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EMPRESA
BENETTON EN PUELMAPU |
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Los colores de la usurpación |
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La conocida empresa textil italiana es
mucho más que una marca de ropa. Benetton es hoy una transnacional,
un imperio que factura más de dos mil millones de dólares al año y
que posee más de 7 mil tiendas repartidas en 120 países. Pero no
sólo eso. Benetton es también lana, cabezas de ganado y miles de
hectáreas de tierras repartidas por el mundo. |
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Por
Sebastián HACHER / Azkintuwe Nº2 |
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- Alambradas de
Benetton en Leleque. Foto de Sebastián Hacher. |
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Atilio conocía ese lugar
desde chico y por eso sabía que estaba abandonado
desde antes de su nacimiento; allí solía cazar
liebres con sus hermanos y vecinos. |
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El abogado de Benetton
dice en este caso que "no se traigan con la excusa o
pancarta a las muy queridas y respetables culturas
aborígenes". |
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¿PUEDE EL SUEÑO DE UNA familia
humilde de la Patagonia cuestionar el imperio de la corporación
Benetton? El matrimonio formado por Rosa Nahuelquir y Atilio Curiñanco
aprendió que sí. Sin proponérselo, esta familia Mapuche de la provincia
de Chubut desató un terremoto que vuelve a poner sobre la mesa la
entrega a los capitales extranjeros de una de la zonas mas ricas del
país, no ya en las fábulas de generales trasnochados, sino en la
realidad tangible y concreta de miles de kilómetros entregados de
territorio entregados por unas pocas monedas al mejor postor.
Se trata La Patagonia, una zona que abarca el 30% del territorio
argentino, unos 780.000 km2 donde se concentra el 80% de las reservas
petroleras del país, grandes recursos hídricos y una enorme diversidad
de flora y fauna que en algunas zonas continúan todavía vírgenes.
Recientemente, también se descubrió la veta del oro y la plata; una
nueva riqueza codiciada por el capital internacional.
El grupo Benetton, a través de la The Argentine Southen Land Company
Limited o Compañía Tierras del Sud Argentino (simplemente "La Compañía"
en adelante) es dueña del 9% de las mejores tierras de esa región. Tiene
en su poder 900.000 hectáreas entre las provincias de Neuquén, Rio
Negro, Santa Cruz y Chubut; un territorio similar en extensión a la
provincia del Chaco; cuarenta veces más que la Capital Federal.
Compraron, en resumidas cuentas, de una provincia particular. A uno de
sus dueños, Carlo Benetton, le produce una "una hermosa sensación de
libertad" cada vez que viene al país para supervisar personalmente el
estado de sus campos y de algunas de las 290.000 ovejas que pastan allí.
El grupo opera en 120 países con decenas de fábricas y 7000 tiendas. Las
estancias que compraron en Argentina producen apenas el 10% de la lana
que utilizan las 100 millones de prendas que la corporación produce al
año. Sumando la totalidad de los negocios -desde la industria textil
hasta la construcción de autopistas- la empresa mueve 2.000 millones de
euros al año, una suma que parece alcanzar para comprar cualquier
sensación. Durante años también compraron, tanto Benetton como los
anteriores dueños de esa tierra, una sensación de impunidad sin
precedentes. Aquí intentamos dar cuenta de como un sueño de dignidad
abrió una brecha inocultable en el presente y el pasado de esa enorme
provincia de alambre.
*
ROSA Y ATILIO SON PARTE de una familia Mapuche urbanizada a la fuerza.
Rosa abandonó el campo familiar a los 8 años, luego de la muerte de su
padre, para trabajar en un hotel de pueblo y luego como obrera textil.
Todavía recuerda como salieron de allí, en un carro de bueyes, y sueña
con volver a esa misma tierra, porque ahora sabe que la forma en que la
vendieron fue ilegal. Atilio nació y se crió en la estación de tren
llamada Leleque, adentro de La Compañía. Su padre fue obligado a ir a
trabajar y vivir allí luego de que los comerciantes turcos, como a
tantos otros pobladores, les arrebataran las tierras.
