|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
LA ISLA GRANDE DE CHILOÉ se ubica en la parte sur de Gulumapu o territorio williche (gente del sur, en mapuzugun). Ubicada a 90 kilómetros al suroeste de la ciudad de Puerto Mott, es un territorio de 12.315 km2 plagado de verdes y suaves colinas, interrumpidas por un sinnúmero de ríos, riachuelos, ensenadas y canales en cuyo bordemar se emplazan sus pueblos y ciudades. La isla cuenta con el estatus de provincia y depende administrativamente de la X Región de Los Lagos. El acceso a ella se logra recorriendo la Ruta 5 desde Puerto Montt, a través de un transbordador que se aborda en la localidad de Pargua y que cruza el Canal de Chacao después de unos 25 minutos de suave navegación. A diferencia del resto del Wallmapu, que gozó en ambos lados de los Andes de un estatus de independencia hasta fines del siglo XIX, Chiloé fue tempranamente colonizado por los españoles en tiempos de García Hurtado de Mendoza, el primer gobernador al que la Corona sometió a Juicio de Residencia por las crueldades de su gobierno. No sería Chiloé la excepción en su comportamiento. A poco de instalados, decenas de encomiendas a cargo de nobles diezmaron dramáticamente la población williche local. Se trataba de un régimen de semi-esclavitud que solo sería abolido a fines del siglo XVIII, tras protagonizar los encomenderos cruentas rebeliones que encendieron las alarmas en todo el Virreinato del Perú. La más importante de ellas, la de 1712, calificada por autoridades de la época como "el más grave suceso ocurrido en Chile desde la rebelión araucana de 1655". Sin embargo, sería silenciada por la historiografía chilena, más interesada en retratar a los mapuches de la isla como "pacíficos, cristianos y fieles vasallos". Originalmente la isla fue bautizada con el nombre de Nueva Galicia, pero dicho término no prosperó y se mantuvo la voz williche de Chiloé, adaptación al español de chilwe, palabra que en mapuzugun significa "lugar de chilles". Los chilles, también llamados cáhuiles o gaviotines, son aves blancas de cabeza negra, muy frecuentes en las playas y lagunas de todo el archipiélago. Cronistas relatan que el nombre que se le daba a sus habitantes hasta principios del siglo XIX era "chiloenses". Sería durante la guerra de Independencia, etapa en que "chiloenses" y mapuche-williche se aliaron con la Corona Española, cuando los chilenos les dieron el gentilicio despectivo de "chilotes", palabra que más tarde dejó de ser un insulto y fue asumida por todos. La isla fue anexada a la República de Chile en 1826. Todo empeoró con el cambio de mando. Si bien las autoridades reconocieron los "títulos realengos" entregados por la Corona a los caciques, pronto arrasarían con todo. Tratado de Tantauko le llamaron a dicha puesta en escena. Siglos de contacto y mestizaje posibilitaron el surgimiento de una identidad local que difiere del resto de Chile y, a nivel mapuche, de todo lo que se pueda identificar como Wallmapu. Esta se caracteriza por la mezcla de tradiciones hispánicas y williche, así como de la mitología local y el más férreo de los catolicismos que arribó a la isla a comienzos del siglo XVI, por medio de oleadas de sacerdotes mercedarios, jesuitas y franciscanos. En ese orden. Hoy la denominada "meta-identidad chilota" cruza a los habitantes de la isla desde Chacao por el norte al Golfo Corcovado por el sur. Incluso por sobre la identidad williche que aún es característica en un porcentaje importante de su población, principalmente en aquella asentada en zonas rurales. O en alguno de los 30 islotes menores que componen el archipiélago y los cuales en su mayoría son nombrados aún en mapuzugun o "con extraños nombres que uno ni sabe que diantre significan", como graficó un conversador y amigable "chilote" mientras cruzábamos el canal. A juicio de diversos investigadores, la cultura "chilota" es el resultado del proceso de interacción cultural, primero, de los chonos y williches entre sí. Los chonos habrían poblado el archipiélago hasta ser desplazados hacia los canales del sur por los williche. Este proceso habría sido paralelo a la llegada de los españoles a otras regiones del continente. Luego vendría la interacción producida por los williche y la población hispana que llegó a colonizar, para finalizar con la mezcla de este nuevo grupo ya mestizado con los demás habitantes chilenos del país. Resultado final, el chilote. "El producto actual de esta realización intercultural es una cultura heterogénea, de apariencia hispánica, cuya condición híbrida se manifiesta con claridad en la toponimia, la onomástica, los mitos, cuentos, leyendas, en ciertas formas de trabajo y entretención, además del vestuario y la religiosidad", señala al respecto Iván Carrasco, académico de la Universidad Austral de Chile.
