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JÓVENES MAPUCHES EN
BARILOCHE |
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La carrera contra el tiempo |
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Luis, un mapuche de 35
años, recuerda con tristeza: “A mi me tocó hacer la primaria en una zona
rural y cuando se cumplieron los 100 años de la conquista del desierto,
en la escuela donde iba yo, te hacían poner: Primer Centenario de la
Conquista del Desierto. Eso se nos metió tan fuerte que los chicos
mapuches nos creímos que eso estaba bien, que era una cosa buena para la
sociedad y que además todo ese proceso que había generado el general
Roca también estaba bien entonces". |
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Por
Lorena RONCAROLO - Azkintuwe Nº19 |
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- Trawun mapuche en
Quetrequile. Foto de Hernán Pirato Maza. |
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Los jóvenes mapuches que
residen en la ciudad de Bariloche,
están insertos en el sistema de producción y el mercado de consumo.
Consumen heavy metal, tango, folklore, pop, cumbia villera. |
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Si bien existe una
dependencia tecnológica y económica por parte de la
juventud mapuche, el hecho de reconocerse como
indígenas, nos permiten afirmar hoy que los jóvenes no
han perdido su identidad. |
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A FINES DEL
SIGLO XIX, los estados argentino y chileno iniciaron la
Campaña del Desierto y la Pacificación de la Araucanía, respectivamente,
contra el pueblo mapuche, la población indígena autóctona del territorio
patagónico. En Argentina, los pueblos originarios fueron sometidos al
exterminio y los que quedaron, no tuvieron más opción que la asimilación
y la invisibilización.
Actualmente, los jóvenes mapuches que residen en la ciudad de San Carlos
de Bariloche, al sur del lago Nahuel Huapi, en la Patagonia Argentina,
están insertos en el sistema de producción y el mercado de consumo.
Consumen heavy metal, tango, folklore, pop, cumbia villera; usan
pantalones “jeans”, remeras de grupos musicales como Iron Maiden o
Metállica; asisten a recitales y discotecas y, por lo general, tienen
correo electrónico.
Los que no estudian, trabajan. Algunos que
terminaron la escuela secundaria, optaron por seguir carreras terciarias
y universitarias y, en este caso, trabajan para costearse los estudios.
En suma, los jóvenes mapuches comparten con los no mapuches el gusto por
la parafernalia tecnológica y las costumbres urbanas. Tal como plantea
Luis Macas, el mundo de la globalización es violento no sólo en relación
con las crisis económicas sino porque también arrasa con culturas y
pueblos.
De alguna forma, la juventud mapuche se ha visto inmersa en un proceso
de hibridación, en tanto mezcla de ideas, imágenes, símbolos y objetos
generados en tiempos y espacios diferentes (Archetti, 1997, p.49). Lo
mapuche como sustancia original absorbió y, aun lo hace, nuevas
influencias. Sin embargo, esta generación no ha sido producto de un
proceso de aculturación y, desde los últimos años, asistimos a una
re-emergencia de la identidad mapuche. El proceso de construcción de una
idea de comunidad para unificar la dispersión de la población mapuche
así como también la reconstrucción cultural es encabezado por los mismos
jóvenes que tienen como finalidad fortalecer una conciencia colectiva
mapuche.
Gustavo es mapuche y tiene 29 años. “He tenido una educación a través de
la cual se me ha querido inculcar una cuestión de argentinidad, de
patriotismo, una educación cristiana. Pero mis abuelos nunca nombraban a
Dios y esto no es lo mío. Me han querido imponer ciertas cosas, me han
querido disfrazar de cosas que no soy. Llegué a tener una existencia
dual porque iba a la iglesia pero también al camaruco. En un momento,
tuve que sacarme la careta y empezar a reconstruir lo mío”, relata.
Actualmente, Gustavo trabaja como promotor comunitario en el municipio
de Bariloche y como portero en el Instituto de Formación Docente.
Además, estudia la carrera universitaria de Trabajo Social.
De acuerdo con Grimson, las identidades son una abstracción, una
construcción simbólica que constituyen el modo en que las comunidades se
imaginan. Suponen la existencia de la alteridad, la producción social
del “otro” (1998, p. 18). En este sentido, los jóvenes mapuches se
construyen como un “nosotros” en oposición a un “otro” no mapuche que
conforma un mundo extraño y hostil. Los “otros” son un grupo numeroso y
poderoso que afecta sus vidas vigilándolos, reprimiéndolos,
despreciándolos, usurpándoles sus tierras y obligándolos a adaptarse al
sistema occidental. Esta construcción se reflejó fuertemente el 3 de
mayo de 2003, en el marco de los festejos por el centenario de la ciudad
de Bariloche. En esa ocasión, para sorpresa de las autoridades
municipales, representantes mapuches tomaron el micrófono y leyeron un
documento en el que insistieron en que no son barilochenses, ni
argentinos, ni chilenos sino “un pueblo con propia identidad oprimido
por los estados” que habita la región desde hace más de 101 años.
