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ESPECIAL TERCER ANIVERSARIO AZKINTUWE |
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Muchos fueron saqueados de cementerios
indígenas. Otros corresponden a víctimas de la “Campaña al Desierto” o
fueron asesinados por expediciones organizadas desde el propio Museo.
Algunos estuvieron cautivos, fueron vejados y murieron en el edificio
del Bosque platense. Más de un siglo después siguen allí, expuestos al
público o a los investigadores, en lugar de volver a su tierra. Poco a
poco surgen voces críticas que reclaman una reparación hacia las
víctimas del primer genocidio cometido por el Estado nacional. |
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Por
Daniel BADENES*
I
Azkintuwe Nº23 |
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Craneo de Lonko Calfukura. |
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Foto de Daniel Badenes. |
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Párrafos |
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El
inventario publicado en 1910 llega al número 5581 e incluye
esqueletos, cráneos, cueros cabelludos, cerebros, mascarillas
mortuorias, huesos sueltos, cadáveres disecados. “Un gran
cúmulo tiene como origen las colecciones fundadoras. Moreno
era un coleccionista de cráneos y cuando inaugura el Museo de
La Plata ya tiene una colección de 1000 cráneos”, cuenta
Fernando Pepe. |
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El
éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando
así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos
territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras
promesas al inmigrante y al capital extranjero”, anunció
Roca con orgullo al congreso al
concluir su plan, por cuyo “éxito” ascendió de Ministro de
Guerra a Presidente durante dos mandatos. |
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“LA DIFERENCIA ENTRE ESTE museo y la
ESMA es que acá quedó todo registrado”, provoca el fotógrafo y estudioso
de culturas indígenas Xavier Kriscautzky desde el subsuelo del
monumental edificio construido en el Bosque a poco de la fundación de La
Plata. La comparación con el prototipo de los campos de concentración
que la última dictadura militar argentina cosechó por centenares suena
arriesgada, aunque tiene asidero. En ese mismo sitio restringido al
público del prestigioso Museo de Ciencias Naturales, en cuyos pasillos
se respira el aire nauseabundo de los ineficaces desagües cloacales,
estuvieron cautivos indígenas capturados durante la conquista de aquello
que Julio Argentino Roca llamaba “el desierto”, en la operación militar
que significó el primer genocidio perpetrado por el Estado argentino.
Aún yacen ahí, entre cajones de
madera arrumbados en sucios depósitos, los restos de caciques reclamados
por sus comunidades de origen, entre unas diez mil “piezas” humanas que
el museo platense cuenta entre su patrimonio. “Así como hay colecciones
de mariposas y langostas, aquí se coleccionó gente”, afirma Kriscautzky,
profesional del Departamento de Fotografía Científica del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
“Tienen una deuda con todos nosotros
que es histórica, moral, espiritual”, acusa Victorina Melipan Antieko,
cacique de una comunidad mapuche-tehuelche de Villa Elisa que recibe el
nombre “callvu-shotel”. Significa “flecha azul”, que es el color
sagrado. “Antiguamente, nuestros mayores usaban la flecha como
herramienta para cazar, para subsistir. Luego la usaron como un arma de
guerra, para la defensa. Hoy por hoy consideramos que nuestra flecha
azul es el pensamiento”, dice Victorina, que hace una década corroboró
su pertenencia a una familia de lonkos de Costa de Lepá (Chubut), que la
dio en adopción “como tantos otros de padres de familias numerosas y muy
pobres, en un invierno bravísimo donde murieron miles de chiquitos
aborígenes. A mi me tocó sobrevivir y eso es un privilegio”.
Convencida de haber encontrado una
misión, “determinada por nuestros antes”, la nieta del cacique Zenón
Antieko tomó la palabra para oponerse a la exhibición de restos humanos
en el Museo y reclamar su restitución a los lugares de origen, como han
pedido otras comunidades mapuches. “Hoy tenemos que levantar la voz.
Aquellos que fueron traídos no tenían voz. No tenían un derecho que los
asista para decir que no estaban de acuerdo. En ese momento, si
reclamabas, te mataban. Eras un indio”. 120 años después, ese pasado
oscuro del museo fundado por Francisco Moreno empieza a ser conocido y
cuestionado.
