Los niños
en la guerra

Los niños en la guerra

La guerra no respeta la vida de los niños. Cae una lluvia de granadas de mortero, las balas atraviesan las viviendas, el agua y las provisiones están cortadas. Tal vez sean los niños las víctimas más pequeñas de un conflicto armado, pero no por ello los más insignificantes. Intentar proteger a los niños en tales circunstancias representa una ingente tarea.
Un niño palestino es asesinado delante de las cámaras de la televisión francesa... Salió con su padre (ahora incapacitado) para comprar un auto... quedaron en medio de un tiroteo... A pesar que su padre gritó numerosas veces que no disparasen, el niño murió acribillado.

Desde comienzos de este siglo, se hacen muchos esfuerzos en el ámbito jurídico para proteger a los niños en tiempo de guerra. En los últimos decenios, los Gobiernos y las instituciones han hecho declaraciones, firmado convenios y promulgado otros textos jurídicos para garantizar los derechos de los niños en las peores circunstancias. El texto más reciente ratificado por la comunidad internacional, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, fue aprobada en Nueva York el mes de noviembre de 1989. 
Hay, sin embargo, una considerable discrepancia entre las minuciosas disposiciones elaboradas por los expertos y la vida diaria de los niños arrastrados por el torbellino de la guerra. La vulneración de los derechos de los niños por los combatientes parece ser directamente proporcional al número de leyes internacionales aprobadas para garantizar la seguridad de los niños. Los jefes militares asesinan a niños para conquistar el futuro, y el mundo hace la vista gorda. El colapso del orden social abre la puerta a la anarquía. La propensión de la sociedad, por pura negligencia, a tolerar esos comportamientos viola los principios refrendados por el derecho internacional desde sus comienzos. En realidad, nunca habían estado los niños tan poco protegidos. 
El problema ha alcanzado proporciones tan desastrosas que los llamamientos solicitando fondos para ayudar a los niños en tiempo de guerra no provocan mucho más que comentarios amables. Incluso las organizaciones cuya única finalidad es ayudar a las mujeres y a sus hijos, tienen grandes dificultades en cubrir sus operaciones. Hasta que no se ponga coto a la violencia asesina de los conflictos internos, zonales e internacionales, la supervivencia de los niños depende, en gran medida, de la capacidad de los instituciones humanitarias para asistirlos en el momento y con los medios oportunos.


Aunque las cifras no expresan adecuadamente el desgarro de la muerte y los sufrimientos en tiempo de guerra, nos ayudan a situar el problema de manera más objetiva. Por ejemplo, se calcula que, en los últimos diez años, han muerto millón y medio de niños en conflictos armados. En los últimos dos meses de 1992, un 75% de niños menores de cinco años murieron en algunas regiones de Somalia. El índice de mortalidad infantil entre la población que huye de conflictos es de 5 a 12 veces mayor que en su país natal. 

Dos niños palestinos desconsolados lloran la muerte de su padre...

Cuando crecen, los niños necesitan alimentos nutritivos específicos para su desarrollo físico y mental. Si no se les proporciona una alimentación adecuada y suficiente se vuelven muy pronto vulnerables. En las precarias condiciones de los campamentos de refugiados o de personas desplazadas, los niños son propensos a contraer infecciones. 
Así pues, son los niños, y no los adultos, los primeros que sufren los efectos del racionamiento o de las sanciones. Mueren de hambre si la ayuda no puede llegar por estar minadas las carreteras o porque el espacio aéreo está cerrado al tráfico civil. Lo que más les afecta es la escasez de material clínico en los hospitales y la suspensión de las campañas de vacunación en zonas asoladas por los combates. 
En tiempo de guerra, la malnutrición, el sarampión, las enfermedades diarreicas y las infecciones pulmonares pueden causar la muerte del 50% al 95% de los niños menores de cinco años. Estas cifras podrían reducirse mucho si se aplicaran medias sencillas y económicas para promover la higiene. 
Las minas también suponen un gran peligro para los niños, que pueden resultar heridos mientras juegan. Las cifras del hospital de Hargeisa (norte de Somalia) demuestran que casi tres cuartos de las víctimas de las minas son niños de entre cinco y quince años de edad. En ex Yugoslavia, dos niños, por lo menos, son hospitalizados diariamente con graves heridas causadas por explosiones de minas. La amputación marca de por vida, sus secuelas afectarán la capacidad de la víctima para desplazarse, trabajar y casarse, en otras palabras, vivir normalmente. 
Las consecuencias psicológicas de la guerra son más difíciles de medir pero no se pueden dejar de lado. El haber presenciado atrocidades cometidas contra parientes cercanos y escenas de saqueo, el haber tenido que huir y separarse de sus familiares puede causar cambios inmediatos o posteriores en el comportamiento psicosocial del niño. 

Sacado del folleto “Los niños y la guerra” del CICR


Conflictos olvidados:

Sierra Leona, un pobre país rico

Sierra Leona es un país africano poseedor de incalculables riquezas, sobre todo por sus diamantes, que se ha visto incrementada tras el reciente descubrimiento de petróleo en su subsuelo. Pero el 90% de su producción anual de diamantes desaparece de forma ilegal.

El control de las minas de diamantes permite a los guerrilleros del RUF adquirir armas para perpetuar su dominio. Después de la Guerra Fría millones de armas han sido distribuidas a precio de saldo por las grandes potencias. Estados Unidos regaló siete billones de dólares de armamento sobrante entre 1990-1995. ¿Se trata de evitar las sangrientas guerras, o de facilitarlas? 
Durante la última década el conflicto interno armado ha desgarrado Sierra Leona. Miles de personas han sido asesinadas, cientos de miles han quedado brutalmente mutiladas y más de medio millón se han convertido en refugiadas.

Muchacha joven cuyas manos fueron amputadas por el RUF.

Actualmente Sierra Leona es el país más pobre de la tierra, con una renta per cápita de 160 dólares (unos 168 €) anuales. Uno de cada tres niños muere antes de cumplir la edad escolar. Las armas nunca faltan -ya lo hemos visto-, y la práctica más extendida para infundir terror es la mutilación. Miles de niños son utilizados como soldados y guerreros, convertidos en máquinas de matar. Miles de niñas son secuestradas y utilizadas como esclavas sexuales; pocas de ellas sobreviven y las que lo hacen cargan con enfermedades y problemas psicológicos difíciles de mermar. 

La inestabilidad política en el país es mayor cada día que pasa. Sus habitantes temen posibles luchas como las que ya han sufrido. Existen campamentos en los que todos los componentes están mutilados. Emisarios del ejército escogieron como estrategia para implantar el terror el método de la mutilación. Comenzó a suceder a mediados de los 90. Mutilación a hombres, a mujeres, a niños, a bebés. Muchos de ellos murieron, otros viven con las secuelas que conlleva el haber perdido un brazo, una pierna, la lengua, una oreja. 

A veces son los propios niños los que protagonizan grandes masacres. Son instruidos para torturar o para matar, para obedecer ciegamente las órdenes dictadas por los superiores. Matan al enemigo, violan a niñas de su edad, arrancan manos a machetazos, queman campamentos.