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COMUNIDAD
MAPUCHE EL BARCO |
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En septiembre del año 2004 fue
inaugurada oficialmente por altos ejecutivos de Endesa la Central
Hidroeléctrica Ralko. Gerentes, autoridades, accionistas e
ingenieros brindaron aquel día sobre el imponente muro de 150 metros
emplazado sobre el río Bio-Bio. Como contrapunto, 40 kilómetros
montaña arriba, caminos intransitables y casas enterradas en la
nieve dan cuenta de uno de los capítulos desconocidos de esta
historia. |
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Por
Pedro CAYUQUEO / Azkintuwe Nº10 |
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- Francisco Puelma,
dirigente pehuenche. Foto de Clement Larrase. |
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Llegamos a El Barco
cerca del atardecer, después de sortear los casi 70
kilómetros de montañas que la separan de la pequeña
localidad de Ralko. |
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Condiciones climáticas
extremas en invierno, suelos no aptos para la
ganadería, mucho menos para la agricultura... es la
zona donde Endesa los envió a vivir. |
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“NOSOTROS ANTES TENÍAMOS UNA o dos
hectáreas de tierra allá abajo en Lepoy. Apenas nos alcanzaba para criar
algunas aves, animalitos y hacer huerta... Acá Endesa nos paso veinte
hectáreas promedio. Todos lo vimos como un avance ya que acá podríamos
criar más animales, sembrar y mejorar nuestra situación. Sin embargo,
hoy estamos casi peor que antes. Los animales se nos mueren en invierno,
los mata la nieve cuando se accidentan en las quebradas o se acaba el
pasto y no hay forraje... Ahora los estamos vendiendo casi todos, para
poder comprar mercaderías o para pagar las deudas que tenemos con la
propia Endesa", señala José Millanao, miembro de la comunidad pehuenche
El Barco.
Millanao es uno de los 184 comuneros pehuenche que -a fines de los años
90'- aceptó permutar sus tierras a Endesa-España para posibilitar la
construcción de la Represa Hidroeléctrica Ralko en el Cajón del Alto Bio-Bio.
Nos cuenta que vivía en la comunidad Ralko Lepoy y desde allí se
traslado junto a toda su familia cordillera arriba, hasta el denominado
Fundo El Barco, uno de los dos lugares elegidos por la transnacional
española para trasladar a todas aquellas familias afectadas directa o
indirectamente por el emplazamiento de la central.
"En ese tiempo no pudimos negarnos. La situación estaba mala allá en el
bajo. No había trabajo, no teníamos tierra, animales y Endesa nos
prometió ayudarnos a todos. Un día, antes de permutar, recuerdo que pasó
un bus de Endesa y nos trajeron con mi señora a ver las casas que se
estaban construyendo aquí. Era verano y estaban los maestros meta
pega... se veían bonitas, eran grandes y tenían un fogón. Tiempo después
decidimos cambiarnos y trajimos todo. Quedaba lejos, pero creímos que
valía la pena, al menos las asistentes sociales de la empresa nos
dijeron eso, `que valía la pena´", recuerda Millanao. Sin embargo, le
bastó soportar solo uno de los seis inviernos que llevan en la zona para
darse cuenta que el paraíso prometido bien podría transformarse en un
verdadero infierno. En un verdadero y cruel infierno blanco.
"Acá los inviernos son muy duros, a veces caen dos, tres metros de nieve
y no se puede hacer nada en varios meses porque la nieve lo tapa todo...
Antes Endesa limpiaba con su maquinaria los caminos, pero cada vez
cuesta más para que cumplan. Antes también había una asistente social de
la empresa acá, anotando los problemas que había y tratando de buscar
soluciones. Ahora, como la represa Ralko está terminada, ya ni se
aparece por estos lados... hace tiempo que no sabemos nada de ella, ni
de otros técnicos que nos visitaban. Toda la gente que Endesa traía para
ayudarnos está desapareciendo de a poco de este lugar", nos dice.
