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HISTORIA,
CULTURA Y POLÍTICA EN FELEY |
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El kültrün es circular, porque los
mapuche saben que la Tierra es redonda mucho antes que Colón
desafiara a los geógrafos europeos. Su parche está dividido en
cuatro porque cuatro son las partes de la Tierra: Puel (este); Gulu
(oeste); Pikün (norte) y Willi (sur). Cada eje termina en un dibujo
que representa una huella del choike. |
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Por
Adrián MOYANO / Azkintuwe Nº13 |
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- Grabación de disco
mapuche Feley. Foto de Hernán P. Mazza. |
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El lonko Agustín está
enojado y entonces, toca su trutruka. En las arrugas
de su rostro moreno pueden leerse varias páginas de
la historia mapuche cercana. |
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En su ruka de Costa del
Lepá, Celinda Lefiu había “sacado” todos sus tayül.
Luego, en el edificio de la vieja escuela, Catalina
Antilef, cantó los suyos. |
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EL LONKO AGUSTÍN ESTÁ ENOJADO...
Razones no le faltan, algunas de ellas son ancestrales y las otras, un
tanto más recientes y domésticas. Pero hay que agradecer su estado de
ánimo. Mientras en el recinto todavía flota la turbación que provocó su
palabra ofendida, el viejo le arranca quejidos hermosos a su trutruka.
Sonidos que horadan el frío y acompañan el viento que comienza a
apoderarse de Füta Huau. Así se desahoga ahora, pero también así
comienza todos su días, cuando Antü todavía no termina de asomar sobre
el horizonte de la meseta patagónica, la Puel Willi Mapu donde habitan
varias decenas de comunidades mapuche. El lonko Agustín está enojado y
entonces, toca su trutruka. En las arrugas de su rostro moreno pueden
leerse varias páginas de la historia mapuche cercana.
Hasta estas tierras ásperas, casi arenosas y sólo generosas en su
amplitud, fueron desplazados los mapuche que consiguieron sacarle el
cuerpo al sable, sobre fines del siglo XIX. Hasta ese momento, habían
disfrutado del verdor de las pampas, de sus aguadas interminables y sus
suelos fértiles, de la abundancia que ambicionaban los estancieros
argentinos. Desde allí, donde hoy se levantan las ciudades de Azul,
Olavarría, Tapalqué y otros enclaves agropecuarios de la oligarquía
terrateniente, huyeron los mapuche cuando ya fue inútil oponer los waiki
a los fusiles a repetición, la velocidad de los caballos al telégrafo,
la sabiduría de los machi a las epidemias de viruela, la experiencia de
los lonko a los requerimientos del desarrollo capitalista, la
espiritualidad ancestral a la prepotencia de los curas.
Del otro lado de la cordillera, los tiempos también se habían acelerado.
Gracias al tren, sólo 24 horas demoró el ejército chileno en llegar al
río Bío Bío desde Santiago, cuando el gobierno resolvió ejecutar la
“Pacificación” de La Araucanía, usurpación similar a la Conquista del
“Desierto”. Los eufemismos ocultan mal la magnitud del atropello, que
significó para el pueblo mapuche la pérdida de su independencia y su
libertad, además de su completo cercenamiento territorial.En Füta Huau ,
Florentina Leguiman cuenta que su “abuelo viejo” vino de Chile.
Florentina –cuyo canto es capaz de demoler un bloque de granito- no se
acuerda cuantos años tiene, menos aún podrá calcular cuándo llegó hasta
aquí su antepasado. Pero sí recuerda el katan kawiñ que celebró su
tránsito de la niñez a joven mujer, ceremonia en la cual su “abuelo
viejo” jugó un rol central. “Vino hace tanto tiempo que Chile todavía no
existía”, supone Mauro Millán. La ñaña asiente.