Beneficio de inventario
“SI ALGO TIENE DE BUENO este conflicto, es que no hay que andar buscando
debajo de la alfombra absolutamente nada. Todo está publicado, hay
documentos públicos”, advierte con razón el antropólogo y documentalista
Cristian Jure: los catálogos de la Sección Antropología de principios
del siglo XX son una escalofriante confesión de partes. Un número, un
nombre, la forma de muerte. Esqueleto 1769, “Petizo”, toba, Resistencia
(Chaco), fusilado en 1886 por orden del coronel Obligado, Colección
Spegazzini; Esqueleto 1786, “Michel”, indio araucano (masculino), Corpen
Aiken (territorio de Santa Cruz), muerto en 1888 por expedición del
Museo; Esqueleto 1837, “Sam Slick”, asesinado en Rawson, Chubut.
Desenterrado por el doctor F. P. Moreno, viaje 1876-1877.
El inventario publicado en 1910 llega
al número 5581 e incluye esqueletos, cráneos, cueros cabelludos,
cerebros, mascarillas mortuorias, huesos sueltos, cadáveres disecados.
“Un gran cúmulo tiene como origen las colecciones fundadoras. Moreno era
un coleccionista de cráneos: a los 20 años tiene 300 en un museíto en su
casa, a los 23 tiene 700, y cuando inaugura el Museo de La Plata ya
tiene una colección de 1000 cráneos”, cuenta Fernando Pepe, partícipe de
un grupo de estudiantes que promueve la restitución a las comunidades.
Además de los recogidos en expediciones del propio Museo, buena parte de
los restos que llegaron a La Plata fueron inscriptos como donaciones. Lo
interesante es indagar quiénes fueron sus donantes.
Unas trescientas calaveras, por
ejemplo, llegaron de la mano de Estanislao Severo Zeballos. “Se le dice
'doctor Zeballos', pero lo de doctor es por abogado. Fue el ideólogo, el
apoyo intelectual, quien justifica la campaña del desierto”, precisa
Jure, actual coordinador de la Unidad de Medios Audiovisuales del Museo.
Zeballos fue quien redactó La conquista de 15.000 leguas, por encargo
del general Roca, que negociaba el financiamiento de su ofensiva: “como
vuestra excelencia lo deseaba, para que pudiera ser leído por los
miembros del Congreso”, escribió al entregarlo, en 1878. “La Barbarie
está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus
muertos”, informó unos años después. “¿Qué interés científico puede
haber tenido un tipo así?”, se pregunta Jure: “esa es la razón principal
por la cual los indígenas consideran que esos cráneos fueron tomados
como trofeos de guerra”.
Los restos recibidos en el edificio
del Bosque platense que se inauguró en 1885 provenían del avance militar
sobre el Sur y Chaco. En algunos casos se trata de aborígenes que fueron
asesinados, y los propios catálogos lo explicitan. Otros fueron
extraídos de cementerios: “Moreno era especialista en saquear
cementerios indígenas de Pampa y Patagonia”, califica Pepe. Así, el
Museo de La Plata no era sólo un lugar de ciencia. Era, ante todo, una
institución política, con el objetivo de forjar un imaginario social en
sintonía con las necesidades del Estado nacional en formación. “El
problema político era fundamentar que la Patagonia era Argentina. Por
eso las primeras colecciones fundadoras del Museo y los indígenas que
son expuestos son todos de la Patagonia”, explica Pepe.
En 1890 Moreno se jactaba de haber
formado “la serie antropológica patagónica más importante que existe”,
una colección que iba “desde el hombre testigo de la época glacial hasta
el indio últimamente vencido”. Más aún: “tenemos ya en el Museo
representantes vivos de las razas más inferiores (...) Estos indígenas
se ocupan de construir su material de caza, pesca y uso doméstico
mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la
existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana”.
Para los vencidos no había otra opción que el sometimiento. Miles fueron
prisioneros en el Tigre o en la Isla Martín García, masacrados por la
tortura, las balas, el hambre o epidemias desconocidas. Otros, obligados
a realizar tareas militares, o explotados en cañaverales del Norte.
