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Ha pasado medio siglo de ese artículo
y de mi expulsión por gendarmes argentinos del territorio
chubutense. Pero Leleque sigue igual. “Leleque no pagar.” Sí, ya
cambió de dueño esa tierra de un millón de hectáreas. No están más
los ingleses, pero ahora está Benetton, de la italiana Treviso, que
se compra todo. |
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Por Osvaldo BAYER* - Domingo 24 de Junio de 2007 |
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Estancia de la Compañía de Tierras del Sud Argentino.
Foto de Archivo. |
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Ha pasado medio siglo de
ese artículo y de mi expulsión por gendarmes
argentinos del territorio chubutense. Pero Leleque
sigue igual. |
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Hay jueces valientes en
estas tierras. Valientes porque se basan en el
verdadero Derecho y no en el poder del dólar.
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Cuando
uno viaja por este increíble país queda anonadado por sus bellezas y por
sus problemas. Pareciera que estamos peleados definitivamente con la
palabra racionalidad. “Todo se vende, nada se conserva”, podría ser
nuestro lema. Pero hay algo diferente: los pueblos no se rinden. De
Esquel a Chilecito, por ejemplo, se pelea firme contra las mineras
envenenadoras de aguas y tierras. Los responsables sonríen como si todo
fuese un chiste.
Pero la gente está en las calles. No
se queda mirando el caño. Leleque es un lema. Llego a Esquel y me
regalan fotocopia completa de mi periódico La Chispa, que edité hace
medio siglo. (Al que le puse sin problemas el subtítulo de “Primer
periódico independiente de la Patagonia”, nada menos. Así me fue: me
echó la Gendarmería Nacional –que para eso está– por “razones de
seguridad”. Le pregunté al oficial actuante: “¿La seguridad de quién?”
“La seguridad de la Nación”, me respondió.)
Pero la Historia triunfa: esa
colección de La Chispa con tales denuncias juveniles está hoy en la
biblioteca de Esquel y la joven generación esquelense la lee. Nada es
superfluo ni en vano. Bien, leo la tapa de La Chispa del 24 de enero de
1959 y el título de tapa es “Leleque no pagar”. Como si lo hubiese
escrito hoy. Relato ahí una asamblea de los estancieros patagónicos.
Digo que en esa asamblea se puso en
descubierto una vez más “la falta de respeto por la ley en que se actuó
contra los intereses de los trabajadores argentinos”. “Entre los
‘sacrificados ganaderos’ –prosigo– se discutía el pago del aumento a los
peones del campo. No había acuerdo, cuando de pronto una figura larga y
flaca como un fideo en salsa inglesa emergió para pronunciar estas
definitivas tres palabras: ‘Leleque no pagar’.” Era el administrador de
la estancia de un millón de hectáreas de propiedad británica en medio de
la tierra mapuche, allí, en la bella Chubut.
“Un atronador coro de voces
aprobatorias se levantó en todos los estancieros. Si Leleque lo dice, si
el inglés lo dice, no se paga y se acabó. Y como aplastante frase final,
el inglés agregó: ‘Leleque no tener plata”. Y escribí entonces esta
frase final de mi artículo: “Así es. Los latifundistas ingleses dicen no
tener plata para pagar el pan de los trabajadores criollos que con el
sudor de sus frentes mantienen a todos estos misters y ladies de
Londres, que se hallan prendidos como garrapatas en nuestra sangre.
‘Leleque no pagar’, esa frase pasará a la historia de la explotación
inglesa de la tierra argentina”.
Ha pasado medio siglo de ese artículo y de mi expulsión por gendarmes
argentinos del territorio chubutense. Pero Leleque sigue igual. “Leleque
no pagar.” Sí, ya cambió de dueño esa tierra de un millón de hectáreas.
No están más los ingleses, pero ahora está Benetton, de la italiana
Treviso, que se compra todo. Ha desalojado a los mapuches Curiñanco y
Nahuelquir, habitantes desde hace 14 mil años de estas tierras que
conquistó Roca a balazo limpio de los Remington norteamericanos. Todo un
símbolo. Pero los Curiñanco y los Nahuelquir no se rinden. Han vuelto
allí, a Leleque, de donde fueron sacados a garrotazos y puntapiés por
orden de la Justicia benettoniana, perdón, argentina.
Esos solícitos gendarmes, además de
los garrotazos, destruyeron todos los sembrados de los Nahuelquir y los
Curiñanco. Doña Rosa Nahuelquir me muestra con sumo dolor: de los
centenares de plantitas de frutillas sembradas por ella sólo dejaron
cuatro plantitas. Y me las muestra. Cuatro plantitas que sobrevivieron
al arado uniformado del poder. Allí están, frescas, erguidas como
muestras de la vida que no se entrega. De la verdad que no se rinde.
Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir han regresado ahora a la tierra donde
fueron desalojados. Don Atilio, con su rostro de esas latitudes, me
dice: “Yo soy un hijo de la tierra y le voy ser fiel a esta tierra. Ella
me ha dado el alimento y yo seguiré acariciándola con las semillas. No
me voy a ir, volveré siempre, por fidelidad a mis antepasados, que por
siempre vivieron aquí. No voy a aceptar lo que manda un capitalista
europeo y su Justicia y Gendarmería argentinas. Voy a estar aquí, fiel a
esta tierra de mis antepasados, a este viento que nos habla desde hace
siglos”.
