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La conquista interminable |
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Este reportaje sobre el
emblemático caso de la comunidad mapuche Vuelta del Rio
intenta ser un pedazo pequeño de esa historia grande y
dolorosa, escrita al calor del drama actual que viven
decenas de familias mapuche del sur de Argentina y que han
sido o están a punto de ser desalojadas de sus tierras. La
historia es antigua y es la misma. Terratenientes sin
escrúpulos que se quieren repartir la Patagonia. |
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Por
Sebastián HACHER
I
Periódico
Azkintuwe Nº1 |
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Monumento al General Roca. |
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Foto de Archivo.. |
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Párrafos |
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Cuenta
la leyenda que algunos huyeron del cautiverio desnudos y
hambrientos y que un gigantesco animal se apareció en su
camino, y la intervención de un tigre los salvó de la muerte.
Como un regalo de la tierra, la fiera se convirtió en
protector; afiló sus garras contra un árbol y cazó para
alimentar a sus nuevos hijos. De allí viene el apellido
Nahuelquir; hijo del tigre. Precisamente Miguel Nancuche
Nahuelquir se llamaba el longko. |
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Doña
Fidelina y Doña Segunda fueron las primeras en llegar. Una a
pie, y la otra a caballo, se enfrentaron ambas frente a frente
con su propio pasado de desalojos, y quizás por ello fueron
las que lucharon con más energía. Palmo a palmo corrieron con
los animales para que no se los lleven a otros campos, y
cuando los perros de la policía se los llevaban arriba del
monte, eran sus propios cuerpos los que se ponían adelante. |
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BARILOCHE O
FURILOFCHE EN mapuzungun es una ciudad de postal. En las calles
céntricas está prohibido romper el estilo arquitectónico y la vista del
lago, con las montañas nevadas de fondo es un espectáculo que atrae a
viajeros del mundo entero. En el Centro Cívico, donde esos turistas
hacen cola para sacarse fotos, hay un monumento a un genocida, nombrado
prócer de la patria por sus masacres contra el pueblo mapuche. En el
monumento, por más que cada tanto los empleados de la municipalidad lo
limpien, es constantemente pintado con un kulltrun, uno de los más
característicos símbolos mapuche y una consigna que dice mucho: todavía
estamos.
Esa quizás sea una muestra de los tiempos que corren en el sur de
nuestro país; la historia de mármol frío y calculado de nuestras
oligarquías y la mano rebelde que se niega a desaparecer, que se cuela
en medio de las postales para decir algo tan simple como que todavía
estamos vivos. Es desnudar que la guerra no ha terminado, que la
"Conquista del Desierto" continúa hoy bajo otro ropaje, pero con el
mismo contenido.
La que sigue es una historia donde el pasado y el presente se confunden,
se mezclan y repiten como las estaciones del año. Porque el pasado es la
materia prima del presente y es también lo que enseñaron los abuelos en
un idioma secreto, nunca aprendido por el hombre blanco. Es un recuerdo
de lo que es y de lo que queremos que sea. En el fondo, el problema
sigue siendo el mismo; corporaciones extranjeras y nacionales se quieren
repartir la Patagonia para la explotación ganadera, turística y ahora
también minera, con la complicidad del Estado argentino. Y para hacerlo
deben no solamente destruir el medio ambiente, sino también a sus hijos,
los mapuche, la gente de la tierra.
Este trabajo intenta ser un pedazo pequeño de esa historia grande y
dolorosa, escrita al calor del drama actual que viven decenas de
familias mapuche del sur del país que han sido o están a punto de ser
desalojadas. Es también un intento de sistematizar información sobre la
actividad de algunas corporaciones, principalmente la italiana Benetton,
dueña de un territorio que equivale 40 veces al que ocupa la Capital
Federal. No tratamos aquí el tema de las empresas petroleras, de otros
terratenientes o en extenso el problema de las empresas mineras. La
dimensión del conflicto, de la lucha de intereses contrapuestos que
tiene lugar en la estepa y en la cordillera del Puelmapu, es tan basta y
compleja como el territorio que ocupa.