“Los mapuches irónicamente hemos pasado a formar parte del Bariloche
marginal, desocupado, humillado y delincuente; mientras hace apenas un
siglo, diminuta porción en la historia mapuche, éramos protagonistas de
nuestra vida. Hoy en esta etapa de la historia, les avisamos que estamos
volviendo a levantar nuestra raíces desde la política a la
espiritualidad y les decimos a nuestros hermanos que aquí se encuentran,
que han bajado de los barrios Altos, la vergüenza de Bariloche, que
vuelvan a su raíz, que se alcen nuevamente frente a los atropellos
continuos, que demostremos nuestra presencia ya no como figuras
folklóricas o de leyenda. (…) Sabemos que estamos bajo la regla de los
estados opresores por lo que estamos obligados a convivir bajo una misma
forma de vida con ustedes e insertarnos bajo el pensamiento occidental,
hoy manifestado en la globalización y el sistema capitalista”,
manifestaron ante una multitud que miraba atónita y ante el ceño
fruncido del intendente y algunos concejales.
A diferencia de años atrás, cuando los jóvenes mapuches buscaban ocultar
sus raíces por la discriminación a la que eran sometidos, hoy generan
estrategias de visibilización y manifiestan una fuerte necesidad de
pertenencia a su pueblo. La identidad implica la pertenencia a un grupo
determinado, según Barth (1976, pp.78 y 79). En una sociedad que no es
homogénea y en la cual no todos pertenecen a un mismo grupo cultural, se
recurre a ciertos mecanismos de identificación con un grupo y con
ciertos sujetos, buscando encontrar algo que dé sentido de pertenencia (Barth,
1976, pp.78 y 79).
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LOS JÓVENES MAPUCHES establecen relaciones contradictorias de
integración y conflicto que suelen variar en función de la edad. La
relación con la cultura hegemónica se negocia de distinta manera ya sea
a través de la adaptación o la constante confrontación. Existen sectores
juveniles mapuches que se constituyen como contracultura y como tal,
expresan de manera explícita una voluntad impugnadora de la cultura
hegemónica trabajando subterráneamente en la creación de instituciones
que se pretenden alternativas (Hall y Jefferson, 1983, p.114). Por lo
general, son los mapuches de menor edad quienes manifiestan su
resistencia y repudio el sistema político, económico y social dominante,
“que les han impuesto”. Propugnan volver a la tradicional organización
social y sistema económico de sus antepasados; es decir, la vida rural y
el trabajo comunitario.
Constantemente, estos jóvenes encabezan manifestaciones sociales en las
cuales reclaman por la autonomía del pueblo mapuche, el respeto a los
recursos naturales y los territorios mapuches. Muchas protestas, por
ejemplo, se llevaron a cabo en la localidad chubutense de Esquel, contra
la Compañía de Tierras del Sud Argentino S.A., propiedad del empresario
textil italiano Luciano Benetton ya que lo acusan de expulsar a familias
mapuches de sus propias tierras. Cabe destacar que en los últimos años,
Benetton adquirió aproximadamente 900 mil hectáreas de tierra en las
provincias patagónicas de Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz, en
Argentina.
Asimismo, estos sectores juveniles suelen inmiscuirse en actos oficiales
de gobierno a fin de hacer público su rechazo al sistema hegemónico. En
el último aniversario de Villa La Angostura, una localidad ubicada a 90
kilómetros de Bariloche, los jóvenes de la comunidad mapuche reprocharon
a las autoridades presentes por el uso de violencia contra la comunidad
mapuche “Paichil Antriao” que había sido desalojada tiempo atrás por la
policía neuquina a metros de ese lugar. Los funcionarios del gobierno de
la Nación y el intendente de la localidad, Hugo Panessi, se mostraron
sorprendidos ante aquella presencia. Los jóvenes también suelen pintar
consignas y símbolos en las paredes de la ciudad expresando la crítica
al orden impuesto. Dos años atrás, tacharon los carteles de algunas
calles de la ciudad que, en su momento, fueron bautizadas con nombres de
militares, políticos, religiosos que colaboraron en el exterminio del
pueblo mapuche.
Facundo Huala tiene 19 años y vive en el Barrio 169 Viviendas, uno de
los más pobres y estigmatizados de Bariloche. Respecto a la vida urbana,
remarca: “En el cemento, nosotros nos criamos, crecimos y mantenemos
nuestra lucha pero al cemento hay que romperlo. A la gente no mapuche
tampoco le sirve esta ciudad, la forma de vida occidental. Queremos
construir algo distinto fuera de esta mugre, en el campo con el trabajo
comunitario. Yo no quiero vivir de esta manera. Para muchos, esto tiene
muchas ventajas pero yo pienso: ¿de dónde sacan la luz eléctrica? De la
represas para lo cual están desalojando a mi gente en otras comunidades.
Esos desalojos de familias enteras formaron los cordones de pobreza en
la ciudad. Ojo, yo no estoy diciendo vivamos con chiripá y eso”.
Oscar, de 24 años, agrega: “Acá en la ciudad, muchas veces, los mapuches
no tienen papel higiénico y se limpian con diarios. Es un ejemplo claro
porque las papeleras, muchas veces, desalojan a comunidades mapuches.
Quizás ese buzo que estás usando es de Benetton que también está
desalojando gente. Le estás dando plata a tu propio asesino”. La cultura
juvenil mapuche no es homogénea, ni estática sino que encontramos una
heterogeneidad interna. Los jóvenes que, por lo general, superan los 20
años, suponen que la forma de "ganar la lucha contra el huinca" es a
través de sus propias herramientas. Por eso, estudian, buscan insertarse
en el mercado laboral e incluso, muchos visitan escuelas para difundir
la cultura e historia mapuche. En general, se han adaptado a la vida
urbana.