Por eso, porque fueron agredidas y expulsadas de sus territorios
originarios, viven varias comunidades mapuche en las cercanías del río
Lepá, en la provincia argentina de Chubut, estepa inmensa donde 120 años
atrás, vagaban multitudes de guanacos y avestruces. Menos de un siglo
más tarde, el paisaje ya había cambiado radicalmente. Después de la
conquista militar llegaron las ovejas de los estancieros –por entonces,
mayoritariamente británicos- y con ellas, los alambrados. La fauna
autóctona se topó con una competencia para la cual no estaba preparada y
con obstáculos insalvables para su instintivo merodear. A comienzos del
siglo XXI, cruzarse con un guanaco en los campos patagónicos sería poco
menos que una casualidad, divisar un choike es extremadamente difícil.
Así de radical fue la ofensiva que sufrió la naturaleza en estas
latitudes.
Sin noticias sobre ese pasado, sería difícil de entender por qué en
ciertas comunidades recrean el choike purrün o por qué Celinda Lefiu
atesora entre sus joyas más queridas, el tayül del choike. Al igual que
los pueblos originarios de todo el orbe, el mapuche mantuvo una relación
sustancial con la naturaleza y todos sus seres. Insiste en hacerlo
todavía. En su cosmovisión, el género humano es sólo un elemento más del
Wall Mapu –noción mapuche de Universo- en un plano de igualdad con el
resto de sus newen . Su concepción es horizontal y circular y en ese
ámbito, el che establece relaciones de respeto con el newen del choike,
de la montaña, del río, de cada árbol y planta, de los demás animales,
de la nieve y la lluvia, de las piedras, del viento...
En fin, con todos los newen, con toda la vida. Si no se tiene presente
la profundidad de este vínculo, será imposible comprender la esencia del
tayül, el canto sagrado. En la cocina de su casa, en el lofche Costa del
Lepá, Celinda nos anuncia: “Voy a sacar todos los tayül que tengo”.
Antes de entrar en la improvisada sala de grabación, donde en un rincón
se cuece el pan al rescoldo, la mujer hace un pequeño ngellipun,
ceremonia cuya realización deja en claro la importancia que nuestra
intérprete le dará a los próximos momentos.
*
LA JORNADA ESTÁ SOLEADA, pero hay mucho viento. Los muchachos ubican el
generador lo más lejos posible pero igual su ronroneo alcanza a
percibirse. La dueña de casa es pillanküze de su comunidad, es decir,
una autoridad originaria. Contra lo que suele suponerse –y escribirse-,
en buena parte de los lofche tanto a uno como otro lado de la
cordillera, los mapuche mantienen su organización tradicional. En Puel
Mapu, la pillanküze tiene a su cargo la conducción de varias ceremonias,
dado su conocimiento en materia espiritual. En su lugar, Celinda Lefiu
“levanta el kamaruko” y también celebra el Wiñoy Tripantü o Año Nuevo
Mapuche. Para adquirir su sabiduría no leyó ningún libro ni hizo ningún
curso. Su abuela fue machi, otro rol de importancia fundamental en la
estructura originaria mapuche.
Por decirlo muy groseramente, los machi son médicos, meteorólogos y
adivinos, entre otras “profesiones”. Desde pequeños, ciertos signos y
evidencias que los más ancianos de la comunidad son capaces de detectar,
indican que los newen han puesto sobre ellos la mirada. No se estudia
para machi, nadie puede convertirse en machi a partir de una decisión
personal o colectiva sino ha sido designado para cumplir esa función por
la naturaleza. En determinado momento de su vida, el futuro machi es
víctima de una enfermedad que le puede costar la vida si no es atendido
por otro machi. Si decide hacer caso omiso al llamado de los newen,
podrá continuar su existencia, pero será presa de dolencias que lo
acompañará hasta el fin de sus días. Si acepta, su cuerpo ya no será el
mismo y experimentará notables modificaciones. A partir de allí, será el
intérprete de los newen. Su conocimiento llegará a través del pewma y el
perimantün, estado al que en Occidente llaman trance. Celinda es nieta
de una machi ya fallecida. De ese antepasado proviene su conocimiento,
su kimün.