Partimos de algunas consideraciones generales para detenernos en la zona
de Cushamen, en el sur de Chubut y allí en dos casos concretos: el de la
comunidad Vuelta del Rio contra terratenientes locales y más
concretamente el caso de la familia Fermín. En una segunda parte -de
publicación en el próximo número de Azkintuwe- ahondaremos en la
historia de la familia mapuche que sin quererlo desnuda la naturaleza y
los verdaderos intereses de la Corporación Benetton en el sur de
Argentina. La historia que aquí contamos, parte de un pedacito de un
gran territorio; el lote 134, apenas 625 hectáreas. En las próximas
entregas, esperamos adentrarnos en territorios mayores. Sabemos que si
se cambian los nombres de los protagonistas, los lugares y las fechas,
los problemas que aquí contamos se vuelven similares a miles de casos de
todo el continente.
*
EN 1872 COMENZÓ UNA nueva defensa de la tierra empecinada en ser una y
sin fronteras desde el Atlántico al Pacífico. Al mando de Calfucura 6000
hombres vestidos con cuero de guanaco y armados con lanzas avanzaron
hasta Alvear, 25 de Mayo y 9 de Julio, en lo que ahora llaman Buenos
Aires. Desde allí y hasta los hielos del sur llegaban entonces las
tierras que habitaban los Mapuche, un paraíso natural que los blancos
llamaban todavía desierto. Fueron años de lucha y sangre. En Enero de
1876, al mando de Nanumcurá y Rumay los kona pelearon en Olavarría, Azul
y Tapalqué. En Tres Arroyos y Necochea combatieron cuerpo a cuerpo en la
niebla, y rodearon a las tropas de Levalle y Maldonado. Fue todo un año
de guerra para evitar que los invasores siguieran corriendo su frontera.
De a caballo y con sus tolderías se hicieron fuertes en el sur del Rio
Colorado y el enemigo, al mando de Alsina, comenzó a construir una zanja
faraónica desde Bahía Blanca hasta el sur en la cordillera, una línea de
tierra y fortines que separaba su latifundio de la tierra libre. Y
entonces llegó Julio Argentino Roca, el genocida Ministro de Guerra.
Regminton y telégrafo se llamaron sus banderas tomadas de la mano de la
corona Inglesa.
Cinco columnas tuvo la mal llamada "Campaña al Desierto". En el la
primera, dirigida por Roca, debía alcanzar la isla de Choele-Choel en el
río Negro; la segunda división, al mando de Nicolás Levalle, debía
marchar de Carhué a Chadi Levu y el río Colorado. La tercera división,
dirigida por Eduardo Racedo, desde el sur de Córdoba debía recorrer el
área de los ranqueles. La cuarta división, bajo el coronel Napoleón
Uriburu debía partir de San Rafael, Mendoza, y recorrer toda la zona
cordillerana hasta Chos Malal en Neuquén. La quinta división, comandada
por Hilario Lagos debía esperar órdenes en Trenque Lauquen, y le
encomendaron dirigirse a Tobay. Los resultados de la masacre todavía hoy
son glorificados por la historiografía y la iconografía oficial, desde
los manuales de escuela hasta en su versión aggiornada, en los billetes
de 100 pesos.
En su informe sobre los resultados, el Ministro de Guerra Julio A. Roca
decía que en 1879 "se trataba de conquistar un área de 15.000 leguas
cuadradas ocupadas cuando menos por unas 15.000 almas, pues pasa de
14.000 el número de muertos y prisioneros que ha reportado la campaña.
Se trataba de conquistarlas en el sentido más lato de la expresión. No
era cuestión de recorrerlas y de dominar con gran aparato, pero
transitoriamente -como lo había hecho la expedición del Gral. Pacheco al
Neuquén- el espacio que pisaban los cascos de los caballos del ejército
y el círculo donde alcanzaban las balas de sus fusiles. Era necesario
conquistar real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios
de un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la más asustadiza de
las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado a vivificar las
empresas de ganadería y agricultura, tuviera él mismo que tributar
homenaje a la evidencia, que no experimentase recelo en lanzarse sobre
las huellas del ejército expedicionario y sellar la toma de posesión por
el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas." (Buenos Aires, 1881).
Militares, comerciantes, ganaderos y hombres de la corona británica
plantaron alambrados y vacas en donde antes había viento y libertad.
