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Presentada fuera de competencia en
Cannes, Sicko refuerza la sensación –la certeza, tal vez– de que las
películas de Moore son documentales y panfletos, denuncias hirientes
y shows manipulativos. Y así sucesivamente. Depende de la lectura
del reglamento que, para acudir a un símil futbolístico-arbitral,
cada uno haga para que se descalifique a Moore o se lo acepte. |
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Por
Horacio BERNALES / Viernes 20
de Septiembre de 2007 |
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En
la patria de Fidel se le brinda a cualquiera,
gratuitamente, la mejor atención médica del mundo.
¿Todo el mundo lo sabe? ¿Lo sabrían también los
espectadores estadounidenses, antes de ver Sicko? |
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Bowling
for Columbine y Fahrenheit 9-11 movían a preguntarse si se trataba de
documentales o de panfletos, de terapias de shock o meras bajadas de
línea, de denuncias hirientes del capitalismo yanqui o de grandes shows
manipulativos. Cuestiones que Sicko, nuevo megaéxito planetario de
Michael Moore, no hace más que redoblar. Penúltima conmoción
cinematográfica del autor (la última, Captain Mike Across America, acaba
de exhibirse en Toronto), Sicko lleva a juicio el sistema de salud del
gran imperio del norte, confirmando que tal vez lo único errado de todas
las preguntas anteriores sea la disyunción. Presentada fuera de
competencia en Cannes, Sicko refuerza la sensación –la certeza, tal vez–
de que las películas de Moore son documentales y panfletos, denuncias
hirientes y shows manipulativos. Y así sucesivamente. Depende de la
lectura del reglamento que, para acudir a un símil
futbolístico-arbitral, cada uno haga para que se descalifique a Moore o
se lo acepte, tal vez como mal necesario.
Sicko empieza con todas las velas desplegadas. Lo cual, tratándose de
Moore, no es necesariamente positivo. Trabajadores que cuentan cómo se
vieron obligados a elegir entre la restitución de un dedo seccionado u
otro, de acuerdo con el costo de cada operación; familias que sufrieron
varios infartos seguidos y luego un cáncer; un plomero que se va a
trabajar a Irak frente al llanto de sus cuatro hijos, que saben que no
lo verán vaya a saber por cuántos años. Todo a lo que se asiste durante
esos primeros minutos conduce a lo mismo: llantos y más llantos, con la
cámara acercándose sin pudores en cuanto una tímida lagrimita asoma a
los ojos de quien tiene delante. No puede menos que experimentarse
alivio cuando la voz del director (tan omnipresente como de costumbre,
en cámara y desde el off) anuncia, allá por los 10 o 15 minutos de
proyección, que el tema del documental no son en verdad quienes no están
cubiertos por el sistema de salud, sino aquéllos que sí lo están.
En otras palabras, el sensacionalismo de Moore no apuntará, de allí en
más, sobre cánceres, deudos y heridas imposibles de cicatrizar, sino
sobre algo menos físico y, si se quiere, más perverso: las infinitas
estratagemas con que las compañías de seguros médicos de los Estados
Unidos evitan pagar un dólar o un tratamiento a aquellos que los
necesitan desesperadamente. La muerte no deja de estar presente, ya que
a eso suelen conducir esas maniobras, pero al menos al espectador le
queda la posibilidad de imaginarla, más que de verla bañada en lágrimas.
Como de costumbre, la denuncia es rotunda y está llena de datos, pruebas
y ejemplos que la certifican. Como de costumbre también, el enfoque y
los recursos aplicados por el realizador están más que abiertos a
discusión. Tanto algún comentario desubicadamente irónico como la idea
de imitar los créditos iniciales de La guerra de las galaxias para hacer
desfilar el interminable listado de motivos por los cuales una
aseguradora puede negar asistencia a pacientes médicos podrán ser
recibidos con una sonrisa o una ligera molestia estomacal. O con una
sonrisa acompañada de una ligera molestia estomacal, para volver sobre
aquella cuestión de la disyunción y la conjunción.
Como ya había hecho en anteriores ocasiones, Moore viaja fuera de las
fronteras para comparar a su país con otros. En Canadá, Inglaterra y
Francia corrobora, a través de entrevistas con gente anónima, que aun en
países capitalistas el Estado puede hacerse cargo de la atención médica,
ésta puede ser absolutamente gratuita y todo eso puede funcionar a la
perfección. Se podrá acusar de manipuladora la recurrencia a un sistema
comparativo tan simplificado, pero lo cierto es que no por maniqueo deja
de ser eficaz. Si a la ciudadanía estadounidense no le habrá hecho mucha
gracia la desventajosa comparación con aquellos países, qué decir de
cuando Moore y una docena de rescatistas voluntarios del atentado a las
Torres Gemelas, a quienes se les niega atención médica en su país,
viajan clandestinamente a Cuba para hacerlo. Allí comprobarán en carne
propia lo que todo el mundo sabe: que en la patria de Fidel se le brinda
a cualquiera, gratuitamente, la mejor atención médica del mundo.
¿Todo el mundo lo sabe? ¿Lo sabrían también los espectadores
estadounidenses, antes de ver Sicko? Otra pregunta para decidir si a Mr.
Moore se lo vitupera o se lo aplaude. O se lo vitupera y se lo aplaude,
para ser más precisos /
Azkintuwe
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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