Hoy mismo, la pillanküze entonó un tayül contra el viento. Su compañía
puede tornarse insoportable en la meseta patagónica. Las filas de álamos
que flanquean las casas y sembradíos de Costa del Lepá no alcanzan a
mitigar su furor, por el contrario, acentúan el zumbido que abraza la
aspereza de esta parte del mundo. Viene del oeste. Aquí no hay energía
eléctrica, ni agua corriente ni teléfono ni gas. La única distracción es
la radio, siempre y cuando haya kuyiñ para las pilas. Los demás señuelos
que ofrece la sociedad occidental no han llegado hasta aquí, por ende es
posible todavía desarrollar una intensa vida espiritual, una
efervescente actividad interior.
Celinda nos muestra un fragmento de una cultura que no concibe a la
música como separada de la cotidianeidad. “Saca” el tayül del ñanko, un
pájaro agorero; el del tigre; el del abandono; el de los antepasados...
Cada tayül se dirige a un newen de la naturaleza. En ellos, la música
tiene una connotación sagrada, de vínculo con las fuerzas predominantes
en este rincón del Wall Mapu. Sonríe la mujer, se agita, se cansa,
vuelve a cantar. Se queja porque su kültrün está húmedo, entonces suena
algo más agudo de lo que debería. Al calentarlo brevemente contra el
fueguito que resiste en un rincón, corrige en algo su sonoridad.
El kültrün es circular, porque los mapuche saben que la Tierra es
redonda mucho antes que Colón desafiara a los geógrafos europeos. Su
parche está dividido en cuatro porque cuatro son las partes de la
Tierra: Puel (este); Gulu (oeste); Pikün (norte) y Willi (sur). Cada eje
termina en un dibujo que representa una huella del choike y en cada
sector circular, habitan Antü, Küyen –la Luna- y dos wagelen
(estrellas). También es posible encontrar sólo estrellas, de las cuales
emanan cuatro –otra vez cuatro- rayos o haces: representan al küze
(anciana) y al futra (anciano); a la ultra zomo (mujer joven) y al weche
wentru (hombre joven). A esas cuatro “personas” se dirigen los mapuche
cuando quieren comunicarse con alguno de los newen.
Todo eso dice el kültrün de Celinda a quien quiera leerlo. El de ella y
el de todas las pillanküze de Puel Mapu. El de todas y todos los machi
de Gulu Mapu. A comienzos del siglo XXI y desde siempre. Porque como
todo pueblo que se precie, el mapuche supo responder los interrogantes
que acostumbran a asaltar al género humano, es decir, construyó una
cosmovisión, a la que puede explicar en su propio idioma: el mapuzugun .
En consecuencia, también tiene su propia forma de relacionarse con la
espiritualidad, una organización política y social particular, un
sistema normativo que deriva de su idiosincrasia y junto a un pasado
común, la voluntad de seguir siendo un pueblo y además, mapuche.
Algunas de las afirmaciones precedentes parecen una obviedad pero no lo
son, en el marco de un país que excluyó meticulosamente de su historia
al “componente indígena”. No si se tiene en cuenta que las clases
dirigentes de la Argentina se abocaron desde fines del siglo XIX a
construir la imagen de una nación más europea que americana, urbana
antes que rural y sobre todo blanca, a pesar de su evidente mestizaje.
Cuando las organizaciones mapuche le reclaman al Estado que se reconozca
multiétnico y plurirracial, no se están refiriendo a reivindicaciones
vacías de contenido. En Costa del Lepá, en las semanas siguientes a la
grabación, el usurpador que nunca falta alambró campos que le pertenecen
a la comunidad, con tan buen criterio que instaló la cerca sobre el
cementerio, donde descansan varias generaciones de mapuche. Siempre que
tienen lugar circunstancias similares, existe un funcionario o varios,
que dan su visto bueno. Y no podía estar ausente el poder espiritual:
una camioneta que el gobierno de la provincia destinó a los lofche de la
zona, fue a parar vaya a saberse cómo, a las manos de un sacerdote
cristiano que para colmo, es extranjero.
