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El interminable "conflicto chileno" |
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El conflicto chileno
es contra la misma chilenidad que no quiere admitir su raíz
indígena; es un auto-conflicto, un suicidio étnico, pues se está
cercenando un componente esencial de la misma identidad chilena.
Asimismo, el conflicto chileno es contra el mapuche, y ello es, por
cierto, un problema político, toda vez que la cultura, la identidad
y el territorio son espacios de disputa por el poder.
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Por
Mauricio BUENDIA*
I
Martes 29 de Enero de 2008 |
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Ceremonia en Cerro Welen,
Santiago.
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Foto de Agencias. |
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Párrafos |
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Durante
la dictadura, la libertad económica requería de la dictadura
política generalizada; ahora, la libertad económica requiere
de la dictadura etnocéntrica. En ambos casos el mapuche es
reprimido, excluido. |
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El
conflicto chileno es contra la misma chilenidad que no quiere
admitir su raíz indígena; es un auto-conflicto, un suicidio
étnico, pues se está cercenando un componente esencial de la
misma identidad chilena. |
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A
Matías Catrileo lo mataron por la espalda, condenado sin apelación a
cinco siglos de viento antiguo. A Alex Lemun el silencio oceánico de la
muerte se le clavó irremediablemente en medio de la ternura de sus ojos
de niño. Eran mapuche de tierra y luna, de huellas montunas y canto
inmemorial. Los asesinaron por mapuche, acaso por pobres, y sobre todo
por indios, porque el Estado chileno surgió y se consolidó negando a los
pueblos originarios, su cultura, su identidad y su territorio. Por lo
tanto, basta de hablar del conflicto mapuche, este es un conflicto
chileno que se basa en el profundo racismo de las clases dominantes y en
el abisal terror de conocer y reconocer su morenidad, por ello, desde el
poder, siempre afirmaron la chilenidad y negaron la mapuchidad, lo cual
se ha transformado en el anverso y reverso de una matriz de dominación
que ha perdurado hasta la actualidad.
Han variado las formas, pero no el objetivo central que se ha mantenido
inalterable, pues siempre se ha buscado la asimilación forzada del
mapuche al Estado y la sociedad chilena. Por un breve lapso, en los
albores de la independencia decimonónica, la elite dominante mostró una
actitud y un accionar ambivalente en relación a lo indígena, toda vez
que algunos sectores intentaron otorgarles derechos ciudadanos en
concordancia con el ideario liberal. Fue, además, una extensión lógica
de la imagen hiperbolizada del mapuche guerrero e invencible que
O’Higgins consideraba “el lustre de la América combatiendo por su
libertad”.
Aquí se
interrelacionaban dos elementos centrales: por un lado la fosilización
del indígena y, por el otro, el reconocimiento de la diferencia
cultural, pero – simultáneamente – la negación de la otredad. En otras
palabras, desde siempre se reconoció la historia y existencia del
indígena, su cultura y su coraje, pero fosilizado en el tiempo. La
mirada respetuosa era hacia atrás, en la seguridad de la distancia,
porque la mirada deferente en el presente y hacia adelante conflictuaba
y atemorizaba a la elite. Asimismo, se reconocía la realidad de un
pueblo distinto al chileno que poblaba el territorio y, por lo tanto, se
pensó en incorporarle al proyecto nacional, pero diluyendo su identidad
en la nueva identidad chilena.
Al mapuche suspendido
en la penumbra del tiempo se le iconizaba en banderas, escudos y textos,
además, se le mitificaba para transformarles en invencibles guerreros
vernáculos. Al mapuche real muy pronto, en cambio, se le reprimió. El
proceso de asimilación forzada intentaba desintegrar de este modo la
identidad, la cultura, el territorio y la sociedad mapuche. Es decir, la
chilenidad imponía violentamente su prevalescencia sobre la mapuchidad,
fragmentando la identidad indígena, apropiándose del territorio e
interviniendo su cultura. Fue el preludio de un continuum histórico de
dominación agenciado por el Estado chileno que, en lo substancial, se ha
sustentado en una visión cultural etnocéntrica y en un modelo político
unitario. Lo acaecido en nuestro país no es muy diferente a lo sucedido
en otras partes del continente donde los Estados nacionales se
constituyeron a partir de concepciones uniculturales y uninacionales y,
por ende, negando e invisibilizando a los pueblos originarios.
El conflicto requiere una solución política
Lo anterior significa que el problema está anclado en el pasado por dos
razones: en primer lugar, porque remite a la existencia de un
conglomerado humano originario y, por ende, pre-existente a la invasión
hispana y a la fundación de Chile como país: el pueblo mapuche. En
segundo lugar, porque no hay nada natural, predeterminado o dado en la
relación entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. Es decir, dicha
relación se configuró históricamente y desde el poder de las armas
chilenas, por lo tanto, constituye un problema político que amerita una
solución política. Así lo entiende el propio movimiento mapuche y vastos
sectores de la sociedad civil chilena que solidarizan con un pueblo que
brega por el respeto a sus derechos colectivos.