“Hoy, muchos jóvenes están orgullosos de ser mapuches y quieren que sus
hijos sean mapuches y se reconozcan como tales. Cada uno lucha para
conseguirlo de distintas formas. Yo soy mapuche y estoy inserto en esta
sociedad y, quiero quedarme acá porque en la ciudad está la mayoría de
nuestros peñis [compañeros]. La mayoría está en los barrios pobres
porque a nuestro pueblo lo destruyeron. Estos procesos nos han llevado a
perder la lengua, la organización y a estar poblando los barrios pobres.
Por eso, hay que modificar todo: el aspecto cultural y socieconómico.
Por un lado, pretendemos recuperar el pueblo y por otra, hacer justicia
y no podemos hacerlo fuera de la ciudad”, señala Rubén (mapuche, 31
años).
Asimismo, Gustavo (29 años) agrega: “En este sistema, yendo a la
escuela, yo descubrí que era mapuche. Si tenés sentido crítico, podés
analizar. En un encuentro, algunos chicos decían que no querían el
sistema winca, que no querían ir a la escuela porque les iban a lavar la
cabeza. Y la longko [jefe] decía que hay que usar las armas del blanco.
Y la educación es una de ellas. Ella no terminó la primaria pero sabe
que la jodieron, le sacaron su territorio y la engañaron a través de la
educación. Las herramientas para recuperar lo nuestro son las de este
sistema porque tenemos que coexistir. Yo soy empleado del estado y no lo
niego. Tenemos que tener un estado que se preocupe por los pueblos
originarios y estos tienen que plantar la propuesta”.
Lo cierto es
que, en los últimos años, se generó un proceso de reivindicación de las
alteridades y reconstrucción de la identidad cultural mapuche. Para
recuperar las tradiciones, las costumbres y la lengua, los jóvenes
recurren a la memoria colectiva, experiencia de los mayores y al
intercambio mutuo. “Es una carrera contra el tiempo porque nuestra gente
es muy anciana y, cuando se vayan ellos, nosotros vamos a tener la
responsabilidad de transmitir lo poco que podamos”, admiten.
*
LOS ESPACIOS DE DIVERSIÓN y de ocio (como la calle, el baile y los
recitales) constituyen ámbitos de encuentro y relación de los jóvenes
mapuches, donde construyen estilos visibles que integran elementos
heterogéneos provenientes de la moda, la música, el lenguaje y diversas
prácticas culturales (Feixa, 1999, p. 25). Si bien la música heavy metal
suele apelar a la “urbanidad”, la mayoría de los adolescentes mapuches
se definen como “metaleros o punks”. Estos movimientos que suelen
identificarse con la “rebeldía”, la “agresividad” y sobre todo, la
“oposición al sistema”, constituyen dos expresiones interesantes en la
reinvención de la identidad étnica.
“El Heavy Metal y el punk son Movimientos Rebeldes ke tienen una kausa.
Nosotros komo MapuChe somos rebeldes y tenemos una kausa. No podemos no
serlo: la miseria en ke nos han dejado, las muertes ke han generado, la
discriminación y la posición de víktimas del sistema y del pensamiento
occidental y kristiano es lo ke genera nuestra rebeldía. Son kasi las
mismas kausas ke generan el nacimiento rebelde del heavy y del punk. (…)
Se nos ponen los pelos de punta kuando una violase distorsiona y pela un
rif, kuando escuchamos el loko ritmo del punk y más aun kuando las
letras de las kanciones nos reflejan nuestra kruda realidad”, escribió
alguien llamado Wariacewala, en un fanzine mapuche “Tayiñ Weichan” el 19
de julio de 2003.
En relación con este texto, cabe destacar que el hecho de reemplazar la
letra k por la c constituye en los fanzines mapuche como así también en
los grafittis callejeros un diacrítico étnico ya que el mapuzungun
emplea la k en lugar de la c. En cuanto al heavy metal, este género
adquirió un rol contestatario en Argentina y la causa aborigen encontró
terreno fértil en él. Incluso, hay revistas argentinas dedicadas a este
género musical que publicitan diversos compact disks. Lo llamativo es
que la imagen del cantante folklórico mapuche Rubén Patagonia aparece
junto a la del rockero Marilyn Manson.
Por otra parte, cabe destacar que muchos cantantes argentinos han
intentado abordar la situación de los pueblos originarios denunciando la
discriminación a la que son sometidos permanentemente. La sigla del
grupo musical A.N.I.M.A.L., por ejemplo, significa: “Acosados nuestros
indios murieron al luchar”. Oscar (24 años) conduce un programa de heavy
metal los sábados a la madrugada en una radio comunitaria -Gente de
Radio- y asegura que prefiere los grupos nacionales: “Hay bocha. Block,
que es una banda de heavy metal de los ´80, es muy interesante por las
letras. Solamente sacó un disco que se llamó Demolición que fue
reeditado hace poco tiempo. Después de la dictadura militar, surgieron
bandas de heavy metal con letras contestarias, políticas y con mucha
bronca. En esa época, estaba muy reprimida la juventud y el heavy metal
fue un estilo musical para canalizar todo ese silenciamiento, toda esa
opresión que vivimos los jóvenes. Hablaban en contra de la dictadura,
hay letras ecologistas, antinucleares”.
