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Hacia un conflicto de alta intensidad |
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El gobierno está fabricando un
polvorín y sus esquirlas salpicarán para todos lados. La estrategia
genocida, sea un genocidio sutil, simbólico, sea un genocidio
abierto, sangriento, sea una estrategia genocida de despliegue por
fases y etapas, o un genocidio quirúrgico, no lleva a solución, sólo
provoca un espiral de sufrimiento. La única estrategia viable es la
política. |
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Por Vicente PAINEL*
I
Martes 1 de Enero de 2008 |
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El problema del pueblo
mapuche históricamente es un problema de
territorialidad, que traducido a la esfera económica
es un problema de tierra, pues el problema mapuche es
el problema de la tierra. |
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Los
niños que han visto a sus familiares en las cárceles,
a sus hermanos y hermanas, sus mamás, sus abuelas
apaleadas, que han sentido con manitos apretadas la
impotencia frente a la impunidad, no se rendirán. |
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La
disposición sorda y
muda de la presidenta Michelle Bachelet frente a la extendida huelga de
hambre de los presos políticos mapuche, devela una estrategia de la
Concertación de producción de un conflicto de alta intensidad en la zona
sur de Chile. El problema del pueblo mapuche históricamente es un
problema de territorialidad, que traducido a la esfera económica es un
problema de tierra, pues el problema mapuche es el problema de la
tierra.
La Concertación, lejos de abordarlo,
ha preferido disponer sumas importantes de dinero hacia el resguardo
folklórico para dejar a los mapuche como pieza de museo y figura
decorativa ligada a la exportación del país en busca de la inversión
trasnacional (la expresión mas notoria es el turismo), las inversiones
en educación y salud resultan cosméticas y propagandísticas, las compras
de predios han funcionando en una lógica muy por debajo incluso que la
reforma del macetero, del derechista Jorge Alessandri, en mitad del
siglo XX (famosa por su lógica de pequeño alcance, de ahí el nombre
macetero).
Esta constante disposición de la Concertación obedece a su alineamiento
con las trasnacionales en general y en particular para la zona sur con
las forestales, que ya han costado dos vidas a manos de agentes del
estado: el joven comunero mapuche Alex Lemun y el obrero forestal
Rodrigo Cisternas (asesinado por carabineros en medio de una huelga el
presente año). El desenlace de ambos asesinatos: absoluta impunidad para
los autores físicos y responsables políticos, da cuenta de la estrategia
de la Concertación para la solución del conflicto.
La mentada estrategia coincide con la tradición histórica del Estado
chileno frente a los mapuches. Hasta mitad del siglo XIX el pueblo
mapuche ejercía soberanía desde lo que hoy son la VIII, IX y X regiones
en el lado chileno hasta lo que se conoce como las Pampas del lado
argentino. Era un pueblo próspero, que vivía de la ganadería, el
comercio y la pequeña agricultura, su estructura política era federativa
y altamente democrática, sus diferencias sociales eran mínimas, nadie
moría de hambre, no había niños abandonados, ni guetos, tampoco había
concentración abusiva de la riqueza.
El Estado chileno en conjunto con el Estado argentino, ya marcados por
el carácter dependiente (dependientes de Inglaterra en aquel tiempo),
lograron lo que el imperio español no había logrado en cientos de años:
el extermino de la soberanía mapuche mediante una tremenda invasión
militar cuya duración es de aproximadamente 40 años y que al menos
consideró tres etapas: infiltración y pillaje, establecimientos de
fuertes, y ocupación por posiciones. Finalmente, se calcula que el
número de mapuches muertos incluidos niños y mujeres superó largamente
la cifra de 12.000 (sólo en la fase de ocupación por posiciones del lado
chileno).
La estrategia de la Concertación
frente a los mapuches comulga con aquella línea: provocar un conflicto
de alta intensidad. En esta empresa han colaborado no sólo la prensa, no
sólo senadores y diputados, también intelectuales que muy
irresponsablemente desde fines de los 90 vienen comparando de pésima
manera el conflicto con los diferendos vasco, palestino e irlandés, no
con una voluntad democrática, sino instalando la noción de la necesidad
de operar por parte del Estado una guerra como solución. Cuestión en que
por cierto, el ejecutivo tiene experiencia operativa, prueba de ello es
como en los inicios de los 90' decenas de jóvenes terminaron muertos
envueltos en una guerra sucia levantada desde el gobierno
concertacionista para desmantelar los retazos de formaciones orgánicas
que patrocinaron la lucha armada contra la dictadura.
La inviabilidad de la disposición estratégica del gobierno no está
determinada por su incapacidad ante un posible conflicto de alta
intensidad que el mismo ha ido construyendo, pues el gobierno y el
Estado de Chile sabrán ser crueles. La gravedad del asunto es que los
niños que han visto a sus familiares en las cárceles, a sus hermanos y
hermanas, sus mamás, sus abuelas apaleadas, que han sentido con manitos
apretadas la impotencia frente a la impunidad, no se rendirán. La
sabiduría mapuche indica que cuando cae un luchador otros diez se
levantarán, esa verdad es universal.
El gobierno está fabricando un polvorín y sus esquirlas salpicarán para
todos lados. La estrategia genocida, sea un genocidio sutil, simbólico,
sea un genocidio abierto, sangriento, sea una estrategia genocida de
despliegue por fases y etapas, o un genocidio quirúrgico, no lleva a
solución, sólo provoca un espiral de sufrimiento. La única estrategia
viable es la política. La solución política traerá desarrollo y
bienestar, la estrategia del gobierno sólo expande y profundiza el
conflicto y las plusvalías de las transnacionales forestales, plusvalías
que por cierto no está demás mencionarlo, ni siquiera quedan en Chile /
Azkintuwe
* Boletin
Miguel Enríquez.,.
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