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Hablar
de Pablo Neruda implica conocer la historia de un hombre donde doctrina
artística e ideología se entrelazan hasta formar un ovillo inseparable.
El hombre será precisamente el
personaje principal en su obra, de quien quiere conocerlo todo, a quien
le canta, a quien llama a luchar contra la injusticia de la vida misma,
a quien mira para saber cómo ama. El individuo a quien le ofrece su palabra es el pueblo, representado por “el hombre sencillo” (Odas elementales, de 1954), aquél que trabaja de sol a sol en condiciones de “esclavitud” y que por su condición hay que redimir inevitablemente. El lo hizo, a través de la poesía, pero también por medio de la militancia política. Pablo Neruda tuvo acercamientos con los regímenes comunistas de su tiempo, en los que atisbaba se podía tejer un futuro mejor para el pueblo proletariado. También estableció contacto con diversas organizaciones políticas, obreras y campesinas alrededor del mundo. En Chile fue un férreo impulsor de la lucha democrática de Salvador Allende por la presidencia y en las últimas páginas de sus memorias, Confieso que he vivido, nos narra el golpe de Estado, de 1973, del cual surgirá la dictadura de Pinochet, que aunque no padeció del todo -muere a unos días de la incursión militar- aborrece desde el primer momento. Como buen nerudiano, Mario Casasús conoce esta unidad de lucha social y concepción artística inseparable en la obra del poeta chileno. El periodista morelense le sigue los pasos y, con la palabra como arma, revela en La Gestión de la "Fundación Neruda. Una mirada crítica", las anomalías que realizan los dirigentes de esta organización, tergiversando, de manera por demás grave, la ideología del Nobel chileno. El libro de Casasús -personaje, según mi hipótesis, salido de algún lugar de La Mancha, que igual incendia libros frente a la secretaría de Cultura de Chile, que entrevista a perseguidos políticos y se habla de “tú” con los escritores y poetas más importantes del continente- se encuentra constituido por tres artículos que han visto la luz tanto en La Jornada Morelos como en diarios y revistas nacionales e internacionales. En las dos primeras investigaciones -muy bien documentadas, donde demuestra su amplio conocimiento de la obra y vida del poeta-, Mario descubre el plagio que la editora española Edaf realiza a la Antología popular de 1972, presentándola, en 2004, como Antología Póstuma de Pablo Neruda. Con ella obtiene jugosos dividendos, desnaturalizando el objetivo del libro, pues el poeta lo había donado al pueblo chileno gratuitamente. Además, existe una estafa al tildarla como “antología póstuma”, pues está basada, como se revela en la indagatoria, en el texto de 1972 y el poeta falleció hasta un año después. En otra de las vertientes del estudio, se devela un nuevo engaño, pero esta vez por parte de la poeta Delia Domínguez.
Ella señala haber recuperado los
“poemas inéditos de Neruda”, no obstante haber sido publicados en 1967.
Para dejar en claro la actitud de la escritora, Mario Casasús nos
explica que pesa una carga moral en su contra: le negó ayuda a Matilde,
la última compañera del poeta, después de la muerte de éste, en un
momento sumamente álgido en la historia de Chile.
Hasta este punto, ambos casos no tendrían otras agravantes más que el
plagio. Sin embargo, la situación se agudiza al conocer que, por una
parte, la española Edaf obtuvo los derechos para publicar su Antología
Póstuma de Pablo Neruda de la agencia literaria Balcells. A pesar de esto y como buen profesional del periodismo, Mario Casasús no se sabe poseedor de la verdad, sino sólo un buscador de la misma, por tanto señala que se encuentra dispuesto a retractarse públicamente si su escrito presenta errores. En el tercero y último de los estudios, el periodista nos muestra las relaciones oscuras que se tejieron durante la dictadura de Pinochet y en las que los dirigentes de la Fundación Neruda están involucrados. El Nobel chileno había ideado una institución sin fines lucro y que su objetivo fuera el de difundir las letras, artes y ciencias, como un regalo más para el pueblo chileno. La fundación incumple con este primer aspecto al obtener ganancias por publicaciones y entradas al museo del poeta, entre otros. Por si fuera poco, al estar asentada ante la ley como “una persona jurídica de derecho privado”, la asociación no le rinde cuentas a nadie. Aunado a lo anterior, Juan Agustín Figueroa, presidente de la misma, ha sabido aprovechar su poder en la dirigencia de la Fundación Pablo Neruda para beneficio propio. Instauró a un consejo vitalicio en la organización y valiéndose de su cargo, exigió que se aplicara la ley antiterrorista -creada durante el régimen de Pinochet- contra dos indígenas mapuches que presuntamente habían dañado sus propiedades en el sur de Chile. Lo más grave de la presidencia de la fundación es la manera en que ha manejado el dinero, pues los recursos obtenidos se invirtieron en una de las empresas de Ricardo Claro, gran amigo de Juan Agustín Figueroa y acusado de apoyar la dictadura pinochetista. Con estas acciones, Figueroa y todos sus correligionarios profanan de manera grave el nombre, pensamiento y obra de Pablo Neruda. La pugna que ha emprendido este joven periodista en contra de los hombres del dinero que laceran la memoria del poeta y con ello, afectan a todo el pueblo latinoamericano, aún dará para varios textos que están por escribirse. Mario Casasús busca redimir el nombre del Nobel chileno que estos “cadáveres de la moda,/ pálidas lombrices del queso/ capitalistas” tanto han manchado al frente de la institución, y por eso mismo tiene la victoria asegurada, pues como el mismo Neruda señaló: “no sufras/ porque ganaremos/ ganaremos nosotros,/ los más sencillos,/ ganaremos,/ aunque tú no lo creas,/ ganaremos” / Azkintuwe * Gentileza La Jornada Morelos.
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