Sin embargo, no suele haber una preferencia de los jóvenes mapuches por
la música en castellano. Por lo general, los grupos que cantan en inglés
son los predilectos; es decir que la búsqueda de identidad no pasa
porque el contenido de las canciones sea comprensible sino por la
impronta del heavy metal y lo que representa. Muchos suelen usar remeras
que llevan estampados los nombres de grupos ingleses como, por ejemplo,
Iron Maiden o Saxon que, a través de las letras de sus canciones, hacen
referencia al espíritu sajón elogiando las conquistas territoriales del
imperio británico. También se destaca el grupo musical S.O.D. que, en
1985 grabó un disco cuyo nombre era “Speak english or die” (“Hablar
inglés o morir”).
No son pocos los jóvenes mapuches que se identifican con elementos
estéticos visibles (cortes de pelos, atuendos y accesorios). De acuerdo
a Clarke, las subculturas juveniles se identifican por la posesión de
objetos, “la chamarra de los teds, el cuidado corte de pelo y la scooter
de los mods, las botas y el pelo rapado de los skinheads, etc. Sin
embargo, (…) por sí solas no hacen un estilo. Lo que hace un estilo es
la organización activa de objetos con actividades y valores que producen
y organizan una identidad de grupo” (1983, p.75). En el momento de la
entrevista, Facundo viste un buzo negro con capucha, pantalones beige de
cordero y, con algunas inscripciones escritas con lapicera, y borcegos.
Tiene un alfiler de gancho atravesado en la oreja y una muñequera
plateada y negra características de los punks.
“Escucho
heavy metal y me identifico un montón con estos movimientos. Voy a
recitales y siento la música adentro. Los metaleros son mis hermanos en
todo el mundo porque pensamos igual en un montón de cosas. Cuando era
más chico, era anarco-punk o algo así; no por una moda, por algo que me
identificó en ese momento en contra del sistema. Ahora me sigo vistiendo
igual”, destaca Facundo.
La manera en que los objetos y los símbolos inconexos son reordenados y
recontextualizados comunican nuevos significados. La ornamentación
corporal y el atuendo de Facundo son significativos estilísticamente y
representan “la rebeldía”, “la dureza”, “la transgresión” y “la
provocación”. Por otra parte, los jóvenes mapuches suelen hacer uso de
un discurso generacional empleando palabras de moda de la sociedad no
mapuche. “Copado”, como sinónimo de agradable; bocha”, mucho; “chabón”,
joven u hombre; “bardear”, agredir, burlar; “escabiar”, beber; “conchetitos”,
jóvenes de buena situación económica; “sobrar”, agredir, entre otros
términos. Se trata de un discurso híbrido producto de realidades
globalizadas en las que los indígenas están inmersos (Bengoa, 2000).
En este sentido, cuando se lo consulta sobre su consumo musical, Facundo
dice: “Escucho bandas de todos lados mientras sean under y tengan ideas
copadas o hagan buena música. Iorio no me gusta porque es muy facho el
chabón. Tiene una placa en vivo que dice: ´Hay muchos que tildan mi
propuesta como puras ideas del nacionalismo pero esos porque no son
argentinos´. El chabón tiene bardos por bardear a los judíos”.
Sin duda, estos estilos no son receptores pasivos de los medios masivos
de comunicación que influyen en las preferencias socioculturales de los
jóvenes. La mayoría de los jóvenes admitió consumir gran cantidad de
horas frente al televisor. Los predilectos son los programas políticos
que se emiten por la noche, los noticieros, los programas de
entretenimiento e informes de Discovery. En cuanto a libros, eligen a
escritores como Edgar Alan Poe, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar,
Gabriel García Márquez, Michel Foucault y Eric Howsband. Son muchos los
que prefieren los fanzines.
Por otra parte, los jóvenes mapuches aseguraron ser consumidores de la
oferta nocturna de la cultura urbana: unos pocos suelen acudir a
discotecas; otros, por lo general mujeres, prefieren las bailantas donde
se baila música popular y la mayoría, opta por los pubs y los recitales
que se realizan en los centros comunitarios de barrios marginales. Según
Margulis, la noche se impone para concretar encuentros y contactos entre
pares generando espacios ya sea para integrarse o diferenciarse y,
construir señales de identidad (1997).
En el caso que se analiza, la relación de los jóvenes mapuche con la
cultura dominante está mediatizada, principalmente, por la escuela y los
medios de comunicación (Feixa, 1999, p.67). Estos sectores juveniles
aseguran que el hecho de consumir determinados productos culturales no
los hace “más o menos” mapuches. Si nos remontamos a Dolores Juliano,
esta autora propone abandonar la idea de que nuestra cultura es algo
acabado, de lo que somos portadores y que se puede desintegrar en el
contacto con otros (Bayardo y Lacarrieu, 1997, 42). Por otra parte,
Mario Margulis plantea que, si bien lo local y lo global suelen entrar
en confrontación, también se integran. Lo global no destruye lo local, a
veces como productor de la diversidad, lo intensifica (Bayardo y
Lacarrieu, 1997, p. 54).
