|
|
-
|
|
MÓNICA QUEZADA, MADRE DE
MATIAS CATRILEO |
|
“Una cosa es tener ideas radicales y
otra ser terrorista” |
|
|
“Cada día
duele más no poder abrazarlo”. Mónica cree que “parte” de
su alma ha viajado con Matías y le ruega “humildemente a
la madre naturaleza” que le ayude a escucharlo “con el
corazón”. Siente que lo amará “eternamente” y que mientras
esté viva no dejará de “buscar Justicia”. Es lo que le
juró a su hijo asesinado por un carabinero la última vez
que lo abrazó. |
|
|
Por
Victoria MORALES*
I
Martes 25 de Marzo de 2008 |
|
|
|
Mónica Quezada, madre de
Matias. |
|
|
Foto de Victor Gavilan. |
|
Párrafos |
|
Mónica
hace talleres de Tai Chi, es titulada de Estadística en la
Universidad Católica y trabajó 11 años en el Diario
“Estrategia”, en su profesión, hasta que se cansó y “se
cansaron” de ella. Ya cesante “pero conforme”, hizo intentos
de trabajo independiente en venta de vestuario, también se
separó, se acercó a la bioenergética. |
|
Reconoce
que a veces le viene la rabia y entonces intenta aceptar lo
que siente “sabiendo que es manifestación de la pena… y duele,
duele mucho”. Cree que Matías no quería morir porque siempre
fue una persona positiva, “además estaba enamorado de Rayen y
el amor hace ¡tan bien! ¡No, definitivamente, no quería
morir!”. |
|
WALLMAPU /
El crimen contra Matías Catrileo Quezada lo cometió el cabo de
Carabineros Walter Ramírez, en un fundo en la comunidad de Vilcún, a
unos 30 kilómetros al este de la ciudad de Temuco (Región de la
Araucanía) el jueves 3 de enero de 2008. En la madrugada, Matías, de 23
años, estudiante de Agronomía de la Universidad de la Frontera, había
entrado a un fundo con un grupo de 30 comuneros mapuche para una
ocupación pacífica pues esos terrenos son demandados como ancestrales
por la comunidad Lleupeko.
El fundo, al que los
winka llaman “Santa Margarita”, pertenece, según las leyes de propiedad
del Estado chileno al particular Jorge Luchsinger. El terrateniente
mantiene constantemente, en lo que define como “su fundo”, vigilancia,
tanto privada como de carabineros. Esa madrugada un Grupo de Operaciones
Policiales Especiales (GOPE) de Carabineros de Chile atacó a los
comuneros disparándoles con subametralladoras a pesar de que, de acuerdo
a los relatos extraoficiales, los mapuche estaban desarmados. El
carabinero que asesinó a Matías, portaba una subametralladora UZI,
cargada con proyectiles de guerra, y le disparó por la espalda. Los peñi
de Catrileo, en medio de los disparos, tomaron su cadáver y lo
escondieron para evitar que las fuerzas represivas alteraran las
evidencias del crimen.
Sabiendo como actúa
una policía que tiene historial de dictadura, los comuneros se
comunicaron con una radio de cobertura nacional, la Bío Bío, que
transmitió en directo lo que sucedía. Chile entero supo del alevoso
crimen esa misma mañana y la policía no pudo trastocar las evidencias.
Lo que sí pudo la “justicia” militar fue liberar muy pronto al
carabinero: por votación unánime, los jueces de la Corte Marcial
concedieron el 31 de enero, la libertad a Walter Ramírez, quien no
alcanzó a estar ni un mes en la cárcel.
Rebelde
y crítico
Los orígenes de la
familia Catrileo se remontan a 1879 cuando se sabe que nació Valentín
Catrileo Catrileo, bisabuelo de Matías en la zona de Coltauco (Sexta
región), el rastro se pierde y algunos de los Catrileo que vinieron
después, se exiliaron a Santiago como tantos otros mapuche despojados de
tierras, buscando trabajo. El padre de Matías, Mario, es urbano y
estudió en la universidad de la capital, allí conoció a Mónica Quezada
en los años 80, plena dictadura militar.
- ¿Ustedes en
ese tiempo tenían conciencia del racismo, de los orígenes?