Parecía no regir la abolición de la esclavitud sancionada en 1813. Las
familias de la elite elegían sirvientas entre las mujeres y sacaban
chicos de los brazos de sus madres para regalarlos. Y Francisco Moreno,
bondadoso, “rescataba” a algunos para convertirlos en los objetos más
atractivos de su Museo.
Cautiverio platense
CUANDO EL 1879 EL CACIQUE Inacayal recibió a Moreno en Tecka, cerca del
Lago Nahuel Huapi, no imaginaba que su vida terminaría como prisionero
en el Museo de La Plata, conviviendo con restos de sus allegados
expuestos en una vitrina. Junto a Foyel, Inacayal fue uno de los
lugartenientes de Sayhueque, el “Señor del País de las Manzanas”. En un
principio mantuvo tratos cordiales con exploradores que recorrieron la
Patagonia, incluido Moreno. La situación cambió hacia 1884 cuando el
Estado argentino, decidido a “conquistar el desierto”, arrinconó a los
mapuche y tehuelches. En octubre el grupo encabezado por Inacayal y
Foyel fue atacado. Treinta murieron y los demás terminaron prisioneros.
Según el Centro Mapuche-Tehuelche de Chubut, que hace 15 años inició un
reclamo por los restos de Inacayal, una vez allí fueron disgregados:
“los niños regalados a distintas familias porteñas, las mujeres
destinadas a trabajar como domésticas y los hombres enviados a la isla
Martín García a picar adoquines para las calles de las ciudades”.
En 1886 Moreno gestionó un nuevo
sitio para los caciques: el Museo de La Plata. Las intenciones de ese
traslado están en tela de juicio. “Si uno agarra los documentos escritos
de Moreno es una ayuda humanitaria”, puntualiza la actual directora del
Museo, Silvia Ametrano: “Sería muy fácil emitir un juicio de valor pero
es un tema muy complejo. Habría que investigar cuál fue el destino de
los indígenas que quedaron en los lugares de confinamiento”. Para
Fernando Pepe, en cambio, no hay dudas: “Inacayal y su gente fueron
traídos no porque Moreno se apiade, como dice la literatura
cientificista, sino que tenían un destino fijo: la exposición y el
descarne”. “Yo no puedo creer en su buen corazón y su buena esencia”,
recalca la dirigenta Victorina Melipan: “Fueron prisioneros. Estuvieron
en su propia tierra privados de su libertad, de su propia esencia, de su
cosmovisión, de su cultura, de su modo de vida. Fueron separados de sus
hijos, entregados como mano de obra barata”.
Cristian Jure introduce una reflexión
interesante al reparar en la cercanía al poder del entonces director del
Museo: “Moreno tenía la capacidad de sacarlos de Martín García, como
pasó, y volverlos a su tierra”. “Es lamentable el exhibicionismo que
hizo en el Museo con los pueblos originarios”, condena el escritor
Osvaldo Bayer, que ubica a Moreno en su lista de personajes nefastos de
la época roquista. Las “exhibiciones vivientes” tenían escasos
fundamentos científicos y mucho atractivo como espectáculo. “También se
llevaban grupos aborígenes a Europa para mostrarlos”, agrega Kriscautzky:
“se los puso ante el pasaje del público como si fuera un jardín
zoológico”.
Por las gestiones de Moreno fueron recluidos en el edificio del Bosque
platense el cacique Inacayal y su mujer, Tafá (una alacaluf originaria
de Tierra del Fuego; se presume que perteneció al grupo de Inacayal) y
Foyel junto a su mujer y su hija Margarita, entre otros. “Eran una
docena aproximadamente”, estima Ametrano: “No todos murieron aquí;
muchos regresaron a sus tierras”. Efectivamente, Foyel pudo regresar a
la Patagonia y, a cambio de reivindicarse como argentino, se le
“cedieron” algunas tierras que el Estado consideraba “fiscales”.
Inacayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió en
cautiverio. Fue fotografiado, estudiado, utilizado como sirviente y
expuesto a los curiosos nacionales y extranjeros.
