad y el trabajo a tiempo parcial. Sin embargo, el trabajo a tiempo parcial no resulta una opción personal, sino la única manera de trabajar en lo que sea por necesidad. La temporalidad es otro de los pilares de la precariedad. Los contratos temporales conllevan peores condiciones laborales para las trabajadoras eventuales, que carecen de derechos básicos como el de vacaciones, permisos varios o la antigüedad. En Hego Euskal Herria de cada diez contratos que se han firmado en 2001 nueve han sido eventuales, y el 57% de éstos por menos de 30 días. Sólo cuatro de cada diez firmados han sido a favor de las mujeres. Las mujeres son el 77% de las personas que trabajan dentro de la economía sumergida, sin contrato en los empleos peor considerados socialmente y con los salarios más bajos, sin ningún derecho laboral. El Trabajo doméstico por cuenta ajena (servicio doméstico) es una actividad especialmente proclive al trabajo encubierto. Entre l@s menores de 25 años las mujeres jóvenes con contrato indefinido sólo representan e 19,3% , el 17,4% se encuentra en la economía sumergida, la forma máxima de precariedad, y e 63,3% restante tiene contrato temporal. La contratación indefinida solamente alcanza al 25% de los hombres jóvenes, el 6% de los cuales no tiene contrato y el 69% que sí lo tiene, es de carácter temporal. Desde un enfoque crítico hay que situar la repercusión que la división de roles entre sexos tiene en el mercado laboral. La mujer no sólo tiene problemas objetivos a la hora de desarrollar un trabajo remunerado, sino que se encuentra con fuertes problemas subjetivos que no tiene el hombre. A la mujer y en especial a la casada o con pareja, la sociedad le reconoce el derecho a trabajar, pero no como obligación sino como actividad que debe supeditar a su obligación primordial: la dedicación al hogar y a sus hijos/as. Por el contrario al hombre, reconocido como el cabeza de familia, se le supone la obligación de trabajar y las obligaciones familiares pasan a segundo plano frente al empleo. A la desigualdad de roles se añaden subordinación y dependencia, que maniatan a la mujer. Aunque la mujer trabaje fuera del hogar, se le supone a ella la responsabilidad última del hogar, l@s hij@s y toda la esfera de lo privado (ancianos, disminuidos...). De esto se beneficia el hombre, que puede mejorar su dedicación a la empresa, su formación, sus relaciones sociales y, en definitiva, puede aumentar su competitividad y sus aspiraciones. Si alguna mujer trata de salirse de ese rol y dedicarse por entero a su vida profesional, el peso de su educación amenaza con aplastarla. Así los complejos de mala madre, de egoísmo en el desarrollo personal, de hacer peligrar las relaciones de pareja...se convierten en argumentos de largo alcance contra la mujer, argumentos que no parecen plantearse los hombres. CONCLUSIONES DE GÉNERO La clave para cualquier cuestión relacionada con temas de género sigue siendo la de partir de la autonomía personal, es decir, que las personas de ambos sexos tengan la posibilidad de tomar decisiones que afectan a su vida con la mayor libertad posible y con todos los recursos a su alcance. La capacidad económica es el factor primordial, junto a la educación, el entorno social y la autoestima, para lograr esa autonomía. Aumentar la autoestima, desarrollando otro tipo de actividades, socializándonos en otras facetas que no sean sólo las del cuidado, sino también el ocio, el mundo social y el político, la formación y el estudio, el empleo digno...Cuando una mujer diga que necesita tiempo para ella que no se limite a mejorar su imagen. Que incluya la salud, física y mental, y su participación social y política. No sólo a través del voluntariado, que la relega de nuevo a la no decisión y generalmente se limita al cuidado. Las mujeres necesitamos información. Es una conclusión directa aportada por el Centro Asesor "Argitan", conocer nuestros derechos para poder ejercerlos, tomar decisiones y en ocasiones salir de la espiral de los malos tratos físicos o psíquicos. Hay que dignificar el trabajo doméstico y los cuidados, que generan tanta riqueza, para poder después desprendernos de él, repartirlo. Hay que dignificar las situaciones de falta de recursos económicos y no sentirlas con culpabilidad. Las situaciones de pobreza no tienen responsabilidades individuales, son consecuencia de un sistema económico que genera desigualdades. Hay que dignificar las ayudas sociales, que en lugar de limosna de las instituciones, deben ser un derecho de toda la ciudadanía a reapropiarse de la riqueza. Finalmente hay que denunciar, luchar por nuestros derechos, por aquellos por los que también luchan los hombres, hasta equipararnos a nivel político, mientras vamos cambiando valores a nivel social. |