Lo miro sorprendido. El hombre de la tierra se ha vuelto poeta sin
saberlo. Me habla desde dentro. Los ojos se le ponen rojos, pero no
llora. Pero Mariano Grondona dice que son “indios chilenos”, mientras
Benetton es occidental y cristiano. Europeo. Católico. Ahí está la
diferencia. Los términos argentino y chileno se inventaron hace menos de
doscientos años, mientras los mapuches vivieron 14 mil años sin
fronteras elaboradas por los occidentales y cristianos. “Leleque no
pagar”, con acento británico. Leleque desalojar, con acento italiano.
Pero con palabras argentinas aprobadas por su Justicia, por sus
políticos y por sus gendarmes.
Pero allí están los Curiñanco y los Nahuelquir en su choza hecha de
cajones y con todos los fríos. El juez no les permite hacer fuego en
invierno, porque la estancia es de Benetton, el millonario que se compra
todo. Los hombres de la tierra no pueden hacer fuego para entibiar sus
manos como lo hicieron desde aquellos tiempos en que no había dólares,
ni Remington, ni conquistadores del desierto, ni Justicia y política, ni
argentina ni chilena. Pero, como dice el papa Ratzinger, hay que rezar
el rosario.
El administrador inglés de Leleque grita en la Sociedad Rural: “Leleque
no pagar”. Benetton se mira en el espejo todas las mañana y se golpea el
pecho gritando: “Leleque es mío, mío, mío”. El sabio Alexander von
Humboldt escribe en 1800, maravillado, que “los pueblos originarios de
América no tienen sentido de la propiedad. Todo es de todos”. Los jueces
y políticos argentinos sonríen en el espejo de Benetton. Hoy han
despuntado en la tierra cuatro nuevas plantitas de frutillas de Rosa
Nahuelquir.
Pero no es todo así en la Argentina. Hay jueces valientes en estas
tierras. Valientes porque se basan en el verdadero Derecho y no en el
poder del dólar. El martes pasado, el presidente del tribunal de Zapala,
Héctor Luis Manchini, reconoció a las comunidades aborígenes el derecho
a impedir que empresas exploten sus recursos naturales. Así lo hizo la
comunidad Logko Purín, cerca de Cutral-Có, que se movilizó para impedir
perforaciones de su tierra por la empresa estadounidense Apache
Corporation. Que entonces inició juicio y pidió prisión para los
habitantes que protestaron. No, dijeron estos jueces valientes de
Zapala. Se inicia así un nuevo capítulo que demuestra que las luchas no
siempre son en vano. Que dentro del consenso en que “sólo tiene razón el
de más plata” hay mentes honradas y corazones con latidos de justicia en
nuestra sociedad.
Y seguimos con nuestra Justicia. También hay jueces que no podrían
justificar sus procederes ante un Tribunal de Etica. Tenemos el
increíble hecho de la prisión de seis trabajadores paraguayos que
pidieron refugio en la Argentina después de ser torturados y vejados por
la policía paraguaya. Si ellos hubieran tenido algún delito que
esconder, jamás se hubiesen presentado pidiendo refugio, sino que
habrían huido por sus medios. Pero hete aquí que se les permite entrar a
territorio argentino y cuando están en el Cepare (el organismo argentino
que es el Comité para la Elegibilidad de los Refugiados) son detenidos
por la policía argentina. Una barbaridad bien argentina, considerando
que ése es el lugar donde debe existir protección a los que solicitan
refugio (sinceramente, en mis largos años de vida, nunca escuché algo
así, la detención de refugiados en la propia organización que debería
protegerlos o por lo menos aconsejarlos).
Se ha demostrado que Paraguay es un
país donde se transgreden a diario los derechos humanos, por sus
crímenes políticos oficiales, la persecución de trabajadores que luchan
por sus derechos, etcétera. Países como Brasil han reconocido a esos
refugiados, pero el juez, doctor Lijo, señala algo que no podría creerse
en un debate racional. Al hacérsele saber que en Paraguay hay torturas y
crímenes políticos oficiales, respondió: “La tortura en las cárceles
paraguayas es común a todo Latinoamérica, por lo que no puede resultar
una particular razón para impedir la extradición”. Y que “Paraguay es un
estado de derecho y por más que la defensa haya acreditado determinados
casos (con persecución y tortura) ello debe discutirse allá, no acá,
porque sería violar la soberanía paraguaya”.
Fíjese el lector la aberración de
esta opinión del juez: es lo mismo que en el gobierno de Isabel Perón,
jueces de todos los países donde buscamos refugio por ser perseguidos
por las Tres A, algún juez extranjero hubiera negado ese refugio
empleando el argumento de este curioso juez Lijo. Lo más cruel es que
estos humildes trabajadores paraguayos hace ya más de un año que están
presos en la Argentina, separados de sus familias, con hijos pequeños.
Aquí debemos reaccionar todos, se trata del derecho a la vida contra
regímenes de una crueldad indescriptible. Parece que en todos lados se
trata de destruir las plantitas de frutillas. Pero siempre por lo menos
cuatro de ellas van a seguir creciendo. A la vida no la podrán matar ni
los asesinos pagados ni los que compran todo, hasta las conciencias / Azkintuwe
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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