“Cuentan que cada tanto se enojaba y
decía 'ustedes huincas, matan a mi gente, me traen acá, quiero volver a
mi tierra'”, ilustra el arqueólogo Gustavo Politis. Por su parte, Pepe
recuerda un escrito sobre la psicología de Inacayal, realizado en esa
época por un empleado del Museo: “dice que nunca habla, sólo cuando está
borracho, que duerme todo el día y es propenso a la pelea. Eso demuestra
un malestar: no era una estancia pacífica o placentera”. Cita además que
“hay cartas de Moreno de la época en las que dice que les bajó la ración
de comida y aún así no quieren trabajar. Eso es una tortura. Ellos
venían del sur, acostumbrados a comer una clase de comida, y pasan a
comer sopa y a mitad de ración”.
La seguidilla de muertes ocurridas en
1887 deja un manto de dudas sobre lo ocurrido con el grupo de Inacayal.
El 21 de septiembre murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de
Inacayal. El 10, la mayor del grupo, Tafá. Varios diarios se hicieron
eco de los fallecimientos. El Eco de Córdoba, asociado a grupos
católicos, acusó a Moreno de “caballero de la noche”. Un periódico
porteño, L´Operaio Italiano, lo cuestionó por no respetar las
disposiciones municipales acerca del tratamiento que debía darse a los
muertos. Fernando Pepe cree que pudieron haber sido envenenados y da una
pista: sus expresiones faciales, reproducidas en las mascarillas
mortuorias que conserva el Museo, “son impresionantes; tienen rasgos de
sufrimiento y dolor, los dientes apretados”.
Inacayal vivió un año más y sobre su
final se han escrito relatos grandilocuentes, originados en cierto
ritual que habría hecho antes de morir, quitándose los “ropajes
cristianos”. Si de algún modo supo anticiparse a su muerte, lo arrojaron
por las escaleras al desnudarse o se suicidó ante el tormento de ver
expuestos los huesos de su propia gente, es objeto de disputas
irresolubles. Pero todos coinciden en que murió el 24 de septiembre de
1888 y de inmediato su esqueleto descarnado, su cerebro y su cabello
fueron incorporados a la macabra colección de los “últimamente
vencidos”.
De época y algo más
“ES UN TEMA MUY DIFICIL”, advierte otra vez Ametrano a la hora de juzgar
a los hombres de “ciencia” que saquearon cementerios y tuvieron
indígenas cautivos en el Museo. “Con los parámetros éticos y morales que
he construido junto con la sociedad actual, y analizando la historia,
por supuesto que creo que no hubiera sido deseable tener colecciones de
restos humanos generadas de esa manera”, dice y enfatiza la “evolución
cultural” de su apreciación: “Era una práctica habitual de la ciencia en
el mundo, enmarcada en la gran desesperación por entender el origen del
hombre. Estoy haciendo un análisis, no un juicio. No justifico lo que
pasó. No sé si lo entiendo. Lo ubico históricamente”.
Jure admite que era una práctica
habitual, pero aclara: “Era la forma de hacer ciencia: la forma
colonialista de hacer ciencia”. Por su parte, Kriscautzky se crispa ante
el argumento que diluye todo en una usanza de la época: “Yo pregunto si
los indios pensaban igual. Quiero saber qué pensaban los anarquistas en
la Patagonia, para la misma época. Y si todos los científicos pensaban
igual. En realidad, es producto del pensamiento de una clase dominante.
La ciencia en este Museo dependía de la ideología de esa clase
dominante”. Pero no había en aquellos tiempos, ni siquiera entre
sectores de la elite, una visión unánime sobre el trato a los indígenas.
“Mientras Roca hablaba de los salvajes o los bárbaros, San Martín decía
siempre ´nuestros paisanos los indios´”, distingue Bayer.
Por su parte, Politis recuerda que
“Alsina era partidario de una posición defensiva, no agresiva hacia los
sectores indígenas, para que se asimilaran progresivamente a la sociedad
criolla. En cambio, Roca y la generación del ochenta promovían una
política agresiva, de exterminio”. Ministro de guerra entre 1868 y 1874,
Adolfo Alsina pretendió lograr acuerdos de paz, afirmando que su plan
era “contra el desierto para poblarlo y no contra los indios para
destruirlos”. Según Roca, en cambio, había que “ir directamente a buscar
al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo”, según su mensaje
al Congreso de 1878. Tampoco la conducción del Museo gozaba de una
aceptación indiscutida: “Cuando mueren, los descarnan y pasan a formar
parte de colecciones, en los diarios hay voces críticas. Y si la prensa
de la época cuestiona, tan común no era”, infiere Jure.