No todos comparten esta teoría. Organizaciones y comunidades williche observan cada día con mayor desconfianza y visión crítica este discurso identitario chilote, caracterizado por el curanto, los palafitos, la minga y su estética de feria costumbrista. Hay quienes lo ven incluso como un peligro. "Ya perdimos nuestro territorio, también nuestro idioma el mapuzugun que no se habla comúnmente en la isla. Ahora nos quieren quitar nuestra identidad y transformar en chilotes", nos señala Sergio Cuyul, coordinador de uno de los principales referentes williche del archipiélago y activo promotor de la autoafirmación en las comunidades. Cada día y con mayor fuerza, lo williche se muestra, se expone, se baila, se canta, se grita y también se reprime. Pero mejor no hablar de ciertas cosas. Esta pareciera ser la consigna de las autoridades a la hora de hacer frente a los numerosos conflictos territoriales que afloran en Chiloé. La mala memoria, una constante de los estados chileno y argentino en Chiloé, Ercilla, allá en Leleque o en cualquier punto que imaginemos del Wallmapu. * EN EL CENTRO DE CHILOÉ se ubica la ciudad-puerto de Castro. A 3 horas de viaje desde Puerto Montt, constituye en la actualidad un importante centro de servicios y punto de partida a múltiples actividades comerciales y turísticas. Con una población de 30 mil habitantes que se duplica en temporada de verano, es la capital de la provincia de Chiloé desde 1982. Fundada en 1567, es además la tercera ciudad más antigua de Chile y en un polo de atracción turística nacional e internacional debido a sus bellezas naturales -entre las que destaca el Parque Nacional Chiloé, ubicado en la parte occidental de la isla-, arquitectura tradicional, destacada gastronomía y sus numerosas iglesias que datan de los siglos XVIII y XIX, declaradas Monumentos Nacionales por el estado chileno y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Castro es también la ciudad desde donde opera el movimiento mapuche-williche existente en la isla. Este se ha visto reforzado con el surgimiento en los últimos años de diversas organizaciones, así como por la conformación de numerosas comunidades, al alero estas últimas de la Ley Indígena 19.253. Es un despertar que se manifiesta de diversas formas. Ya sea a través de la recuperación de tradiciones propias, el rescate del idioma o la defensa de un territorio cada día amenazado por empresas trasnacionales de diverso signo. Todas las organizaciones existentes reclaman hoy la preeminencia de una identidad williche silenciada, humillada y reprimida por décadas. Y si bien ninguna se plantea en directa oposición a lo "chilote", si marcan una clara línea de diferenciación respecto de esta última. No se trataría de una pugna entre posturas irreconciliables. Mal que mal, mucho de lo chilote permea lo williche y viceversa. Se trata más bien de la búsqueda de una nueva relación. Juntos pero no revueltos. El Konsejatu Chafün Williche Chilwe - Consejo de Caciques Williche de Chiloé- es uno de los principales referentes de la isla. De corte tradicional, agrupa 32 comunidades y 15 asociaciones indígenas, incluyendo pescadores artesanales y de mujeres. Si bien su centro operativo está en Compu, es en la ciudad de Castro donde residen sus principales asesores. El Consejo es la organización más antigua en la isla y es reconocida incluso en la Ley Indígena como "interlocutor" de las comunidades ante el estado chileno. Comandada actualmente por el Lonko Mayor Armando Llaitureo Manquemilla, destaca en su discurso la reivindicación de los títulos realengos -aquellos entregados por la Corona a los williche y reconocidos por el estado en el Tratado de Tantauko de 1826- como vía para la recuperación del territorio usurpado a las comunidades. No son una organización de medias tintas. Orgullosos de su historia, los caciques se hacen respetar ante las autoridades y a menudo emplazan al gobierno. Y no solo a través de actos simbólicos o haciendo gala del poder de la palabra. En base los títulos realengos, numerosas han sido las recuperaciones de tierras apoyadas por el Consejo. La tierra es su lucha principal y en los últimos años, esta se ha centrado en la figura de una persona en particular: Sebastián Piñera, magnate, dueño de un canal de televisión, una línea aérea e inclusive de un club de fútbol: Colo-Colo. También es suyo el 15% de Chiloé, tras concretar a fines del 2004 la polémica compra de 115 mil hectáreas en su parte sur. El predio, adquirido por el Berlusconi chileno al empresario norteamericano Jeremiah Henderson y por el cual canceló la friolera de US$ 6 millones, tiene su particular historia. Historia de despojos legales e ilegales que se han repetido de manera constante en diversas épocas. Originalmente protegido por el Tratado de Tantauko, hacia el año 1923 gran parte de dicho territorio figuraba ya a nombre de la Sociedad Anónima Explotadora de Chiloé. Décadas más tarde, en 1968, fue adquirido por el conde francés Timoleon de la Taille, quien intentó explotarlo forestalmente, aunque sin éxito.
