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40 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL CHE


El largo camino a La Higuera


El pueblito en el que mataron al comandante en 1967 fue el epicentro de las actividades organizadas por la Fundación Che Guevara y el gobierno boliviano. Un periodista de Página/12 se subió al bus que trasladó desde la capital argentina a jóvenes militantes de izquierda hasta La Higuera, poblado donde cada rincón tiene su historia sobre el Che. Aqui el relato de un viaje memorable.


Por Martín PIQUÉ I Azkintuwe Nº27

 

 

 


Memorial del Che en La Higuera.

Foto de Agencias.



 Párrafos

Los pobladores de La Higuera se han convertido en especialistas de la evocación del pasado de cada parte de la villa. Por todos lados hay escenarios naturales de la caída o el paso de algún miembro de la guerrilla del Che.

Los cubanos prenden la fogata y el embajador recuerda lo que dice la inscripción de la puerta de la escuelita: “Por aquí salió un hombre camino a la eternidad”.




SE LLAMA LA PREFERIDA Bus, es todo de color amarillo, pero sobre todo cumple con lo que declama. Porque el ómnibus hace honor a su nombre: los participantes del encuentro por los cuarenta años de la caída del Che lo han elegido para viajar hasta Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Son 36 horas de viaje hasta llegar a destino. Allí dejarán el micro que los transportó desde Buenos Aires y seguirán camino hasta Vallegrande, primero, y La Higuera, después.

El pueblito en el que mataron al comandante en 1967 será el epicentro de las actividades organizadas por la Fundación Che Guevara y el gobierno boliviano. Entre los asientos viajan jóvenes militantes argentinos y dirigentes sindicales uruguayos. El día y medio de viaje contribuyó a una rápida integración. Hubo tiempo para recordar el cuento “Autopista del sur”, de Cortázar; para comprobar los efectos del napalm que Bussi ordenó arrojar sobre el monte tucumano entre El Cadillal y San Pedro de Colalao; para leer el recién editado libro de Ciro Bustos, uno de los compañeros del Che en su aventura boliviana, sobre quien durante mucho tiempo pesó la sospecha de haber colaborado con los rangers del general Barrientos.

Las horas de viaje van dejando sus marcas sobre los futuros asistentes al encuentro por los 40 años del asesinato del Che. La ruta nacional 34 muestra pastizales amarillentos y álamos no muy tupidos que se repiten a ambos lados del asfalto. Un poco más allá se ven grandes claros provocados por el desmonte y la siembra de la omnipresente soja. La última parada en General Güemes dejó espacio para algunas sorpresas. Una botella de dos litros de agua mineral costaba dos pesos, por la avenida principal se veían comercios con el anuncio, anacrónico en Buenos Aires y alrededores, de “todo por 1,99 pesos”.

La escalada inflacionaria no parece haber llegado a la ciudad salteña. Lo que sí la alcanzó es la ola frenética de obra pública. A los costados de la ruta se ven operarios y obradores repavimentando la capa asfáltica. Un dato más: en los postes de luz se ven muchos carteles del candidato a gobernador del romerismo, Walter Wayar. Para matizar la espera, los choferes dispusieron una oferta cultural tan heterogénea como la feria La Salada. Primero tres películas al hilo de artes marciales, como las que le gustan a Quentin Tarantino; después un compilado de lentos de los ’80. A la mañana siguiente, las simpáticas canciones del grupo de cumbia y cuarteto Chupete que hizo sonreír al pasaje con una canción que elogiaba a los “chupa chichis”. De rasgos del Altiplano tallados a piedra, los choferes bolivianos disfrutaron como una pequeña victoria personal cuando vieron a otro ómnibus parado al costado de la ruta en las afueras de Tucumán. Era un interno de la línea Expreso Pocitos, el único competidor de La Preferida en el trayecto Buenos Aires–Santa Cruz de la Sierra. “Esto les pasa por no elegir a La Preferida”, comentaron entre risas.

En la cabina de los conductores circulaba la bolsita con hojas de coca, en el primer piso un mate extralarge que habían traído dos uruguayos. Eran Luis Diosy y Rosario Rossi, una pareja de militantes del ala izquierda del Frente Amplio. Ambos dirigentes sindicales, los dos también comparten la dirección de la Corriente de Izquierda, una de las líneas internas más críticas de Tabaré Vázquez. Diosy tiene 54 años y es dirigente del gremio no docente de la Universidad de la República (de Montevideo), cuya sigla es Affur. Rossi, 49, estudia Ciencias Económicas, está afiliada a la Unión de Trabajadores del Hospital de Clínicas. “Yo vine para los treinta años de la muerte del Che, en 1997. Estaba Banzer en el gobierno, la ultraderecha”, recuerda Diosy. “En La Higuera, en la noche del 7, pasaron una película sobre el Che en la que mostraban cómo los mineros donaban su jornal y trataban de llegar a la gente que estaba peleando en la montaña.” La expectativa de los uruguayos por llegar al epicentro de los homenajes actividades –la ciudad de Vallegrande– se combina con cierta desilusión con la realidad que dejan en su país. “En este momento en Bolivia hay un gobierno que es importante para mí, como militante política. Quiero recoger la mayor experiencia que nos sirva para nuestra realidad, para poder revertirla”, dice Rossi.

