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Australia, al pedir
perdón, dio un gran paso. Es un ejemplo digno de ser emulado en
América Latina, donde se han conocido episodios tanto o más
violentos vividos por los indígenas. Nunca es tarde para reparar las
injusticias y combatir el racismo. |
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Por
Raúl SOHR*
I
Lunes 18 de Febrero de 2008 |
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Indígena de
Australia. |
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Foto de Agencias. |
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Párrafos |
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Los
indígenas suman 450 mil y representan 2% de una población de
21 millones de australianos. Sus condiciones de vida son
deplorables, con altos índices de cesantía y un lamentable
estado de salud, que se expresa en 17 años menos de vida que
el promedio de sus compatriotas. |
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Un
rasgo dominante de las culturas occidentales es la convicción de su
superioridad frente al resto del mundo. Este sentimiento adquirió casi
fuerza de doctrina en los siglos de colonialismo. Pero el fin de los
imperios no sepultó la semilla del etnocentrismo entre sus emancipados
descendientes. Las concepciones supremacistas pervivieron con brutal
fuerza para justificar los abusos contra las poblaciones indígenas.
La concepción básica, incluso entre aquellos que no comulgaban con una
visión racista, consideraba a los indios como seres primitivos, que
vivían en una miseria material y espiritual. En América Latina, más allá
de despojarlos de sus tierras y aniquilar sus culturas, se les tendió
una mano para convertirlos en iguales mediante el bautizo.
La adopción de la religión colonizadora los convertía en humanos, al
menos en cuanto a las almas. Para mayor seguridad, los indígenas eran
encomendados a los colonos de modo que éstos velaran por su debida
integración a la cultura dominante. En la práctica, la encomienda no fue
otra cosa que una esclavitud encubierta.
Australia vivió su triste capítulo propio de abuso contra los pueblos
originarios. Cerca de cien mil indígenas y niños de raza mixta fueron
arrancados a la fuerza o mediante engaños del regazo de sus padres.
Entre 1910 y 1970, rigieron leyes federales y estatales que buscaban
integrar a estos menores a la sociedad.
Era una política de etnocidio que pretendía, por la vía de la mezcla
racial, diluir sus raíces para con el correr de las generaciones
convertirlos en 20 personas lo más blancas posible. La mayoría de los
niños arrancados a muy tierna edad crecieron en orfanatos, en misiones
religiosas o fueron adoptados por familias blancas.
Como era de esperar, muchas de las criaturas, al no tener la protección
de sus progenitores, sufrieron abusos sexuales y fueron explotadas sin
recibir pago por su trabajo. Sólo hace diez años, el gobierno
australiano publicó un informe llamado "Traigámoslos a casa". Este
reconoce los dramáticos daños sicológicos ocasionados y se propusieron
tratamientos y compensaciones para las víctimas.
Esta semana el Primer Ministro laborista, Kevin Rudd, pronunció en el
Parlamento en Canberra palabras que los indígenas esperaron por siglos:
"Meditamos sobre los malos tratos sufridos por los aborígenes, meditamos
en particular por los malos tratos a los que constituyeron la generación
robada, este capítulo vergonzoso de nuestra historia. Por el sufrimiento
y las heridas de estas generaciones robadas, sus descendientes por las
familias que dejaron atrás, por ellos pedimos perdón Por las vejaciones
y la degradación infligidas a un pueblo y una cultura orgullosa, pedimos
perdón".
Rudd agregó que "el padecimiento es agudo, grita desde las páginas el
dolor, la humillación, la degradación, la pura brutalidad del acto de
separar físicamente a una madre de sus hijos es un profundo asalto a
nuestros sentidos, a nuestro sentido más elemental de humanidad". La
emoción embargó a muchos de los indígenas que viajaron a Canberra para
escuchar estas históricas palabras. Pero varios declararon que las
palabras son un primer paso. El siguiente debe ser una política de
compensaciones.
Los indígenas suman 450 mil y representan 2% de una población de 21
millones de australianos. Sus condiciones de vida son deplorables, con
altos índices de cesantía y un lamentable estado de salud, que se
expresa en 17 años menos de vida que el promedio de sus compatriotas.
Entre ellos la violencia, los crímenes, la drogadicción y el alcoholismo
alcanzan cotas alarmantes.
Australia, al pedir perdón, dio un gran paso. Es un ejemplo digno de ser
emulado en América Latina, donde se han conocido episodios tanto o más
violentos vividos por los indígenas. Nunca es tarde para reparar las
injusticias y combatir el racismo
/
AZ
* Gentileza
www.lanacion.cl
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