En 1997 Henderson adquirió las tierras con el mismo propósito. Tampoco tuvo suerte, lo inaccesible del terreno hizo naufragar sus planes y apostó a que el boom del turismo aventura le permitiese vender parceladas las tierras. Sin embargo, a poco andar canceló el proyecto y decidió -asesorado por Douglas Tompkins, otro magnate norteamericano dueño del Parque Pumalin- aceptar finalmente la millonaria oferta que le hiciera Piñera para crear allí una reserva natural bautizada -vaya humor negro del empresario- como "Parque Tantauko". El territorio es un verdadero paraíso natural. En la zona oeste, cuenta con 80 mil hectáreas de bosque virgen siempre verde poblado de alerces, mañío, coigüe, tepu, canelo, olivillo y ciprés de las guaitecas. Además existe una fauna rica en especies autóctonas, destacándose la presencia de pudúes, cisnes, coipos, monitos del monte y numerosas loberías. En la zona también hay una serie de lagunas y lagos, ríos, quebradas, humedales y al menos 100 kilómetros de costa inexplotadas en su mayor parte. Pero hay un problema. Con los pudúes conviven williches que reclaman sus derechos de propiedad. Se estima que son más de 60 las familias afectadas. En la mayoría de los casos, estas residen sin títulos de dominio, lo que ha vuelto una incertidumbre su futuro. Se trata de comunidades adscritas al Consejo y que desconfían de las supuestas intenciones "ecologistas" de Piñera. A diferencia del magnate Douglas Tompkins, un reconocido seguidor de los postulados de la ecología profunda, al ex candidato presidencial lo mueven los negocios y las oscilaciones de la banca internacional. Ante todo es un hombre de negocios y como tal un hábil apostador. De allí que muchos vean con preocupación su arribo a la zona, inclusive organizaciones ambientalistas, en teoría los mas beneficiados con su "filantrópica compra". Según la Fundación Terram, el proyecto de Piñera distaría por completo del ecologismo. En concreto, buscaría levantar en la zona un gran Complejo de Ecoturístico, al estilo del Parque Yellowstone en Estados Unidos, que año tras año recibe millones de visitantes de todo el mundo y factura también millones (de dólares) en ganancias. El gobierno apoya de manera incondicional los planes del empresario. Tanto así que a comienzos de 2005, a poco de concretarse la polémica compra, el Ministerio del Interior ordenó a agentes especializados de la policía un trabajo de inteligencia para recabar información relacionada con el Consejo y su ya pública oposición a los negocios de Piñera. El hecho quedó al descubierto tras ser denunciado -equivocadamente como un caso de espionaje político- por la periodista Paula Afani en las páginas del influyente periódico derechista, El Mercurio. En concreto, el reportaje dejó al descubierto que a través de un requerimiento de la Jefatura de Inteligencia de la Policía Civil, se instruyó a un reducido equipo de detectives de la Brigada de Inteligencia Policial de Puerto Montt (BIP) espiar a la organización, sus comunidades y dirigentes, a objeto de "prevenir" posibles escenarios de conflicto contra el empresario. El gobierno reconoció el hecho y si bien los caciques demandaron explicaciones, lo que imperó fue un sepulcral silencio de grillos. La indiferencia del estado ha llevado a los caciques ha recurrir fuera de sus fronteras. Es así como el pasado 13 de febrero fue ingresada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), dependiente de la Organización de Estados Americanos (OEA) una denuncia presentada por el Lonko Mayor Armando Llaitureo. La acción judicial, patrocinada por la abogada Ana María Olivera, fue interpuesta en favor de 82 socios de la comunidad Weketrumao Bajo y contra el estado de Chile. ¿La razón? incumplimiento negligente en el proceso de traspaso de 6 mil hectáreas de tierra fiscal, las que formarían parte de un predio entregado a los comuneros con título realengo el año 1823. Reclamado desde el retorno de la democracia, las autoridades han dejado pasar todos los plazos legales y administrativos para restituir lo usurpado. La situación es compleja y preocupante. Subraya la abogada Olivera que "actualmente los comuneros mantienen la condición de ocupantes sin título dentro del predio y enfrentan múltiples procesos por corte ilegal y robo de madera, usurpación, asociación ilícita, entre otros cargos". Ilegales dentro de su propia isla, esperan que la justicia internacional pueda reparar lo que las leyes chilenas les niegan a diario. *