Más ruidosos que sus vecinos orientales, los jóvenes que viajan desde Buenos Aires parecen tener bastante experiencia en cruzar la frontera a Bolivia. José María Dunn, 34 años, militante del Movimiento Evita y coordinador de un centro cultural en Moreno, viajó dos veces al Altiplano. Incluso estuvo en la asunción de Evo en Tiahuanaku, donde fue ungido como presidente bajo los rituales aymaras y kollas. Su conocimiento del terreno se refleja hasta en la música de su MP3: el grupo de rock boliviano Atajo, que se convertirá en una de las revelaciones del viaje. Competitivo al fin, Edgar Starszy, 33, dice que viajó cinco veces a Bolivia. Fotógrafo, prepara un documental para la productora Chisperos del Sur. “Esto es como la ‘Autopista del sur’, de Cortázar. Pasan las horas y la gente se va relacionando”, se ríe.

La bienvenida en Salvador Ma-zza la da el aire asfixiante del chaco salteño. Los pobladores comentan que hace cuatro meses que no llueve. Lo prueba el río lleno de piedras y barro seco. En el control de Gendarmería la bienvenida es aún más árida. Arriba del micro un uniforme verde pide los documentos. Pregunta a dónde se dirige cada uno de los pasajeros. También interroga por el motivo del viaje a Bolivia. –Voy a un encuentro político –le responde Página/12– ¿Por qué tantas preguntas?. –Bueno, aquí suele haber problemas. Como se lo puedo decir...narcotráfico.

La ruta de la que habla el gendarme es la 34. Hasta hace dos años, del otro lado de la frontera el camino era de ripio, ahora es de asfalto. “En esta zona hay muchas petroleras y hubo presiones para que asfaltaran. Antes era todo de tierra. Esos sí eran los caminos del Che”, cuenta Luis Añez, de 38 años, un sonriente boliviano que se presenta como gerente de La Preferida Bus en Santa Cruz de la Sierra. Los últimos kilómetros antes de cruzar a Yacuiba van pasando en silencio. Antes del límite que parte al medio la ciudad se ve un paisaje de carpas y casillas hechas con madera y cartón. La imagen se repite al costado del corralón de la municipalidad de Salvador Mazza. La Argentina se despide con las postales de la pobreza eterna.

*

LAS LINTERNAS SE distinguen desde lejos, los focos se menean como bichitos de luz que se consumen en el aire. La noche está llena de estrellas pero no hay luna, las sierras agregan otras sombras de una altura intimidante. El poblado que recibió al Che vivo el 8 de octubre de 1967 y lo devolvió muerto un día después está en completa oscuridad. La Higuera no tiene energía eléctrica. Los visitantes que van llegando se guían por el ruido que hacen las piedras al caminar. La única iluminación proviene de las pocas linternas que se trajeron desde Vallegrande; más adelante se escuchará el ronroneo de un grupo electrógeno que alimenta los tres faroles del escenario. En medio de la negrura más espesa, los recién llegados se la rebuscan para llegar hasta la famosa escuelita en la que mataron a Ernesto Guevara. No se ve demasiado, es casi imposible distinguir los detalles de la construcción. Los flashes de los fotógrafos, la luz de algunas cámaras de video y cuatro velas encendidas alumbran de manera muy tenue. Sólo así se alcanza a distinguir lo que una mano anónima escribió en el marco de la puerta: “Por aquí salió un hombre camino a la eternidad”.

Para llegar al acto en La Higuera hubo que superar 62 kilómetros de camino de cornisa, de noche y atravesando varias capas de neblina. La bruma se iba diluyendo a medida que los vehículos subían los cerros, hasta llegar a la altura del Abra del Picocho, 2280 metros, el pico más alto de las sierras que se extienden desde Vallegrande. En ese lugar el Che participó de una fiesta patronal doce días antes de ser cercado. Después de tres horas y media de viaje, el poblado aparece tras la última curva esquinada. Cuando alguna linterna lo permite, o una vela prendida a través de una ventana, se llega a distinguir las primeras formas. Son unas pocas casas blancas, de tejas de estilo colonial, dispersas a ambos costados de la ruta. Algunas parecen ser de adobe, todas muestran el efecto del paso del tiempo.

