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Este
viernes 17 leo en Bonn los titulares de los dos diarios que recibo. El
Frankfurter Rundschau (liberal él) titula a toda tapa: “Las bolsas de
comercio entre el cielo y el infierno”. Leo, pero del cielo habla poco y
todo parece que el mercado de acciones de EE.UU. habla de crisis e
insolvencia. El otro diario, bien conservador por cierto, el General
Anzeiger de Bonn, titula con algo que parece sacado de una opereta de
carnaval: “El sindicato de policías exige tanques” y en la misma página
algo realmente triste, porque se trata de niños. Dice: “Crece el número
de niños pobres”. Leo rápidamente para saber si es en Latinoamérica o en
Africa o... No... lo leo tres veces, es en Alemania, donde –y esto es la
estadística oficial– existen 1.929.000 niños bajo el nivel de pobreza.
Casi dos millones. De niños bajo el nivel de
pobreza, repito. Sí, sí, el 17 por ciento de los niños menores de 17
años que viven en familias que reciben el “Plan Hartz IV”, plan que
reemplazó a la ayuda a los desocupados en forma absolutamente negativa.
Y esto a pesar de que ha disminuido en las últimas décadas el número de
nacimientos. Mafia que gana, según los mismos datos, 56 millones de euros por año. Bien, la policía alemana entonces se deprimió porque si la policía italiana sabía tantos datos, ¿por qué no le informó antes para ayudarla a combatir a la mafia italiana que se ha adentrado en suelo alemán, principalmente en la zona del Ruhr? Ante este reproche alemán, la policía italiana calló. Algo así como de “eso no se habla”. Entonces ahora ha comenzado un debate: ¿por qué el Estado italiano aguanta desde hace siglos las mafias llamadas “la Sacra Corona Unita”, de Apulia; la “Camorra” napolitana; la “Ndrangheta”, de Calabria, y la “Cosa Nostra”, de Sicilia? ¿Cómo es posible que jamás pudieron ser destruidas? ¿Por qué nunca los Papas iniciaron una campaña diciendo que todo aquel que pertenece o ayuda a la mafia o calla irá al infierno por los siglos de los siglos? No, todo es silencio. Un silencio mafioso. Todos callan. Jesús no hubiera callado. ¿Es tal vez porque la mafia gana por año 56 millones de euros...? No vamos a prejuzgar pero... por algo será, como dicen los que se lavan las manos y agregan de inmediato: “Pero yo no tengo nada que ver”.
Las mafias se han extendido al
exterior. La Ndrangheta calabresa ha avanzado, como decimos, entre las
pizzerías y otros negocios de italianos en Alemania; la Cosa Nostra
siciliana tiene sus ramas especialmente en Estados Unidos, desde hace
décadas; la Camorra napolitana se especializa sólo en su territorio y la
Sacra Corona Unita se ha extendido en los países balcánicos. Las cuatro
organizaciones se dedican al mercado de drogas, a la prostitución, al
negocio de armas, a la extorsión y a la usura. De vez en cuando, las
autoridades italianas se muestran “responsables” y dan a conocer la
detención de algún “capo”. Como el caso de Bernardo Provenzano, jefe
durante 43 años de la Cosa Nostra, que el año pasado fue detenido y
condenado. Pero la gente se preguntó si no fue la misma mafia quien lo
denunció para sacárselo de encima, quedar bien con las “autoridades” y
poder seguir trabajando. Es interesante la declaración del fiscal
general italiano Alberto Cisterna, de la Dirección Antimafia en Roma,
quien dijo: “Quien autorizó esa acción criminal ha puesto en peligro el
refugio de muchos calabreses en Alemania”. ¿Y por qué no también en
Italia? ¿No tendría que hacerse la gran investigación en los dos países
a la vez? Claro, lo mejor es callar.
Luego, en la TV apareció otra víctima
sexual, Norbert Denef, quien señaló que también a los diez años fue
violado por un sacerdote católico. Siendo mayor ya hizo la denuncia ante
la Iglesia, el obispado de Magdeburg, quien le otorgó a la víctima
25.000 euros para que callara. Porque, como dijo ese obispo, Tobías
Kriesel: “Cuando ocurre algo así en la Iglesia, entonces sí se divulga
en todo el mundo”. El tercer caso, ocurrido en Viecheln, Baviera, fue el
del niño Benedikt Treumer, también violado por un sacerdote, que sí hizo
la denuncia ante las autoridades. Se le hizo un juicio al imputado y se
lo condenó a doce meses de prisión en suspenso. Pero la Iglesia, en vez
de tomar medidas internas, envió al sacerdote a otra región. Cuando los
periodistas le preguntaron al famoso cardenal Lehmann por qué la Iglesia
no denunciaba por sí misma esos hechos a la Justicia, declaró: “Es que
los fiscales tienen una forma de analizar las cosas muy diferente a la
Iglesia. Los fiscales de Estado no son siempre objetivos; poseen una
perspectiva distinta”. El comentario del periodista fue que para la
Iglesia, aparentemente, el Derecho Eclesiástico está por encima del
Derecho Público. En los tres casos, la Iglesia Católica nunca se
disculpó ante los dañados y sus familias. Todo se calla. De eso no se
habla. * Gentileza www.pagina12.com.ar
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