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A 10 AÑOS DE LUMAKO - PARTE I


Un antes, un después


Los sucesos de Lumako de octubre de 1997 fueron una forma de decir basta. Un llamado de atención al Estado, a la sociedad chilena y al propio Pueblo Mapuche. Un llamado de atención que no pasó inadvertido. Las recuperaciones de tierras protagonizadas por las comunidades Pichiloncoyan y Pillinmapu constituyeron, que duda cabe, el detonante de un nuevo movimiento mapuche.


 Por Mauricio BUENDIA I Periódico Azkintuwe

 

 

 


Recuperación territorial en Victoria.

Foto de Pablo Díaz.



 Párrafos

A las recuperaciones en Pichiloncoyan y Pillinmapu le siguieron otras acciones en Reñiko Grande, Juan Maika y Cheguan Antipi, Quetrahue, Huenchun Huenchuñir, Reñiko Chico, Temulemu, Pantano, Lieucura y Didaico.

Lumako constituye un punto de inflexión en el desarrollo del nuevo movimiento mapuche, pues a partir de ese momento se produce la visibilización del mapuche y su problemática a nivel de estado.




UNA VAPOROSA SOMBRA de luna se recostó suavemente en el agua cristalina del antiguo río Lumako la madrugada en que los mapuche del lugar se tomaron el cielo por asalto. Y desde ese momento nada fue igual, pues los bosques se tornaron más mapuche y menos winka, la tierra más tierna y menos agreste. Fue el 13 de octubre de 1997 cuando las comunidades de Pichilonkoyan y Pillinmapu procedieron a la recuperación de territorios ancestrales, cansados de la centenaria expoliación chilena. Tal vez coincidencia, acaso caprichos del destino, pero fue también en esas tierras donde se verificó la batalla de Curalaba en 1598 que señaló el inicio de la más grande insurrección mapuche contra el dominio hispano. Por lo mismo, en términos históricos, es posible hablar de un antes y un después de Curalaba y, sin duda, de un antes y un después de Lumako. Ello, tanto en lo concerniente a la relación pueblo mapuche-Estado chileno, como en lo atinente al movimiento mapuche. Porque en Lumako, hace una década, no se solo se recuperó tierra usurpada, sino que, por sobre todo, se recuperó la capacidad de asombro y la conciencia de legítimos derechos colectivos como pueblo.

Y nada fue casual, pues, si bien es cierto que Lumako puede considerarse como el inicio de una nueva etapa en la lucha del pueblo mapuche, también constituye la continuación de un luengo proceso de discusión y organización. Como sostiene Galvarino Reiman, miembro de la Asociación Ñankucheu de Lumako, se trató de “un plan, una estrategia que venía a responder la nula voluntad de diálogo de parte del gran capital, especialmente las empresas forestales y capitales extranjeros que hoy día siguen colonizando nuestro país. Es decir, fue una definición política, en una fecha determinada se acordó pasar a la ofensiva y no hacer más reclamaciones de tipo asistencialista”.

Lo anterior es refrendado por Francisco Caquilpan, presidente de la Corporación de Comunicaciones Mapuche Xeg-Xeg, quien señala que se verificó “un proceso de capacitación, de formación, donde se comienza a tomar conciencia de los derechos colectivos como pueblo. Se evidencia que la pobreza no era mapuche, que tiene causas y responsables y que estos se relacionan con el Estado y el modelo económico imperante. Este proceso se fortalece, porque jóvenes mapuche van a la universidad y ahí otro mundo se abre, influyendo en la formación, en el nivel y formas de organización. Además, nuestra gente se conecta con otros pueblos indígenas del continente: Ecuador, Bolivia, Guatemala, entre otros, y ahí también se aprende”.

