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Es indispensable para la vida recordar los grandes crímenes de la humanidad para así aprender a no repetirlos. Tenerlos en la Memoria. Hace pocos días se recordó en nuestro país el Holocausto del pueblo judío, y al acto concurrió el presidente de la Nación y habló; también hay que saludar el gesto que tuvo el Congreso Nacional al aprobar la ley por la cual se reconoce y recuerda el genocidio contra el pueblo armenio llevado a cabo por los turcos –muy buena la intervención de los legisladores y sus argumentos– y declarar el 24 de abril como “día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”. Por mi parte acompañaré en esta noche la marcha de las antorchas de la juventud armenia por las calles de Buenos Aires hasta la embajada turca como recordatorio pleno de dolor ante los miles de niños, mujeres y hombres armenios asesinados por la plebe política y armada otomana. Pero aquí cabe una pregunta: por qué jamás ningún gobierno argentino realizó un acto para recordar el genocidio de nuestros pueblos originarios realizados por los españoles, en América latina, y por los argentinos en el territorio argentino. Ah, no, de eso no se habla. Ni tampoco se habla de quienes se quedaron con la tierra, el hábitat de esos pueblos.
La vergonzosa realidad nuestra en
este aspecto lo demuestra: hace más de dos años, nuestra organización
Awka Liwen presentó un proyecto a la Legislatura porteña de trasladar de
su lugar tan céntrico a la estatua de Julio Argentino Roca, el monumento
más grande de Buenos Aires. Como en la Historia no hay que destruir
nada, recomendamos llevar ese monumento a la estancia La Larga, en
tierras bonaerenses, fruto de las sesenta y cinco mil hectáreas
regaladas a Roca por el gobierno después de la eliminación de los
pueblos originarios. Una especie de “coima” retrospectiva e
injustificada, ya que el señor general cobraba sueldo de general.
Proponemos llevar ese monumento a esa estancia, posesión actual de los
bisnietos de Alvear, ellos sí beneficiados por esa “campaña” de su
bisabuelo. Docentes, la palabra sabia, la palabra señera. No se los puede borrar del mapa o arrodillarlos a balazos. Y vuelvo a repetir: nadie sale a la calle estando satisfecho; siempre se sale a la calle cuando el ser humano se siente humillado. Los gendarmes también deben comenzar a tener su código de ética y negarse a represiones contra las manifestaciones populares que exigen derechos fundamentales. En Cutral-có, ese pueblo demostró lo que es el coraje de la verdad y corrió a la Gendarmería a pesar de las ametralladoras, cascos, escudos y botas de los gendarmes. Dos veces corrió el pueblo a los gendarmes y hoy, al entrar al pueblo, se lee el orgulloso cartel: “Cutralcó 2; Gendarmería 0”. Algo que va a quedar para la historia de esas latitudes. La memoria no se puede destruir.
La Gendarmería, en Río Gallegos, ha
pedido las llaves de las escuelas para que éstas no puedan ser ocupadas
por los maestros. Los gendarmes llegaron con sus bolsas de dormir y sus
mochilas y se acuartelaron nada menos que en las instalaciones de la
Sociedad Rural y los oficiales se dan cita en el restaurante de esa
institución y en el salón de reuniones. Todo un símbolo. Los vecinos
señalan que el movimiento de uniformados les hace recordar el conflicto
con Chile, por el Beagle. Y allá, en esas tierras del sur, Rosa
Nahuelquir sigue luchando por las tierras de sus ancestros en Santa
Rosa, en la estancia Leleque, que fue comprada por los Benetton,
empresarios italianos. Ella, Rosa, ha ocupado con seis familias las
tierras que le han pertenecido desde siempre. Lo han hecho con permiso
de la Justicia, pero ahora Benetton les ha prohibido hacer fuego para
alimentarse y darse calor en las temperaturas entre cinco y ocho grados
bajo cero, las actuales. A quien le vino a dar la orden “patronal”, Rosa
Nahuelquir le respondió con su habitual valentía: “Que venga aquí el
señor Benetton y vamos a ver si aguanta una noche con ocho grados bajo
cero”. Es que ya no va a ser tan fácil. * Escritor argentino. Gentileza www.pagina12.com.ar
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