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Como su mismo nombre lo da a entender,
un pueblo mapuche sin tierra está condenado a desaparecer. Por eso
que es tan imperativo encontrar, a mediano plazo, no tanto una
solución definitiva, todavía prematura, como los mecanismos y
espacios que harían posibles futuros entendimientos. |
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Por
Alfredo JOCELYN-HOLT*
I
Lunes 14 de Enero de 2008 |
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Párrafos |
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Si en el ámbito cultural hemos debido reconocer la validez y tenacidad
del mapuche sin por ello tener que lamentar nuestra reciente toma de
conciencia ¿por qué no se vislumbra lo mismo en el plano
político? |
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Si algo hemos sacado
en limpio de nuestra larga y entrampada historia con los
mapuches es que ésta no resuelve nada. A lo único que conduce
combatir al mapuche es que éste responda combatiendo. |
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Entre
tanta alarma que, con o sin razón, rodea el conflicto mapuche hay un
aspecto que merece destacarse como positivo. Solemos pasarlo por alto.
Me refiero al lento -casi imperceptible- cambio producido últimamente en
nuestras conciencias respecto a la tenacidad de este pueblo, su vigor y
legítima demanda de que se le tome en cuenta.
Recordemos cómo décadas atrás había que poco menos que viajar a "otro
país" para encontrarnos con una de esas mujeres altivas, monumentos
sobrevivientes de su raza, alhajadas con delicados ornamentos de plata,
tamboreando su cultrún. Hoy por hoy, es cosa de caminar por nuestros
paseos peatonales santiaguinos para escucharlas. Digo bien
-"escucharlas", "oírlas"- porque como constará a cualquiera que se ha
topado con alguna de ellas, no están allí para que se las fotografíe en
tanto especímenes exóticos, turístico-culturales.
Fotografías de ellas, de hecho, existen muchas y de muy excepcional
calidad. Algunas de colores vivísimos, muy actuales; otras, más viejas o
sepias, seguramente retratos de sus abuelas. Circulan por doquier: en
postales, en publicaciones de arte magníficamente editadas, como también
en estudios antropológicos o históricos, cada vez más serios. En las
librerías suelen destacárseles; es cuestión de fijarse en los mesones de
entrada.
Décadas atrás, recordemos también, hablábamos de "araucanos"; hoy en
día, por respeto a como ellos mismos se autodenominan, les decimos
"mapuches". El giro es significativo. Tanto como la desaparición de esas
largas listas de "cambio de apellidos" (la mayoría ancestrales,
sustituidos por nombres comunes y corrientes chilenos o españoles) a las
que todavía en los años 70 y 80 los periódicos solían recurrir a fin de
rellenar sus insulsas páginas. Lo mismo cabría decirse de palabras como
"rehue", "machitún", "winka" o "marichiweu". Términos que, junto con
exigirnos un mayor conocimiento, nos abren a una apreciación enteramente
novedosa del mundo en el que queremos seguir viviendo. ¿A quién, hoy en
día, se le ocurriría pensar, por ejemplo, que un canelo o una araucaria
son árboles cualquiera, o que un "bosque nativo" es lo mismo que una
"plantación forestal"?
Pequeños detalles, giros verbales, que estarían dando cuenta de un
trascendental cambio de sensibilidad entre nosotros. En efecto, en el
último tiempo nos hemos vuelto más atentos y tolerantes para con "el
otro", el distinto, por lo que nos puede aportar en sabiduría. De hecho,
no pudiéndolos vencer ninguneándolos, extinguiéndolos, o, en el mejor de
los casos, mitificándolos (Ercilla mejor que nadie), confesemos
hidalgamente ésta, nuestra última derrota frente al mapuche: la
cultural. Triunfo que, en ningún caso, nos aminora. Por el contrario,
nos ennoblece no haber podido imponernos enteramente. De ahí que, a
cambio, hayamos crecido en humanidad, amplitud de criterio y espesor
cultural.
La batalla política
Si en el ámbito cultural hemos debido reconocer la validez y tenacidad
del mapuche sin por ello tener que lamentar nuestra reciente toma de
conciencia al respecto, ¿por qué no se vislumbra lo mismo en el plano
político? El asunto, en esta otra dimensión, es
más complejo. El mundo mapuche no manifiesta la misma cohesión a la hora
de organizarse políticamente. Son fáciles de dividir. Militancias
partidistas, cuadros disciplinados, formación ideológica, les son tan
ajenos como lo fueron para nosotros al inicio de la República , con la
particularidad, en su caso, de que se trata de una sociedad todavía
ágrafa, muy pobre, y sin afanes colectivos totalizadores. A lo sumo
puede aspirar a representar sus propias demandas, pero ni el peso de su
población no insignificante (casi 800 mil habitantes) aunque dispersa
(500 mil mapuches viven en Santiago), ni la falta de liderazgos comunes,
le permiten superar su calidad de minoría electoral mucho menos potente
que su significación social real.
