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LA IMPORTANCIA DEL
DIÁLOGO |
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Delincuencia, castigo y ética |
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Un alto porcentaje de los delitos son
cometidos por ex presos, es decir, por personas con antecedentes
delictivos. Lo que quiere decir que con la prisión no se aprende
nada. Pero sí cuando en la prisión, y especialmente a los jóvenes,
se les enseña un oficio, es decir, a llegar a la seguridad de
sentirse útiles dentro de la sociedad. |
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Por Osvaldo BAYER*
I
Sábado 5 de Enero de 2008 |
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¿Se
puede llamar democracia a un país que tiene
desocupados? No, evidentemente, no. Es un concepto que
tiene que hacerse consciente en toda mente humana.
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El
primer ladrillo de una verdadera democracia debe ser
el diálogo, la palabra. Termino ahora con algo que me
llena de tristeza pero no de conformismo. |
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Aquí,
en Alemania, prosiguió durante las fiestas la discusión sobre si hay
democracia cuando se pagan millones de euros anuales a los ejecutivos de
grandes empresas y al mismo tiempo hay casi cuatro millones de
desocupados. ¿Es democracia ejercer el poder del dinero para crear el
“más poder” que significa la propiedad? No, democracia debe ser siempre
lo equitativo. A cada uno lo suyo para vivir en la dignidad. Eso tendría
que ser lo racional. Y no favorecer la riqueza de algunos y la pobreza
de otros. Cuando no se guarda la dignidad no se es democrático.
Por ejemplo: ¿se puede llamar democracia a un país que tiene
desocupados? No, evidentemente, no. Es un concepto que tiene que hacerse
consciente en toda mente humana. Aquí en Alemania –y nombro a este país
porque es señalado como el mejor país organizado económicamente dentro
del sistema capitalista– justo ayer los medios comunicaron exultantes
que en el último mes se ha reducido el número de desocupados en 28.000,
y ahora el total de gente sin trabajo es de “solamente” 3.406.000. Tres
millones y medio. Lo que no dicen las frías estadísticas es la situación
de desigualdad entre los que no tienen trabajo frente a los que sí lo
tienen. Porque debemos, insistimos, adoptar el concepto de que en una
democracia todos tienen que tener trabajo, todos deben tener las mismas
posibilidades de vivir dignamente. ¿Cómo se hace? Pues repartiendo.
Creando trabajo. Porque si no el resultado es la violencia, la sociedad
violenta.
Que es el tema de actualidad en Alemania. De debatir como principal tema
la irracionalidad de los altísimos sueldos de los ejecutivos de las
empresas privadas, los sucesos de actualidad han llevado la discusión a
la cuestión de la violencia en las calles. Todo nació con un hecho muy
cruel ocurrido en el subterráneo de Munich. Dos jóvenes extranjeros –un
turco y un griego, de 20 y 16 años de edad– se pusieron a fumar en un
vagón de pasajeros. Un anciano –de 76 años– les advirtió de buenas
maneras que en el subte estaba prohibido fumar y que, por favor,
apagaran sus cigarrillos. Los dos jóvenes extranjeros le gritaron al
anciano pasajero: “Callate, alemán de mierda”. Y lo escupieron. Poco
después, el anciano alemán se bajó del subte y fue perseguido por los
dos jóvenes extranjeros. Uno, de atrás, le pegó un feroz puñetazo en la
cabeza.
El hombre cayó y allí fue pateado con
toda violencia en la cabeza y en la espalda. Todo esto fue filmado por
las cámaras de vigilancia que hay en cada estación de subte. El pasajero
golpeado resultó ser un maestro, director de escuela jubilado, quien fue
internado de inmediato en estado grave con fractura de cráneo. Tres días
después del hecho fueron detenidos los jóvenes autores de la agresión.
Las cintas filmadas fueron pasadas en todos los noticieros de
televisión. Se originó una gran indignación de la opinión pública
dirigida en especial contra los extranjeros, por supuesto. Justo fue el
momento cuando cada partido político demostró lo que tiene que ser para
ellos la educación y cómo hay que terminar con la violencia juvenil. Por
supuesto, para la derecha, con más castigo. Es decir aumentando las
penas de prisión y, a los extranjeros, luego de cumplida la prisión,
expulsarlos del país.