Lumako es una zona de pobreza para el mapuche, con tierras secas y áridas donde -según Caquilpan - “las comunidades ni siquiera tenían leña para cocinar, donde había que hacer fuego con bosta de caballo. Cuando se necesitaba leña o agua los latifundistas y los guardias de seguridad de las forestales baleaban o amedrentaban a los comuneros que intentaban acceder a ella”. Además, como señala Martín Correa, historiador especialista en el tema mapuche, Lumako es el paradigma de “la ocupación de un territorio por parte del invasor, primero español, donde la actual Lumako, Purén, Angol - Los confines - Ercilla y Traiguén, fueron un lugar de ocupación primordial e inicial de los ejércitos coloniales, hasta 1598, y de ahí en adelante, lugares simbólicos que había que recuperar para los dominios de la corona española. Luego, durante la ocupación militar de la Araucanía, a partir de 1862, aparece el segundo invasor: el Ejército Chileno. Ahí se fundan los fuertes, las primeras villas, se abren los primeros caminos y se da origen al Granero de Chile: Malleco”.

Y lo que siguió no fue distinto a otras zonas mapuche, donde se procedió a la “reducción” del indígena, a su marginalización y asimilación forzada. No obstante, durante el proceso de reforma agraria “las comunidades mapuche de Lumako recuperan parte importante de su espacio territorial, y es la única comuna en que el 100% de los predios expropiados pasaron a dominio mapuche, 19 predios por un total de 15,502 hectáreas, superficie que corresponde al 10% del total expropiado a favor de comunidades y familias mapuches (152.416,48 hectáreas) en toda la actual IX Región”, afirma Correa. Todo ello cambiaría dramáticamente con el golpe militar, la represión, la contrarreforma agraria llevada a cabo por la dictadura y el proceso de expansión forestal que se materializa desde 1974 en adelante. El mapuche experimentaba así un segundo momento de “reducción” y de continúa reproducción de sus condiciones de pobreza y marginalidad, agravados por la penetración forestal, la depredación del bosque nativo, la alteración del equilibrio ecológico, la ausencia de agua, de tierra y, por cierto, la emigración a la ciudad en busca de trabajo.

Por lo mismo, quizás no es sorprendente que la rearticulación mapuche en lo organizativo, en su repertorio de demandas y en su accionar, se diera en Lumako. Según Juan Pichun, joven dirigente mapuche de Temulemu e hijo del lonko de dicha comunidad, en esa época “la recuperación de las tierras siempre fue uno de los puntos que más se discutía en las distintas reuniones que se sostenían y, por ende, en cualquier momento esto iba a suceder ya fuera en Lumako o en Traiguen. El hecho es que en ese entonces ya se manejaban muchos antecedentes acerca de la dramática situación que se vivía: la contaminación, el espacio reducido de las comunidades, la falta de agua, la invasión de las .forestales en territorio que los mapuche debían controlar”. Por lo tanto, la acción mapuche era una forma concreta y decidida de decir basta. Un llamado de atención al Estado, a la sociedad chilena y al propio pueblo mapuche.

*

UN LLAMADO DE ATENCIÓN que, sin duda, no pasó inadvertido. Por el contrario, las recuperaciones en Pichiloncoyan y Pillinmapu, seguido prontamente por otras acciones similares en las comunidades de Reñiko Grande, Juan Maika y Cheguan Antipi, Quetrahue, Huenchun Huenchuñir, Reñiko Chico, Temulemu, Pantano, Lieucura, Didaico, entre otros, constituyen el detonante de un ingente movimiento de recuperación de tierras que en la zona buscaba ejercer soberanía sobre aproximadamente 9 mil hectáreas usurpadas. Sin embargo, no es solo un asunto cuantitativo, sino que, por sobre todo cualitativo, toda vez que ese momento histórico marca el inicio de una nueva etapa del movimiento mapuche. Para Adolfo Millabur, alcalde mapuche de Tirua, Lumako “es un hito y, por lo tanto es posible hablar de un antes y un después de los acontecimientos de Lumako, pues lo que ahí sucedió no dejó indiferente a nadie, ni al movimiento mapuche, ni al Estado, ni al país. Comienza una nueva etapa en cómo se manifiesta el movimiento indígena en Chile; dinamiza la relación y establece ciertas reglas que antes no se habían visto, al menos en los últimos 30 años”.