*
LLEGAMOS A LA COMUNIDAD El Barco cerca del atardecer, después de sortear
los casi 70 kilómetros de montañas que la separan de la pequeña
localidad de Ralko, antiguo campamento maderero hoy reconvertido en
cabeza municipal y puerta de entrada hacia los imponentes cajones
cordilleranos de los ríos Queuko y Bio-Bio, territorio ancestral de las
comunidades mapuche-pehuenche. Precisamente, desde el poblado de Ralko
iniciamos a tempranas horas nuestro viaje, bordeando en una primera
etapa el lago artificial de la represa Pangue para alcanzar, en poco más
de una hora de zigzagueante trayecto, la comunidad pehuenche Quepuka
Ralko. Otra hora más de viaje y llegamos a la comunidad Ralko Lepoy, la
tierra de las emblemáticas ñanas Nicolasa y Berta Quintremán, las mismas
que por largos años mantuvieron en alto las banderas de la resistencia
contra los planes mercantiles de Endesa.
Hoy, las aguas del lago artificial de la represa Ralko inundan las
tierras donde alguna vez estuvo emplazada la casa de Nicolasa. Berta,
porfiada como un viejo roble, si bien terminó permutando parte de su
propiedad, no aceptó jamás abandonar su casa ubicada a media falda entre
el cerro y el imponente lago. Y allí la encontramos, como siempre,
calentando el agua para el mate en su pequeña e improvisada ruka-fogón y
regañando por igual a los trabajadores de Endesa que pasean sus ruidosos
camiones metros más arriba, a sus perros que insisten, pese a sus duras
advertencias, en calentar sus huesos al lado del fogón y, por cierto, a
nosotros mismos, que poco o casi nada logramos entender de aquellas
palabras en mapudungun con que nos saluda, nos recibe y nos interroga.
"Ustedes debieran hablar su lengua, si son buenos mapuche como dicen que
son... qué diría su maire, su paire si los viera...", nos regaña una y
otra vez la ñaña. Nada que decir. Solo agachar la cabeza y sonreír.
Charlamos casi una hora con ella. En winkazugun, la mayoría del tiempo.
En mapuzugun, el idioma de nuestros padres, cuando la memoria lo
permite. Se nos hace tarde. Optamos por acortar la visita y tras un par
de reponedores mates, nos despedimos para seguir nuestro viaje montaña
arriba, hacia la tierra de los "endesados", como llama despectivamente
la ñaña Berta a todos aquellos pehuenche que a poco de iniciarse el
conflicto, optaron por dejar sus tierras en manos de la empresa. "Ellos
traicionaron su tierra", nos dice enojada. Aun así, nos desea buen viaje
y nos despide con una sonrisa.
Ahora nuestro objetivo es Chenkeko, pequeño caserío de colonos chilenos
que cobija la única escuela internado de la zona y una posta de salud
que funciona una o dos veces a la semana, dependiendo del arribo de
medicinas y del personal de salud provenientes de las ciudades del
valle. Desde este punto comenzamos literalmente a "subir" hacia el
antiguo Fundo El Barco, por un camino en evidente mal estado y que
contrasta marcadamente con nuestros primeros 40 kilómetros de
confortable ruta, diariamente chequeados por los eficientes equipos de
vialidad de la empresa española. A partir de Chenkeko, el estado de la
ruta cambia radicalmente y parte de la explicación -nos confidencia don
Jorge, dueño de uno de los dos únicos almacenes del poblado- es que
montaña arriba ya no hay más represas que a Endesa le interese
construir.
"Por eso la empresa tiene botado este camino. No les interesa
arreglarlo, si allá arriba solo se encuentran araucarias, leones y mucha
nieve", nos señala, obviando a las más de 30 familias pehuenche que por
obra y gracia de Endesa, hoy habitan también en aquellas inhóspitas
latitudes junto a las araucarias, los leones y la nieve de don Jorge. "A
Endesa solo le preocupan sus millones... nada más. Acá dijeron que el
progreso sería para todos, pero ¿qué ha pasado?. Cuando estaban las
obras de Ralko, el negocio andaba, se vendían sus cositas, uno se
salvaba... ahora ya nadie pasa por aquí", regaña en voz alta mientras
empaqueta unos cigarro. Lo dejamos con su rabia. "Tengan cuidado al
conducir, las quebradas son harto engañadoras pa' lla pa arriba", nos
advierte antes de abandonar su local.
Solo nos basta una hora de viaje, entre curvas peligrosas, quebradas e
imponentes desfiladeros, para comprobar la veracidad de su advertencia.