El escritor español Federico Rahola
visitó La Plata en 1903 y plasmó en el papel la “honda impresión” que le
produjo la exposición de cráneos, “hablándonos de la capacidad
intelectual y de las condiciones étnicas de los hombres que hasta ayer
defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos a mera curiosidad
arqueológica. Los despojos de los indios que murieron en las luchas
libradas para la conquista del desierto por los generales Roca y
Villegas, los cementerios que conservaban los restos de sus antepasados
en la proximidad de sus tolderías, están agrupados y clasificados en
vitrinas, dándose el caso insólito de un pueblo sacrificado en aras de
la civilización, desposeído de su suelo, cuyos restos han servido luego
para formar colecciones de un museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo
de la lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos cual si
fuesen de una raza prehistórica”.
El Museo tuvo cautivos a indígenas vivos hasta septiembre de 1894,
cuando murió el joven yamana Maish Kenzis, que lleva más de un siglo en
una vitrina. No obstante, el paso del tiempo también produjo cambios en
las exhibiciones. Ya en 1927, cuando aún se exponían en una vidriera
central cien esqueletos de originarios, se habló de un “panteón” de
“héroes autóctonos que defendieron el suelo patrio de la pampa”, según
la Guía del Museo redactada por Luis María Torres. “Ya hay un cambio de
actitud. Los restos seguían en exhibición masivamente, pero se los
considera próceres de la patria, que habían luchado contra el enemigo
gringo. No queda claro a qué enemigo se refiere, pero hay un cambio de
visión sobre los caciques indígenas”, interpreta Silvia Ametrano. Sin
embargo, Inacayal y su grupo estaban fuera de ese altar de la patria.
Otro cambio institucional importante
se produjo en los años 40, cuando la exhibición dejó de ser masiva, si
bien el botín humano de las campañas al desierto siguió en el Museo
hasta nuestros días. Al cierre de esta edición, el Museo aún mostraba el
esqueleto de Maish Kenzis en su sala de Antropología Física y a una
momia de Tiahuanaco, entre algunos otros restos. “Exposición no es
solamente cuando vos lo mostrás al público al que le estás cobrando”,
relativiza Victorina Melipan, sublevada: “Está expuesto a todos los
investigadores, cuando tiene que estar con su pueblo. Está expuesto al
que lo mira todos los días y lo clasifica arriba de una mesa”. Los
reclamos de restitución se hicieron públicos en los ´70, en varias
partes del mundo. Las comunidades de América del Norte y Australia
marcaron el rumbo inicial. “Lo avanzado del tema depende de realidades
locales”, explica Ametrano: “Estados Unidos, donde las identidades
culturales de las comunidades indígenas se han preservado mucho más, fue
más rápido”.
En nuestro país, los únicos dos
restos devueltos a sus tierras salieron del Museo fundado por Moreno.
Además, retornó a Tenerife una momia guanche que estaba en Necochea.
El primer pedido a la institución platense, que no prosperó, fue de un
historiador que pretendía trasladar los jefes aborígenes a Trenque
Lauquen. Recién en 1988 apareció un reclamo indígena por esa deuda
histórica: el Centro Indio Mapuche Tehuelche de Chubut pidió la
devolución de Inacayal. Así se abrió un debate donde, a un siglo de la
muerte del cacique, primó entre los académicos la idea de “defender el
patrimonio” de la institución. Hasta el Consejo Superior, órgano máximo
de la Universidad, denegó la petición. Pero la publicidad del tema
derivó en el impulso a una ley para forzar su retorno. Recién en abril
de 1994 los restos de Inacayal fueron trasladados al valle de Tecka, en
medio de actos protocolares, rituales mapuches y discursos políticos en
cada parada.
