Pensando en Alba
Alba: Dícese del albor, amanecer, blancura.
Tu madre, mi amiga, debió inspirarse en la definición para elegir tu nombre.
Alba, en mi memoria, tu figura graciosa y menudita de movimientos cautelosos y pausados, como si al comenzar
a andar tuvieses previamente estudiado el movimiento.
Recuerdas a tu madre en nuestra adolescencia, tan diferentes y a la vez tan iguales
Tus manos de dedos largos y uñas bien formadas, daban lugar a elegantes y personales ademanes, como si
fueses exclusiva y única.
Tus ojos, de mirada enigmática, profunda y melancólica.
Enigmática, como la Monalisa de Da Vinci, que nos deja pensando eternamente.
Profunda y melancólica, como los ojos de Ana Frank, sólo ella, con su mirada ha transmitido en mí iguales
sentimientos; pareceís permitirnos creer averiguar, lo que optáis por tener íntimamente reservado.
Y la sonrisa, sin duda obra cumbre en tu rostro, al reír, un peculiar conjunto de luminosidad, sincronizaba tus
facciones; haciéndome pensar: ¡Qué guapa es Alba!.
De personalidad extrovertida, espontánea y directa; me hacías sonreír con tus respuestas, a la par que mover
de lado a lado la cabeza pensando ... ¡Qué disparate de chiquilla!.
Jamás ninguna otra adolescente contestó a mis preguntas de forma tan sincera y rotunda; como si el tener que
reconocer, no te causase miedo.
Al nacer fuiste tocada por la varita del humor sutil, perspicaz y sagaz, que tanto admiro; don de humor que
poseen los muy inteligentes.
Necesito escribir, porque sólo con la palabra no logro expresar la magnitud del sentimiento, la pena, la tremenda
impotencia que me queda.
Y siento la necesidad de pedirte perdón, por engañarme tantos años, creyendo que el cariño que por ti sentía,
era solo producto de la amistad incondicional y la profunda admiración, que desde niña, siento por tu madre.
Tu madre, magnífica mujer, buena, capaz, sufrida y sosegada.
Pienso constantemente en ella y no logra eclipsarte.
Estoy pensando en ti en primera persona y siento incontrolada indignación, horror, ansiedad, soberbia e ira;
pero esta vez no quiero controlar mis sentimientos.
Sentimientos que abocan a observar ensimismada los corrillos de las adolescentes con sus risas y juegos,
afanándome por rescatar los similares gestos y me pregunto:
¿Por qué saliste aquel día?, ¿Por qué tuviste que ser tú y no otra?, ¿Por qué estabas sentada allí?, ¿Como ha
podido pasar esto? ... Cayendo sobre mí la peligrosa losa de no encontrar respuesta.
Necesito pensarte en el lugar idílico que ubico a los privilegiados, tener la convicción de que sólo los muy
especiales no pueden acompañamos mucho tiempo, reclamados por una fuerza mayor y sobrehumana, para
que no les dañe lo soez, lo injusto o lo mediocre, sin duda, hermoso pensamiento que el dolor nos mitiga.
Allí donde estés, Alba, quiero pedirte ayuda.
Ayuda, porque arrastro la sensación frustrante de no poder hacer lo suficiente.
Ayuda para todos.
Ayuda especialmente a tu madre, siempre mi amiga.
No olvides, Alba, que me debes un abrazo y un beso.
Alba: Dícese en su definición del albor, amanecer, blancura.