El camino en verdad era un desastre. Quizás por ello, nos sentimos
aliviados cuando cerca de las 6 de la tarde arribamos al sector de El
Barco. Nuestro destino final. En total, casi cuatro horas desde el
poblado de Ralko. Calculamos que unas seis desde Los Ángeles, capital de
la provincia. Nos cuentan que una vieja micro rural recorre esa misma
distancia en cerca de 8 interminables horas. Incluso más, dependiendo de
las condiciones climáticas, caracterizadas en este punto de la
cordillera por las lluvias y las constantes nevazones que vuelven
intransitable y en extremo peligroso algunos puntos claves del camino.
*
CUANDO SE ENTERARON DE LOS beneficios que contemplaba el Plan de
Relocalización de Endesa, algunos pehuenche reconocen que no dudaron en
ningún instante que debían permutar sus tierras. Se trataba -en teoría
de un negocio redondo. Pocas tierras, erosionadas e improductivas a
orillas del Bio-Bio, a cambio de nuevos terrenos, animales, modernas
viviendas, electricidad y una calidad de vida digna de habitantes de los
alpes suizos. Efectivamente, la infraestructura básica prometida por
Endesa dentro del Plan de Relocalización incluía una casa habitación de
66 metros cuadrados, un fogón de 20, una bodega de 70 e incluso un
espacioso corral para los animales. Las parcelas además serían
entregadas cercadas y con instalaciones sanitarias y de agua potable
funcionando. Para esto, la empresa ordenó incluso construir redes de
alimentación que incluyeron 22 kilómetros de tubería, debido a que las
viviendas se encontraban distantes unas de otras.
Adicionalmente, Endesa contempló un sistema de riego en aquellos
sectores donde era posible potenciar la agricultura y que involucraba
220 hectáreas de praderas para las familias. Junto a lo anterior, el
plan incluía además programas culturales y de etnoturismo como nuevos
polos de desarrollo local. Es así como la empresa se comprometió a
implementar a partir del año 2002 un complejo turístico en la laguna El
Barco, hermoso paraje ubicado 10 kilómetros al noreste de la comunidad y
que incluiría zonas de camping, picnic, senderos de trekking,
estacionamientos, baños y agua potable. Todo ello, administrado por los
propios comuneros pehuenche.
Precisamente allí, en el Camping de la laguna El Barco, fue donde
encontramos a uno de los dirigentes de la comunidad, ante quien acudimos
para presentarnos y solicitar su autorización para realizar las
entrevistas. Preparándose para la temporada turística venidera, el peñi
-de quién nos reservamos su identidad- se encontraba junto a otros
pehuenche reparando algunos sitios del camping, destruidos por las
nevazones del último invierno. Si bien el complejo es moderno y cuenta
incluso con oficinas de administración, los avatares de la naturaleza
han sido implacables con su infraestructura y, cada temporada, una
cuadrilla de maestros deben subir a repararlo para soportar la temporada
siguiente.
Nos acercamos hasta el borde de la laguna para charlar. Nos presentamos.
La evidente incomodidad con que nos responde nos hace sospechar que
nuestra visita no es muy bien recibida. Ya nos habían advertido en Ralko
Lepoy que la dirigencia de El Barco podría resultar algo hostil hacia
nuestras preguntas. Su vinculación con Endesa los hace desconfiados y
reacios a las entrevistas, nos dijeron. Un sin fin de rumores cargaban
aun más de pesimismo nuestra misión en la alta cordillera: que los
dirigentes de El Barco no eran tradicionales sino "designados"; que gran
parte de las familias no respetaban ni la cultura ni las tradiciones
mapuche; que varios miembros de la directiva recibían un jugoso sueldo
mensual directamente de la transnacional; etc, etc, etc.
Tras media hora de charla, poco a poco se nos fue aclarando el panorama.
El Barco, efectivamente no era una comunidad común y corriente. Formada
básicamente por las familias que emigraron de Lepoy, su composición y
estructura interna asemejaba mucho más a una junta de vecinos que una
organización tradicional. Aun así, los peñi y lamngen se las habían
arreglado hasta la fecha para mantener vivas tanto su cultura como sus
ceremonias ancestrales. Y si bien sus líderes no resultaron ser
efectivamente octogenarios lonkos tradicionales, sino más bien jóvenes y
locuaces dirigentes, estos eran respetados por las familias. No era para
menos, ya que todos habían sido elegidos en democráticas elecciones.