No, dado la lejanía
con esos orígenes, nunca fue un tema. Mario dice que no sintió que fuese
discriminado por su apellido. Luego cuando nació Matías y la Cata
–Catalina, la hermana menor de Matías- tampoco. Lo que sí hablábamos era
de lo social, siempre nos conmovieron las injusticias, recordábamos la
lucha contra la dictadura. Nosotros protestamos contra Pinochet,
anduvimos en La Legua arrancando de los pacos, en los apagones y las
barricadas, y cuando ya nacieron los hijos, no quisimos otra cosa que
colegios que asumieran que los Derechos Humanos existen y deben ser
respetados. Matías y la Cata asistieron a espacios críticos y
cuestionadores en la enseñanza básica. Matías se hizo antisistémico,
pasó por un periodo punki y anduvo en casas okupa. Nosotros lo
mirábamos, y era un verdadero artista con su vestimenta: allá donde los
otros andaban medio producidos, él se producía totalmente, hacía su ropa
con un inusual esmero y dedicación, como todo lo que llevaba a cabo.
- ¿En la adolescencia ya hablaba de lo mapuche?
Sí. En la Enseñanza
Media decidió estudiar Mapuzungun y comenzó a leer muchísima Historia.
Antes de irse al servicio militar, a los 18 años, ya hablaba a sus
amigos punkies del pueblo mapuche. Ellos nos han contado cómo trataba de
crear conciencia sobre la lucha del pueblo mapuche… El tenía la
capacidad de estar en lugares diversos, con gente distinta y ser
querido. Hizo opciones también, un día por ejemplo, decidió no entrar
nunca más a un shopping. Decidió irse al servicio militar y fue
sorprendente que este chiquillo rebelde optara por eso, pero incluso
allá fue querido por sus superiores. Con el tiempo, claro, comenzó a
rebelarse y al final ya pasaba mucho tiempo castigado por insurrecto.
Ahí, en algún momento le dije que sentía, que la cosa se le iba a poner
color de hormiga, y parece que me encontró razón porque se salió y
decidió estudiar para dar la Prueba y entrar a la Universidad. Luego
entró a Agronomía en Temuco. Podía haberse quedado en Santiago, pero
quiso irse a Temuco.
Mónica hace talleres
de Tai Chi, es titulada de Estadística en la Universidad Católica y
trabajó 11 años en el Diario “Estrategia”, en su profesión, hasta que se
cansó y “se cansaron” de ella. Ya cesante “pero conforme”, hizo intentos
de trabajo independiente en venta de vestuario, “pero fue un mal
negocio”, también se separó, se acercó a la bioenergética, a la
aromaterapia y al Tai Chi. Reflexiona que aunque ella antes del 3 de
enero de 2008, había estado triste en algunas etapas de su vida, “en el
hoyo profundo” -cuando la Catita se enfermó por ejemplo-, la vida le
enseñó que puede ser “peor”. Y eso “peor” fue el asesinato de Matías. Lo
“más doloroso” en su vida es que Matías ya no esté, “¡es tan absurdo!”.
Entonces, me salgo de mi rol y le pregunto cómo, de dónde, sacas
fuerzas… “de Matías”, responde, también del amor de la Cata y la
familia. “Aunque puede ser que un día me quede mirando fijo esa foto –la
foto de Matías que tiene en la pared de su sala- y ya nada más me haga
salir de este otro hoyo negro. Puede pasar”.
- ¿Cómo era la relación de Matías con su familia?
Amaba profundamente a
su abuela, siempre la amó. A sus dos abuelas, paterna y materna. Era
increíble cómo lograba comunicarse con ellas… y ahora yo entiendo que se
trataba de la comunicación con los antiguos, con las antiguas, que tiene
que ver con las creencias mapuche. El antes de andar en las comunidades
mapuche, antes de todo eso ya -con los pelos parados y de colores, y
entero punki- era tierno y dulce con sus primos chicos, manifestaba su
amor a su familia… A mi madre, la abrazaba y le decía mi abueli.
- ¿Tú qué pensabas de eso?
Yo le preguntaba
cuándo iba a tocarme tanta regalonería. Me decía que cuando yo fuera una
anciana de trenza bien larga, que ahí “me iba a tocar”.
- ¿Te iba a tocar ese amor?… ¿eso?...
Sí… es que él había
practicado los desapegos… no sé si me entiendes… los desapegos para
estar en cosas más trascendentes… Nos costó entenderlo… Yo tenía claro
que él estaba apoyando la causa mapuche, pero no sabía cuánto… Y como
era un tipo aplicado en todo lo que hacía, esto también lo hizo a
concho. Cuando se puso a estudiar para entrar a la Universidad, lo hizo
medio año y se lo pasó en eso. Ese tiempo vivió conmigo porque Matías
había vivido, en épocas, con su padre también. Fue bueno tenerlo, aunque
se lo veía poco salir de su pieza, se la pasaba estudiando todo el
tiempo. Mi madre y yo andábamos con zapatillas para no hacer ruido… A mí
a veces me molestaba, andar en puntillas. Mi mamá, en cambio, decía:
“¡Esto va a valer la pena!”... (ríe) y sacó tremendo puntaje, le fue muy
bien en la prueba. Así era él, aplicado, intenso, apasionado y creía en
lo que creía.