*
EN LOS ÚLTIMOS AÑOS surgió “Mapurbes”, un grupo conformado por jóvenes
mapuches que tienen como finalidad posicionarse como jóvenes urbanos a
través de ciertas actividades como el teatro, por ejemplo. Este grupo no
se coloca en un lugar de sumisión sino de resistencia. Según la Escuela
de Chicago, la vida urbana implica procesos de desorganización social e
inadaptación individual, la persistencia de ciertas subculturas
autónomas y su resistencia a la integración. La creación de Mapurbes
trajo aparejada una división de opiniones ya que un sector de jóvenes
mapuches cree que no es posible ser mapuche en la ciudad, la responsable
de la aniquilación de la forma de vida y cultura mapuche. “La
contaminación, la destrucción, la opresión… eso es la ciudad”, destacan.
“Yo me defino como mapuche de la zona de los lagos. Quizás se pueda
decir que soy mapuche urbano por accidente o por consecuencia de la
historia. Pero yo peleo por poder, en algún momento, volver a las
comunidades al campo, dejar estas ciudades de porquería que son inventos
del winca. Por eso, estamos luchando: por la tierra y por demostrar que
hay otra forma de vida posible, o sea, la forma de vida mapuche”,
manifiesta Facundo.
Todas las culturas tienen contradicciones internas y no es posible
evitar los conflictos. Es utópico pretender que exista armonía y
homogeneidad (Bayardo y Lacarrieu, 1997, p.46). Otros jóvenes mapuches
no rechazan la ciudad: “En Bariloche tenemos tres comunidades, el lago
Nahuel Huapi y un montón de nehuenes [elementos de la naturaleza] que
nos necesitan. Por eso, no podemos abandonar este territorio. Si nos
vamos al campo, va a terminar ganando el blanco. Es necesario estar
dentro del mismo campo de batalla que el enemigo”, señala Rubén de 31
años. Por su parte, Oscar resalta:
“La
comunidad mapuche de Neuquén, por ejemplo, plantea que el mapuche tiene
que andar todo el día vestido de mapuche. Eso queda en el folklore y,
para nosotros, la lucha pasa por otro lado. Es más necesario hacer todo
un rescate y no criticar si tiene o no la vestimenta. Además, de esta
manera, entraríamos mucho más en conflicto con el blanco. Hay una
cuestión más importante que es el tema cultural, político, tratar de
recuperar las tierras, tratar de tener las tierras que tenemos. Ese es
el camino”. Un grupo de jóvenes mapuches intenta integrarse a la vida
urbana para ser legitimado, para pertenecer a la sociedad barilochense
sin ser excluído. Buscan funcionar como nexo entre su cultura y la
cultura occidental para redefinir su identidad colectiva frente al otro
cultural.
El relato eurocéntrico, hegemónico en Bariloche, asocia la inmigración
europea al progreso, el adelanto, el impulso y el desarrollo de la
ciudad. Paralelamente, se vincula a los mapuches e inmigrantes de países
limítrofes a la tensión social, el atraso y la inseguridad urbana.
Constituyen la cara oculta, no visible de Bariloche, los discursos sobre
alteridad. No es para menos. En una sociedad que busca reflejarse
constantemente en Europa, la migración limítrofe y los pueblos
originarios hacen entrar en crisis el mito de la “Suiza argentina”, una
versión épica local, sustentada por historiadores aficionados locales.
Aunque la mayoría de los jóvenes mapuches, hoy, se asume como tal y
reivindica su cultura, la discriminación étnica sigue latente,
especialmente en el ámbito escolar. Por eso, algunos adolescentes
intentan ocultar su origen y son definidos por sus pares como “mapuches
ahuincados”. En estos últimos, la presión social ha sido tan fuerte que
han optado por una igualdad diferenciada. Muchos jóvenes trabajan para
revertir esta situación.
Luis, un mapuche de 35 años, recuerda con tristeza: “A mi me tocó hacer
la primaria en una zona rural y cuando se cumplieron los 100 años de la
conquista del desierto, en la escuela donde iba yo, te hacían poner:
Primer Centenario de la Conquista del Desierto. Eso se nos metió tan
fuerte que los chicos mapuches nos creímos que eso estaba bien, que era
una cosa buena para la sociedad y que además todo ese proceso que había
generado el general Roca también estaba bien entonces, crearon una muy
fuerte contradicción entre lo que nosotros veíamos en la escuela y lo
que muchas veces, íbamos a preguntar a la casa en las tareas para el
hogar. Y era una contradicción: los trabajos eran lisa y llanamente
preguntas agresivas para nuestra familia”.
Al respecto, María Isabel tiene 18 años y manifiesta: “Hoy, ya no nos
paramos como se paraban los mapuches de antes. Antes, lloraban; ahora,
cuando nos dicen algo en la escuela, nos paramos y pegamos… [risas] En
la escuela, hay discriminación y, muchas veces, por parte de los mismos
mapuches. Hay automarginación: `yo no quiero ser indio porque me
rechazan´. Ser indio significa ser discriminado y eso pasa porque
nuestros padres reprodujeron eso: `ser indio es algo malo´”.