Ese era el caso del peñi que ahora actuaba como nuestro interlocutor. Su
juventud y capacidad de liderazgo habían sido determinantes para su
nominación en la directiva. También una anterior relación de trabajo y
colaboración con Endesa, como el mismo lo reconoce sin tapujos. Sin
embargo, decía entender que su rol era ser un dirigente pehuenche y no
precisamente un empleado de la transnacional española. Más aun por estos
días, cuando las manifestaciones de descontento y los sentimientos de
haber sido engañados -nos reconoce- se expanden como reguero de pólvora
entre los miembros de la comunidad.
"Yo en lo personal estoy bastante conforme con el trato que hice con
Endesa. Hay gente a quienes les ha ido bien, han progresado en estas
tierras, otros no han aprovechado las oportunidades. Este Camping, por
ejemplo, lo estamos trabajando gracias al apoyo de Endesa y se ha
convertido, poco a poco en un polo de desarrollo importante... Sin
embargo, como le dije, esa es mi opinión personal y eso no importa mucho
cuando uno es dirigente. Hoy, es verdad, gran parte de la gente está
desconforme, hay cosas que Endesa no ha cumplido con la comunidad, los
peñi sienten que la empresa esta preparando su retiro de esta zona y eso
preocupa, a muchos", nos señala mientras un winka observa atento la
conversación desde las oficinas del camping.
El peñi se siente incomodo. Nos pide caminar por la ribera del lago.
Minutos más tarde, ya no quiere seguir hablando. Preguntamos por el
extraño sujeto que nos observa a la distancia. "Es un chofer de Endesa",
nos dice. "El trae la camioneta cuando necesitamos transportar cosas.
Nosotros llamamos y ellos lo envían para ayudarnos", agrega. Fijamos
nuestras miradas en el hombre de Endesa y este, al poco rato, se retira
hacia otro sector, lentamente y visiblemente incómodo. Nos quedamos con
la duda. Y conspiramos. ¿Se trata de un simple chofer o más bien de un
observador de la transnacional?. La conducta asumida por el joven
dirigente nos ahorra a todos la respuesta.
Diplomáticamente, el peñi nos hace saber que deben continuar con los
trabajos, pero que si nos interesa, podemos pasar por su casa más tarde.
"En la noche", precisa. Comprendemos el mensaje, abordamos la camioneta
y nos vamos. Tres horas más tarde, ya de noche e instalados en casa de
una lamngen que ofrece hospedería a trabajadores afuerinos y cazadores,
nos encontramos nuevamente con el dirigente. Esta vez es él quien nos
busca. "Me dijeron que querían entrevistar a algunos peñi de la
comunidad sobre las negociaciones. Vengan conmigo, creo que conozco
algunos que estarían interesados en hablar con ustedes. Síganme". Lo
seguimos.
*
DOMINGO PUELMA FUE UNO de los dirigentes pehuenche que encabezó, en la
segunda mitad de los noventa, el proceso de negociaciones de las
familias que se trasladaron más tarde al fundo El Barco. Le tocó, por
tanto, escuchar de boca de los propios gerentes las promesas de la
transnacional y convencer más tarde a sus hermanos de la conveniencia de
los contratos. Hoy, al igual que su peñi José Millanao, se siente
estafado y, peor aun, responsable de la situación que padecen gran parte
de los miembros de su comunidad. "Yo participé activamente como parte de
las negociaciones, junto al peñi Ricardo Gallina y otros de Lepoy y
Quepuka. Nosotros veíamos que era favorable para nuestra gente permutar
las tierras. Había mucha pobreza, casi ningún futuro para nuestros hijos
en esas tierras y el ofrecimiento de Endesa lo encontramos bueno, todos
lo encontramos bueno, aunque era poco, casi nada, si lo comparamos hoy
con lo que ofrecieron después a las Quintremán. Pero como le decía,
nosotros vimos que era mejor que lo poco y nada que teníamos", señala.
"Sabíamos que estaba lejos, que la tierra no era muy buena y los
inviernos eran duros, pero también veíamos que Endesa iba a construir
buenas casas, que harían nuevos caminos, puentes, que habría locomoción
todos los días, forraje para los animales en invierno... Todo eso decía
la permuta que firmamos y para que le voy a mentir, si a todos nos
pareció que estaba bueno. Además, teníamos la palabra de Endesa, que se
comprometió también a seguir apoyándonos, por 10 años con maquinaria,
proyectos, ayuda en los inviernos. Por 10 años dijeron que nos estarían
apoyando, ellos dijeron que no nos iban a dejar solos acá en El Barco",
agrega.
