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Guerra más fría |
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La semana pasada, el gobierno de EE UU anunció que iba a desarrollar la maquinaria de guerra más grande de la historia. El gasto militar aumentará a 379.000 millones de dólares, de los cuales 50.000 millones se dedicarán a la "guerra contra el terrorismo".
Habrá financiación especial para desarrollar nuevas y refinadas armas de destrucción masiva y para "operaciones militares" (invasiones de otros países). De todas las noticias extraordinarias desde el 11 de septiembre, ésta es la más alarmante. Es hora de romper nuestro silencio. Es decir, ya es hora de que otros gobiernos rompan su silencio, especialmente el gobierno de Blair, cuya complicidad con la campaña estadounidense de devastación en Afganistán no desmiente precisamente que son perfectos conocedores de los verdaderos planes y ambiciones de la administración de Bush. La divulgación, por parte del Pentágono, de fotografías deliberadamente provocativas en las que se muestran prisioneros en la base de Guantánamo, en Cuba, tiene por objeto ocultar ese fracaso al público estadounidense, que está siendo condicionado, junto con todos nosotros, a aceptar vivir en pie de guerra permanente, en una paranoia similar a la que sostuvo y prolongó la Guerra Fría. La amenaza del "terrorismo" (basada en un poco de realidad y un mucho de invención) sustituye a la vieja "amenaza roja". Las similaridades son notables. En los Estados Unidos de los años 50, la "amenaza roja" se usó para justificar el crecimiento de la industria bélica, la suspensión de los derechos democráticos y el silenciamiento de los disidentes. Eso mismo está ocurriendo ahora. Sobre todo, el complejo industrial estadounidense cuenta con un nuevo enemigo para justificar su apetito insaciable por los fondos públicos. El nuevo presupuesto militar sería suficiente para eliminar todas las causas principales de pobreza en el mundo. El Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dice que le ha pedido al Pentágono que "imaginen lo inimaginable". El vicepresidente, Dick Cheney (la voz de Bush) ha dicho que Estados Unidos está considerando emprender acciones militares, o de otro tipo, contra "40 o 50 países", y advierte que la nueva guerra puede durar 50 años o más. Richard Perle, uno de los asesores de Bush, explica que "no habrá etapas". "Esta es una guerra total", dice. "Luchamos contra una diversidad de enemigos. Hay muchos sueltos por ahí... lo único que tenemos que hacer es dejar que se imponga nuestra visión del mundo, asumirla por completo --sin arreglos ni artilugios diplomáticos; simplemente emprender una guerra total-- y nuestros descendientes cantarán nuestras glorias en el futuro". Sus palabras evocan la obra profética de George Orwell, "1984". La sociedad representada en esta novela está dominada por tres consignas: "la guerra es paz", "la libertad es esclavitud" y la "ignorancia es fuerza". La consigna actual: "guerra contra el terrorismo" también invierte el significado. La guerra es terrorismo. Washington afirma que en ese país hay células terroristas de Al Qaeda. Es casi seguro que esto sea una pura falacia propagada por el dominante vecino de Somalia, Etiopía, para congraciarse con Washington. Lo que sí es cierto es que hay grandes yacimientos de petróleo junto a la costa de Somalia. Y para Estados Unidos hay también el atractivo adicional del ajuste de cuentas. En 1993, en los últimos días de la presidencia de George Bush sénior, 18 soldados estadounidenses perdieron la vida en Somalia a raíz de la invasión de los marines para --en sus palabras-- "restaurar la esperanza". Una reciente película de Hollywood, titulada "Black Hawk derribado", exalta y falsea este episodio. Pero no menciona que los invasores estadounidenses dejaron atrás los cadáveres de entre 7000 y 10.000 somalíes. Al igual que las víctimas de los bombardeos estadounidenses en Afganistán, Irak, Camboya, Vietnam y muchos otros países atacados, a los somalíes no se los considera personas, por lo que sus muertes carecen de valor político o mediático en Occidente. Cuando los heroicos marines de Bush júnior regresen a Somalia en sus helicópteros Black Hawk, cargados con su tecnología de guerra, en busca de "terroristas", sus víctimas serán, una vez más, personas sin nombre. Y luego esperaremos el estreno de "Black Hawk derribado II". Romper el silencio significa no permitir que la historia de nuestra época se escriba de esta forma, a base de mentiras y de sangre de personas inocentes. Para entender el embuste de lo que Blair, Straw y Hoon llaman el "extraordinario éxito" en Afganistán, lean la obra del autor de "Guerra total", un hombre llamado Zbigniew Brzezinski, que fue Asesor de Seguridad Nacional en la administración de Carter y sigue teniendo gran influencia en Washington. Brzezinski reveló hace poco que el 3 de julio de 1979 el Presidente Jimmy Carter autorizó en secreto (es decir, sin el conocimiento del público ni del Congreso estadounidenses) la asignación de 500 millones de dólares para crear un movimiento terrorista internacional que propagara el fundamentalismo islámico en Asia Central a fin de "desestabilizar" la Unión Soviética. La CIA dio al programa el nombre de Operación Ciclón, y en los años siguientes empleó 4000 millones de dólares en establecer escuelas de instrucción