Mónica dice que “es difícil saber” cuando su hijo, mezcla de mapuche con
chilena, comenzó a sentirse mapuche, “es un sentimiento tan interior,
tan íntimo, de él”. Pero lo que sí sabe porque el mismo Matías se lo
comentó es que “le gustaba mucho la vida cotidiana en las comunidades,
el vínculo con la tierra, con el entorno. En un momento de su vida se
comenzó a sentir muy ligado a eso, no le costaba estar con nosotros en
Santiago porque nos quería, pero hablaba de lo importante que era para
él la comunidad. Nosotros no entendíamos mucho – lo reconozco- y el
último tiempo él ya no gastaba palabras en discutir sobre lo que había
descubierto allá. Yo veía que mi hijo sentía que la gente de Santiago no
estaba entendiendo nada sobre esa otra forma de vida.
- ¿Tú entonces sentiste que se te venía esto de la radicalidad de él?
Bueno, el 2006 se
notaba muy comprometido, no sólo intelectualmente. De hecho escribió
algo para mí en un momento en que yo le pedí un recuerdito: ¡Escríbeme
algo para que me quede para el resto del semestre! Porque yo sabía que
pasaba tiempo sin verle. Me escribió entonces algo así como “No hay
vuelta atrás… hay tanto dolor en el mundo… Pero no dudes jamás de que
todos los días pienso en ti”… Y me emocionó porque dijo: Hace mucho que
rompiste las barreras de lo establecido, pero creo que algo te frustra,
por eso:¡Lucha! Aunque sea una palabra de insurrección, alguien te
escuchará”.
- ¿El pensaba que su madre también era una rebelde?
Supongo que lo
percibía y se daba cuenta también que yo era rebelde de un modo
diferente, sabía que yo había roto las barreras de lo establecido, pero
también sabía que había iniciado un camino de búsqueda de paz. Pero no
habrá paz en mi corazón, si no hay Verdad y Justicia. Cuando comencé con
esto del Tai Chi y de canalizar las energías, la rabia por ejemplo, él
decía: “Ahora mi mamá con esto de practicar el control de su cuerpo
astral hace como que no se enoja, pero en el fondo sigue siendo una
enojona”. Bueno, le gustaba bromear. También pensaba, y lo sé porque me
lo contó un amigo suyo, que a mí las cosas no me resultaban, y se
preocupaba por mi sobrevivencia. Yo hago clases de matemáticas y
talleres para arreglármelas, y en Navidad puse un puesto de venta de
perfumes y aromaterapia, y ahí estuvo él conmigo.
- ¿Ayudándote?
Y ayudando a todos,
necesitaba plata, siempre necesitaba plata, no tanto para él, más para
sus ideas, aunque su padre también lo ayudaba mucho, le pagaba los
estudios e incluso no le quitó la mesada cuando Matías decidió congelar
los estudios para dedicarse a la causa mapuche, por ejemplo, a visitar a
los presos políticos. Nosotros, al principio, nos resistimos a que
dejara los estudios, pero él ya era grande y hacía lo que decidía. No
siempre estábamos de acuerdo, pero vino y estuvo conmigo en el puesto,
en diciembre, y eso fue como un regalo. Se reía mucho de que la gente
comprara algo tan innecesario como perfumes, pero igual estaba feliz
porque veía que me iba bien y decía: ¡Mi vieja está vendiendo todos los
perfumes de Chile!.
- ¿Conversaron de su vida esos días?
Sí, yo me sorprendí
porque él era tan reservado, pero llamó a la polola por teléfono delante
mío para decirle que la quería, me miró y le dijo a ella: “mi mamá está
conmigo, ¿quieres hablar con ella?” y me pasó el teléfono. Fue gracioso
porque Matías y la Cata, su hermana, que también estaba ahí, salieron
corriendo del puesto como niños chicos, diciendo “¡qué vergüenza!
¡quizás que cosa van a hablar!”... Ahí supe que su polola, en realidad,
su pareja porque vivían juntos, es mapuche, profesora intercultural, que
hace artesanía, como yo a veces, para ganarse la vida. Creo que ese
gesto de cercanía de Matías fue una especie de despedida.