Es que los mapuche comenzaban en la acción y en el discurso el tránsito desde las demandas culturalistas y economicistas a aquellas de tipo políticas. Es decir, si bien es cierto se recuperaba tierra, lo que se intentaba establecer era la demanda por territorio con la necesaria e inevitable asociación al ejercicio de la autonomía como una manifestación especifica de la autodeterminación de los pueblos. Asimismo, se pone en movimiento la incipiente, pero política y culturalmente potente idea, de la reconstrucción del mundo mapuche. “Porque la recuperación de tierra - indica Reiman - significa recuperar la memoria histórica que nos han quitado, asimismo, la religiosidad, espiritualidad y la vida misma en el amplio sentido de la palabra de hoy y del futuro”. Es decir, la recuperación se visualiza como “un mandato religioso y espiritual de nuestros grandes espíritus, esto es Gvnechen y los Gen poderes de nuestra madre naturaleza, por ende la recuperación no es solo elemento material, sino cultural. Esto lo podemos resumir en conceptos mapuche como Kvme Felen, y Ad mogen ñi ixofil mogen mew, en otras palabras, estar bien como persona, con el entorno y en equilibrio con todos nuestros ecosistemas”.

Lo anterior implica un alto grado de integración simbólica que funciona como un catalizador y claro elemento movilizador, por lo tanto, no es casual que uno de las características principales de dichas recuperaciones haya sido la activa participación de la comunidad en su conjunto en el proceso de debate previo, en la toma de decisiones, en las movilizaciones y en la defensa de la tierra una vez recuperadas. Es más, el ejercicio de control territorial, como una expresión concreta de asentamiento de soberanía, constituye otro elemento novedoso en la estrategia mapuche. Fue, indudablemente, el embrión de lo que, posteriormente, se conocerían como recuperaciones productivas, agenciadas especialmente por la Coordinadora Arauco-Malleco(CAM). No eran, como afirma Pichun, “recuperaciones de tipo simbólico, sino que ahora se trataba de trabajar la tierra, sembrar y cosechar el espacio recuperado. Además, por supuesto, de defender el territorio. Fue esta forma de relacionarse y actuar de las comunidades lo que provocó la preocupación del gobierno. Había nacido un movimiento que cada vez lograba más simpatía y adherentes, sobre todo de parte de jóvenes mapuche que obedecían las opiniones de los lonko”.

Y es tal la preocupación del gobierno que desata una violenta represión contra los mapuche, militarizando los territorios en conflicto, aplicando la Ley de Seguridad Interior del Estado y la Ley Antiterrorista. En consecuencia, sostiene Correa, “el Estado chileno respondió como lo ha hecho siempre, y como lo continúa haciendo, a través de la represión, de la persecución, y de la criminalización de la demanda y protesta social mapuche. Defendiendo intereses empresariales en el marco de la propuesta de desarrollo de país que sustenta y que en algún momento fue la ocupación territorial, en otro momento fue la siembra de trigo, en el norte fue la privatización de las aguas y la muerte de los poblados andinos, en el sur la invasión forestal y luego los megaproyectos”. Y fue alto el costo pagado, “con detenidos, torturados, procesados, clandestinos y exiliados. Es el costo que pagan los pueblos cuando luchan y cuando el Estado privilegia y defiende los intereses de los grandes grupos económicos”, dice Caquilpan.