Sin embargo, los
gobiernos civiles que se auto-califican de democráticos, han
criminalizado la demanda mapuche e implementado un sistema represivo que
se traduce en la militarización de algunas comunidades, allanamientos
masivos, golpizas y, también, asesinatos. Es la democracia a la fuerza,
la imposición de la chilenidad a la fuerza, la asimilación a la fuerza,
el modelo económico a la fuerza. Porque no cabe duda que uno de los
principales elementos del conflicto chileno es la defensa y reproducción
del modelo neoliberal en territorio mapuche, es decir, se verifica una
clara imbricación de lo político y lo económico desde el poder para
viabilizar la implementación, el desarrollo y la consolidación del
modelo de un Chile empresarial.
Durante la dictadura, la libertad económica requería de la dictadura
política generalizada; ahora, la libertad económica requiere de la
dictadura etnocéntrica. En ambos casos el mapuche es reprimido, excluido
y refosilizado a través de la violencia que es la violencia histórica de
la modernidad y la civilización contra una supuesta barbarie, después de
todo, como se aseveraba a mediados del sigo diecinueve en lo
concerniente al indígena, “todo lo ha gastado la naturaleza en
desarrollar su cuerpo, mientras que su inteligencia ha quedado a la par
de los animales de rapiña, cuyas cualidades posee en alto grado, no
habiendo tenido jamás una emoción moral”. Un ser sin alma y sin
inteligencia debía ser aniquilado entonces y ahora. Y así lo entendió la
dictadura que procedió a una sistemática y masiva represión en
territorio indígena que devino en detenciones, tortura, asesinatos y
desapariciones de dirigentes y comuneros mapuche.
Y así parecen haberlo entendido también los gobiernos de la Concertación
que han aplicado la Ley de Seguridad Interior del Estado y la Ley
anti-terrorista para enfrentar lo que denominan el conflicto mapuche,
pero que, en realidad, es su propio conflicto: con su identidad, con su
cultura, con la historia, con la infundada vergüenza de descubrir que su
supuesta blancura se tiñe de morenidad cada vez que se miran al espejo.
Entonces, no le pueden aceptar al mapuche que les recuerde
permanentemente su negada y siempre abjurada indianidad. El conflicto
chileno es contra la misma chilenidad que no quiere admitir su raíz
indígena; es un auto-conflicto, un suicidio étnico, pues se está
cercenando un componente esencial de la misma identidad chilena.
Asimismo, el conflicto chileno es contra el mapuche, y ello es, por
cierto, un problema político, toda vez que la cultura, la identidad y el
territorio son espacios de disputa por el poder.
Y, que duda cabe, el
poder en Chile siempre se ha distribuido asimétricamente en un sistema
de relaciones donde el indígena solo tiene cabida como pieza
arqueológica o como residuo del omnipresente y sacralizado mercado.
Mercado que, por lo demás, funciona perfectamente en territorio mapuche,
a pesar del discurso del terror y de las supuestas acciones violentistas
que se le atribuyen al mapuche. De hecho, se podría argumentar que las
ganancias de la industria forestal han aumentado en directa proporción a
la criminalización de la demanda mapuche por parte del Estado y de las
mismas empresas forestales. Porque los eventos de Lumako - que marcan el
inicio del mal llamado conflicto mapuche - acaecieron en 1997 y, aparte
de una leve baja en el año 1998, se experimenta un crecimiento sostenido
de las utilidades, especialmente a partir del año 1999 que es cuando se
acrecienta y perfecciona la represión contra el movimiento mapuche.
Las utilidades de la
industria forestal ascendieron a US$1.829 millones en 1997; a US$1,970.7
millones en 1999; a US$ 2,205.6 millones el 2001; a US $2,524.0 millones
el 2003; a US $3,495.4 millones el 2005 y, alcanzarán a los US$4.800
millones el 2007. ¿Cómo se condice esto con la supuesta violencia y
terrorismo que existiría en territorio mapuche? ¿Dónde está la supuesta
inseguridad para las empresas forestales? El único terrorismo que existe
es de parte del Estado que ha utilizado todo el peso de la
institucionalidad y de la fuerza armada para reprimir a un pueblo
inerme, pero digno.
Nadie más puede morir
Es precisamente esa dignidad lo que ha llevado al pueblo mapuche a
organizarse y re-organizarse, a buscar las formas de acción colectiva
que les permitan luchar, ya no solo por su sobrevivencia y contra la
exclusión, sino que por sus legítimos derechos como pueblo distinto. Es
esa dignidad la que los ha llevado a la huelga de hambre como un recurso
supremo, un llamado de atención y de profunda entrega por una causa
justa. Patricia Troncoso está dispuesta a morir por sus principios, por
los mapuche y sus sueños, mientras el gobierno rehúsa dialogar con ella
y conceder que la condena por Ley anti-terrorista que se le impuso es
injusta. Entonces, solo se limita a crear una comisión médica para
monitorear su estado de salud ¿No es lo que hacía la dictadura que
utilizaba a médicos para supervisar las torturas de los prisioneros y
evitar que murieran tempranamente y así poder continuar torturándolos?
Es una táctica
siniestra e inhumana, como lo fue asesinar a Matías y Alex, en el
intertanto Patricia se consume de a poco en medio de la indolencia del
Estado y de un país que se fue de vacaciones para desaparecer en el mar.
Pero ni los mapuche desaparecerán jamás ni el conflicto chileno se
resolverá por la fuerza, ni menos aún ignorándolo. Lo que debería estar
meridianamente claro es que nadie más puede morir simplemente por ser
distinto, pues esté país ya tiene demasiados muertos, demasiado dolor y,
al parecer, muy poca memoria / AZ
* Publicado
originalmente en
www.puntofinal.cl
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