Pero la realidad volvió a repetir sus fantasías. Dos días después del
hecho, en un subte de Berlín, dos muchachos alemanes golpearon a un
africano, a quien, por supuesto, calificaron de “negro de mierda”. Aquí
era al revés. No sólo los agresores son jóvenes extranjeros sino que
también pueden serlo, y lo son, jóvenes del propio país. Quedaba
demostrado que la verdadera culpable es la sociedad misma, con sus
pobres y ricos, con sus niños educados en escuelas de barrio “bien” y
los otros, en barrios pobres, de gente desocupada, marginada, del
alcohol y de la droga. Ni siquiera las religiones han logrado aminorar
la violencia de la sociedad, debe ser por sus principios de
autoritarismo. (Justamente, se ha comprobado en Alemania, por ejemplo,
que el 26 por ciento de padres turcos mahometanos castigan a sus hijos.
En las familias alemanas esa proporción cae al 6 por ciento, pero en los
estados católicos, al sur alemán, es más asiduo que en los luteranos.) Y
gran parte de la delincuencia juvenil –lo demuestran los estudios
realizados– viene de los hogares donde se ejerce la paliza como medio de
enseñar conductas. Por supuesto, la delincuencia en su mayoría es
ejercida por jóvenes sin trabajo y que han abandonado los estudios y
aprendizajes.
Y todo eso no se arregla aumentando las penas por los delitos. Lo
demuestran las estadísticas. Un alto porcentaje de los delitos son
cometidos por ex presos, es decir, por personas con antecedentes
delictivos. Lo que quiere decir que con la prisión no se aprende nada.
Pero sí cuando en la prisión, y especialmente a los jóvenes, se les
enseña un oficio, es decir, a llegar a la seguridad de sentirse útiles
dentro de la sociedad. Y salen de la cárcel con un trabajo asegurado.
Del total de actos delictivos en Alemania, el 43 por ciento fue
llevado a cabo por jóvenes menores de 21 años de edad, y la mitad de los
mismos fue cometido por jóvenes extranjeros.
Y aquí hay que preguntarse por qué y no hacer racismos baratos. La
derecha, representada por el Partido Demócrata Cristiano, ha iniciado la
campaña de terminar con la “pedagogía del mimo” para con los jóvenes
delincuentes e instalar campamentos de castigo para ellos. Pero aclaran
que con ello no tratan de imitar a Estados Unidos, que posee los
bootscamps donde los jóvenes son tratados como si estuvieran haciendo el
más despiadado servicio militar, sino someterlos a severas reglas y un
horario de tareas a cumplir indefectiblemente. Trabajo, trabajo y
trabajo. Por supuesto, trabajos que lleven al agotamiento físico para
que no comiencen a tramar planes contra el orden previsto. Esa
democracia cristiana ha conseguido ya que Alemania pueda expulsar a
extranjeros jóvenes desde los catorce años de edad. Eso es como tirar la
violencia para otro lado y darle la espalda. Así no se solucionan los
problemas de un mundo cada vez más estrecho y cercano.
Ojalá que las agresiones en los dos subterráneos alemanes, el del
maestro golpeado y el del africano agredido, den principio al diálogo
para encontrar cuál es el método de la razón que lleve a terminar con la
violencia individual. Los argentinos tenemos una
historia del horror en nuestros institutos penales. Las masacres, los
incidentes entre internos, la pobreza inmensa de medios para lograr una
convivencia que nos aleje de la violencia, enfermedad siniestra que si
no se la trata terminará con toda forma de convivencia.
Y para eso, el primer ladrillo de una verdadera democracia debe ser el
diálogo, la palabra. Termino ahora con algo que me llena de tristeza
pero no de conformismo. Los argentinos no somos capaces ni siquiera de
debatir nuestra historia y preguntarnos qué nos ha pasado en esa bella y
más que generosa tierra argentina. Me acaban de comunicar que el
presidente de la municipalidad entrerriana de Gualeguaychú, Juan José
Badillo, acaba de vetar la resolución de cambiar el nombre a la calle
General Roca por el de Pueblos originarios. Es decir, cambiar el
recuerdo del genocida por el de sus víctimas. El pretexto de Badillo ha
sido que “la implementación del cambio de nombres de calles acarrea
innumerables inconvenientes a los vecinos (...), ya que se hace
necesario que ellos deban realizar cambios de domicilio”.
Qué profundidad filosófica la del
señor Badillo (con el mismo argumento, hoy todas las calles céntricas de
Alemania seguirían llamándose Adolf Hitler), cuando lo valioso, lo
valiente, hubiera sido llamar al debate público y que triunfe la razón
sobre el interés. La misma resolución tomó la mayoría de la comisión de
cultura de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el
voto del macrismo y del ARI. La pregunta es: si tenemos miedo de debatir
esa temática histórica que hace a la Etica de una verdadera República,
¿cómo vamos a resolver los profundos problemas de nuestra sociedad? /
Azkintuwe
* Escritor y
periodista argentino
**.
Gentileza
www.pagina12.com.ar
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