Por su parte, Gustavo agrega: “A mi, me mandaron a catecismo, en algún
momento, hice el servicio militar y juré la bandera como soldado
argentino. Pero, de alguna manera, a través de la educación formal, fui
comprendiendo ciertas cosas. Había como una cierta cuestión de
protección que, hoy la comprendo porque había vergüenza de ser mapuche,
ser indio. Mi tío decía que, cuando iba a la escuela primaria, a los
mapuches los sentaban al fondo y a los más blanquitos, los sentaban
adelante frente a la maestra. Mi abuelo también cuenta que, cuando iba a
la escuela primaria, se burlaban de él porque hablaba en mapuzungun. Por
eso, los viejos reprimieron tantas cuestiones de nuestro pueblo como una
protección para las nuevas generaciones. Los viejos no querían que
viviéramos esa discriminación”.
Al día de hoy, los pueblos originarios de la Patagonia Argentina
constituyen una minoría que constantemente es objeto de discursos
xenófobos. Mediante un proceso de reducción y de generalización, se los
construye vinculados a la pobreza, la falta de educación e incluso se
los asocia con la delincuencia. Los mapuches son estereotipados como
“ignorantes”, “conflictivos”, “sucios” e incluso como “peligrosos para
la soberanía nacional”. Los historiadores aficionados locales suelen
referirse a los mapuches como “invasores” y consideran al proceso
migratorio de los mapuches a la Argentina como la pretensión de
usurpación del territorio argentino por autoridades chilenas.
En el mes de abril de 2003, en un noticiero de la ciudad de Bariloche,
se generó una polémica cuando Parsons manifestó que los mapuches “son
invasores y que fueron quienes absorbieron a los tehuelches”. Además,
aseguró “que él y muchos barilochenses conformarían un movimiento
nacionalista para terminar con los invasores”. Muchos televidentes se
comunicaron con la producción periodística del noticiero adhiriendo al
historiador. Un grupo reducido de personas que conforman la Asamblea
Permanente por los Derechos Humanos (A.P.D.H.) lo denunció ante el INADI
(Instituto Nacional contra la Discriminación).
En el mes de julio del año 2005, un grupo de jóvenes de las agrupaciones
Ruka Mapuche y Mapuche Autónomos Independientes de Bariloche repudiaron
al antropólogo Rodolfo Casamiquela momentos antes de que dictara una
conferencia en la sede local de la Universidad FASTA. “Durante mucho
tiempo hemos tenido que soportar las mentiras que este y otros
personajes racistas (...) que se han encargado de difundir sobre
nosotros, alegando que hemos invadido y exterminado a los pueblos
originarios de la actual Argentina, en un sucio acto de quitar la
responsabilidad genocida y usurpadora de los estados para con nosotros y
los otros Pueblos”, manifestaron.
Lo cierto es que los mapuches ocupan las tareas más bajas en la escala
laboral y viven en los barrios más pobres de la ciudad; es decir que la
discriminación hacia el mapuche no es sólo una cuestión étnica sino que
también está basada en condiciones económicas. Gustavo cree que: “La
discriminación del pueblo mapuche es como la del boliviano, el
paraguayo, el chileno. Yo estuve estudiando Trabajo Social en la
localidad de General Roca. Yo iba a ciertos lugares y me quedaba parado
en una esquina durante unos minutos porque la gente tenía ciertas
reacciones. Iba con el pelo despeinado, vestido con capucha, y me paraba
al lado de gente vestido formal. Me miraban y se alejaban. A mi siempre
me para la policía por la calle, me pide documentos, me preguntan a
dónde voy y cosas así”.
En las décadas de 1970 y 1980, la población de bajos ingresos de
Bariloche fue desplazada hacia “el Alto”, los barrios ubicados al sur de
la ciudad. Allí, se podían adquirir tierras a bajo costo que, aunque
habían sido loteadas, no tenían calles, ni servicios básicos.
Actualmente, la denominación “Alto” carga un estigma discursivo, tiene
una carga peyorativa que se manifiesta en los discursos y en las
políticas hegemónicas. Los sectores dominantes asocian la población del
Alto a la marginación, al atraso, a la violencia y la delincuencia. En
Bariloche, cada lugar está asignado a un determinado grupo social que se
identifica, a la vez, por marcas de aspecto y de indumentaria
racializadas. La “población blanca” de los kilómetros y el centro se
contraponen a “los negros” del Alto. En este contexto, no es llamativo
que gran parte de la población mapuche resida en el Alto.
“En el centro, los conchetitos pasan sobrándonos. Igual, el centro es
como la selva. A nosotros, la policía nos saca cagando del centro los
fines de semana a la noche. Muchas veces, nos dijeron que dábamos mal
aspecto a la ciudad. `De la Brown para arriba, hagan lo que quieran, de
la Brown para abajo, no molesten´. Vamos caminando por la calle y por
ahí, nos paran. Son cosas cotidianas. La represión, los abusos
policiales son cotidianas para la gente mapuche”, comenta Facundo. Los
jóvenes consideran que el ejemplo más visible de la discriminación es el
imponente monumento al general Julio Argentino Roca en el Centro Cívico
cuando fue él quien emprendió la Campaña del Desierto y mató a unos 3700
indígenas combatientes. Según García Canclini, los monumentos suelen ser
las obras con que el poder político consagra a las personas y los
acontecimientos fundadores del Estado.