Aquella promesa de Endesa que hoy recuerda el peñi Domingo, tenía nombre
y apellido. Se denominaba "Plan de Asistencia de Continuidad" y si bien
no era parte oficial de los acuerdos firmados, si constituía un
compromiso público de la empresa que los pehuenche asumieron desde un
comienzo como parte del negocio. En resumidas cuentas, aparte de los
beneficios propios de la relocalización (tierras, animales y casas),
Endesa se comprometía a través de este Plan a seguir apoyando a las
familias que habitaban en las nuevas tierras, al menos hasta que
lograsen la auto sustentabilidad e independencia en la utilización de
los bienes recibidos, plazo que se calculó entonces en 10 años.
Para el logro de lo anterior, Endesa impulsaría dentro de este periodo
de tiempo la ejecución de diversos programas y proyectos en las zonas de
relocalización, a fin de que las familias lograsen un mejor estándar de
desarrollo en sus nuevas tierras, tanto en aspectos agrícolas,
ganaderos, productivos, sociales, educacionales, turísticos, de
inserción territorial, así como aspectos familiares y culturales. Es así
como este Plan -destacado actualmente como una verdadera "joya" en el
sitio web de la transnacional- contemplaba cuatro subprogramas: uno de
desarrollo agrícola, ganadero y forestal; otro de desarrollo social; un
tercero de desarrollo cultural (que incluía la incorporación de la
cultura mapuche a la educación formal escolar); y, finalmente, un cuarto
de desarrollo etnoturístico.
Si bien efectivamente a partir del año 2000 este Plan de Asistencia de
Continuidad comenzó a ser ejecutado por los profesionales de Endesa
-principalmente en la comunidad Ayinmapu, en el ex Fundo El Huachi-, lo
cierto es que fuera del entusiasmo inicial, poco o casi nada es lo que
han logrado sacar del famoso Plan los nuevos habitantes del Fundo El
Barco, según ellos mismos reconocen.
"Algunas cosas se cumplieron en los primeros años. Algunas veces mal,
otras veces a medias, otras veces bien. Nos pedían paciencia cuando
pedíamos proyectos, asistencia y esas cosas. La asistente social siempre
nos decía que todo demoraba su tiempo, que debíamos aprender a esperar.
Sin embargo, el tiempo paso y comenzamos a darnos cuenta de que nos
estaban mintiendo, puro chamullando como se dice. La luz eléctrica, por
ejemplo, que prometieron instalar apenas llegáramos, recién hace dos
años que llegó y ahora a todos nos están cobrando. Y el que no paga,
simplemente se la cortan. Nosotros estamos ahora con velas, con
lamparines a parafina, ya que no hay plata para pagar las cuentas.
Tenemos los postes y los medidores de bonito en nuestras casas y eso es
una burla, una verdadera burla...", nos cuenta Puelma enrabiado.
"Otra cosa es la tierra. Acá nadie es propietario, esto sigue siendo un
fundo, claro que con otro dueño. No hay títulos de propiedad, solo un
comprobante que no tiene validez legal, según nos han dicho en abogados.
Más encima, como han pasado los años, las cosas que Endesa construyó
cuando llegamos ya no sirven. Las casas, por ejemplo, se gotean en
invierno, la madera se está pudriendo porque resultó ser de mala
calidad, los puentes están casi todos a punto de caerse y la micro
funciona solo a veces, dependiendo del tiempo, de la nieve. Nosotros
hemos reclamado esto, pero hoy nos dicen que Endesa no tiene
responsabilidad, porque solo eran un compromiso, que nada de eso aparece
en los documentos firmados", denuncia el ex dirigente.
Y lo peor de todo es que los años pasan, implacables, agrega el peñi
Domingo. "Solo nos quedan un par de años con ayuda, luego la empresa se
irá de la zona y quedaremos solos, abandonados a nuestra suerte aquí en
la cordillera... Ya se están yendo todos, eso estamos viendo acá en la
comunidad. Si ya ni nos visitan, siendo que antes pasaban a cada rato.
Eso nos duele en el alma porque nosotros confiamos en lo que nos dijeron
al permutar, confiamos en sus palabras. Por eso decimos ahora que fuimos
engañados, estafados por esta empresa extranjera que se aprovecho de la
gente pehuenche".
*
DE REGRESO A LA HOSPEDERIA y refugiados de la nieve, más la fuerte
lluvia que nos ha acompañado en todo el viaje, hacemos un recuento. En
teoría y mirándolo desde un plano estrictamente económico, el Plan de
Relocalización de Endesa significaba un buen negocio para los pehuenche.