*
NO DEJA DE SER UN SÍMBOLO que la mayor parte de Feley se haya registrado
en la antigua sede de la ex Escuela Nacional Nro. 76, el establecimiento
educativo donde aprendieron las pocas letras winka que conocen los más
mayores, en Füta Huau. El modesto edificio y 50 de las hectáreas que hay
a su alrededor, fueron usurpadas en 1981 por otro terrateniente. Los
pichikeche de la comunidad se vieron privados de la escuelita y además,
las 30 familias del lugar vieron como un recién llegado se quedaba
impunemente, con las tierras en donde descansaban los huesos de sus
antepasados. Pasaron 16 años de silencio, de oprobio, de humillación, de
frases hirientes, de inútiles viajes a las ciudades, de entrevistas
infructuosas con los funcionarios, de privaciones y hambre, de trámites
interminables... Pero un día, los que pertenecen a la tierra dijeron
basta.
En abril de 1997, los integrantes de la comunidad con el respaldo de la
Organización Mapuche Tehuelche 11 de Octubre y el apoyo de otras
comunidades, “voltearon” el alambrado que había instalado el usurpador y
resistieron los intentos de la Policía por desalojarlos. Intervino la
Justicia y como siempre sucede en estos casos, lo hizo a favor de los
poderosos: el lonko Agustín Sánchez fue procesado; la papay Florentina
fue procesada; el werken Mauro fue procesado, al igual que otros nueve
hermanos y hermanas. En el colmo de las paradojas, la Justicia argentina
los perseguía por “usurpación”... A ellos, que conocen cada mata de
coirón como la palma de su mano; a ellos, que llevan en sus oídos el
fragor del viento desde que han nacido -ahí, en Füta Huau-; a ellos, que
poseen a los huesos de sus antepasados en la miñche mapu de ese cañadón
tan agreste como digno. Así trata todavía el Estado argentino a los
pueblos que despojó de su territorio.
Pero en algún momento de los ’90, la historia comenzó a escribirse de
otra manera. La perseverancia, la organización y las ganas de retomar la
pelea que quedó trunca, dieron sus frutos. La solidaridad de la sociedad
no mapuche también hizo su parte. En primer término, el gobierno de
Chubut resolvió levantar definitivamente el alambrado del terrateniente.
Después, al advertir su propia incoherencia, el Poder Judicial dejó sin
efecto el procesamiento que había impuesto sobre los peñi y las lamuen
que habían protagonizado la histórica recuperación. Hoy las 150 personas
que conforman la comunidad mapuche de Füta Huau caminan orgullosas sobre
los campos que ocupan desde fines del siglo XIX, cuando sus mayores
llegaron hasta aquí. Inclusive consiguieron que el gobierno de la
provincia los incluyera en un plan de viviendas, que mejoró
sustancialmente su cotidianeidad.
Los grandes problemas continúan, claro. Y persistirán hasta que aquella
reivindicación –Estado multiétnico y plurirracial- logre satisfacción
política a nivel general. Pero de hecho, su historia reciente demuestra
que algo empezó a cambiar, como producto de la recuperación de la
identidad y de las ganas de retomar el desarrollo cultural interrumpido.
Conflictos como los de Füta Huau se multiplican por decenas –quizá por
centenas- en toda el área mapuche sometida por Chile y la Argentina.
Algunas tierras se recuperaron, otras ya se recuperarán. Pero también
era hora de alzar la voz. Llegó el tiempo de hacerla oír para contar la
historia vista desde aquí. Desde los ojos llorosos de Carmen Kalfupan,
la papay que cuando sus lamuen tiraban abajo el alambrado, cantaba el
kona tayül para que los newen les insuflaran la misma convicción que
animó a Leftraru; Kawpolikan; Pelantraru; Kalfükura, Kilapan o
Inakayal...