Siete hilos de alambre, fusil, casaca militar y olor a bosta fueron los
símbolos de la gesta oligárquica. Encerraron los valles y los ríos, las
pampas y los cerros. La tierra ensangrentada fue descuartizada por los
títulos de propiedad repartidos como margaritas, y los ingleses se
llevaron la mejor parte. Solamente en 1885 el estado argentino repartió
4.750.471 hectáreas entre 541 personas. Si se amplía el cálculo, desde
el inicio de la ofensiva en 1875 hasta la consolidación en 1903, las
tierras regaladas o vendidas a bajo precio ascienden a 41.787.023
hectáreas a 1843 personas, muchos de ellos extranjeros. Que los
estancieros le hayan pagado un tributo a Roca con monumentos y nombres
de avenidas en las ciudades que se fundaron a la vera de sus
latifundios, es un dato entendible si lo miramos a la luz de su obra.
*
TERMINADA OFICIALMENTE la "Campaña al Desierto" en 1885, hasta las
fronteras del país alambrado llegaron los sobrevivientes. Viajaron en
carros tirados por bueyes, con unos pocos caballos y las pilchas a
cuestas. Llegaron desde el Gulumapu, la tierra al sur del Bio-Bio, en lo
que ahora llaman Chile, perseguidos y diezmados. Vinieron con sus
esperanzas y dolores desde San Martín de los Andes, desde Neuquén y
desde las antiguas fronteras que llegaban hasta el sur de Buenos Aires,
donde se había combatido palmo a palmo el terreno con las tropas
invasoras. En el camino carneaban animales, levantaban la toldería para
descansar y seguían. Avanzaban al ritmo de la represión, de los
estampidos de los fusiles que rompían el silencio de la noche para
robarse vidas. Muchos viajaron de a pié, durmieron en cuevas o
improvisaron chozas con juncos revocados con barro. Se movían de a
grupos y con sigilo, porque cuando el enemigo los cazaba, los llevaban
caminando y atados hasta las estancias de Buenos Aires y los que no
morían en el camino de hambre, cansancio o rebeldía, eran utilizados
como esclavos en las estancias que se habían conquistado a punta de
fusil. La que antes era tierra de libertad, se había convertido en
mazmorra a la luz del sol.
Cuenta la leyenda que algunos huyeron del cautiverio desnudos y
hambrientos y que un gigantesco animal se apareció en su camino, y la
intervención de un tigre los salvó de la muerte. Como un regalo de la
tierra, la fiera se convirtió en protector; afiló sus garras contra un
árbol y cazó para alimentar a sus nuevos hijos. De allí viene el
apellido Nahuelquir; hijo del tigre. Precisamente Miguel Nancuche
Nahuelquir se llamaba el longko que peregrinó hace más de un siglo desde
las tierras de los sobrevivientes hasta Buenos Aires. Viajó con la
esperanza a cuestas de un puñado de familias, para obtener un respiro en
la persecución. Su gente se había asentado entre la cordillera y el río
Chubut, allí donde mucho antes habían vivido los que eran conocidos como
Los Manzaneros, del pueblo Chehuelche.
Recién en 1889, una vez repartidas las mejores tierras entre los
estancieros, el entonces Presidente Roca reconoció la ocupación
territorial de la tribu de Nahuelquir. Con un decreto creó la reserva
indígena conocida como Colonia Pastoril Cushamen, de 260.000 hectáreas,
limitada y rodeada por estancias inglesas en la zona que todavía hoy
ocupan gran parte de la provincia de Chubut. El mismo Nahuelquir se
instaló con otras familias en el paraje que hoy se conoce como Vuelta
del Rio, y allí intentaron hacer, por fin, una vida ligada a la tierra
sin sufrir más persecuciones.
El primer registro público de una inspección en esa zona data de 1905, y
nos habla de casas de barro con techo de cuero o paja y plantaciones de
trigo y hortalizas. La tierra estaba, como ahora, dividida en lotes,
pero los límites eran siempre difusos y quién estaba un año en un lote
podía estar en otro al siguiente, buscando mejores pastos para las
ovejas, vacas y yeguadizos que se crían en la región. Las familias que
iban llegando eran acomodadas por la comunidad en diferentes zonas, y
los campos eran utilizados -como se sigue haciendo en la actualidad- en
forma compartida. Hasta allí llegaron los protagonistas de esta
historia, familias Mapuche que todavía en la actualidad están en peligro
de ser desalojados.