Rosa entró a trabajar en 1986 en una de las fábricas textiles más
grandes de la ciudad de Esquel. Poco antes Atilio fue contratado en un
frigorífico donde trabajó durante 15 años en mantenimiento. Con el
esfuerzo de ambos criaron a sus cuatro hijos y siguen ayudando a sus
nietos. Hasta aquí su vida era la misma vida humilde y tranquila de
miles de obreros del sur del país. Pero el 27 de Febrero del 2002 algo
cambió en la suerte familiar: como tantas otras empresas, la textil
donde trabajaba Rosa cerró de un día para otro y dejó a todo el mundo en
la calle. Todavía tenían el trabajo de Atilio en el frigorífico, pero
los 150 pesos que ganaba por quincena no alcanzaban para alimentar a
toda la familia.
Previendo esa situación, impulsados por sus propios sueños y animados
por sus hijos, Atilio y Rosa habían decidido volver al campo, para
trabajar con sus manos la tierra. Averiguaron en el IAC (Instituto
Autárquico de Colonización) por un predio fiscal llamado Santa Rosa. El
15 de Febrero, doce días antes de Rosa quede desocupada, presentaron una
nota diciendo que "las informaciones obtenidas dan fe de que se trata de
un predio fiscal" y que "nuestro interés es solicitarlo para un
microemprendimiento familiar".
Atilio conocía ese lugar desde chico y por eso sabía que estaba
abandonado desde antes de su nacimiento; allí solía cazar liebres con
sus hermanos y vecinos, o juntar leña para aplacar al invierno. El IAC
respondió con la información -siempre verbal- de que el predio era una
reserva indígena desocupada durante décadas. Con esa información, el 23
de Agosto de ese año se presentaron en la Comisaría Primera de Esquel
para hacer una exposición avisando que ocuparían el lote, y esa misma
tarde montaron, junto con su nieto de 6 años Franco, un "campamento" de
chapas para ponerse a trabajar. Con sus ahorros y con lo que le
prestaron varios familiares y amigos, comenzaron a arar, sembrar
hortalizas y frutillas, criar animales y mejorar el terreno. Levantaron
el alambrado caído, trazaron los canales de riego y hasta comenzaron a
juntar material para hacer una casa de piedra. El sueño de volver a la
tierra estaba en marcha.
*
LA TORMENTA NO TARDÓ en desatarse. El 28 de Agosto la Compañía firma un
poder a favor del abogado Martín Iturburu Moneff, nombrándolo apoderado
legal de la firma. Dos días después, el 30 de agosto, la estancia de
Benetton hace una denuncia reclamando que el predio conocido como Santa
Rosa es propiedad de compañía, y que "Que no es utilizado para ganadería
y que intención de la administración forestar el lugar". Firma la
denuncia Ronald Mac Donald, el actual administrador de la estancia y
sintomáticamente hijo y nieto de los "pioneros" que trabajaron para las
familias Braun Menendez y Menendez Bethery, los celebres fusiladores de
la patagonia trágica.
Un día después de la denuncia, el 31 de Agosto, el juez de Instrucción
único de Esquel, el Dr. Colabelli firma la orden de registro "para
constatar el delito". Ese mismo día, bajo la lluvia, van a hacer el
allanamiento. A partir de allí comienza un impás de dos semanas, que
Atilio y Rosa ocupan en sembrar papas y seguir trabajando en el campo, y
que la estancia en amontonar documentación. El 16 de Setiembre el Dr.
Moneff pide el desalojo por el "gravísimo perjuicio" que le causa la
"usurpación" de ese pequeño campo. Como pruebas adjunta mapas,
documentos del siglo pasado y fotos satelitales, todos materiales
charrísimos que, a simple vista, no demuestran nada, pero que alcanzan
para que el juez Colabelli demuestre su eficiencia a la hora de
desalojar.
