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Defender la estatua de Roca es no
tener el más mínimo de conciencia democrática. Más todavía que ese
monumento fue levantado en la Década Infame, la del “fraude
patriótico”, término argentino que el mundo entero es incapaz de
comprender. Los hombres de la Década Infame “hicieron la tarea”.
Picana eléctrica, fusilamientos, los famosos negociados. |
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Por Osvaldo BAYER*
I
Periódico
Azkintuwe |
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Es un insulto para los
patriotas de Mayo y de la Asamblea del año XIII que
ese monumento esté allí. Hay que quitarla en homenaje
a la Etica y a los miles de argentinos que lucharon
contra las dictaduras. |
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Es vergonzoso para los
porteños que apenas una callejuela de 300 metros lleve
el nombre de Túpac Amaru, este mártir de la Libertad.
Hay que leer sus proclamas, escritas apenas 21 años
antes que los patriotas del Mayo argentino. |
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Bueno,
queridos lectores, algo se está moviendo en nuestra Legislatura
capitalina. Después de tres años de haber presentado el proyecto del
traslado del monumento a Roca, al parecer muy pronto se debatirá el
mismo. Esperamos que, como es costumbre, se escuchen las opiniones
históricas de las partes. A mí me gustaría participar del debate
informativo previo donde se invita a escuchar opiniones de los que saben
del tema. La Legislatura tiene un salón magnífico para información
previa al debate: el salón Montevideo. Allí, antes de la sesión sería
muy bueno que los legisladores escucharan los argumentos de quienes van
a probar el genocidio de Roca y los de aquellos que dicen que Roca
“trajo el progreso”.
Ojalá se haga esa discusión previa y
que se le permita concurrir al público, en especial, a estudiantes de
historia. A mí, en especial me gustaría mantener un debate con Mariano
Grondona. Quien ya –-evidentemente enterado del próximo tratamiento del
tema en la Legislatura– da un cuadro idílico del general Roca en La
Nación del domingo pasado. Allí dice: “El general Roca, que fue el
símbolo más notorio de ese proceso extraordinario, legó a sus familiares
tres estancias: La Larga, La Paz y La Argentina. La larga paz argentina.
Era el nombre mismo de una república próspera, casi centenaria, que
nunca confundió continuismo con continuidad”.
Qué idílica es la Argentina roquista para Grondona. Qué generoso su
general, Mariano. Tres estancias a sus familiares. Acerca de lo que él
titula “ese proceso extraordinario” del roquismo lo describe cómo “nos
hizo pasar de la pobreza y el desierto a un ingreso por habitante sólo
superado por seis naciones del planeta”. Lo que no dice Grondona es que
eso que él llama desierto estaba habitado por los pueblos originarios.
Lo que tampoco dice es de los fusilamientos ordenados por Roca de
ranqueles y que denuncia su mismo diario La Nación; lo que no dice
Grondona es que Roca reimplantó la esclavitud “repartiendo” indios entre
sus amigos azucareros del Tucumán y en la isla Martín García, y también
a las mujeres y los niños indígenas –a quien Roca llamaba “la chusma”–
como sirvientas y mandaderos traicionando los principios de la Asamblea
del año XIII que había eliminado la esclavitud, y que Roca desvirtuaba
así para siempre la bella estrofa del Himno Nacional de “ved en trono a
la noble igualdad”.
Lo que no dice Grondona tampoco es
que Roca manda aprobar la ley de residencia, la más cruel e injusta
disposición de la legislación argentina, la ley 4144, por la cual se
expulsaba a todo extranjero que cultivara “ideologías contrarias al ser
nacional”. Que no significaba otra cosa que: ojo, no meterse en la lucha
obrera por las ocho horas de trabajo. Pero lo más trágico del caso era
que por esa ley se expulsaba sólo al hombre y aquí quedaban su mujer y
sus hijos, sin manutención. Pícaro el benefactor grondoniano, porque
así, la mujer del inmigrante le decía a su marido: “No te metas en el
gremialismo, porque te van a expulsar y me voy a quedar sin nada para
dar de comer a nuestros hijitos”. Además Roca es el autor de la
represión del 1º de mayo de 1904, donde va a caer bajo las balas de la
policía el primer mártir del Día de los Trabajadores en la Argentina, el
marinero Juan Ocampo, de apenas 18 años. Pero para Mariano Grondona vale
para Roca lo que para sus estancias cercanas a Magdala: “La larga paz
argentina”. ¿Cómo es posible tergiversar la verdad histórica así? Claro,
Grondona debe estar agradecido a Roca que quitó esas tierras de Magdala
a los pacíficos ranqueles, tierras con las cuales –lo dijo el propio
Sarmiento– hizo Roca negociados increíbles junto con su hermano Ataliva
Roca haciendo popular el verbo “atalivar” que quería decir coimear.