*
PERO LA MASACRE TAMBIÉN había abierto las puertas de la Patagonía a los
aventureros, comerciantes y especuladores que vieron en la región una
oportunidad para "hacer la América". Entre los que llegaron, estaban la
familia de Breide y de El Khasen, dos turcos cuyos nombres y andanzas se
repiten todavía hoy en toda la región. Doña Segunda Huilinao, pobladora
de Vuelta del Rio desde su nacimiento, nos cuenta la historia sin dejar
de amasar. No sabe ni leer ni escribir, pero cuando nos dice "Yo lo se
porque mi abuela me lo contaban así" su testimonio se vuelve uno de los
mas precisos para entender lo que pasó y lo que está pasando. En la
memoria colectiva es donde se escriben las verdades de su pueblo.
"Cuando vinieron los Breire llegaron como cualquier persona, con un
burrito de tiro, con pilchero, trayendo los alimentos en un baúl, y
salieron de mercachifles, vendiendo por kilito y como no había negocios
la gente les compraba. Hacían cambalache, así se le dice al cambio por
animales. Y así empezó a trabajar el finado y puso un negocio, en una
casa que no era de él. Era la casa de Fernando Nahuelquir y así quedó
hasta ahora. Después se puso una estancia, una grande. Así también llegó
El Khasen. Toda esa cordillera allá es de El Khasen, de cuando embargó y
puso a la gendarmería y vinieron con el juez, embargaron animales,
tierra y así lo ponían todo bajo alambre. Breide hizo lo mismo, primero
alambró donde estaba la abuela de Doña Fidelina, estaba sola y vino
Breide con los gendarmes a quemarle la casita, la huerta, todo lo que
tenían, y le tiraron todo donde está salita ahora. Todas esas cosas que
fueron surgiendo, nadie dijo nada, pensaron que ellos cometían un delito
si iban a denunciarlo, y tampoco le iban a hacer caso, si los mismos
jefes, la misma autoridad andaba haciendo ese trabajo. Así fue
surgiendo, en los 30, los 40. De ese año pienso que fue."
"Los finados abuelos tenían los documentos de la tierra. Ellos iban a
los negocios y entregaban sus frutos, cuero y lana. Los invitaban a
comer, a tomar y ahí era la perdición. Ellos se confiaron y cuando
estaban borrachos les pedían los documentos de la tierra y después
cuando se acordaron de ir a retirarlo le dijeron que no lo tenían porque
lo habían mandado a tal parte. Ese trabajo hacían todos. Así hacían con
Breide, le entregaban todo y cuando iban a retirar plata nunca le daban
plata; le daban harina, yerba, todo por bolsa. Como no sabían leer le
decían "hasta aquí llegó con los kilos de lana". Que se yo cuando
regalaban con eso, porque ellos no sabían sacar las cuentas ni sabían
como valían las cosas. Aca la gente era ignorante y humilde. Tenía miedo
de hablar con la autoridad, de presentar una queja. Ellos te decían
firmá aca y ellos daban la mano y firmaba. Y eso que no sabían firmar,
para mi ver que hacían una rayita y los comerciantes les robaban la
firma. Y como van a firmar si no saben escribir el nombre. Así formaron
Breide, El Khasen, todos los turcos. Hicieron estancia por nuestros
abuelos, por los paisanos. Y cuando se murieron sus viejos fundieron
todo. Y ahora parece que no fuera así pero es cierto, si van a ver el
negocio de ellos está todo tirado, no queda nada. En lo de Breide es lo
mismo, había galpón de esquila, potrero, para descargar lana y ahora no
queda nada. Malgastaron todo."
Don Mauricio Fermín nació en el lote 161 de la comunidad Vuelta del Rio
un 21 de Noviembre de 1933. Cuando tenía 17 años tuvo que salir a
trabajar, casi al mismo tiempo en que su madre, Lina Calfupan, era
"llevada a trabajar" a la casa de la familia Breide. Desde entonces, su
campo pasó a manos de la familia de los comerciantes turcos. Nunca pudo
volver al pedazo de tierra donde nació. Su actual compañera, Doña Carmen
Jones, es nieta de Julio Marinao, el hombre que a finales de la década
del 20 ocupó el lote 134 de la misma comunidad, y que es hoy el
epicentro de un litigio que lleva en si los elementos del drama que
recorre toda la patagonia. Necesitamos detenernos un poco en la historia
de Marinao para entender el drama que vive hoy la familia Jones- Fermín.
