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No mandemos los garrotes de la Gendarmería para solucionar problemas sociales. Aprendamos de nuestros niños. Contra el hambre y la miseria vienen marchando desde Misiones. Y llegarán a Buenos Aires el viernes que viene, a las 15 a Plaza de Mayo. Allí estaremos todos esperándolos. Llevan adelante el lema: “Ni un pibe menos, el hambre es un crimen”. Una sociedad que se precie de decir que constituimos una democracia no puede seguir permitiendo que el cincuenta por ciento de nuestros niños esté viviendo bajo el nivel de pobreza.
Cuántas veces lo seguiremos diciendo.
Si es necesario lo repetiremos en cada una de nuestras contratapas. Que
nuestros campos “ubérrimos”, como los calificaron tantos poetas, no sean
capaces de alimentar a nuestros niños, no tiene disculpas. Que no haya
las suficientes espigas de oro para elevarlos a la categoría de niños
sanos, no tiene disculpas. Si revolvemos las cifras estadísticas que nos
hablan de los niños anémicos y los que mueren diariamente porque viven
en la miseria, tenemos la obligación de mirarnos al espejo. Obligación
de cada ciudadano.
El papa Ratzinger, en vez de
preocuparse tanto por el aborto tendría que hablar del hambre infantil.
No enseñarle al ser humano a rezar al Altísimo, sino aconsejarle de
salir a la calle con la sagrada palabra de la protesta contra la
injusticia. La verdadera religión tendría que ser la que nos enseña la
equidad, el derecho de todos a la vida. Enseñar el no al eructo del
festín de los del poder efectivo y el sí a los ojos de alegría de los
niños cuando se les entrega todos los días el pan fresco del derecho de
vivir. Por eso esperaremos el viernes a los niños misioneros organizados
por Pelota de Trapo, en la que está el espíritu amplio y generoso de
Alberto Morlachetti, el hombre de la mano y el espíritu abierto para
quienes sí tienen el alma blanca, pero el estómago con el vacío que
crean los injustos. Todo lo decía don Atahualpa con su guitarra, nunca guardó silencio. Y en las palabras con que, en ese acto, expresé mi admiración por el poeta de los cerros y el silencio recordé algo que la historia oficial ha callado. Que don Atahualpa sufrió prisión por decir la verdad y construir la protesta. Fue cuando expresó con toda la fuerza de su genio la demanda por la humillación que habían sufrido los kollas jujeños cuando en 1946 hicieron el llamado “Malón de la paz”, desde el norte de Jujuy hasta Buenos Aires en una numerosa columna que atravesó todo el territorio de la República hasta llegar a Buenos Aires. En la Plaza de Mayo los recibió Perón, pero pocas horas después se los llevó al Hotel de Inmigrantes –terrible ironía, a quienes vivían desde siglos atrás en tierra americana, en Buenos Aires, se los hospedó en ese lugar para extranjeros recién llegados– y sin pausa alguna se los desalojó días después de allí, se los cargó por la fuerza con la policía y la marina de guerra, se los metió en vagones de carga y fueron obligados a volver a su tierra de origen sin ver cumplido su sueño de que se les devolvieran las tierras para que la comunidad las trabajara. Todos los detalles de este comportamiento vergonzoso de las autoridades de esa época están reflejados en el libro "Los indios invisibles del Malón de la Paz"de Marcelo Valko, que acaba de publicar la editorial de las Madres de Plaza de Mayo. Ahí está la carta que les escribió Atahualpa Yupanqui a los maltratados kollas. Ahí les dice: “Hermano Kolla: te lo advertí, hermano Kolla. Recuerdas que te hablé de Condorcanqui, de Katari, de Pillipico? Ellos también como tú, se echaron el sol al hombro y caminaron senderos del Ande hasta las Pampas desiertas, con la ilusión que la vida prende en los seres humildes que creen que aquellos que viven bien piensan y sienten bien. Te vi pasar por los caminos del Tucumán, saludé tu esfuerzo con mi mayor alarido. Nuestros ponchos conversaron sobre cosas comunes. El mío, rojo y azul dijo las cosas del sueño alto y de la copla libre. El tuyo, castaño y pardo como tu vida y como la tierra que el rigor aconseja al corazón que sabe esperar siglos la aurora que libera de las sombras”.
Y más adelante le señala: “Tú, indio
del Ande, mestizo de la Puna, huésped de Buenos Aires, fuiste echado a
patadas. Roto quedó tu erkencho. Destrozado tu bombo. Con las hilachas
de tu pobre poncho enjugaste tu llanto. Tu llanto, hermano kolla. ¡Cómo
me duele tu llanto que es el mío y el de todos los que animamos nuestro
corazón para mostrar la injusticia de tu voz! Ahora marcharás camino del
regreso, que son para tu pueblo caminos de derrota. Allá conversarás,
superada tu angustia, con tono más altivo. ¡Supay Huarkanka Huachaska!”
Por publicar esa carta, Atahualpa Yupanqui fue detenido y pasó seis
meses a disposición del Poder Ejecutivo en la cárcel de Devoto. ¿Cómo se
puede enviar a la cárcel a un cantor del pueblo por defender a sus
hermanos de sangre? Después de la cárcel, Atahualpa marchó al exilio. Sabemos que esos honores se lo dieron quienes se beneficiaron con las tierras ocupadas por el ejército de ese general. Y el ejemplo de la dignidad va cundiendo. Honor a la comisión municipal de la localidad de El Huecú, en Neuquén, que acaba de quitar el nombre de Roca a su avenida principal. De haber vivido don Atahualpa, hoy mismo hubiera viajado hasta El Huecú y en una esquina de la avenida recién bautizada con un nombre digno hubiera templado su guitarra y entonado Caminito del indio / Azkintuwe
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