El arquitecto Ezequiel Bustillo, creador del tradicional Centro Cívico
de la ciudad, escribió: “Desde hacía algún tiempo, habíamos lanzado la
iniciativa de erigir en Bariloche una estatua del general Roca,
conquistador del desierto y que además, de definir sus límites, había
organizado el gobierno territorial de aquellas apartadas zonas e
iniciado una embrionaria colonización. Era una de las más destacadas
figuras de nuestra Patagonia y nosotros anhelábamos que nuestra
repartición fuera no sólo la iniciadora de ese justo homenaje sino
también la que la llevase a cabo” (1970, p. 56). Incluso a través de
determinadas operaciones, se tiende a invisibilizar los mapuches
basándose en la idea de la extinción. El mapuche es asumido como el
remanente de la barbarie, la incivilización que se resiste a la
modernización y al progreso.
Luis (35, Cerro Alto) manifiesta: “Un caso es ver en los colegios el
tema de la historia patagónica y el tema indígena como una cosa de
desvalorización. No se hacía mención de la cultura mapuche pero la
cultura indígena en general había sido como una cosa del pasado que no
permitía el avance, el progreso y demás por eso que Roca tuvo que venir
y matar a los indígenas para crear una nueva sociedad. Tuvo que venir la
gente de la iglesia, salesianos y misioneros, para inculcar la
cristianidad y a partir de ahí incorporar el alma a las personas y
demás. Esa era la visión que se daba en los colegios”. En la primera
parte de este testimonio, resalta la dicotomía entre civilización y
barbarie. El discurso dominante de los “indígenas como bárbaros e
incivilizados” prevalece al día de hoy en algunos sectores de la
sociedad.
*
A FINES DE 1970 Y COMIENZOS de 1980, con la finalización de la última
dictadura militar argentina, se dio un proceso de apertura, de
revalorización de las culturas antiguas y respeto a la diversidad.
Surgieron diversos movimientos sociales: reivindicaciones feministas,
grupos de homosexuales, movimientos religiosos y ecologistas. A mediados
de la década de 1980, se creó en Bariloche el Centro Mapuche que tiene
como finalidad preservar la cultura mapuche y dar a conocer la
cosmovisión mapuche a occidentales. Recién en la Reforma de la
Constitución Argentina de 1994, se reconoce la preexistencia étnica y
cultural de los pueblos indígenas. En la década de 1990, también se
efectuaron contactos con instituciones religiosas y, actualmente en el
seno de la Iglesia Católica funciona la Pastoral Aborigen.
Por otra parte, en los últimos años, se generó una resemantización del
término “mapuche” a través del cual un tipo social que era considerado
inculto, marginal e incivilizado fue apropiado, reelaborado y adquirió
un nuevo significado transformándose en símbolo de la identidad
regional. “Hay como una revalorización de algunas cuestiones que vienen
de afuera. Por ejemplo, el tema de los pueblos originarios, sus
conocimientos y saberes. Este tema de los paradigmas que se derrumban y
empiezan a surgir otros. Hay una nueva conciencia, una posibilidad de
resurgir y reconstruir. El mapuche atrae al turismo, es el nativo. Se
dan ciertas condiciones: la democracia, la educación, convenios
internacionales, la Constitución Nacional favorece mucho. Hay otro
clima”, resalta Gustavo.
Paralelamente, se comenzó a percibir otro posicionamiento por parte de
los jóvenes mapuches que trabajan fuertemente en el rescate de la
cultura, los valores y la forma de vida mapuche. Existe la necesidad de
encontrar un espacio a través del cual integrarse y diferenciarse,
construir su identidad. Actualmente, la gran mayoría de jóvenes intenta
aprender la lengua mapuche a través de los mayores. La lengua se estaba
perdiendo ya que, durante la última dictadura militar argentina,
recuerdan algunos mapuches, quienes hablaban mapuzungun eran reprimidos
por la Gendarmería por considerar que hablaban “un idioma prohibido”.
Razón suficiente para que los adultos hablaran cada vez menos la lengua,
e incluso no se la transmitieran a sus hijos, al punto de perderla.
“Estamos aprendiendo el idioma y es una necesidad fundamental porque
detrás de cada palabra, hay un montón de cosas. Nos van enseñando
nuestros mayores. Por ahí, te ponés a charlar con alguna persona mayor
que sabe la lengua en los camarucos o por ahí, el intercambio entre
nosotros: uno aprende algo que el otro sabe. Por ahí hablás con tus
vecinos que son mapuches y no se hacen cargo pero te dicen: mi abuela
hacía tal cosa. Esos son conocimientos que vamos sumando. Apuntamos a
reconstruir el pueblo mapuche”, destaca Oscar. En los recitales punks o
en manifestaciones populares, hoy, muchos jóvenes se saludan en
mapuzungun. Gustavo trabaja como promotor social en el municipio de
Bariloche y aprovecha para saludar en mapuche a muchas abuelas mapuche
que se acercan a pedir algún tipo de asistencia; asimismo, genera
proyectos que tienen como objetivo que la gente reconstruya su
identidad.
