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CEFERINO Y LA CONQUISTA DEL DESIERTO |
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Los capellanes católicos que
acompañaron a las tropas partieron en el mismo tren que el ministro
de guerra Julio Roca y su Estado Mayor. El salesiano Santiago
Costamagna confió sus preocupaciones al creador de la sociedad de
San Francisco de Sales, Juan Bosco, por el uso de medios tan poco
evangélicos como las armas: “En esta circunstancia la cruz tiene que
ir detrás la espada. ¡Paciencia!”. |
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Por Horacio VERBITSKY* - Martes 10 de Julio de 2007 |
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Ceferino inició una
carrera religiosa en Viedma y en Buenos Aires, bajo
la orientación del salesiano Juan Carlos Cagliero,
con quien luego viajó a la ciudad de Roma.
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Según Roca los ahora
desolados campos se convertirían en pueblos
florecientes en los que millones de hombres vivirían
ricos y felices. Ricos y felices vivieron menos de
dos mil personas. |
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Benedicto
XVI declaró beato a Ceferino Namuncurá, porque una mujer con cáncer de
útero imploró su intercesión y se curó sin que la ciencia pudiera
explicar cómo ni por qué. Un segundo milagro lo haría santo. Ni la
información eclesiástica ni los artículos de prensa sobre la decisión
mencionaron las relaciones de la Santa Sede con la oligarquía argentina
ni el proceso social y económico que llevó al indiecito bueno de las
tolderías de la Patagonia hasta Roma y luego de su muerte, a los
altares.
En 1934, año del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos
Aires, la Santa Sede agradeció “la generosidad del salesiano Adolfo
Tornquist”, que permitió erigir “con dinero argentino” el Instituto Pío
XI de Roma. Dos años antes el rector de la Universidad Pontificia
Gregoriana rindió homenaje de gratitud a “los hijos de la noble Nación
Argentina” que “ocupan el primer lugar sobre todos los demás
benefactores”. Ambos reconocimientos fueron comunicados a la Cancillería
por el embajador Carlos de Estrada. La fortuna familiar del munífico
sacerdote Tornquist provenía de la guerra al indio del último cuarto del
siglo XIX, precursora de la guerra sucia militar contra la sociedad
argentina del siglo XX. Con una y otra se consolidaron grupos de poder
decisivos y nuevas formas de inserción en el mercado mundial.
Los capellanes católicos que acompañaron a las tropas partieron en el
mismo tren que el ministro de guerra Julio Roca y su Estado Mayor. El
salesiano Santiago Costamagna confió sus preocupaciones al creador de la
sociedad de San Francisco de Sales, Juan Bosco, por el uso de medios tan
poco evangélicos como las armas: “Es necesario adaptarse por amor o por
la fuerza. En esta circunstancia la cruz tiene que ir detrás la espada.
¡Paciencia!”. Demasiada paciencia: Costamagna envió esta carta después
de conocerse que un regimiento comandado por uno de los hermanos de Roca
fusiló a más de medio centenar de indígenas, en lo que el diario La
Nación calificó como “crimen de lesa humanidad”. Los estudios de la
antropóloga Diana Lenton sobre partes militares y diarios de la época
también dan cuenta de la violación sistemática como arma de guerra, la
prostitución forzada como botín de los soldados, la entrega de las
mujeres y los niños como sirvientes a las principales familias porteñas.
Uno de los capellanes salesianos que llegaron al Río Negro para
catequizar a los vencidos consignó: “La miseria en que los encontré es
algo impresionante”. Una foto tomada en 1879 en el Fortín Puan simboliza
el ambiguo rol de la Iglesia. De un lado posan en sus uniformes (que en
la placa se ven grises) Roca y sus coroneles y del otro, solitario y el
único con vestimentas blancas, el cacique Pichi Huinca. Entre ambos, de
riguroso negro eclesiástico, el obispo Mariano Espinosa y el presbítero
Costamagna. En 1883, el salesiano Domingo Milanesio y su colega Giuseppe
Fagnano denunciaron los “agravios a las garantías de los vencidos”, pero
sólo en cartas que enviaban a Italia, mientras en el país actuaban como
parte de un “bloque civilizador” unido.
Según Roca los ahora desolados campos se convertirían en pueblos
florecientes en los que millones de hombres vivirían ricos y felices.
Ricos y felices vivieron menos de dos mil personas, entre ellas altos
jefes o proveedores del Ejército, como el propio Roca y sus hermanos
Ataliva y Rudecindo, y el ingeniero belga Ernesto Tornquist. Las tierras
así despobladas se repartían “en concesiones fabulosas de treinta y más
leguas” que caían bajo “la garra de favoritos audaces”, que formarían el
núcleo de la oligarquía, como cuenta en sus memorias el comandante
Manuel Prado. Esto condicionó el desenvolvimiento posterior de la
sociedad y la economía, porque la tierra también quedó fuera del alcance
de los inmigrantes atraídos por el programa de Sarmiento y Alberdi.
No hubo colonización agrícola de
pequeñas propiedades que producen para el mercado interno como en
Estados Unidos, sino gran latifundio de exportación hacia el mercado
mundial. Tornquist participó en cada etapa de ese programa: su empresa
de transporte Villalonga condujo de ida las provisiones para los
soldados expedicionarios que conquistaron esas tierras y llevó de vuelta
a los indígenas ranqueles como mano de obra esclava a los ingenios
azucareros de la oligarquía de Tucumán. También construyó el ferrocarril
de Tucumán a Rosario y financió la construcción del puerto de Rosario,
para exportar el azúcar producido en esas condiciones. Cuando Roca fue
presidente le brindó tres ministros de Hacienda que eran gerentes de sus
empresas.
La Administración Tornquist, instalada en uno de los pueblos que se
fundaron durante la campaña, recibió la asistencia espiritual de los
salesianos. El sacerdote Domingo Milanesio celebraba misa, predicaba,
confesaba, administraba los sacramentos y catequizaba en la sala más
amplia de la sede empresarial. El propio Roca asistió a la bendición de
una capilla construida por Ernesto Tornquist, uno de cuyos descendientes
ingresó a la orden de Don Bosco. Milanesio había sido el mediador de la
rendición del jefe mapuche Manuel Namuncurá a Roca, quien le concedió
ocho hectáreas de tierra y el grado de coronel. Su hijo Ceferino inició
una carrera religiosa en Viedma y en Buenos Aires, bajo la orientación
del salesiano Juan Carlos Cagliero, con quien luego viajó a Roma. Su
propósito era proseguir sus estudios y tratarse de la tuberculosis, una
de las enfermedades contagiadas a los pueblos originarios por soldados y
misioneros.
Allí fue recibido por Pío IX, que le regaló una medalla. Todos los
relatos hagiográficos destacan la complacencia del Pontífice al escuchar
al humilde aborigen expresarse en italiano. Ceferino agonizó sin
quejarse y murió en 1905, a los 18 años. Sus restos fueron repatriados
en 1924 por gestión del salesiano Adolfo Tornquist, hijo de Adolfo y
donante para la construcción de algunos de “los más suntuosos edificios
modernos de Roma”, según el admirativo comentario del embajador Estrada.
Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires, los despojos de Namuncurá
fueron conducidos de regreso a la Patagonia por la empresa familiar de
los Tornquist, el Expreso Villalonga. Modelo de sumisión, el probable
primer santo argentino es recordado por la Iglesia como “el lirio de las
pampas” / Azkintuwe
* Escritor argentino.
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Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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