Ese mismo año, la reforma
constitucional introdujo un gesto significativo al reconocer la
“preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas”, lo que
promovió una nueva legislación. A fines de 2001, el Congreso estableció
que “los restos mortales de aborígenes, cualquiera fuera su
característica étnica, que formen parte de museos y/o colecciones
públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos
indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen”. La norma, que
aún no se reglamentó pero es una referencia fuerte para las demandas,
evitaría el trámite de sancionar leyes individuales para cada caso, como
ocurrió hasta ahora. Fue un año clave para los partidarios de las
restituciones. El 22 de junio, también por obligación, la institución
del Bosque restituyó los restos de Panquitruz Güor (Mariano Rosas) a la
localidad pampeana de Leuvucó. Mientras le rendían homenaje, con su
cráneo envuelto por la bandera del pueblo ranquel, una representante del
Consejo de Lonkos advirtió: “la verdadera lucha no se termina, porque
los demás hermanos que quedan acá pronto van a ser recuperados para que
todos puedan descansar en paz”.
La vergüenza
EN ESE CLIMA REPARADOR, algunos estudiantes de antropología se fijaron
un desafío: lograr que el Museo tome la iniciativa y retorne los
“trofeos de guerra” a sus tierras, anticipándose a los reclamos.
“Pedimos permiso y empezamos revisando el inventario de Antropología
Biológica. Buscábamos a la mujer de Inacayal y la gente que vino con
él”, relata Fernando Pepe, miembro del Centro de Estudiantes: “No nos
imaginábamos que una de las primeras piezas que íbamos a encontrar sería
el cuero cabelludo de Inacayal. Pensábamos que estaba restituido”. Todos
lo pensaban. “Si en 1994 te dicen que se restituyeron los restos, ¿cómo
ahora puede aparecer el cabello de un lonko, que es algo sagrado para
nosotros, y su cerebro disecado mantenido en formol?”, se exaspera
Victorina Melipan: “Violaron algo sagrado: la palabra y el espíritu de
confianza de los pueblos. A partir de ahora podemos suponer que aquellos
huesos no pertenecían a esa persona”.
Pepe no cree eso, pero sí que “es
posible que aún haya en La Plata restos del esqueleto de Inacayal y
otras partes blandas que no hayamos encontrado. No hay un inventario de
cuando se hizo la restitución. Yo creo que no está completo”. Para la
directora del Museo, el incidente es una suerte de error administrativo.
“Es una consecuencia de museos tan grandes y viejos como el nuestro. En
el 94 no se sabía que estaba”, asegura. “Por eso la ley federal de
Estados Unidos que obliga a la restitución de restos, dio cinco años a
todas las instituciones con colecciones de restos humanos para hacer un
riguroso reinventariado, y recién después de ese período comenzar las
restituciones”. Ametrano afirma que hay una decisión en ese sentido y se
está trabajando en el reordenamiento de las “piezas”.
Pepe desconfía de que haya real
interés en la institución: “Nuestro grupo somos todos estudiantes. No
tenemos ningún graduado, ningún doctorado. Hay profesores y licenciados
que podrían trabajar en el tema, pero nadie se anima para no perder su
trabajo”. Mientras tanto, el Museo ya recibió pedidos por los restos de
Chipitruz, Indio Brujo, Gherenal y Calfucurá. Este último, acaso por su
relevancia, tiene cuatro reclamantes, en cuya conciliación trabaja el
Instituto Nacional de Asuntos Indígenas. Entre los miles de restos
humanos “coleccionados” en La Plata hay alrededor de treinta con datos
identificatorios –nombres, fechas, tribus–, incluyendo tobas,
tehuelches, araucanos, un mataco, un ona, la india alacaluf y un yamana;
estos dos últimos, muertos en la época más sombría del Museo, cuyas
heridas aún no cierran.
Volver a ser tierra
“NOS DEBEN RESPETO. Muchos de ellos han hecho sus tesis y todo lo demás
a costa de la sangre y la memoria de nuestros antepasados. Queremos que
se devuelvan a la brevedad todos los restos de aborígenes que están en
el museo. Que se restituyan a los descendientes, a sus comunidades de
origen o a las regiones donde estuvieron asentados”, presiona la cacique
desde Villa Elisa, decidida a intervenir en la discusión que empieza a
abrirse: “también exigimos que se restituya el 50% de todo lo recaudado
por la exhibición de los nuestros”. Lejos de eso, el debate académico
aún tiene posiciones encontradas, y el Museo avanza lento en sus gestos
de reparación histórica. “Sería un perjuicio para el Museo si se hace un
despoblamiento masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos
comprobar cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas.