Leftraru fue el “toki” mapuche que echó a los españoles al norte del Bío
Bío en el siglo XVI. Ajustició a Pedro de Valdivia y sólo sucumbió presa
de la traición, cuando al frente de sus kona marchaba hacia Santiago de
Chile, capital de los intrusos. A su muerte, el mando militar fue
asumido por Kawpolikan, quien continuó la lucha. Pelantraru encabezó el
fuxa malon o gran insurrección de 1598. Destruyó la siete ciudades
españolas que se habían alzado en la actual Araucanía y preparó el
camino al Pacto de Kilin, por el cual en 1641, la corona ibérica
reconoció la independencia del pueblo mapuche al sur del río Bío Bío y
“de oceáno a océano”.
Kalfükura supo poner en jaque al gobierno de Buenos Aires en la segunda
mitad del siglo XIX. Bajo su mandato, la frontera volvió a situarse
sobre el río Salado, la misma que regía en 1810. En más de una ocasión,
su genio militar puso en ridículo al mismísimo Bartolomé Mitre, luego
presidente de los argentinos. Kilapan se preparó para conducir a su
gente en la ruka de Kalfükura. Cuando llegó el momento, retornó a su
hogar, en Gulu Mapu. Allí ordenó la resistencia mapuche ante los
primeros embates que precedieron a la Pacificación de la Araucanía.
Inakayal fue uno de los últimos lonko en rendirse ante las tropas de
Buenos Aires. Lo hizo junto a Sayweke, Foyel y otros, el 1ro. de enero
de 1885. Sus restos descansan en Tecka, provincia del Chubut.
*
DESDE LA MIRADA TODAVÍA INOCENTE pero profunda de Cori y Christian
Antipan, que por nada del mundo se van a privar de agitar las kaskawilla
siempre que se dé la ocasión, siempre que suenen las trutruka y el
kültrün... Desde el silencio enigmático de Margarita Burgos, que guarda
sus secretos en un rincón de la sala que hace las veces de estudio. Ella
también fue procesada por usurpadora, al igual que Florentina Leguiman,
puro orgullo luego de entonar sus ül kantum. Ya dijimos que el tayül es
un canto sagrado que vincula a su intérprete con algún newen de la
naturaleza. En cambio, el ül kantum relata un hecho, una vivencia, una
anécdota. En winkazugun se denominan romanceadas.
En su ruka de Costa del Lepá, Celinda Lefiu había “sacado” todos sus
tayül. Luego, en el edificio de la vieja escuela, Catalina Antilef,
cantó los suyos, en compañía de dos de sus hermanas primero y con todos
los que participaron de la grabación después. Además, Catalina y
Florentina nos regalaron algunas romanceadas. A pesar de los pedidos,
Margarita prefirió continuar en su respetable silencio. En definitiva,
en términos de “géneros”, este trabajo está integrado por tayül y ül
kantum interpretados de diversas maneras y por voces diferentes. Además,
están las gloriosas intervenciones de trutruka del lonko Agustín
Sánchez. También dicen presente sus palabras, sus saludos y hasta el
relato de un pewma.
Pasando en limpio, aquí participa Celinda Lefiu, con la asistencia de
Fermín Ruminahuel, su marido. La pillanküze no pudo con su genio y se
subió a la camioneta para visitar a sus hermanos de Füta Huau y aportar
una vez más, su kimün. Cuando ya salíamos para allá, apareció silenciosa
Amelia Antieco Tlama, también vecina de Costa del Lepá, quien quiso
tomar parte y finalmente, así lo hizo, aunque sumarse significara
alejarse imprevistamente de su hogar por casi 48 horas. Allí, en el
cañadón ventoso, recibieron a todos los visitantes el lonko Agustín, la
pillanküze Catalina Antilef y el joven werken Rubén Antipan, quien está
muy interesado –entre otras materias- en recuperar instrumentos
musicales que a raíz del etnocidio se habían perdido. Entre ellos, ya
rescató al piroloy, una suerte de ocarina de cinco agujeros que es capaz
de multiplicar el sonido de la pfilka . Además de los nombrados,
aportaron en mayor o menor medida Margarita Burgos, Florentina Leguiman,
Rosa Teuque, Enrique Cárcamo, Elba Cárcamo, Elcira Sánchez, Fabián
Machicote, Marisa Manquilef y Silvina Antipan, más Cori y Christian.
