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SACCO Y VANZETTI EN
BUENOS AIRES |
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“Debemos oponer nuestros instrumentos
vengadores que quemarán los mil tentáculos monstruosos de la fiera
vampírica que envuelven todos los senderos de la tierra. Nuestra
dinamita purificará los lugares que la maldita casta del dólar ha
apestado”... Y volvemos al principio: no hay
violencia de abajo cuando primero no hay violencia de arriba. |
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Por Osvaldo BAYER*
I
Domingo 26 de Agosto de 2007 |
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Sacco y Vanzetti.
Libertarios. Luchadores por la Igualdad en Libertad.
Dos anarquistas. Con la palabra y el ejemplo.
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Buenos Aires vivió ese día
la ira del pueblo. El paro fue general, ordenado por
las centrales obreras. Todo el
día explotaron petardos como gritos de furiosa
protesta. |
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Ochenta
años de uno de los crímenes “legales” más mentados. El de Sacco y
Vanzetti, cometido por el poder de Estados Unidos, en la ciudad de
Boston. La silla eléctrica. Pero no pudieron matarlos en la memoria.
Sacco y Vanzetti pasaron a ser, para siempre, “Héroes del pueblo”.
Publicaciones, actos, conferencias, obras de teatro, filmes, hermosas
canciones, los recuerdan. Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, un
zapatero y un vendedor de pescado, así de humildes. Dos italianos
inmigrantes. Pero saltaron a la gloria. A los jueces, a los funcionarios
que actuaron en este increíble crimen legal ni se los recuerda. Pero se
los nombra. Principalmente al juez Fuller. En realidad, todos los jueces
que interpretan las leyes a favor del poder quedan en la lista negra de
la historia.
Como hacen los norteamericanos, cuarenta años después del crimen oficial
contra Sacco y Vanzetti pidieron disculpas. Había sido una
“equivocación”. Claro, entonces era fácil, ya estaban muertos. La misma
conducta norteamericana contra aquellos también héroes populares,
condenados a muerte –esta vez en la horca– por pedir las ocho horas de
trabajo. Fueron “Los Mártires de Chicago”, a cuyo recuerdo se debe para
siempre el 1º de Mayo como Día de los Trabajadores. También, cien años
después de ese crimen infame, la Justicia norteamericana pidió
disculpas. Porque fue una “equivocación”.
Sacco y Vanzetti. Libertarios. Luchadores por la Igualdad en Libertad.
Dos anarquistas. Con la palabra y el ejemplo. Cuando fueron detenidos,
sin ninguna prueba, se los acusó de un atentado. La policía supo hacer
la trampa. El juez Fuller y los demás no se tomaron ningún trabajo. Se
“dejaron llevar” por las “pruebas policiales”. Total era lo mismo, si no
habían cometido ese delito valía la pena matarlos por sus ideas. Bush
también los hubiera calificado de terroristas. Y eso basta.
Fue impresionante cómo la palabra Solidaridad, en todo el mundo, se hizo
protagonista. En todos los países hubo mitines, huelgas, protestas,
atentados de repudio por Sacco y Vanzetti. En la Argentina, ni que
hablar. Los anarquistas no eran niños de pecho. Ante la violencia de
arriba no se prosternaban ni huían. Respondían. El 16 de mayo de 1926, a
las 23, estalla la protesta en Buenos Aires con una bomba en la embajada
norteamericana, en Arroyo y Carlos Pellegrini. El boquete que abre la
explosión es tan grande que los policías que llegan pueden entrar por él
al edificio. El escudo de Estados Unidos va a parar al medio de la
calle.
Del almacén de enfrente caen las
botellas de las estanterías. Poco después, como se usa, los más altos
funcionarios de la policía del gobierno radical de Alvear, encabezados
por el jefe de Investigaciones, Santiago, irán a pedirle disculpas al
embajador norteamericano y asegurarle que los culpables caerían muy
pronto. Pero no sería la única. El 22 de julio de 1927 estalla una bomba
en el pedestal de la estatua a Washington, en Palermo. Un banco de
mármol, situado junto al monumento, va a parar a cinco cuadras del
lugar. Cincuenta minutos después estalla otro artefacto en la empresa
Ford, de Perú y (hoy) Hipólito Yrigoyen. El automóvil último modelo
expuesto en la vidriera queda totalmente inutilizado.
Por supuesto la policía detiene a toda persona con rostro sospechoso de
anarquista. Y el comisario Santiago hace declaraciones optimistas. Pero
esa misma noche, el 16 de agosto, explota en su lujosa residencia,
Rawson 944, un artefacto que lo deja sin comedor, sin los muebles de esa
habitación, sin balcón y sin ventana. Después de esto, el comisario
Santiago no hará más declaraciones a los periodistas. Santiago pasó a la
historia por inventar el suplicio llamado “pileta” para hacer hablar a
los detenidos. Es decir, sumergirle la cabeza en una pileta de agua,
hasta el límite.
Pero llegará la noche de la ejecución de los dos héroes, en Charlestown.
Buenos Aires siguió ante las pizarras de los diarios, paso a paso, la
ejecución de los dos inocentes. Hasta que apareció escrito: “Fueron
ejecutados, primero Sacco, luego Vanzetti. Antes de morir gritaron:
¡Viva la Anarquía!”. Buenos Aires vivió ese día
la ira del pueblo. El paro fue general, ordenado por las centrales
obreras. Todo el día explotaron petardos como gritos de furiosa
protesta, manifestaciones, enfrentamientos con la policía. Como símbolo
quedó un tranvía quemado en el centro de Buenos Aires.
El diario anarquista Cúlmine dirá:
“Debemos oponer nuestros instrumentos vengadores que quemarán los mil
tentáculos monstruosos de la fiera vampírica que envuelven todos los
senderos de la tierra. Nuestra dinamita purificará los lugares que la
maldita casta del dólar ha apestado”. Seguirán
los atentados, dos de ellos al CitiBank y al Banco de Boston.
Y volvemos al principio: no hay violencia de abajo cuando primero
no hay violencia de arriba /
Azkintuwe
*
Gentileza
www.pagina12.com.ar
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