SERGIO CUYUL ES ASISTENTE social, egresado de la Universidad de la Frontera allá por los años 80. Es coordinador de la Federación de Comunidades Williche, organización de base con 7 años de existencia y logros que sorprenden. En su sede, ubicada en pleno centro de Castro, lo encontramos ocupado. Una delegación de oftalmólogos suecos, miembros de la organización Vision For All, realiza rondas médicas al interior de algunas comunidades y Cuyul esta encargado que nada les falte. Ni transporte, ni comida, ni una buena conversación sobre las bondades de una isla que reconoce amar por sobre todas las cosas. No está solo en su labor. Un joven equipo de profesionales, entre los que destacan ingenieros forestales, especialistas en recursos naturales "y hasta un biólogo marino catalán infiltrado", bromea, lo acompañan a diario en sus labores y se esfuerzan porque todo funcione bien en una organización con más pinta de ONG que de referente indígena. Y es que lo suyo no son los grandes discursos ni el culturalismo, nos aclara de entrada, sino la gestión de recursos y el asesoramiento técnico a las comunidades. En sus palabras, el talón de Aquiles de los movimientos indígenas. La Federación fue creada a fines de la década de los 90' por 3 comunidades en Chonchi. Hoy son 29 y cada día su número de miembros aumenta, "debido principalmente a este perfil técnico y de apoyo profesional que hemos adquirido", señala Cuyul. Es precisamente dicho perfil lo que más nos llama la atención. Se trata de una organización williche de nuevo tipo cuyo discurso y accionar difieren -por ejemplo- del apego casi irrestricto a la tradición que caracteriza a sus pares del Cacicado. Mientras estos últimos otorgan vital importancia a la herencia simbólica del poder de los "caciques", traspasada al interior de algunas familias, la Federación privilegia los liderazgos basados en la asociatividad más que en los linajes. De esta forma trabajan y cero cargo de conciencia. Argumentan basarse en la organización comunitaria existente en la isla, mayoritariamente compuesta por presidentes, tesoreros y secretarios. "La organización social de nuestro pueblo siempre se adaptó al contexto histórico. Acá en muchas zonas se han legitimado las directivas y no seremos nosotros quienes cuestionaremos eso", nos dice cerrando cualquier polémica. "Cuando nace la Federación, nos planteamos trabajar como una gran organización moderna, capaz de dar cabida y respuestas a las reivindicaciones históricas de nuestra gente, pero también solución a problemas actuales que tienen que ver con salud, vivienda, educación, transporte, acceso a servicios públicos, entre otros", nos cuenta Cuyul. Logros tienen para mostrar. "Se han conseguido más de 180 subsidios de vivienda rural para familias williche, se ha logrado enviar a la educación superior a 42 jóvenes indígenas, se han construido mas de 20 centros culturales y sedes comunitarias, se ha dotado de riego y agua potable a una docena de comunidades", enumera Cuyul. "Con el Ministerio de Salud -agrega- hace dos años que se está ratificando un convenio de colaboración, el cual nos ha permitido validar la salud tradicional williche enfocada a la prevención. Con la Corporación Nacional Forestal tenemos otro convenio, que nos ha permitido capacitarnos en el manejo sustentable del bosque nativo y la conservación de este recurso". También han recuperado tierras. Cerca de 11 mil hectáreas, que han beneficiado a una veintena de comunidades. Y ya tienen en carpeta otras 7 mil a demandar. En pocos años, la Federación se ha constituido en un actor revelante de la sociedad civil de Chiloé y su trabajo es conocido a nivel provincial, regional