No obstante esta debilidad, tradicionalmente crónica, no son inmunes a
influencias y aprovechamientos políticos externos. De ahí que se les
haya vuelto, en distintos momentos, o más pasivos o más radicalizados,
sin que ello les haya reportado avance alguno en tanto pueblo
tradicionalmente oprimido y discriminado. La desconfianza del mapuche no
es tan sólo con un Estado que, a fines del siglo XIX, los invade y
somete, despoja y reparte sus tierras. Es, también, con las leyes,
instituciones y lógicas civiles y políticas que, lejos de integrarlos y
asistirlos, han tendido a mantenerlos en un estadio de infantilismo
político agudo. Exigir madurez política a un pueblo al que, por cien
años, se le ha dominado con criterios paternalistas, no puede ser, pues,
más insensato.
Este último descargo, por cierto, no justifica el recurso a la
violencia. Si algo hemos sacado en limpio de nuestra larga y entrampada
historia con los mapuches es que ésta no resuelve nada. A lo único que
conduce combatir al mapuche es que éste responda combatiendo, y en este
plano, me temo, son formidables. Ni ellos ni nosotros nos hemos impuesto
bélicamente en casi cinco siglos. Militarizar el conflicto, por tanto,
sólo nos lleva a tener que repetirlo todo de nuevo.
¿Se ha llegado a ese punto? Lamentablemente, los dos extremos en este
conflicto así lo plantean al resto del país y del mundo. A falta de una
mayor información capaz de presentarnos un panorama más complejo que lo
que aparece en pantalla, nos quedamos con la imagen de que,
efectivamente, Arauco sería una zona de ocupación y que sus pobladores o
son terroristas o, al menos, son encubridores y agitadores. A su vez,
enfrentamientos, ataques a propiedades, enormes despliegues y operativos
armados, huelgas de hambre, muertes y atentados -estos últimos en menos
de una semana-, se encargan de reforzar, no con poco éxito, esta
perniciosa imagen.
La batalla territorial
Confrontación la hay y con seguridad la seguirá habiendo. La hay cuando
se invocan derechos ancestrales pasados a llevar, cuando se reclaman
abusos históricos más recientes (usurpaciones de títulos de propiedades
indígenas), cuando se oponen diferentes concepciones de progreso y de
derecho, cuando se confrontan grandes intereses económicos por un lado,
y pequeñas comunidades rurales por el otro.
Méritos no faltan a uno y otro lado del conflicto. Y todos, no nos
confundamos al respecto, nos remiten a la zona en contienda. Como su
mismo nombre lo da a entender, un pueblo mapuche sin tierra está
condenado a desaparecer. Por eso que es tan imperativo encontrar, a
mediano plazo, no tanto una solución definitiva, todavía prematura, como
los mecanismos y espacios que harían posibles futuros entendimientos.
Esa y no otra es la deuda pendiente no sólo con este pueblo sino con
nosotros mismos, puesto que lo que en esta zona ocurre -lo sabemos de
sobra- invariablemente amenaza con desestabilizar al resto del
territorio. Mecanismos en este orden de cosas, de hecho, han existido en
el pasado y han mostrado su efectividad. Bajo dominio español, y vaya
que nuestros antepasados lo aprendieron después de siglos de contienda,
se intentaron dos estrategias que, a la postre, fueron acogidas por el
otro lado del litigio. La principal era dejarlos
tranquilos, respetar su dignidad y autonomía, replegándose de la zona
cuando no se la pudo someter manu militari. La
otra era parlamentar o, lo que es lo mismo, oírlos y negociar cuantas
veces fuera necesario.
Si en su momento estas dos vías funcionaron relativamente bien, mucho
mejor que lo de ahora, ¿por qué no trabajar en esta línea? De lo
contrario, se ahondará en la espiral creciente de violencia y no habrá
retorno posible por largo tiempo. Y, tiempo, conste, es lo que mejor
maneja este pueblo. Su sobrevivencia varias veces centenaria los apoya y
los cambios en la sensibilidad cultural mundial tienden últimamente a
favorecerlos. Al final, lo único que nos une con
el pueblo mapuche es la paz. Por eso pretender conseguirla sin respeto
al otro y sin reconocimiento de su autonomía es falaz
/
AZ
* Historiador
chileno.
** Gentileza
www.quepasa.cl
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