El grueso de Feley se llevó a cabo entre el 6 y 7 de abril de 2002
gracias a un equipo digital y unos cuantos micrófonos. Luego, en
diciembre del mismo año, Carmen Calfupan viajó hasta Bariloche con su
siglo a cuestas, para materializar su contribución. Ella vive en Vuelta
del Río, otro rincón de la estepa. Aprovechó el verano para esquivar el
frío patagónico y derramar su kimün a unos pocos pasos del Nahuel Huapi.
En esta ocasión todas las comodidades del estudio estaban a disposición
pero para entonar sus tayül, la papay eligió el aire libre, como debe
ser... Hasta invitó a purrukear (bailar). La masterización arrancó a
partir de mayo y se extendió por casi un año de voluntariado porque como
es habitual en estos casos, el presupuesto ascendió a cero. En el
pequeño estudio que el sello independiente Superpatria poseía por
entonces en el barrio Melipal, nos reuníamos para trabajar el material
desde el punto de vista del sonido y desde la necesidad de hacerlo
digerible para un público a priori, no familiarizado con la cultura
mapuche.
Feley persigue varios objetivos. Con Mauro Millán habíamos empezado a
soñar con él en el invierno de 2001. El werken le trasladó la inquietud
a la gente de Füta Huau, que se mostró complacida: “Hace tiempo que
teníamos ganas de escucharnos”, dijo el lonko. He ahí la primera meta
que surgió espontáneamente por parte de la comunidad involucrada. Para
la gente de la 11 de Octubre, el cometido también es importante en
términos de continuidad cultural: la inmensa mayoría de los intérpretes
de la música que aquí se comparte, peinan canas y se aproximan
inexorablemente hacia el reencuentro con los newen que les dieron
origen. Entonces, es fundamental que tanto tayül pueda conservarse, para
que las jóvenes mapuche que por circunstancias diversas debieron emigrar
a las ciudades y alejarse del conocimiento de sus mayores, puedan
vincularse nuevamente con él y de ser posible, sumarse a su recuperación
y nuevo desarrollo.
Hay un ejemplo muy reciente: en 2001 falleció en Bariloche la legendaria
Rosa Prafil, pillanküze del lofche Anekon Fuxa, a los 117 años. La
anciana atesoraba en su memoria relatos relacionados con la huida
durante la Conquista del Desierto y recordaba una huella indeleble que
había recibido una tía: un sablazo que había acabado con su omóplato.
Cuando empuñaba su kültrün durante los perseverantes kamarikün de su
comunidad –la única que jamás dejó de celebrarlos en la provincia de Río
Negro- doña Rosa era capaz de “sacar” alrededor de cuarenta tayül.
Cuando resultó evidente que sus fuerzas ya no la acompañaban, su nieta
Felisa Curamil se apuró por registrar con un grabador de periodista la
mayor cantidad posible. Logró parcialmente su cometido. Felisa vive en
una ciudad pero se está preparando para suceder a su abuela en el rol de
pillanküze. Quizá, este trabajo sea de utilidad para otras que como
ella, se reconocen como mapuche y sientan ansias de sumarse a la
continuidad de su cultura.
Por otro lado, Feley procura inscribirse en la necesidad mapuche de
recuperar la propia voz. Existen del lado argentino muchos libros que
abordan el “tema indígena” pero salvo honrosas y escasísimas
excepciones, todos ellos coinciden en excluir la perspectiva de los
propios interesados. Así, la trágica -pero también gloriosa- historia
que tuvo como protagonista al pueblo mapuche, fue escrita por los
vencedores. Además, si bien en las últimas décadas el pensamiento
político, histórico, arqueológico y antropológico ha experimentado una
evidente democratización, se continúan repitiendo curiosamente, las
mismas tesis impuestas por las plumas que durante el siglo XIX, se
encargaron de preparar el terreno para el despojo que se avecinaba. El
estereotipo del “indio ladrón, flojo y borracho”, funcional a los
intereses de los invasores, todavía goza de buena salud y por lo menos
hasta el momento, no se conocen intentos significativos por revisar o
contrarrestar ese discurso, por parte de los espíritus más inquietos de
la sociedad no mapuche.