El 19 de Setiembre este juez ordena la restitución del inmueble y
adjunta a la causa el testimonio de Roberto Omar Vila, un agrimensor que
-como cualquiera que trabaje para los Benetton- testifica que las
tierras son de la estancia y -falsamente, como veremos después- que no
hay tierras fiscales en la zona. Entre los testigos que se presentan
también hay un puestero que al momento de la ocupación estaba de
vacaciones, cosa que no le impide declarar que vio la ocupación y que
-al revés de lo que muestran las fotos- el predio estaba perfectamente
alambrado.
Con esas nuevas pruebas, y luego de los trámites de rigor, el 30 de
Setiembre sale la orden de desalojo contra la familia Curiñanco, que se
concreta el 2 de Octubre, en otra de esas tardes de lluvia que parecen
gustarle al juez para llevar adelante sus procedimientos. Los 15
efectivos que realizaron el desalojo desarmaron la casa y secuestraron
todos los elementos, incluyendo dos bueyes con los que Atilio y Rosa
habían comenzado a arar. En su denuncia, el abogado de los Benetton
hablaba de "clandestinidad", e intentaba demostrar que los Curiñanco
habían actuado como delincuentes, amparados en la noche, escondiéndose
entre los árboles y cortando el alambrado que en realidad, como muestran
las fotos aportadas por la familia, ellos mismos se encargaron de
levantar.
Para los representantes de Benetton, no se trataba solamente de quedarse
con la tierra, y aun hoy -un año después- siguen una causa contra la
familia Curiñanco, intentando demostrar que se introdujeron el predio
sabiendo que era de la Compañía, y que sería entonces un problema de
"delincuencia común". El predio Santa Rosa está sobre la ruta 40, que
fue trazada a mediados de los años 70. De ser cierto que es parte de las
tierras de La Compañía, sería algo así como el 0,144% de la tierra que
esta ocupa. Pero la legitimidad del reclamo del latifundio deja muchas
dudas; el predio no está rodeado por tierras de la compañía, sino por
otros pobladores que viven de allí desde décadas. La extraña y supuesta
extensión de La Compañía al otro lado de la ruta es como una cuña metida
en medio del campo de los vecinos.
Todos los pobladores consultados sabían que se trataba de tierra fiscal
habitada por última vez por una familia aborigen de nombre Tureo. ¿Por
qué entonces Benetton reclama la con tanta violencia, acusando a los
Curiñanco de usurpadores y delincuentes? La explicación hay que buscarla
en la historia de la zona y es la Sociedad Rural la que da la primera
pista, repudiando la ocupación y pronosticando que si otras familias
Mapuche siguen el ejemplo de los Curiñanco se desataría en la región
"una ola de violencia y sangre".
Sencillamente, ese es el gran temor; que cunda el ejemplo, que cientos
de despojados de sus tierras, empujados a abandonar una tierra en la que
nacieron y se criaron decidan un día volver a recuperar lo que siempre
fue de ellos. "Ellos saben que están mintiendo, y por eso necesitan
tantos papeles e inventar tantas cosas. Nosotros no necesitamos nada de
eso, porque sabemos que tenemos razón". Atilio es ante todo un hombre
honesto y trabajador, y sabe que alcanza mostrar su rostro para decir
que es Mapuche. Junto con Rosa, a partir de el desalojo comenzaron un
viaje hacía sus raíces, pero de otra forma; ellos querían volver a
través del contacto con la tierra, y terminaron volviendo a través de
empaparse e involucrarse en el martirio de su pueblo, que hoy se
continua en su historia personal.
*
"LA FIRMA ACTORA NO se trata de una empresa extranjera radicada en el
país, sino de una empresa nacional". En forma ridícula, eso sostiene el
abogado de los Benetton: tan sólo por tener domicilio en la Capital
Federal, La Compañía no es extranjera ni viola ninguna de las leyes que
limitan la propiedad en manos de sociedades anónimas extranjeras en la
provincia de Chubut. En realidad, La Compañía fue inglesa hasta el 26 de
Marzo de 1982, cuando ante el avenimiento de la guerra de Malvinas
cambió a dueños -o testaferros, nunca se supo- nacionales. En ese año,
según los mismos registros de la compañía, fue nombrado presidente
Eduardo Menendez Hume, miembro de la clásica oligarquía terrateneniente
Argentina.