Además, la principal función del museo es educar a través de la
observación”, declaró tiempo atrás al diario Hoy Héctor Pucciarelli,
jefe de la división de Antropología Biológica.
“Cuando hicieron la sala de
Etnografía, la iban a llamar Encuentro de Culturas”, evoca y cuestiona
Kriscautzky: “En realidad es una cultura que está exhibiendo a otras.
Aquí no hubo otras culturas opinando sobre cómo exponer sus ideas. Sólo
se buscó que la sala quede lo más linda posible mostrando hachitas,
flechitas... Al no participar las culturas vivientes en cómo contar su
propia historia, para mí sigue siendo una falta de respeto”. A fines de
2003, miembros de una comunidad boliviana de Tiahuanaco hicieron una
ceremonia en la ciudad que iba a concluir en las escalinatas del viejo
edificio del Bosque. “Había gente que venía de Bolivia. No conocían el
museo. Cuando llegaron ahí decidieron entrar, fuera de todo lo
previsto”, recuerda Cristian Jure, que los acompañaba con su cámara en
el hombro.
Otra vez el Museo de los vencedores
recibía a los vencidos, pero esta vez tenían voz y más libertad.
Angustiada, una mujer se colocó una mano en el pecho y no la movió de
ahí en toda la ceremonia. Casi todos, en silencio, caminaron dando
vueltas en torno al vidrio que aprisiona a la momia de un antepasado. Al
rato, uno de ellos improvisó unas palabras demoledoras: “Para nosotros
es un gran dolor. Es una gran tristeza que en el siglo XXI, en esta
sociedad moderna, llamada una nación civilizada, todavía no haya respeto
a nuestras raíces... Cualquier ser viviente, en cualquier punto del
planeta, tiene derecho de descansar en el lugar que nació”. Jallalla se
titula el video que guardó ese momento, y sirvió para sensibilizar a
quienes decidieron no exhibir restos humanos en Tres Arroyos (ver
recuadro). Jure, su responsable, destaca la importancia de estos
reclamos en la reconstrucción de identidades: “muchos descendientes que
no se reconocían como tales empezaron a identificarse como indígenas a
partir de los reclamos de restitución”. No es poco para una Nación que
durante décadas silenció parte de su historia y “eliminó a los indios
hasta de los censos”, como escribió Ricardo Rojas en 1940.
“No pueden seguir atrapados ahí.
Somos tierra, tienen que volver a su tierra. Merecen respeto quienes
murieron dejando la sangre en este suelo, que es su suelo, donde fueron
sometidos”, insiste Victorina Melipan, evocando los orígenes de estos
territorios: “Nos tendrían que restituir la tierra. No la van a
restituir. Entonces por lo menos que nos restituyan la identidad de
nuestros mayores, con el mismo respeto que fueron repatriados los restos
de San Martín y de Rosas”. “Hay una reivindicación histórica y un uso
magnífico del conflicto”, aprueba Jure: “El gran reclamo siempre de las
comunidades indígenas es el territorio. Reclamar los restos, más allá de
toda la legitimidad del reclamo como tal, implica decir: tráiganlo acá,
porque el lugar donde lo van a enterrar es nuestro”.
El primer genocidio
LA POLÍTICA DEL ESTADO argentino hacia los pueblos indígenas en el
último cuarto del siglo XIX es una gran lección sobre eufemismos. Se
llamó desierto al territorio ajeno, excavación científica a las
profanaciones de tumbas y campaña a un verdadero genocidio. Julio
Argentino Roca fue el máximo responsable de la conquista del Sur, en lo
que llamó campañas del desierto, ofensivas político-militares sobre
territorios pampeanos y patagónicos que se desarrollaron entre 1878 y
1885. Para organizar la Argentina, pensaba, había que “concluir con los
indios”.
“El éxito más brillante acaba de
coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del
indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de
deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”, anunció
con orgullo al congreso al concluir su plan, por cuyo “éxito” ascendió
de Ministro de Guerra a Presidente durante dos mandatos. Entre los
militares e ideólogos de esa conquista, el triunfo también se retribuía
con grandes tierras, colecciones de objetos de valor y cráneos tomados
como botín de guerra, además de los beneficios del trabajo esclavo de
los vencidos. Los “indios” que no aceptaban subordinarse eran
aniquilados, mientras que los “amigos” eran deportados y recluidos en
reservas miserables.