Ni en las grandes ciudades, los medios masivos de comunicación, el
sistema educativo nacional o la actividad cultural, el “tema indígena”
está sustancialmente presente. Por eso, este trabajo procura poner en el
tapete una realidad, busca desterrar una omisión. Cuando los españoles
llegaron a estas tierras vivían aquí veintisiete pueblos y cuando las
Provincias Unidas del Río de la Plata se independizaron, varios aún
mantenían su independencia y libertad, entre ellos el mapuche. Ni
siquiera entre los espíritus más libres, críticos y progresistas de la
Argentina, se tiene cabal conciencia de un hecho irrefutable: la
integridad territorial del país se constituyó pisoteando la existencia
de otros pueblos, distintos al argentino.
Como siempre, hay excepciones. No se trata aquí de rescatar una historia
antigua, de curiosidad intelectual o mero interés antropológico. Se
procura poner de relieve la vigencia de una cultura que está viva y que
además, tiene mucho que ofrecerles a aquellos que han entrado en
contradicción con la alienación espiritual, la preeminencia del lucro,
las sociedades despersonalizadoras y el divorcio con la naturaleza. Un
cultura que como todas, encierra mucha belleza, digna de disfrutarse. Un
cultura que en Feley, entrega una muestra de su condición.
Al momento de poner aquí el punto final, no sabíamos de la existencia de
otra grabación similar a ésta en Puel Mapu. En este caso, los
intérpretes decidieron qué querían grabar y cómo, y también participaron
en la edición final. Sobre todo en Füta Huau, se asumió la sesión de
grabación como un trabajo más en el proceso de la recuperación
identitaria. A pesar de la intervención de la tecnología, se trata de un
disco mapuche que contiene música mapuche. En cambio, sí se conocen
grabaciones precedentes que se efectuaron bajo criterios de registro
antropológico y algunas de ellas, seguramente no contaron con la
autorización consciente de los protagonistas, porque por ejemplo, han
registrado fragmentos de ceremonias sagradas, detalle que ningún mapuche
en su sano juicio hubiera permitido. Ni en Puel Mapu ni en Gulu Mapu.
Cabe insistir en el concepto. Sí existen a ambos lados de la cordillera
productos discográficos lanzados en regla por sellos y algunos de ellos
son de relieve. Están protagonizados por artistas mapuche o de origen
mapuche, que habitan en ciudades o bien han decidido desarrollar una
carrera profesional como músicos. Ese no es por supuesto, el caso del
lonko Agustín o la pillanküze Catalina. Pero es necesario que sus voces
sean escuchadas. Será útil además. No es extraño encontrar en las
disquerías argentinas bateas completas consagradas a la así llamada
“música del mundo” o “world music”. Es posible hallar en ellas los
ritmos de los pigmeos baka, los cantos sagrados de los cherokee o la
exuberancia sonora de los bereber. Y está bien que así sea. También
están disponibles los cruces o fusiones que surgieron cuando los músicos
europeos descubrieron la belleza de la música senegalesa, maliense o
paquistaní. Pero hasta el momento, ese proceso de globalización cultural
ha sido unidireccional, por lo menos si se lo ve desde la Puel Willi
Mapu.
Quizás en algún momento, junto a las obras de los artistas célticos o al
lado de las danzas cheyennes, comiencen a aparecer la música de los
chorotes, los mbyá guaraní, los kom, los chiriguano chané, los tonocoté,
los mapuche... En definitiva, el arte de los pueblos que quedaron
encorsetados contra su voluntad en la jurisdicción argentina. Quizás en
algún momento, cuando se hable de música étnica hecha en la Argentina
–concepto impropio en realidad-, se piense no sólo en el folklore
andino, que han aportado fundamentalmente quechuas, aymaras y kollas.