En 1928 Julio Marinao pide a la Dirección de Tierras la propiedad del
lote que ocupaba, al tiempo en que hacia mejoras. En una inspección de
1940, Don Julio vuelve a pedir la propiedad de las tierras. Siempre lo
hace de forma oral, y siempre es un funcionario el que escribe; como
muchos de sus vecinos, él apenas sabía firmar. En una de las corrientes
inspecciones, aparece documentada por primera vez relación entre Mariano
y Breide, mediante un mecanismo conocido en la zona como medianera".
Según el acta de 1937 este acuerdo comercial consistía en que Marinao
cuidaba 500 lanares de Breide, y que se repartían las ganancias mitad y
mitad. Es conocido en la zona -y aceptado por todo el mundo- que se
tratan de acuerdos que siempre terminaban con estafas y abusos. Todavía
es famosa la costumbre de Breide de pesar lo que compraba y vendía con
el dedo meñique, calculando siempre a favor suyo. Fue un 12 de abril de
1941 el día en que Julio Mariano cayó en la misma trampa que varios de
sus vecinos. Lo imaginamos ahora borracho, alentado y sostenido por dos
testigos, y firmando ante el juez de paz la "renuncia a favor del Señor
Breide de cualquier derecho...sobre el lote 134". No es un dato menor la
firma al pie de los testigos y el mismo juez: Caralis, Daniel y
Gonzalez. Todos apellidos blancos, hombres "hábiles" frente a los cuales
Don Mariano había firmado, sin saber leer, el acta de entrega de su
propio hogar.
¿Que había pasado para que Marinao desista de hacerse dueño de su tierra
a cambio de un dudoso pago?. En una reciente investigación judicial,
esta historia se reconstruye con viejas declaraciones, actas y
escrituras. Claro que para una cultura oral, que no conoce la letra
escrita de la lengua de castilla, esos papeles significan poco y nada, y
terminan, en la práctica, ilustrando la costumbre de que la tierra se
puede vender, arrendar y hasta hipotecar "con indios adentro", una
práctica que todavía hoy es muy común en todo el continente. Pero aun en
el terreno foráneo de los papeles, aparecen varias confusiones y
elementos que pueden llegar a desnudar la verdad.
El 20 de Febrero de 1958, casi 20 años después de la supuesta venta,
aparece una declaración "espontánea" de Julio Marinao frente a la
policía, donde ratifica la venta, desmiente los resultados de una
inspección de la dirección de tierras que lo presentaba -repetimos, 20
años después de la supuesta venta- como ocupante del lote y, sobre todo
señala la "carencia de veracidad de que dicha firma (Breide) lo obliga a
retirar en mercaderías el producto de su trabajo...". La extraña
rectificación no esta avalada por testigos y lleva la firma de un
oficial de policía de apellido Coll, el mismo que dos semanas después
tomaría declaraciones similares a otros pobladores de la zona
ratificando otras supuestas ventas de otros lotes.
En el terreno legal la suerte ya estaba echada. Con la historia
cambiada, una resolución del 9 de Febrero de 1962 del IAC otorga en
venta 4.375 hectáreas en venta a Abraham Breide, incluyendo el lote 134.
En el texto, que lleva la firma del presidente del organismo, se señala
como argumento de peso que Breide ocupa la tierra y la trabaja en forma
personal desde 1928. La historia de los papeles, terminaba de hacer
mutar a la realidad con la complicidad del estado argentino. En 1963,
durante el gobierno militar, se hicieron efectivos a favor de Breide los
títulos de propiedad de 7 lotes de la comunidad Vuelta del Rio y de
otros de la vecina comunidad de Ranquil Huao. En 1979, El Khasen compró
esos títulos y sumando los otros que había logrado acumular por sus
propios miedos sintió que, por primera vez, se había terminado de
hacerse "la América". Tenía su pequeño latifundio personal.
*
Y SIN EMBARGO EL VIENTO, los ríos, la montaña y la gente de la tierra no
parecen haberse enterado. Nosotros lo entendemos recién cuando llegamos
al lugar donde se puede abrazar a las nubes. El lote 134 queda en los
confines de Vuelta del Rio, escondido entre los bordes de la cordillera.
Allí es donde vive hoy la familia Jones-Fermín, con sus hijos, sus
nietos y sus animales. Visitarlos no es tarea del todo fácil para los
que estamos acostumbrados a vivir en la planicie. Hay una sola forma de
llegar, y se llama, para nosotros, Rogelio Fermín; él nos espera en la
orilla del río Chubut con cuatro caballos que conocen el trayecto de
memoria. Cargamos las cosas como podemos y los caballos nos deslizan por
cerros, cañadones, arroyos y desfiladeros. En algunos tramos frenan para
inventar caminos que se borran con las caricias del viento o quedan
sepultados bajo las piedras que sus mismos cascos remueven.