y nacional. Y también a nivel internacional, donde han sido premiados en mas de una oportunidad. Recientemente fueron favorecidos con el premio Moviliza, de la fundación de emprendedores sociales Ashoka. Esta entidad se encuentra presente en 66 países del mundo, y en América Latina entrega estímulos en Argentina, Uruguay y Chile. "Quedamos seleccionados entre 215 iniciativas de estos tres países. Gracias a esto - nos cuenta Cuyul- pudimos participar el año pasado en Buenos Aires de un programa de capacitación en negocios. Nuestra iniciativa busca crear un Centro Williche de Acopio y Venta de Leña Certificada que permitirá otorgar sustentabilidad económica a las tierras que se han recuperado, todo ello bajo la modalidad del manejo sustentable y con la participación de unas 270 familias de Chonchi y Quellón". El año 2006 también recibieron el Premio Innovación y Ciudadanía, una iniciativa de la Corporación del mismo nombre en alianza con la Universidad de los Lagos, que busca destacar los esfuerzos de organizaciones e instituciones de la sociedad civil que mejoren la gestión pública a nivel local, por medio de la participación ciudadana. No fueron los únicos. Otra de las experiencias premiadas fue la Identidad Territorial Lafkenche, aliados estratégicos de la Federación en la lucha por la defensa del borde costero. "En conjunto hemos trabajado en un proyecto de ley que crea el espacio costero marino de los pueblos originarios, es decir, que resguarda nuestros derechos ancestrales sobre la costa desde Arauko hasta acá en Chiloé. Es un tema que no habíamos trabajado antes como organización pero que hoy vemos importante abordar y de manera responsable, con propuestas, como es el caso de este proyecto de ley que hemos presentado", subraya el dirigente.
"Cuando el Estado privatiza el mar a los que vivimos en la costa nos está quitando una parte muy importante de nuestra cosmovisión y de nuestros derechos históricos; pero también nos está quitando la posibilidad de desarrollarnos de manera integral", argumenta. Y es que si bien tanto la Federación como el Consejo otorgan la misma importancia a la reivindicación territorial, es en la primera donde destacan esfuerzos para ampliar la mirada de la situación williche y mirar hacia mar. O "dejar de dar la espalda al lafken", como grafica Cuyul. Razones para ello tienen de sobra. Y literalmente frente a sus narices, tal como pudimos notar luego de un recorrido realizado por diversos sectores de la isla, plagada de empresas salmoneras y de un regimiento de empresas subcontratistas que dominan el paisaje y la economía del archipiélago. Hoy todo gira en torno a las salmoneras en Chiloé y los williche no son la excepción. Peor aún, constituyen uno de los sectores más perjudicados al ser sus jóvenes la mano de obra barata con la cual -aparte de los salmones- se alimenta la industria.
El explosivo desarrollo de las salmoneras y sus consecuencias en materia de explotación
laboral, daño al medio ambiente y cambios culturales al interior
de las comunidades, es quizás el principal desafío que deberán enfrentar
en la isla. "Es un tema que se ha
dejado un tanto de lado, que no se ha abordado como debiera", reconoce Cuyul, quizás porque tanto su organización como el Cacicado han
privilegiado la lucha por la tierra, la defensa de los bosques y la
recuperación identitaria por sobre lo que acontece mar adentro. Sin
embargo, allí estan las salmoneras, frente a ellos y afectando de sobremanera a un
gran porcentaje de familias, tanto en comunidades como en
aquellos cordones urbanos de pobreza de Ancud, Castro o Quellón donde
malviven sus obreros. Son parte de los desafíos de un movimiento
que crece cada día y que pese a sus contradicciones internas y públicas
disputas por representatividad, avanza en la construcción de un
imaginario propio. Tras siglos de colonización hispana y décadas de chilenización casi forzada, por diversos caminos, los williche proyectan
hoy su futuro en esta parte insular del Wallmapu / Azkintuwe
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||