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15 de Febrero |
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Más allá del sentimiento de emoción y alegría compartidas que ha supuesto la efervescencia colectiva vivida personalmente por decenas de millones de personas en tan diferentes puntos del planeta (yo lo pude comprobar en Buenos Aires, en donde me encontraba en ese momento y en cuya manifestación se produjo, como titulaba el diario Página12, "el milagro argentino de todos en una sola marcha"), la jornada del 15-F pasará a la historia no sólo como el primer Día Global Contra la Guerra sino también como el primer precedente de una movilización mundial contra una guerra antes de que ésta haya empezado. Por primera vez esa subjetividad común, extraordinariamente diversa y al mismo tiempo unida frente a un "enemigo" muy concreto -el imperialismo estadounidense y sus más fieles servidores, entre ellos los del "eje del mal" europeo Blair, Aznar y Berlusconi-, se constituye en protagonista alternativo dispuesto a impedir que estalle un conflicto bélico de cuyo desenlace va a depender nuestro futuro en los próximos decenios. Porque de eso se trata y sólo el hecho de que millones de ciudadanos y ciudadanas lo estén percibiendo como una verdadera encrucijada histórica explica su salida a la calle masiva en lo que para muchos de ellos ha podido ser su primera participación en una acción colectiva en la calle o su regreso a ella tras años de pasividad y resignación. Cambia así el uso del tiempo de la historia en un sentido opuesto al que caracteriza a este capitalismo de "alta velocidad". Porque si éste ha utilizado las nuevas tecnologías para ponerlas al servicio de un imperialismo dispuesto a moverse entre el casino, la estafa y los "bombardeos humanitarios", es ahora el movimiento contra la guerra y el neoliberalismo el que da un salto adelante reafirmando el eslogan que ya se oyó en Seattle: "sí, se puede", se puede resistir esas políticas, poner un freno a ese tren de la historia mal llamado "progreso" que ya denunciaba Walter Benjamin, y empezar a sentar las bases de otro mundo posible. Sólo en ese contexto se puede entender la reaparición de unas contradicciones interimperialistas que, si bien reflejan también intereses parcialmente diferentes, no estarían llegando hasta el punto en que se encuentran sin la emergencia y el reforzamiento de un movimiento que tiene su imaginario motor en las redes "madrugadoras" de Chiapas, Porto Alegre o Florencia. Si la lección de Vietnam fue que EEUU no fue capaz de soportar la guerra en dos frentes, ahora aparecen incluso tres frentes que complican todavía más los planes belicistas de Bush y Cía. Pero sabemos ya por la historia que la irracionalidad global que puede acarrear esta guerra no debe llevarnos a ignorar la "racionalidad parcial" (en el sentido weberiano) que hay detrás de los intereses dispuestos a desencadenarla para así consolidar un Imperio sin ley capaz de controlar una región estratégicamente clave para reforzar su dominio. Por eso nos encontramos en una carrera contra reloj (la "cuenta atrás" de la que nos hablan los medios) en la que debemos potenciar al máximo la imaginación de las gentes para tratar de evitar esta guerra y, en el caso de que empiece, para detenerla lo más pronto posible y obligar a retroceder a quienes quieren convertir este planeta en un "panóptico" global. "Los inspectores tienen tiempo hasta el 28 de febrero", dijo recientemente el "laborista-conservador" Tony Blair, refiriéndose a que en esa fecha las tropas USA estarían ya en condiciones de atacar. Pues bien, antes de ese día habrá que hacer todo lo posible para impedir que se derrame más sangre por petróleo. Artículo publicado en "Otra Realidad", 19-2-03 |