Sin embargo, el gobierno no solo recurrió a la represión, sino que también a la división del movimiento mapuche, focalizándose su accionar en aquellas organizaciones que consideraba más radicales, intentando cooptar dirigentes, creando organismos paralelos y afines al gobierno en Lumako, como lo fue la Unión de Comunidades Autónomas de Lumako y estableciendo “diálogos comunales” que solo incluían a comunidades que no estaban en conflicto. Esta última estrategia estuvo dirigida desde el Ministerio de Planificación por Germán Quintana y, de acuerdo a Martín Correa, “los resultados de dicho proceso no hicieron, sino comprobar la tesis de que fue una maniobra para calmar los ánimos y bajarle el perfil al conflicto. Sin ir más lejos, los resultados del trabajo de las mesas de diálogos comunales, en términos porcentuales, según antecedentes de MIDEPLAN; señalan que la demanda mapuche en un 40% se dirige el mejoramiento de viviendas, y el 7% tiene que ver con las tierras, así de sesgado”. Además, se gestiona “un préstamo blando del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por US$80 millones, fondo que dará pié a Orígenes, institución estatal que será utilizada como la vía para entregar proyectos, cooptar dirigentes, profitar de la pobreza para continuar con la hegemonía forestal en la Región”, enfatiza el historiado. Todo lo anterior, sin duda, impacta negativamente en el movimiento mapuche, debilitándolo y erosionando su base de apoyo social, toda vez que se juega y manipula las necesidades urgentes de comuneros abrumados por la pobreza. No obstante, el movimiento mapuche y sus demandas no desaparecen a pesar de la represión, de la satanización mediática y de las políticas divisionistas del Estado.

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PARECE CLARO QUE LUMAKO constituye un punto de inflexión en el desarrollo del nuevo movimiento mapuche, pues partir de ese momento se produce la visibilización del mapuche y su problemática. Queda en evidencia, como manifiesta Millabur, “que hay un país que no ha resuelto su situación y relación con los pueblos originarios. Deja claro que hay un mapuche presente, actual y no solo el mapuche pasado y remoto que se enseña en las escuelas”. La fosilización del mapuche y su suspensión en el tiempo facilita la manipulación ideológica de la sociedad chilena, porque los ubica en un pasado distante, permitiendo asimilarlos y eliminarlos de la realidad actual. Pero, el movimiento hace renacer al mapuche, muestra sus carencias, la discriminación, pero, al mismo tiempo, su fuerza, inteligencia y sempiterna dignidad. Es que, señala Pichun, “mucha gente recuperó su identidad al ardor de la lucha, su condición de mapuche y el sentimiento y conciencia de que somos un pueblo vivo”.

El mapuche vive y pervive, subsiste y existe y Lumako fue fundamental en fortalecer la idea de un pueblo distinto con derechos colectivos y, además, de poner en la agenda pública, nacional e internacional, los derechos de los pueblos indígenas y la situación de exclusión de la cual son objeto los pueblos originarios en Chile. Millabur sostiene que “queda claro que los derechos humanos no terminan de violarse con el fin de la dictadura de Pinochet. También se violan en democracia y hay numerosos informes que así lo confirman, por lo tanto, el Estado sigue en deuda con los pueblos indígenas”.

Y esta deuda histórica comienza a ser cuestionada desde Lumako en lo substancial, pues la demanda mapuche no se circunscribe a la reclamación por tierra, sino que reivindica el justo derecho a la libre determinación. Producto de las movilizaciones en Malleco y Traiguen se recuperaron 8 mil hectáreas, sin embargo, lo más importante, quizás, es que se recuperó y fortaleció la decisión colectiva de organizarse y bregar por sus derechos como pueblo antiguo. Hoy el movimiento mapuche no es el mismo de ayer y, seguramente, no será el mismo de mañana; pasa por una etapa de reagrupamiento y rearticulación, de búsqueda de nuevos caminos para enfrentar la represión y la sistemática política de intervención del Estado. Pero está claro que está vigente y visualiza el bicentenario del Estado-Nación chileno, según Millabur, como “una oportunidad que el país tiene que darse para reflexionar sobre su relación con los pueblos originarios”. Pero, no hay nada que celebrar y, además, el movimiento mapuche no espera nada del gobierno, pues, especialmente a partir de Lumako, confía solo en sus propias fuerzas / AZ

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