En 1991, cuando Benetton compró la empresa por 50 millones de dólares,
lo hizo manteniendo la fantasía legal de que se trataba de una empresa
argentina. Y la compró además con todo el lastre de las tierras robadas
a los primeros habitantes de La Patagonía. Para documentar su batalla,
la táctica de los Benetton fue abrumar con documentos, mapas y
escrituras. Desempolvaron de los archivos los títulos de propiedad que
datan del siglo pasado, una cantidad de hojas borroneadas y escritas a
mano, que pensaron, quizás, que nadie querría leer. Pero alguien las
leyó, y descubrió que los hermanos Benetton están afincados sobre
territorio que fue Mapuche, y que fue regalado por el estado argentino
al capital inglés.
Las tierras que ostenta La Compañía fueron donadas por el estado
argentino 1885 y 1896. Se trataban, en esa época, de lotes de 80.000
hectáreas cada uno, otorgadas individualmente a ciudadanos ingleses
residentes, en su mayoría, en Londres, que administraban sus negocios en
el país mediante representantes. La estancia hoy conocida como Leleque
-a la que pertenecería el lote en conflicto- fue donada a Henry Rushton
Roger, un londinense del que no hay registro que conozca estas pampas.
El terreno original de esta estancia era de 80.000 hectáreas, pero en
1890, cuando se realizó la mensura de la tierra, pasó a quedarse con
96.919, para no perderse los accidentes geográficos de la región. El
aumento fue aceptado por el estado argentino.
El agrimensor Gorosito, al trazar los planos en esa época, dejó en el
acta escrita de su puño y letra las referencias que usó para medir el
territorio. En el acta explica que eligió "para ubicar esta Colonia los
valles ocupados anteriormente por tolderías indígenas y conocidos por
los nombres de Lepa y Esquel". Como para no dejar dudas de que se estaba
hablando, Gorosito termina su informe con unas pocas líneas sobre la
flora y la fauna del lugar: "Esta colonia es importante teniendo en
cuenta la calidad de sus pastos, las abundantes maderas de todas las
clases utilizables para construcciones...En cuanto a su fauna se
encuentra en gran abundancia el guanaco y el avestruz que los indígenas
aprovechan para su alimento". En pocas palabras; la estancia que hoy
ocupa Benetton, es parte del territorio ancestral indígena, arrebatado
por medio de las armas para entregárselo al capital inglés.
*
LA COMPAÑÍA SE CONSTITUYÓ legalmente en 1889, con una oficina en Londres
y otra en Capital Federal. Se trató de una especie de consorcio de
terratenientes ingleses, que dominaban al momento de unirse un total de
780.609 hectáreas. En los años que siguieron a su fundación, hubo varios
decretos que con la firma de José Evaristo Uriburu, Antonio Bermejo,
Roca y Juárez Celman, aceptaron todas las condiciones y pedidos de la
empresa; privilegios a la hora de pagar impuestos, devolver tierras
concesionarias y hasta pedidos de nuevas tierras para trabajarlas.
Con el correr de las décadas, la estancia se dio un nuevo lujo que
acrecentaría su dominio sobre la región; en los años cuarenta se terminó
el trazado del ferrocarril que atraviesa la mayoría de los campos de la
estancia. El tren, pagado y dominado por el capital inglés, nació
principalmente para ser el servicio de transporte particular de La
Compañía. La retórica que usó La Compañía para sus pedidos siempre fue
la soberbia y la imposición. En una de sus virtuales imposiciones al
estado señalaban, en un acta de 1896, que "somos en la actualidad los
que mejores esfuerzos desarrollan y mas perseverante acción ejercitan en
aquellas apartadas regiones de la república".
Más de cien años después, los nuevos dueños utilizan el mismo lenguaje.
