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AYSÉN / “Chile no se puede dar el lujo de no analizar alternativas energéticas. Nadie en su sano juicio va a rechazarlas hoy”, señaló enfático el nuevo secretario ejecutivo de la Comisión Nacional de Energía, Rodrigo Iglesias, tras ser consultado sobre el mega proyecto hidroeléctrico que Endesa y Colbún pretenden instalar en Aysén. "No nos podemos dar el lujo de no usar el potencial hídrico que tenemos", especificó por su parte la ministra de Minería y Energía, Karen Poniachik, consultada por El Mercurio sobre el mismo proyecto. Estas declaraciones coincidieron con la concesión eléctrica provisional que la Superintendencia de Electricidad y Combustible (SEC) otorgó a estas mismas empresas y que les permite iniciar trabajos en la zona, pese a la resistencia de diversos sectores de la sociedad civil e incluso pequeños empresarios locales. Una autorización gubernamental otorgada sin que aún se presente un estudio de impacto ambiental ni se resuelvan las más de cien oposiciones que fueron presentadas ante la SEC. Para muchos, es una clara señal de que La Moneda ve con buenos ojos la iniciativa de las eléctricas en momentos en que el lobby energético mantiene una fuerte presión para iniciar nuevos negocios de generación. En la vereda de enfrente, ecologistas, empresarios turísticos, agricultores y ganaderos de Aysén ven con estupor como la intervención de dos de sus principales ríos puede afectar irreversiblemente a la región, considerada uno de los últimos santuarios de naturaleza virgen en el mundo. En Aysén una floreciente industria turística convive con los sectores productivos más tradicionales, como la agricultura, ganadería, la explotación forestal e incluso, la minería. Esta industria turística no podía sino centrarse en las condiciones naturales de la zona, destacando actividades como la navegación en kayak, el rafting y la pesca con mosca, actividades ligadas a sus imponentes ríos. Las reticencias de los habitantes de la zona a un proyecto que pretende embalsar dos de sus principales afluentes, los ríos Pascua y Baker, siendo este último el más caudaloso de Chile, se explican puesto que su futuro productivo está directamente relacionado al ecosistema de la región. Mal que mal, sólo el turismo otorga unos 65 millones de dólares al año, registrándose un aumento de cerca del 16 por ciento sólo en 2005, lo que evidencia el dinamismo de este sector.
Este atractivo turístico radica en
que la zona posee el litoral más extenso del país y concentra el 39 por
ciento de los bosques nativos, con 4,5 millones de hectáreas. Asimismo
posee una rica fauna, en que destacan once tipos de ballenas, tres de
delfines, pumas, huemules, guanacos, el pudú y el flamenco chileno. De
ahí también que el sello “Reserva de Vida”, auto asignado por la gente
de Aysén en sus productos, sea una divisa comercialmente rentable.
Elocuente asimismo es que en la Estrategia de Desarrollo Regional,
diseñada por ciudadanos y autoridades locales, se enfatice que la región
busca obtener una alta calidad de vida “sustentada en un crecimiento
económico alto y equitativo, que se fundamentará en la conservación de
la calidad medioambiental y en la integración del territorio”. El volumen de generación del proyecto Aysén es tan grande, que equivale a un tercio de toda la energía de que dispone actualmente el SIC. La empresa demandaría una inversión de unos cuatro mil millones de dólares. Cabe señalar que la inversión no sólo contempla la construcción de las represas, sino también una larga e invasiva red de transmisión hacia la zona central, de unos 2.500 kilómetros de largo -de Cochrane a Santiago- por unos 120 metros de ancho, con lo que serían destruidas unas 20 mil hectáreas de terrenos, lo que se sumaría a las cerca de 9.300 hectáreas que se verían inundadas por los embalses. Para muchos, este es un proyecto cuya concreción es sólo cuestión de tiempo. Situación que no puede entenderse sino ligada a la llamada “crisis del gas” y el posterior alarmismo levantado por las empresas eléctricas, en acuerdo con el gobierno, sobre el supuesto desabastecimiento energético que sufriría Chile si no es capaz de reemplazar rápidamente al hidrocarburo trasandino. Coherente con esta premisa, las autoridades señalan la necesidad de incorporar 550 MW anualmente al SIC desde 2010, con lo que proyectos como el de Aysén se presentan como casi inevitables, si es que nuestro país pretende desarrollar su matriz energética y productiva. Uno de los cuestionamientos a la política energética son las nulas medidas para un uso eficiente de la electricidad. Muestra de esto es que la demanda supera por dos o tres puntos al crecimiento económico, lo que da cuenta del derroche de energía. Siguiendo la premisa oficial de aumento de 550 MW al año, habría que construir casi una mega central al estilo Ralko al año, con sus 670 MW, lo que es insostenible en el largo plazo. Para los críticos el que sólo se potencie una oferta energética manejada por actores privados tiene sentido desde el punto de vista de apoyar un negocio, no es para desarrollar una matriz energética sustentable. El fantasma del blackout es más una medida de presión -para tener condiciones más ventajosas en el negocio eléctrico- que una realidad. El intenso lobby y cese de nuevas inversiones en el sector vino tras el fin del jugoso negocio del gas argentino, que llenó los bolsillos de las grandes eléctricas. De hecho estas empresas compraban en Argentina a dos dólares el BTU (unidad energética de gas) siendo que en Chile lo vendían a un promedio de 27 dólares. Y la jugada tuvo sus frutos con la promulgación de la llamada Ley Eléctrica Corta II, que permitió a estas empresas subir las tarifas a los consumidores residenciales, lo que se tradujo en alzas de más de un 30 por ciento desde que entró en vigor la normativa en 2005. De hecho, sólo para enero y febrero se esperan alzas en las cuentas en torno al 10 por ciento. Es en este contexto que el negocio eléctrico se revitaliza y las claras y torrentosas agua de Aysén vuelven a ser un codiciado botín / Azkintuwe * Gentileza www.puntofinal.cl
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