Finalmente, después de dos horas de cabalgata, llegamos al lote,
epicentro de un conflicto judicial y político que movilizó a toda la
región. Es un paraje imponente y agreste, perdido entre las montañas.
Técnicamente, nos dice Rogelio, "estamos en medio de la cordillera, pero
no en el lugar mas aislado; los últimos vecinos viven a cuatro horas de
caminata para arriba. Ni siquiera a caballo se puede llegar ahí". Lo
imaginamos como un camino hacia otro mundo, distinto incluso del mundo
que estamos conociendo, pero por ahora, por falta de tiempo, no podemos
llegar. En la casa nos esperan Doña Carmen, Don Mauricio, Daniel -un
buen amigo de la Rogelio- y Eduardo, el gigante de 4 años. El resto de
la familia -un larguísimo árbol genealógico- está en la escuela o
trabajando en los pueblos de la región, haciendo lo que hacen muchos;
aliviando el puchero para que se pueda sobrevivir. Rogelio, nuestro guía
y amigo, con sus intensos 18 años, es según su madre "el que esta
ayudando en todo lo que lo que necesitamos".
La vida allí es dura pero tranquila. Los jóvenes y Don Mauricio, que
tiene 71 años, se encargan de cuidar los animales, de ir a buscarlos
cada vez que se pierden en la cordillera, de esquilar las ovejas cuando
es época, vacunarlos o darles sal a las vacas. Los chicos también cazan
lo que el clima le permite; desde liebres, ardillas y zorros hasta pumas
o guanacos cuando la nieve los obliga a bajar de las cumbres para buscar
alimento. La leña la obtienen de los árboles de la zona, muchos de los
cuales fueron plantados por ellos o sus antepasados y la transportan en
un carro de bueyes que ellos mismos fabricaron. Es un trabajo extra el
que tiene esta familia; la leña que reparte el municipio no llega hasta
esta zona en el que la temperatura es la más dura de todas. En Abril,
cuando comienzan las nevadas que alcanzan a medio metro, todo tiene que
estar listo para pasar el invierno. Carmen se encarga de la cocina, la
huerta y de los animales de corral. A la hora del mate o de comer, ella
es la voz cantante, y sus historias -que por regla, siempre dejan alguna
enseñanza- son las que mantienen vivas la cultura mapuche en el seno
familiar.
La existencia parece cerrarse en un círculo donde todo se integra y
tiene utilidad. Eduardo, por ejemplo, mezcla todo el tiempo y sin que
nadie le diga, el juego con el aprendizaje del trabajo. A la rastra de
Rogelio va a arrear a los animales, y después se sigue divirtiendo
arriando las gallinas o los gatos. Ayuda a cortar leña, carnea una
liebre para darle de comer a los perros, sabe montar a caballo y juega a
ensillar un travesaño de madera que hay en el galpón. Para nuestra
sociedad consumista -que educa receptores de televisión- la vida de
Eduardo sería quizás un crimen. Él mismo parece opinar lo contrario; en
la eterna semana que compartimos con su familia no lo dejamos de ver
sonreir ni un instante. Y en esa rostro niño que ya conoce el trabajo y
el viento, vemos reflejados los rostros de los miles, de los millones
que como él, nacieron y crecieron siendo gente de la tierra. Mirándolo a
lo ojos, uno termina de entender lo que quieren decir Carmen y Rogelio
cuando repiten que "acá nacimos, y acá vamos a morir".
*
CUANDO DOÑA CARMEN nos relata su vida llena de peripecias, las imágenes
el pasado parecen repetirse cada vez. Ella nació aquí, sin alambrados,
zapatillas o pantalones. Los primeros techos eran de cuero, las botas de
potro y la ropa la tejía su madre. A veces, cuando calla, la tierra
misma cuenta en silencio su historia; los tirantes de una casa
abandonada y devorada por el fuego, una arboleda muerta; un revoltijo de
piedras en un pampa, apenas adivinada entre la maleza, son testimonios
inmóviles del paso de sus antepasados por el lugar.