“Tengo descendencia mapuche y cuando lo entendí, tuve que ir hacia atrás
a reencontrarme con lo mío. Tomé historias que mi madre me contaba
acerca de mi abuelo en el campo. Él practicaba ciertos rituales en
ciertas épocas del año y, yo no sabía de dónde venían. Por ejemplo, mi
mamá contaba que cada 24 de junio, mi abuelo iba a la vertiente se
lavaba con agua y luego, le hacía tomar agua a ellos y luego, hacía
algún tipo de rogativas que tampoco entendían qué significaba. Era la
ceremonia de año nuevo. Después, en algún momento del año, también decía
mi vieja que mi abuelo recorría alrededor de 50 o 60 kilómetros para
llegar a Anecón Grande y celebrar el camaruco. Yo no entendía ni
siquiera qué era un camaruco. Se lo nombraba simplemente como una
anécdota”, recuerda Gustavo.
Las tradiciones están siendo reinventadas por los jóvenes a través de
los relatos de los adultos. Actualmente, festejan el Año Nuevo Mapuche
el 24 de junio y, desde los últimos seis años, cada mes de febrero,
realizan una ceremonia consistente en la renovación del compromiso con
los elementos de la naturaleza. Sin duda, esta generación se identifica
especialmente por la adscripción subjetiva de los actores, por un
sentimiento de “contemporaneidad” expresada por “recuerdos en común” (Augé,
1987, p. 33).
“Cada cosa que aprendo, la voy transmitiendo. No me gusta guardármelas
porque sería muy ignorante. Es necesario transmitir todo lo que uno va
aprendiendo. De hecho, nuestra cultura se mantuvo viva así”, manifiesta
Rubén quien, junto con un compañero, organizó la ceremonia de fin de año
en el barrio Pilar II, donde los ancianos la desconocían. Asimismo,
reestablecieron una rogativa que suele hacerse por las mañanas en una
comunidad mapuche residente en la localidad Vuelta del Río. Diez años
atrás, Rubén comenzó ofreciendo charlas en escuelas primarias,
secundarias y universidades sobre la espiritualidad, la cultura, el
pensamiento, la filosofía y el arte mapuche.
“Muchas veces, los chicos se empiezan a reír pero yo los entiendo porque
a mi me hubiera pasado lo mismo. El hecho de no saber, de sentir
vergüenza… la principal defensa es la risa. Llevo instrumentos, telares,
grabados en piedras, utensillos y les muestro todo eso. A pesar de que
se poco de la lengua, trato de traducirles sus apellidos, lo que
significan. Por ahí, te encontrás con un Nahuel entonces, les digo: `¿Sos
Nahuel? Sos un tigre´. Y los chicos mapuches de ser los más tímidos,
introvertidos, se sienten mejor”, cuenta Rubén.
Asimismo, un mapuche conduce un programa de radio en Radio Nacional a
través del cual transmite la cultura de su pueblo y a través de diversas
páginas de Internet, como Indymedia, se difunde la historia del pueblo.
Continuos procesos de uso, apropiación y negociación suelen darse entre
la cultura hegemónica y la cultura subalterna, en este caso mapuche (Bajtin,
1987, p.77). Los usos son conocimientos y simbolismos impuestos por el
orden dominante (De Certau, 1986, p. 24), no son rechazados, ni
cambiados por los mapuches sino que los usan con otros fines. Los
jóvenes tomaron conciencia de que, una vez que mueran sus mayores, serán
ellos los responsables de transmitir lo aprendido y recuperado. En este
sentido, Internet, el e-mail y los medios de comunicación son
herramientas fundamentales.
En conclusión, si bien existe una dependencia tecnológica y económica
por parte de la juventud mapuche, el hecho de reconocerse como
indígenas, la vigencia de la lengua, la fidelidad hacia las tradiciones
y la insistencia en vivir en forma colectiva, nos permiten afirmar hoy
que los jóvenes mapuche no han perdido su identidad en el sentido de
haber olvidado su historia, no saber bien quiénes son, de no pertenecer.
Incluso, puede afirmarse que esta generación de jóvenes mapuche
constituye el nexo que une biografías, estructuras e historia (Feixa,
1999, p.42) / Azkintuwe
Referencias:
-Barth, Fredrik, “Introducción”, Los grupos étnicos y sus fronteras. La
organización social de las fronteras étnicas, México, Fondo de Cultura
Económica, 1976
-Bayardo, Rubens y Lacarrieu, Mónica (compiladores), Globalización e
identidad cultural, Ediciones Ciccus, 1997
-Bengoa, José, La emergencia indígena en América Latina, Fondo de
Cultura Económica, 2000
-Bustillo, Ezequiel, El despertar de Bariloche, Casa Pardo, Buenos
Aires, 1970
-Castells, Manuel, Problemas de investigación en sociología urbana,
Siglo Veintiuno Argentina Editores S.A., 1975
-Feixa, Carles, De jóvenes, bandas y tribus. Antropología de la
juventud, Editorial Ariel S.A., 1999
-Grimson, Alejandro, “Introducción". Construcciones de alteridad y
conflictos interculturales, Documento de la Cátedra, septiembre 1998
-Hall, S. y Jefferson, T., Resistance Through Rituals. Youth Subcultures
in post-war Britain, Hutchinson, London, 1983
-Margulis, Mario, “La cultura de la noche”, En La cultura de la noche,
la vida nocturna de los jóvenes en Buenos Aires, Editorial Biblos, 1997
* Productora periodística del noticiero Noticias de Bariloche,
corresponsal del diario Noticias de la Costa, que se edita en Viedma y
de la revista Rumbos. Bariloche, Argentina.
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