El abogado de Benetton dice en este caso que "no se traigan con la
excusa o pancarta a las muy queridas y respetables culturas aborígenes,
culturas que incluso mi mandante ha promovido y preserva incluso más que
las propias comunidades, para justificar la ilicitud y desconocimiento
de la ley". En las historias oficiales de La Compañía nada se dice del
arrebato de tierras indígenas. Por el contrario, se habla de una especie
de idilio, donde los indígenas eran "contratados por la compañía para
cazar y reducir la población de guanacos". En la historia de Benetton,
además de la retórica de La Compañía, se repite la misma fantasía; la
gran presentación de su estancia es un museo que resume, en forma
aggiornada, la historia de La Patagonia.
La presentación del museo es el rostro de un Chehuelche. Comparar las
facciones de la figura pintada en el cartel de bienvenida con los rasgos
de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir es todo un manifiesto; Benetton
quiere que sean apenas un dibujo en la pared. Ellos, en cambio, dicen
que siguen existiendo. Pero el despojo no fue solo hace un siglo;
también en las últimas décadas la voracidad de la compañía avanzó sobre
las pocas reservas indígenas que sobrevivían en su interior, e incluso
con los terrenos fiscales que ocupan la vieja estación de trenes
Leleque. Atilio Curiñanco nació y se crió allí. Para llegar a su casa en
la estación, hay que entrar a la estancia y atravesar todo el casco,
incluyendo la lujosa casa de Benetton y la de su administrador.
En el camino se encuentran varios fantasmas reciclados; donde antes
estaba el almacén de ramos generales ahora está el museo Leleque, que
irónicamente tiene como logo el rostro de un Mapuche. Siguiendo hacia
adelante, el edificio medio derrumbado del correo está encerrado en un
alambrado y, hasta para entrar al cementerio -donde está enterrado el
hermano de Atilio- hay que saltar un alambrado. La estación es una
barriada pequeña, de una diez casas apenas, donde hoy viven unas pocas
familias jubiladas del ferrocarril, entre ellas Doña Candelaria, una
hermosa mujer de 85 años, madre de Atilio.
Ella todavía recuerda cuando este lugar ahora casi desértico era un
pueblo prospero y lleno de vida. Los chicos iban a la escuela, o se
entretenían cazando en los terrenos de al lado. La ruta que corría
paralela a la vía y uniendo Esquel con El Bolsón, era recorrida por
tropillas de vacas o caballos, transportadas por vaqueanos y más tarde
en camiones. A los costados del camino, en pequeñas reservas, vivían
jornaleros, peones y empleados del ferrocarril. Doña Candelaria era ama
de casa, y con baldes caminaba hasta el arroyo a buscar agua.
Nada de eso existe hoy; la vieja ruta, el arroyo, las reservas del
costado del camino están todas alambradas. Los de La Compañía, los
gringos como dice Doña Candelaria, se tragaron todo. Incluso para buscar
agua, ella misma se inclina para cruzar el alambrado que separa a sus
baldes del agua. Lo hace con una agilidad y una resignación que nos
sorprende a todos. También, con sus 85 años a cuestas, camina con
nosotros por la ruta ahora alambrada, recorriendo unos tres kilómetros
para encontrar con la reserva donde vivía la familia Rayel, una Mapuche
que trabajó para La Compañía como lavandera. Allí Candelaria nos muestra
el lugar donde recuerda estuvo la casa y los animales de una de sus
vecinas favoritas.
Una cacerola muerta primero, y los restos de una casa y una cultura
quemada después confirman los testimonios recogidos entre varios
pobladores; la casa de los Rayel fue quemada por empleados de la
estancia a finales de los años sesenta, y la familia ni siquiera intentó
reclamar las tierras. El campo, obviamente, también está alambrado por
La Compañía. ¿En que momento se apropiaron de todo? Según los propios
recuerdos de los pobladores, la primer gran oleada de apropiaciones
comenzó con el trazado de la ruta frente a la cuál está el predio que
habían ocupado Atilio y Rosa. Pichón Llancaqueo, nieto de los primeros
habitantes de la zona, perdió en aquel entonces casi la mitad de su
campo. El alambrado furtivo, "movido por el viento de La Patagonia",
corre casi paralelo desde su predio hasta Santa Rosa, algo que podría
explicar por qué La Compañía siente suyo un terreno que a todas luces
está fuera de su perímetro.