A no ser por un solo detalle. Bueno, digamos dos: la elevada altura
cordillerana en que estaban ubicados los terrenos y que, según diversos
informes, hacían imposible la permanencia humana por más de cuatro meses
al año, y la poca voluntad de Endesa de cumplir finalmente con lo
pactado con cada una de las familias.
El tema de la altura de los terrenos no era menor. Condiciones
climáticas extremas en invierno, suelos no aptos para la ganadería,
mucho menos para la agricultura y una evidente lejanía de los centros
poblados aconsejaban desde hace mucho tiempo no realizar en El Barco
ningún intento de reasentamiento humano. A escasos 10 kilómetros del
límite con la República Argentina, El Barco siempre había constituido un
territorio hostil para los antiguos pehuenche que solo lo visitaban para
las veranadas. Jamás en invierno. Y no solo para los pehuenche.
Según recordaron los funcionarios de la Sub-agencia de Chenkeko de la
Empresa de Abastecimientos de Zonas Aislada (antigua ECA), las cinco
familias que antiguamente vivían aquí como inquilinas, mientras fue
propiedad privada, debían ser abastecidas durante todo el año por el
dueño del fundo con víveres adquiridos a ellos. Incluso, consta en
documentos que durante el proceso de Reforma Agraria, en la década de
los 70', cuando varios y extensos fundos del Alto Bio-Bio fueron
parcelados y expropiados por el gobierno para asentar campesinos, hubo
solo uno que se salvo del proceso: El Barco, que fue mantenido en
propiedad privada debido a que "carecía de condiciones necesarias para
asentamientos humanos", según recuerdan aun comuneros de la zona.
En los hechos, se trataba de terrenos solo aptos para "veranadas", tal
como lo señalaba de manera categórica un estudio elaborado por Raúl
Molina y Martín Correa para la Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI),
antecesora de la actual Corporación Nacional de Desarrollo Indígena
(CONADI). Dicho estudio, denominado "Las Tierras Pehuenche del Alto Bio-Bio",
es claro en señalar que las tierras del Fundo El Barco constituían
"veranadas", debiendo ser "bajados" sus animales durante el invierno
hacia las partes bajas del sector de Guayalí, "donde los inquilinos del
fundo arrendaban talaje para su mantención".
Sendos informes de organismos gubernamentales alertaban además sobre
esta situación. Es así como el año 1998, en plena etapa de evaluación de
las permutas por parte de la propia CONADI, un informe sobre el plan de
desarrollo productivo de los predios El Huachi, Santa Laura y El Barco,
encargado en agosto de 1998 por el entonces Intendente Martín Zilic,
señalaba textualmente que el fundo estaba "en el límite de la
desertificación" y que "no debería usarse en actividades agropecuarias"
si lo que se buscaba era cautelar la sustentabilidad de la cuenca
hidrográfica a la que pertenecía. La comisión encargada de elaborar el
informe la integraron profesionales de la Seremi de Agricultura, del
Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria de Chillán, INIA-Quilamapu,
del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) y de la Corporación Nacional
Forestal (CONAF).
A diferencia de los sostenido por Endesa, el informe indicaba que el
predio se encontraba en una zona agroecológica muy frágil, señalando
además que la parte del fundo que Endesa había destinado para invernadas
estaba sometido durante gran parte del año a constantes bajas
temperaturas y nevadas. Huelga destacar que los resultados del informe
fueron silenciados por la empresa y solo pudieron ser conocidos por la
opinión pública en octubre de 1998 a través de una denuncia del diputado
de la Bancada Verde, Alejandro Navarro (PS). Sin embargo, el poderoso
lobby de Endesa fue más fuerte y rápidamente todas estas observaciones
quedaron en el olvido. Ni al gobierno de Eduardo Frei, dicho sea de paso
uno de los beneficiados por el holding español, ni a los propios
pehuenche, maravillados por una "mejora" de última hora en la oferta de
permuta de Endesa, les interesaba por aquellos días arruinar el negocio.