La afilada pluma de José Pablo Feinmann acaba de dejar al desnudo las
relaciones fraterno-literarias de Grondona nada menos que con López
Rega, el más bestial de los asesinos civiles del país argentino. Claro,
porque si Grondona interpreta así la figura de Roca, por qué no le va a
dar el mismo valor a López Rega. Uno mató “solamente” a indios y el otro
a zurdos. Para el caso, es lo mismo. “Hay hombres cuyo destino es hacer
la tarea.” Es la frase de Grondona para justificar a López Rega.
Magistralmente citada por Feinmann en esta contratapa del domingo
último.
Defender la estatua de Roca es no tener el más mínimo de conciencia
democrática. Más todavía que ese monumento fue levantado en la Década
Infame, la del “fraude patriótico”, término argentino que el mundo
entero es incapaz de comprender. Los hombres de la Década Infame
“hicieron la tarea”. Picana eléctrica, fusilamientos, los famosos
negociados. Y el monumento a Roca, inspirado por su hijo, Julio
Argentino Roca, el del pacto Roca-Runciman que fue vicepresidente de la
Década Infame. En la inauguración del Roca en bronce estuvieron todos,
entre ellos Patrón Costas –el famoso terrateniente salteño–, el
almirante Domec García –fundador nada menos que de la ultraderechista
Liga Patriótica Argentina, la del primer pogrom en la Argentina, en la
Semana Trágica–. Así nació la estatua más grande de Buenos Aires.
Es un insulto para los patriotas de Mayo y de la Asamblea del año XIII
que ese monumento esté allí. Hay que quitarla en homenaje a la Etica y a
los miles de argentinos que lucharon contra las dictaduras militares.
Hemos pedido a la Legislatura porteña que en vez del genocida uniformado
se levante un monumento a quienes verdaderamente lo merecen: a la mujer
de los pueblos originarios, quien en su vientre dio vida a la estirpe
criolla, y enfrente, mirándose, a la mujer inmigrante, la que también en
su cuerpo dio vida a los que poblarían estas distancias. Ellas fueron
las verdaderas heroínas de la vida argentina. Trajeron vida y no muerte.
Mientras tanto, llegan noticias que nos dicen bien que los pueblos no se
rinden y luchan por la verdad. La calle Roca, de Santa Rosa de La Pampa,
apareció con sus carteles indicadores tachados. El nombre de Roca fue
reemplazado por el de “Pueblos originarios”. Un ejemplo. Y en la Plaza
Virreyes de esta capital porteña, el sábado pasado se hizo un verdadero
festival de música y de historia, con participación de docentes y
alumnos de escuelas, de pueblos originarios y de gente típica del barrio
Flores sur. Pidieron que se acabe con el oprobio de que esa plaza sigue
llevando el nombre de Virreyes, puesto por la dictadura de la
desaparición de personas, en 1976, y pase a llevar el nombre de quien se
adelantara a luchar por la libertad de América: Túpac Amaru, que por eso
sufrió la más horrible de las ejecuciones por parte de los españoles.
Justamente la plaza hoy honorifica a quienes administraron la esclavitud
de estos pueblos y se llevaron sus riquezas a Europa.
Es vergonzoso para los porteños que
apenas una callejuela de 300 metros lleve el nombre de Túpac Amaru, este
mártir de la Libertad. Hay que leer sus proclamas, escritas apenas 21
años antes que los patriotas del Mayo argentino, y que poseen el mismo
contenido. Es tan perverso el conservadurismo idiota de quienes se creen
dueños de nuestra historia que en Buenos Aires existe una calle llamada
Corregidores, justo el nombre de los esclavistas españoles que
administraban la mita y el yanaconazgo, las formas más brutales de la
esclavitud a que fueron sometidos nuestros pueblos originarios por la
conquista ibérica y católica.
Veremos pues si se produce lo que se me ha anunciado, el gran debate
sobre Roca en nuestra Legislatura. Debate y no destrucción. Porque hemos
pedido que el monumento a Roca no se destruya sino que sea trasladado a
su estancia La Larga, hoy de los Alvear, sus bisnietos. Y también, poco
a poco, se trasladen allí los otros 36 monumentos que existen en la
Argentina del genocida de los pueblos originarios. Salvo que Mariano
Grondona quiera tener algunos de ellos en sus estancias cercanas a
Magdala, en las tierras que pertenecían a los pacíficos ranqueles, que
se lo merece /
Azkintuwe
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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