Sino también en el sonido de los kültrün, las kaskawilla, los ül kantum
y demás rasgos de la música mapuche, en convivencia con las demás
culturas. En ese sentido, nos gusta pensar que Feley es parte de un
comienzo.
*
LOS MAPUCHES DE PUEL WIILI MAPU tienen un epew , que de vez en cuando
aflora en las interminables rondas de mate, mientras se acorta la noche
y el fuego entibia, un poco nomás. En él cuentan que hace mucho tiempo,
sus antepasados eran grandes cazadores. Todavía no había caballos, por
eso los mayores eran incansables caminadores y al momento de echar a
correr, muy veloces. Dicen que antiguamente sólo se cazaba lo que hacía
falta para comer, abrigarse y construir la ruka y que por eso, los
campos estaban repletos de guanacos y de pu choike. Se contaban por
miles los animales pero aquí en la Puel Willi Mapu, había uno que
descollaba, más rápido que el resto, más ágil y aguerrido, más astuto y
mañoso, que siempre gambeteaba al círculo que los kona montaban para la
caza. En una ocasión, los hombres mapuche habían alargado su jornada,
habían hecho caso omiso a su cansancio y estirado la cacería porque el
gran choike se había cruzado en su camino una vez más. El animal
esquivaba sus dardos, correteaba por aquí y de pronto torcía para allá,
se perdía en los cañadones para luego reaparecer en una dirección
imprevista, se iba de la vista de los kona y luego, los sorprendía a sus
espaldas.
Hacía frío ya pero los cazadores no podían sentirlo, todo sudor y
jadeos, dolor en los músculos e impotencia. Oscuros nubarrones
prolongaban la cordillera y el viento arreciaba. Ese atardecer eran
muchos los que se habían reunido para llevar carne, plumas y tendones a
las ruka, numerosos los brazos que blandían sus waiki, los pulmones que
buscaban aire para continuar con la tarea. El ánimo cansado del grupo se
encendió cuando observaron que la silueta del choike legendario se
recostaba hacia el sur, sobre el filo de un promontorio, y dispusieron
cerrar el círculo con la presa al alcance de sus flechas. Llovía ya. La
mitad de la partida rodeó la altura por debajo para cortarle el escape,
los otros se pusieron a tiro.
Entonces, los rayos de Antü se filtraron por un flanco que la tormenta
había dejado desguarnecido y el relmü bajó de la wenu mapu para
finalizar su recorrido en el risco que el choike habitaba. Cuando el
primero de los cazadores tensó su cuerda, el inmenso pájaro aceptó la
ayuda que recibía y se lanzó a corretear por el relmü. Lejos de
amilanarse, el mapuche intentó una última persecución pero el choike
pegó un salto descomunal y siguió gambeteando en la “tierra de arriba”.
Dejó impresa en el cielo la huella de su primer paso, el más decidido,
el más fuerte y profundo. Esa huella es la Cruz del Sur. Desde entonces,
la constelación del choike para los mapuche.
En Füta Huau, la tormenta que se aproximaba desde el oeste no alcanzó a
instalarse sobre la vieja escuela. El viento no fue suficiente para
traerla hasta aquí, tan lejos del mar que la había originado. A unos
kilómetros estaba cayendo la primer nevada del otoño pero entonces, no
lo sabíamos. Dormíamos apiñados sobre el piso de una de las aulas, que
horas antes había servido de sala de grabación, comedor y lugar de
reunión. El frío se colaba por debajo de la puerta. La gelidez se
concentraba en las narices. Me desperté en medio de la noche, incómodo y
en paz. Miré hacia mi izquierda y la wenu mapu estaba limpia de los
nubarrones que al atardecer, habían amenazado la actividad. Las wagelen
se esparcían por todo el recuadro que circunscribía la ventana, el cielo
estaba límpido. Allí estaba la huella del choike, enorme, cercana y
profunda. El recuerdo indeleble del primer paso. Fey kay muten /
Azkintuwe
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