¿Por qué nadie reclama? La pista la da el mismo Pichón Llancaqueo. Para
hacer algo, hay que pagar a un agrimensor para hacer las pericias. Nadie
tiene el dinero para hacerlo, y si lo tuvieran ¿que profesional va a
trabajar en contra de los más poderosos de la zona, corriendo el peligro
de no trabajar nunca más para La Compañía? La justicia, nos explica,
nunca está del lado del pobre. Y eso también lo sabe Candelaria.
Mientras tomamos mate, llega un funcionario del ferrocarril a dejar una
nota, donde se ratifica que no se pueden tener más animales en la
estación y que pronto, todos van a tener que dejar su hogar; el interés
de La Compañía es convertir la vieja estación en un paseo turístico.
Parece que Benetton compró también la voracidad de La Compañía.
Pero no es simplemente un problema de ambición centrada en los bienes
raíces; alrededor del predio que ocuparon Rosa y Atilio encontramos 15
de los 150 cateos de minas de oro que hay en los alrededores de la
ciudad de Esquel, un drama que amenaza con destruir los recursos
naturales de la región. Santa Rosa, el predio en litigio, es la puerta
de entrada a esos yacimientos mineros. Y eso quizás explique por qué
tanta desesperación de parte de La Compañía y la justicia para
criminalizar a esta familia Mapuche.
*
ES DOMINGO Y EL AMANECER es apenas un sueño del horizonte. Las ancianas
y los lonko colocaron el rewe, y nosotros esperamos mirando a un este
todavía oscuro y lleno de estrellas. Hace frío y un gran fogón de leño
de álamo y plantas jarilla, es lo único que calienta, por ahora,
nuestras existencias. Dos jóvenes niñas se colocan frente al rewe.
Faltan dos jóvenes varones que cumplan la misma tarea, y faltan
instrumentos y conocimientos; el winka los robó y se desentierran del
olvido a través de la memoria de los ancianos, de los suspiros del
viento que de vez en cuando reavivan la llama del recuerdo.
Los hombres entran primero. Cuatro vueltas alrededor del rewe, y cuatro
veces arrojan muday, esa bebida que estuvo antes de cualquiera de las
bebidas que trajo el hombre blanco. Luego hacen lo mismo las mujeres, y
luego lo repiten todos juntos, organizados de dos en dos. Tres ancianas,
con rostros surcados y las cabezas cubiertas con pañuelos, cantan en la
lengua de la tierra, esa que enseñaron los animales y los ríos a los
Mapuche. Cuando sale el sol como una inmensa bola de fuego, la rogativa
está en el punto que todos, con las manos extendidas al este, abren sus
manos para agarrar su fuerza.
No hay formalismos ni solemnidad; en los intervalos de la ceremonia la
gente conversa y ríe tranquilamente, y al terminar una ronda de mate
anuncia que llego la hora de hablar. Todos prestan atención cuando
Atilio convoca a participar, el próximo 11 de Octubre, del Parlamento
Mapuche que se realizará en El Maitén. Luego de la invitación, explica
que para organizarlo no tienen recursos, pero que como otras veces
confían que todos van a llegar haciendo un esfuerzo, porque es necesario
encontrarse para seguir fortaleciendo la organización de las
comunidades.
Esta vez, los anfitriones de la reunión serán los miembros de la
comunidad Sepúlveda, y especialmente Don Abelardo, un Mapuche “de sangre
gaucha” , como se define él mismo, que pelea desde hace 10 años para que
el intendente de El Maitén no le robe las tierras que su familia ocupa
desde hace un siglo. Parece que es un proceso que, mal que les pese a
los conquistadores de hoy, no se va a detener / Azkintuwe
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