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 BENEDICTO XVI


Un Papa de la Edad Media


Decir que para el mundo indígena las palabras del Papa Benedicto XVI fueron sorprendentes, es poco. Muchos católicos vieron incluso con estupor como su mayor líder mundial borraba en unos segundos y de un plumazo toda la negra historia de evangelización forzada acontecida en el continente. Es poco probable que algún estado de Latinoamérica proteste ante el Vaticano por sus dichos. De allí tal vez el descaro.


Por Wladimir PAINEMAL* / Jueves 24 de Mayo de 2007

 

 

 


 - Papa Benedicto XVI. Foto de Agencias.

 

(+) Informe El Mundo Indígena 2007


Benedicto XVI es poseedor de la más completa formación intelectual que el dinero Vaticano puede pagar en academias repartidas por Europa.

Es poco probable que alguna República de Latinoamérica proteste ante el Vaticano por sus dichos. Benedicto XVI lo sabe. De allí el descaro.


Escuchar a Benedicto XVI referirse a la conquista del continente y al rol de la Iglesia Católica en dicho proceso fue un impacto no solo por la connotación teológica de sus dichos, sino además porque pretenden borrar de nuestra memoria colectiva un pasado plagado de persecución y muerte, incluso la historia reciente de nuestros padres y abuelos. ¿O es que acaso soñaron ellos algún día estar arrodillados en salas de clases, aprendiendo a fuerza de sangre y dolor los salmos católicos de la salvación eterna? Puede que hayan sido buenos pewmatufe, más dudo que hayan concebido tal horrenda pesadilla.

El Papa señaló en Brasil que "el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña". Agregó muy suelto de cuerpo que "Cristo era el Salvador que anhelaban (los indígenas de América) silenciosamente". Estas lamentables afirmaciones me hicieron recordar un texto que analizaba la mentalidad de los conquistadores del siglo XVI en nuestro continente. Bueno sería recordar, aunque fuera brevemente, algunos pasajes de aquellos documentos escritos por importantes ideólogos del cristianismo colonial.

Juan Ginés de Sepúlveda, en su "Tratado sobre Las Justas Causas de la Guerra", (Citado en Lipchutz, 1967, plantea que para avanzar en el proceso de imposición cultural se deben usar todos los medios disponibles. "A la doctrina y los consejos conviene añadir las amenazas y que se infunda el terror, para que se aparten (los indígenas) de los vicios y del culto de los ídolos", aconsejaba el erudito. Han transcurrido varios siglos, pero esta idea de separar a los pueblos indígenas del culto a sus ídolos no suena muy diferente de lo planteado por el Papa en Brasil. "La utopía de devolver la vida a las religiones precolombinas, separándoles de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso sino una regresión", advirtió.

Si algo queda en evidencia releyendo a Ginés de Sepúlveda es la poca evolución de la Curia Vaticana respecto de la realidad indígena. "Afirmo que los bárbaros pueden ser sometidos a nuestro dominio con el mismo derecho con el que pueden ser compelidos a oír el evangelio (...) ¿y cómo han de predicar a estos bárbaros...si previamente no se ha sojuzgado a ellos?", interpela. Sabemos de sobra lo que significó ese "sojuzgamiento", pues supuso un impacto fatal en todas las sociedades precolombinas que habitaban un continente plagado de lenguas y colores, denominado Abya Yala según la rica sabiduría de la civilización maya. 65 millones de "sojuzgados", estiman los cálculos más conservadores.

"¿Qué mayor beneficio y ventaja saludable puede acaecer a estos bárbaros que el quedar sometidos al imperio de quienes con su prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros y apenas hombres, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo; de viciosos en honrados y probos; de impíos y siervos de los demonios, en cristianos y adoradores del verdadero dios y de la verdadera religión?", prosigue Ginés de Sepúlveda. Razonamientos similares son usados hoy por los halcones de la guerra de la administración Bush para exportar su particular democracia a Medio Oriente. Los nazis fueron más lejos, es cierto. Convencidos de ser los elegidos, simplemente programaron eliminar al resto. El Vaticano al menos intentó convencer, solo después asesinó.

Otro testimonio elocuente es aquel de Sierra de Leguízamo, datado en el año 1589. Su relato es una confesión de los horrores de los cuales se ve arrepentido posteriormente. Su carta dirigida a "su majestad Católica" retrata sin poesía el rol cumplido por la Iglesia en el holocausto indígena perpetrado en América. Dice respecto de los Inkas y la caída de su vasto Imperio: "Y que como...para poderlos sujetar y oprimir al servicio de Dios nuestro Señor y quitarles sus tierras y ponerlas debajo de la Real Corona, fue necesario quitarles totalmente el poder y mando de los bienes como se los quitamos, a fuerzas de las armas". Suponer que el Papa desconoce los antecedentes de este proceso de conquista colonial es simplemente pecar de ingenuidad.

Benedicto XVI es poseedor de la más completa formación intelectual que el dinero Vaticano puede pagar en academias teológicas repartidas por toda Europa. Estudioso de la realidad mundial, conoce como la palma de su mano los procesos de conquista colonial que han caracterizado los últimos 500 años. En su condición de académico le correspondió estudiar el horror provocado por los progroms religiosos en tiempos de la "Santa Inquisición". Y en su condición de alemán, vivió en carne propia toda la paranoia asesina del nazismo, ideología con la cual niega hoy haber comulgado en su adolescencia, pese a diversos antecedentes que probarían exactamente lo contrario.

No es posible relativizar sus dichos apelando a su desconocimiento de la realidad Latinoamericana. Joseph Ratzinger es quizás el cardenal con mayor rango intelectual -lo que sabemos no garantiza de por si nada en absoluto- que se haya logrado sentar en el "Sillón de Pedro". Y también un fiel representante del más recalcitrante catolicismo aun vigente y en proceso de expansión. Sus anteriores dichos respecto del Islam -religión no menos polémica que la católica y a la cual calificó como "intrínsecamente perversa"- ya habían incomodado a cientos de millones de personas y generado violentas protestas en Asia y el norte de África. Entonces el revuelo se hizo diplomático y, urbi et orbi, no le quedó más remedio que retractarse olímpicamente.

¿Podemos esperar lo mismo en esta ocasión? Sabido es que más allá de su simbólica y grandilocuente denominación como representante de Dios en la Tierra -cosa que no discutiré con ningún creyente-, Benedicto XVI es ante todo un jefe de estado, un gobernante atado a fin de cuentas a las terrenales reglas de la diplomacia mundial, las mismas que invocaron formalmente numerosos estados musulmanes -e incluso laicos- para lograr su inesperada reculada pontificia del 2006. Es poco probable que alguna República de Latinoamérica proteste ante el Vaticano por sus dichos. Benedicto XVI lo sabe, pues encabeza un estado si bien pequeño en superficie, extremadamente rico en recursos y tremendamente influyente en la región. De allí tal vez el descaro / Azkintuwe

* Antropólogo, Subdirector de Azkintuwe.

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