“Estos son los primeros desaparecidos
de la Argentina: Inacayal, su gente y los 20.000 muertos en el genocidio
de las campañas al Sur y al Chaco”, sostiene Fernando Pepe. Por eso
siente “una continuidad” entre los homenajes a los desaparecidos y “el
rescate de la memoria de estas cosas escondidas u olvidadas dentro del
Museo”. No es el único que plantea una analogía entre aquel entonces y
la última dictadura. Kriscautzky identifica la ESMA con el Museo de La
Plata, en alusión al cautiverio de indígenas en tiempos de Moreno.
Gustavo Politis tiende a creer en cierto objetivo de “darles condiciones
de vida un poco mejores”, aunque admite: “No se podían ir de acá.
Estaban presos. Es como decir: salieron de Mansión Seré y los metieron
en un penal”.
El templo del morbo
“SI QUIEREN LUCRAR, QUE lucren con otra cosa. Ya es hora de que piensen
con esa cabeza que tienen y tantos doctorados, que inventen un nuevo
sistema para museos. Pero no más con huesos humanos”, reclama con dureza
Victorina Melipan. Las discusiones sobre ese tipo de exhibición,
paralelas a los pedidos de restitución, también tomaron fuerza en los
últimos años.
El reclamo con mayor repercusión apareció hace un año, cuando La Nación
y luego otros diarios nacionales difundieron la intención del Museo de
Arqueología de Alta Montaña de exponer a todo público unos ajuares y las
momias de tres chicos incas sacrificados hace cinco siglos, que fueron
hallados en 1999 en la cima del volcán Llullaillaco (Salta). “La verdad
es que estamos obligados a mostrar las momias. Constantemente recibimos
notas de gente que nos lo pide”, justificó en aquel entonces el director
del museo salteño.
“La exhibición de las momias sigue un
criterio de kiosco: la antropofagia es muy rentable. Eso no es para la
educación o el conocimiento, sino para la entrada. Y se da como natural
que el Museo cobre entrada”, objeta Kriscautzky y habla del caso
platense: “La gente viene a ver las momias. Entonces se las muestra como
un atractivo, un objeto de curiosidad. Algunas no tienen más edad que
los tatarabuelos de los funcionarios que están en el Museo, y
corresponden a culturas que están vivas en el país”. En el Museo de La
Plata, la imprevista visita de la comunidad boliviana en 2003 fue clave,
aunque la momia de Tiahuanaco sigue en exposición aún hoy. “Nos hacen un
daño terrible, irreparable, es un daño muy grande. Dicen investigar,
pero no tienen conocimiento desde los pueblos originarios sino desde la
cultura occidental”, cuestionó quien tomó la palabra para reclamar.
Las imágenes grabadas ese día por
Cristian Jure se plasmaron en un audiovisual que circuló en ámbitos
académicos. Dos años después, Politis recurrió a ellas en “Tumbas sin
tiempo”, el video que decidieron exhibir en el Museo de Tres Arroyos en
la sala donde iban a estar y no están los restos humanos del sitio
Arroyo Seco 2. La decisión acuerda con una tendencia mundial. Otra
institución local que resolvió quitar esas “colecciones” de sus salas
fue el Museo Etnográfico de Buenos Aires. “La exhibición que tenemos
ahora, no sé si con éxito, intenta mostrar las prácticas y la actitud
ante la muerte, que es un tema que se puede seguir tratando”, cree
Ametrano, la directora de la institución platense que aún no satisfizo
los reclamos explícitos de no-exposición que recibió.
Aclara que “no hay ninguna ley que
prohíba la exhibición de restos humanos”, si bien reconoce la
proliferación de códigos de ética. El Comité Internacional de Museos de
la UNESCO, por ejemplo, sugiere trabajar a partir del permiso de las
partes. “Que la comunidad de pertenencia del resto humano manifieste su
consentimiento para la exhibición de restos humanos”, explica Ametrano:
“Es un esfuerzo que va a haber que desarrollar. No será muy fácil de
construir porque no todas las comunidades indígenas en nuestro país
están tan organizadas” / AZ
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