Su primer desalojo lo vivió cuando tenía 11 años, y lo que más le quedó
grabado eran los ovillos de lana de lana cruda rodando por el cerro como
piedras caídas. Dice que aquella mujer a la que le gustaba hilar se
había plantado, pero que ya era tarde y que los milicos y el turco le
derrumbaron la casa con el hacha de la familia. Recuerda todavía esa
larga jornada cargando chivos y lo poco que pudieron salvar hasta un
campo vecino. Y luego los campamentos de chapa, las casas improvisadas
con piedra y barro y las cuevas, donde todavía están las marcas de humo
de los fogones con los que iluminó sus noches. Hasta hace muy poco vivió
así, dando vueltas en la misma zona y recién en 1994 se pudieron volver
a instalar definitivamente en donde ahora quieren quedarse, simplemente
por "ser nacidos y criados acá, nosotros, nuestros padres y nuestros
abuelos".
¿Desde cuando están allí?. Para la historia de "los papeles" desde 1994,
cuando la familia registró la marca que identifica su ganado en el
Juzgado de Paz del Maitén. Oficialmente, las autoridades originarias y
la comunidad entera ratificaron el derecho de Carmen Jones y Mauricio
Fermín a ocupar el mismo lote en el que nacieron en 1998. El acta de la
reunión es el único papel que la familia Fermín guarda como un tesoro.
En 1994, año en el que El Khasen perdió un juicio contra varias familias
de la comunidad, parecía que la tranquilidad volvía a reinar en la zona,
pero en el 2000, imprevistamente, el turco volvió a la carga con un
juicio reivindicatorio en contra de los Fermín. Los sufrimientos que
Doña Carmen creía terminados, volvían a empezar.
*
EL JUEZ COLABELLI ES un hombre diminuto y pálido, pero refugiado atrás
de su gran escritorio se siente firme y decidido. Recibe al visitante
con un fuerte apretón de manos y habla moviendo los brazos para darle
ímpetu a cada una de las palabras que -cree- aprendió a medir. En
público considera al caso Fermín como un conflicto más, entre dos
individuos, uno de los cuales tendrá que pagar por su violación al
código penal. Habla de clandestinidad, usurpación, del derecho a la
propiedad y de la seguridad jurídica. En confianza se suelta, y
confundido por la falsa sonrisa cómplice de su interlocutor, acepta que
lo que él defiende es, nada menos, "el derecho de los conquistadores”.
Con un ademán de manos nos explica que "la historia es así, que los
pueblos se conquistan uno a otros, y así avanzan la historia. Si les
diera la razón a los mapuche, sería como en España darle la razón a
ETA". Más en privado todavía, con sus hombres de confianza, el juez se
relame con las ingeniosas pintadas que en la ciudad de Esquel lo
comparan con Roca. Cuando las lee se siente en sus zapatos; un
conquistador del presente. Quizás por eso su juzgado se esforzó por
hacer de la causa Fermín una causa histórica. Mandó a desempolvar miles
de hojas de archivos, se quedó -y se queda- con sus empleados mas fieles
trabajando hasta cualquier hora del día, y hasta se animó a salir en la
tapa de los diarios haciendo declaraciones sobre la causa.
Poco importaron los argumentos de la defensa de los Fermín, que apeló a
los derechos constitucionales de los pueblos originarios y planteó el
problema como un caso colectivo y no individual, lo mismo que el INAI
(Instituto Nacional de Asuntos Indígenas) que desde 1997 viene señalando
el caso de Vuelta del Rio como un ejemplo de la complicidad estatal del
abuso contra las comunidades originarias. Ni siquiera importó que el 9
de Mayo del 2002 el fiscal de Cámara Raúl Falco pidió el sobreseimiento
argumentando, sencillamente:-Que no está claro en la causa que la
familia Fermín esté dentro del Lote 134. -Que no tuvo que "violentar"
nada para entrar al predio, y que su presencia se notó mucho tiempo
después de estar establecidos, ya que la denuncia habla de una casa de
adobe ya terminada. -Que público el conflicto entre la comunidad y El
Khasen y que la comunidad sostiene que las tierras le pertenecen mas
allá de los títulos que tengan El Khasen.
En su idioma técnico, el fiscal concluyó en aquel momento que "No
advierto en Fermín una conducta dolosa...las circunstancias lo presentan
como un sujeto inserto en un ámbito con pautas de propiedad comunitaria
en la cuál prima la convicción que las tierras en litigio les
corresponden desde tiempo inmemorial...de esta forma es que se introduce
en ellas recién cuando cuenta con un permiso de la comunidad...". Contra
toda evidencia, el juez, el pequeño juez, se siguió agarrando de notas y
más notas para ordenar, poco antes de irse de vacaciones, el
"lanzamiento" de Mauricio Fermín y su familia.