- ¿Cómo encuentras la fuerza?...(Vuelvo a preguntar)
Matías me la da…
Quiero creer que él ha pasado a una dimensión superior, creo en que
todas las cosas son energía, siento que tengo que permanecer en lo más
alto de mi misma, que tengo que intentar no perder mi centro y estar en
el camino que me toca vivir… ¡Qué ganas de que apareciera y me
hablara!... aunque la cosmovisión mapuche, a la que él adhería, dice
otra cosa: que la persona que está bien no aparece y quienes aparecen es
porque no les dejamos partir… Le pido sí, que me ayude a desarrollar la
intuición para sentirlo.
Matias
no quería morir
Reconoce que a veces
le viene la rabia y entonces intenta aceptar lo que siente “sabiendo que
es manifestación de la pena… y duele, duele mucho”. Cree que Matías no
quería morir porque siempre fue una persona positiva, “además estaba
enamorado de Rayen y el amor hace ¡tan bien! El alguna vez había sufrido
por amor –antes- y haberse enamorado de nuevo lo había hecho renacer. No
llevaba mucho tiempo, pero tenía planes, proyectos de vida juntos… ¡No,
definitivamente, no quería morir!”.
- ¿Qué piensas cuando dicen que Matías era “terrorista”?
¡Que no tienen
derecho a decirlo! Matías no era terrorista, era un joven que buscaba
justicia y había recuperado sus raíces. Era muchas cosas, era un
estudiante también, a pesar de que yo nunca sentí eso de que un título
da estatus, igual le enseñé que era una herramienta para la vida. Yo no
había pensado que ese título que él intentaba conseguir, tal vez porque
yo le había enseñado su importancia, sirve sólo hasta que te toman
preso, hasta que te asumes absolutamente antisistémico. Matías fue a las
comunidades mapuche a aprender con una actitud humilde –eso me han
contado sus peñi- y se conmovió mucho. Pero ser terrorista es otra cosa,
supone armas (entre otras cosas) ¡Y ellos no tenían ni rastros de
pólvora según los informes que hay! ¡Querer hacer justicia no es
terrorismo!
- Entonces, ¿afirmas que no fue un “enfrentamiento” como asegura
Carabineros de Chile?
¡No, no fue eso! A mí
me duele que hablen de él como terrorista. El fue parte de un grupo de
recuperación pacífica de la tierra, una recuperación, desde mi
perspectiva, casi simbólica… ¡y ellos estuvieron ahí, desarmados, con
toda ingenuidad frente a la represión! ¡Francamente, una cosa es tener
ideas radicales y otra ser terrorista!…
- ¿Qué esperas de la Justicia chilena?
No soy prejuiciosa,
pero me cuesta no encontrarles la razón a quienes no creen en ella
cuando veo lo que pasa en Chile. Puede que en este caso se logre algo
más que la impunidad del caso de Alex Lemun. Yo espero la pena máxima,
si es que llegaran a condenar al asesino, que tengo la convicción de que
debería ser así, eso no será Justicia porque ninguna condena es
Justicia.
- ¿Qué deseas para el pueblo mapuche?
Espero que tengan la
oportunidad de poder expresarse como cualquier pueblo, como cualquier
otro movimiento, que no sigan sufriendo la represión que sufren, que
sigan organizándose, que sean ellos mismos quienes resuelvan sus
problemas, que no venga un estado paternalista a decirles lo que deben
hacer, que no haya aprovechamiento de ningún sector con su lucha.
Quisiera que tuvieran la educación que ellos quieren, que ellos
legitiman, aquella educación que ellos elijen, que se autogestionen.
Mónica es parte de Pu Weichafe 3 de Enero, un grupo de amigos mapuche de
Matías con los que ella comparte la difusión de la causa mapuche y el
seguimiento al proceso judicial y social que implica el crimen contra
Matías. Confiesa que “la búsqueda y la denuncia de la verdad” la
sostiene hoy en medio de una familia en que “todos están destruidos por
este crimen”. Una semana antes del asesinato de Matías, él había estado
con su familia conversando, entre otras cosas, “de la persecución al
pueblo mapuche, del constante asedio y allanamiento policial a las
comunidades, del despojo de tierras que genera falta de oportunidades
para los jóvenes, del despojo incluso de los lugares sagrados”. Matías
que amaba a su familia tanto como al pueblo mapuche, tenía mucho que
decir y hacer. “Estaba leyendo como siempre, sereno, contento,
ilusionado”.
El muchacho que había destacado en matemáticas y en artes, que escribía
poemas y canciones, que tocaba la guitarra, que había sido punki, que no
se inscribió nunca en los registros electorales y que no militaba en
ningún partido político como otra de sus expresiones radicales, ya era
mapuche y eso “lo hacía profundamente feliz porque había encontrado el
sentido de su vida”. Y lo mataron por eso: su crimen sigue impune
/ AZ
< VOLVER
|
|