Pero el informe de este comité técnico no fue el único documento sobre
su intervención en el Alto Bio-Bio que Endesa intentó mantener en
reserva. En mayo de 1995, producto de las críticas de grupos ecologistas
a la Fundación Pehuén -creada por Endesa para ayudar en teoría a los
pehuenche afectados por la central Pangue-, la Corporación Financiera
Internacional (IFC), entidad encargada de financiar esa central,
contrató al antropólogo Theadore Downing para que evaluara el
funcionamiento de la fundación. El acuerdo incluía informar los
resultados a todas las partes involucradas, incluidos los pehuenche.
Downing viajó a Chile en octubre de 1995 y en mayo del año siguiente
entregó su informe, el cual jamás llegó a manos de los pehuenche ni
menos a la opinión pública. Endesa lo rechazó y amenazó a la IFC y al
antropólogo con demandarlos si lo hacían público. De acuerdo a la
Asociación Americana de Antropología, entidad a la cual Downing elevó
los antecedentes para su investigación, "la entrega del informe hubiera
perjudicado los esfuerzos de Endesa para que se aprobara Ralko".
Recién en diciembre de 1997, cuando ya la Comisión Nacional del Medio
Ambiente había aprobado con condiciones la construcción de Ralko, se
autorizó a Downing a entregar su informe. Nadie ajeno a Endesa supo
antes de su existencia, asegura hoy el diputado Alejandro Navarro, quien
sostiene que tampoco se conoció el informe elaborado por el ecólogo Jay
Hair, por petición del Banco Mundial, en mayo de 1997. Hair habría
llegado a las mismas conclusiones que Downing, según consta en el
informe final de la Asociación Americana de Antropología.
*
ORIGINALMENTE, EL FUNDO EL Barco fue propuesto por Endesa como medida de
mitigación ecológica por la pérdida de unas 3.000 hectáreas de bosque
nativo que quedarían bajo inundación o serían afectadas por las obras
del megaproyecto. Para tal efecto, la empresa planteó un esquema de
manejo similar y complementario al de la Reserva Nacional Ralko. Sin
embargo, con el transcurso del tiempo, Endesa cambió su postura y
abiertamente presentó el Fundo El Barco como espacio para la
relocalización de las familias pehuenche afectadas por la inundación de
sus tierras.
"Endesa sabía que estas tierras no eran aptas para vivir y nosotros de
alguna forma también lo sabíamos. Pero confiamos en los apoyos que nos
prometieron para el futuro, en los proyectos, en su Plan de Asistencia.
Nosotros, creo yo, fuimos ingenuos y no supimos negociar... nos faltó
asesoría, apoyo, saber más de estas cosas. Imagínese, muchos de quienes
viven aquí son gente que no sabe leer, escribir... y ellos llegaban con
abogados, antropólogos, psicólogos, con un regimiento de gente para
convencernos de permutar. "Van a tener progreso", nos decían. "Piensen
en sus hijos". Ese era el discurso que traían. Yo me pregunto, adónde
están ahora todos ellos... no están... nos dejaron solos", concluye el
peñi Domingo.
Un discurso recurrente en nuestro viaje. La pobreza, el analfabetismo,
la ausencia de oportunidades laborales en la zona del Cajón del Bio Bio,
habrían llevado a muchas familias a tomar la difícil decisión de
abandonar sus tierras familiares y trasladarse hasta El Barco.
¿Traidores? ¿vendidos? ¿aliados de la transnacional española? Preguntas
difíciles y cuyas respuestas pudieran tener múltiples interpretaciones.
Más aún al constatar que para gran parte de ellos, era el Estado chileno
junto a sus instituciones y no precisamente un holding empresarial
español, quién les estaba ofreciendo su ayuda, asistencia y cooperación.
"Mal que mal, junto a los funcionarios de Endesa, también llegaba gente
de la CONADI, mapuches como nosotros, para convencernos", nos recuerda
el peñi Puelma.
Actualmente, la comunidad El Barco cuenta con una superficie total de
19.270 hectáreas, de las cuales menos de mil corresponden a terrenos
aptos para algún tipo de actividad económica de subsistencia. Son 32 las
familias que mal viven en estos inhóspitos parajes. A ellos se suman
otras 34 familias que actualmente habitan el fundo El Huachi y que
conforman la comunidad Ayinmapu, en las cercanías de la localidad de
Santa Bárbara y quienes deben lidiar hoy con la cesantía y una
progresiva pérdida de sus valores culturales. Son los modernos
refugiados de Endesa, aquellos que no estuvieron presentes en los
discursos del pasado 27 de septiembre, sobre el muro de la flamante
central hidroeléctrica Ralko / Azkintuwe
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