Como si un guión que busca generar suspenso hubiera estado escrito en algún lado, la escuelita está al final del pueblo, detrás de un espacio abierto que los organizadores destinaron al palco. En ese lugar también colocaron un montón de leña que será prendido fuego entrada la madrugada, cuando terminen los discursos y comience la vigilia. La Higuera está llena de imágenes del Che; detrás del escenario se ve una gran bandera con su rostro. El acto comienza con música y durante las próximas horas las melodías se sucederán entre los discursos. Por el micrófono pasa el embajador de Cuba, Rafael Dausá Céspedes; el ex compañero del Che en la guerrilla boliviana Leonardo Tamayo, conocido como Urbano; delegados de los alfabetizadores y médicos de la isla. El frío de la noche a dos mil metros hace que muchos prefieran moverse que permanecer quietos. Se despliegan frazadas, bolsas de dormir; otros optan por las bebidas fuertes.

La madrugada va haciendo caer a los más cansados. El locutor anuncia que prenderán fuego a la montaña de ramas; los despiertos y los somnolientos se acercan para calentarse y ver todo de cerca. Los cubanos prenden la fogata y el embajador recuerda lo que dice la inscripción de la puerta de la escuelita: “Por aquí salió un hombre camino a la eternidad”. El diplomático dice que éste no debe ser un día triste y que el Che sigue vivo en las luchas de los pueblos latinoamericanos. Suena el grito de “hasta la victoria, siempre”, le sigue el infaltable de “Patria o Muerte, venceremos”. Muchos jóvenes toman muy en serio lo de evitar la tristeza: un baile frenético se desata cerca del fuego. Otros se van encorvando por el cansancio y terminan acostados en el piso, sobre bolsas de dormir, envueltos en todo lo que haya a mano. Algunos visitantes tienen suerte. Alguien les presta un lugar para dormir algunas horas, para despertarse antes del amanecer. El cronista y el fotógrafo de Página/12 reciben una inesperada oferta para tirarse un rato en “la casa del telegrafista”, una posada que ahora es propiedad de un francés. Dos hamacas paraguayas terminan ocupadas por los enviados de este diario.

A las cinco y media de la mañana el frío atroz y el cantar de los gallos –Vallegrande es conocida por su producción de pollos– obligan a ponerse de pie. Desde el patio de “la casa del telegrafista” se ven por primera vez las sierras con toda su magnitud. El verde del monte todavía tiene tonos azulados. Los periodistas de este diario aún no lo saben, pero en ese preciso lugar se vivió uno de los últimos episodios del Che libre en La Higuera. El 26 de septiembre de 1967, tras entrar al poblado y notar que no se veían varones, Guevara mandó a uno de sus hombres a la oficina del telegrafista para controlar los últimos despachos a Vallegrande. El encargo lo recibió Coco Peredo. Volvió con un telegrama que advertía “presencia guerrillera en la zona”. Coco Peredo murió ese mismo día, producto de una emboscada que dejó otras dos bajas.

Cada rincón tiene su historia, sus anécdotas. Los pobladores de La Higuera se han convertido en especialistas de la evocación del pasado de cada parte de la villa. Por todos lados hay escenarios naturales de la caída o el paso de algún miembro de la guerrilla del Che. Sin embargo, muchos visitantes no se mueven con la solemnidad casi religiosa que suele surgir espontáneamente ante los lugares asociados a hechos trágicos. Sentados frente a la escuelita hay jóvenes acostados, sacándose fotos, charlando en voz muy alta. Es una forma distinta de apropiación del espacio. El movimiento delante de la escuela cambia a partir de las siete de la mañana, cuando un vecino con sombrero de cowboy típico del oriente boliviano abre la puerta para que puedan entrar los forasteros.

Con aval de la subprefectura de Vallegrande, el boliviano del sombrero cobra cinco bolivianos la entrada. Es el precio que hay que pagar para ver el lugar en el que los rangers mataron al Che. Lo primero que impresiona son los dos mínimos pupitres de madera: vuelven más grande una salita que en rigor es muy pequeña. En el techo hay un mural hecho por dos artistas argentinos, Mono Saavedra y Mariela Aguirrezábal, sobre las paredes dedicatorias al Che de Japón, Francia, en todos los idiomas. Entre las palabras de respeto y amor se ve un folleto turístico en inglés que publicita cabalgatas en la localidad de Samaipata (Horse Riding propone un gringo de nombre Michael Blendinger).

De todo lo que se ve en la escuelita es difícil no fijar la vista en los dos carteles que comparan la “relación de bajas de la guerrilla” con la “relación de bajas del Ejército”. El primero contiene 38 muertos, el segundo declara unos 51. Las dos listas de nombres están una al lado de otra, como si se buscara dar una versión equilibrada de la historia. Que ése fue el objetivo de la Prefectura de Vallegrande al organizar el museo queda claro al revisar las demás paredes. Allí se intercalan fragmentos del diario del Che en Bolivia con relatos de Gary Prado, el militar boliviano que dirigió las operaciones contra la guerrilla y recibió la orden de matar al Che
/ AZ

* Gentileza de www.pagina12.com.ar

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