*
EL 15 DE MARZO DE 2003 amaneció brumoso. Cuando vieron llegar al
operativo, la familia entera se metió adentro de la casa. Rogelio pidió
que le muestren alguna orden de desalojo "se van y punto", contestó
Branns, el oficial a cargo. Doña Carmen intentó resistir, igual que su
madre hace más de 40 años. Fue inútil; los policías eran 22, además del
mismo El Khasen, y estaban decididos; hasta habían hecho un camino en el
monte para venir a desalojar. Entonces Doña Carmen se fue y nadie la
pudo detener. Caminando, casi corriendo, recorrió toda la comunidad
avisando a los vecinos para que vengan ayudar. Subió por arriba de los
cerros que conoce de memoria para que no la puedan agarrar, y en su
larga caminata se enteró que algunos vecinos, alertados, ya estaban
viniendo.
Doña Fidelina y Doña Segunda fueron las primeras en llegar. Una a pie, y
la otra a caballo, se enfrentaron ambas frente a frente con su propio
pasado de desalojos, y quizás por ello fueron las que lucharon con más
energía. Palmo a palmo corrieron con los animales para que no se los
lleven a otros campos, y cuando los perros de la policía se los llevaban
arriba del monte, eran sus propios cuerpos los que se ponían adelante
para obligarlos a volver. ¡India de mierda! dicen que gritaban los
policías. "Mas vale que soy una india -sonríe mientras recuerda doña
Carmen- sino no estaría acá".
Cuando llegaron la casa ya estaba derrumbada y el revuelto de barro,
ropa y vajilla cargado en móvil policial. "Parecía que había un muerto
ahí adentro, con todo revuelto". Los vecinos empezaban a juntarse de a
poquito, y Don Mauricio y Rogelio se zafaban de la custodia policial
para tratar de ir a buscar sus caballos. A todos sorprendía la
resistencia de las tres mujeres, sin saber quizás que todas y cada una
de vivieron desde pequeñas la misma suerte que se les venía a presentar
ahora, tantos años después. Y la noticia comenzó a correr en toda la
región; desalojan a familia mapuche derrumbando su casa. El río, la
radio, los amigos, el viento; hacia los cuatro puntos cardinales se supo
y desde los cuatros costados del monte comenzaron a llegar. Desde
Esquel, de Trelew, de Comodoro, de El Maitén.
De todas partes los humillados, los desposeídos, los desalojados,
llegaron a ayudar con lo que se podía. Tanta gente llegó, recuerda
Carmen "que no alcazaba con seguir sacrificando chivos, así que una
yegua tuvimos que carnear". El desalojó se paró en dos días, y de a
poco, al abrigo del fogón, el comienzo del invierno encontró a la
familia Fermín devuelta bajo techo. Se trató de un día histórico; por
primera vez es mucho tiempo se paró un intento de desalojo, aun después
de que la casa estaba demolida. Ahora, meses después, mientras la nieve
abre paso a la primavera, y todos y cada uno de ellos saben que en
cualquier momento pueden volver. Mientras tanto viven, sueñan y
recuerdan en el lote 134.
En una de las largas caminatas, es Rogelio el que sintetiza esta
historia en pocas palabras. Nos cuenta que "acá alambraron todo lo que
quisieron. Si era un lindo valle, le pusieron alambre por eso, si era
una pampa hermosa, la cerraron por eso, y a nosotros nos dejaron entre
las piedras, en los peores campos. Ahora parece que las piedras también
tienen valor". La gran presencia de cuarzo -lo que significa que también
hay oro- en los campos de Vuelta del Río, pueden ser una pista, y quizás
una de las razones para que El Khasen, junto a funcionarios del IAC haya
viajado a Buenos Aires para pedir 2 millones de pesos a cambio de no
seguir molestando con las tierras. Nuestro pequeño juez -dueño también
de uno de los 150 proyectos mineros que amenazan Esquel- sabe eso. Lo
que no sabe, todavía, es que "nosotros ya no somos como los antiguos,
sabemos que existen derechos y que no se respetan, y vamos a hacer que
no se la lleven tan de arriba como antes" / AZ
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