islámica en Paquistán ("talibán" significa estudiante). A otros los reclutaban en una escuela islámica de Brooklyn (Nueva York), desde donde se podían ver las Torres Gemelas. En Paquistán, la operación estaba dirigida por oficiales británicos del Servicio de Inteligencia Militar 6 (MI6) y la instrucción estaba a cargo de miembros del Servicio Especial del Aire (SAS). El resultado de la operación fue, en palabras de Brzezinski, "una buena cuadrilla de musulmanes enardecidos": los Talibán. En aquella época, a finales de los años 70, el objetivo de los estadounidenses era derrocar el primer gobierno laico y progresista en la historia de Afganistán, un gobierno que había otorgado igualdad de derechos a las mujeres, establecido programas de atención médica y alfabetización, e iniciado el desmantelamiento del sistema feudal. Cuando los Talibán tomaron el poder en 1996, colgaron de un poste en Kabul al presidente anterior. El Wall Street Journal declaró: "Los Talibán son el grupo más capacitado para conseguir la paz. Además, su papel fue esencial para lograr que el país esté disponible como ruta principal para el transporte en la exportación de las enormes reservas de petróleo, gas y otros recursos naturales de Asia Central." Ningún periódico estadounidense osa sugerir que los prisioneros de Guantánamo sean el resultado de estos programas, ni que éste sea uno de los factores que condujo a los atentados del 11 de septiembre. Tampoco se preguntan: ¿Quiénes fueron los verdaderos ganadores del 11 de septiembre? El primer día en que las bolsas de valores de Wall Street abrieron sus puertas tras la destrucción de las Torres Gemelas, las pocas compañías cuyas acciones se cotizaron al alza fueron Alliant Tech Systems, Northrop Gruman, Raytheon (contribuyente al Nuevo Laboralismo) y Lockheed Martin. En su calidad de abastecedor principal de las Fuerzas Armadas estadounidenses, el valor de las acciones de Lockheed Martin aumentó un asombroso 30%. Seis semanas después del 11 de septiembre, esta compañía (cuya planta principal se encuentra en Texas, el estado de George Bush) obtuvo el contrato militar más lucrativo de todos los tiempos: 200.000 millones de dólares para desarrollar un nuevo tipo de avión de combate. Pero el mayor tabú, que Orwell sin duda reconocería, son los antecedentes de Estados Unidos como estado terrorista y refugio de terroristas. Este hecho, prácticamente desconocido del público estadounidense, convierte en pura farsa las declaraciones de Bush (y de Blair) acerca de su intención de "buscar y capturar a los terroristas dondequiera que se encuentren". No tienen que buscar muy lejos. El estado de Florida, actualmente gobernado por el hermano del presidente, Jeb Bush, ha dado refugio a terroristas que, al igual que la cuadrilla del 11 de septiembre, secuestraron aviones y embarcaciones con pistolas y cuchillos. La mayoría de ellos nunca tuvo que defenderse de ningún tipo de cargos en su contra. ¿Por qué? Porque todos son cubanos anticastristas. El ex ministro de defensa de Guatemala, Gramajo Morales--acusado de "planear y dirigir una campaña indiscriminada de actos de terror contra civiles", entre ellos la tortura de una monja estadounidense y la matanza de ocho miembros de una familia--estudió en la Universidad de Harvard con una beca del gobierno de Estados Unidos. Durante los años 80, miles de personas murieron asesinadas por los escuadrones de la muerte vinculados con el ejército de El Salvador, cuyo jefe de entonces vive ahora cómodamente instalado en Florida. Al general Prosper Avril, ex dictador haitiano, le gustaba exhibir en la televisión los cuerpos ensangrentados de las víctimas de sus torturas. Cuando su régimen fue derrocado, el gobierno de Estados Unidos le procuró un vuelo de fuga a Florida y le concedió asilo político. Un miembro prominente del ejército chileno durante la dictadura de Pinochet, encargado especial de ejecuciones y torturas, vive actualmente en Miami. El general iraní que dirigía las célebres prisiones de su país, es hoy un rico exiliado en Estados Unidos. Lo que todos estos individuos tienen en común, aparte de su historial de terrorismo, es que o bien trabajaron directamente para el gobierno de Estados Unidos o llevaron a cabo el trabajo sucio de la política exterior estadounidense. Los campamentos de entrenamiento de Al Qaeda son meros jardines de infancia en comparación con la gran universidad mundial del terrorismo, ubicada en Fort Benning, en el estado de Georgia. Conocida hasta hace poco como Escuela de las Américas, entre sus diplomados se encuentran casi la mitad de los ministros de los regímenes genocidas de Guatemala, dos tercios de los oficiales del ejército de El Salvador que cometieron las peores atrocidades, según Naciones Unidas, en la guerra civil de ese país, y el jefe de la policía secreta de Pinochet, que dirigía los campos de concentración en Chile. Hay una terrible ironía en todo esto. La respuesta humana de la gente de todo el mundo a los ataques terroristas del 11 de septiembre, hace ya tiempo que ha sido secuestrada por los dirigentes de un estado poderoso y rapaz con un historial de terrorismo sin parangón. Su objetivo es la supremacía global, no la derrota del terrorismo. Hace falta estar políticamente ciego para no ver que es así. Un documento del Comando Espacial de Estados Unidos explica, con sorprendente franqueza, que el "ensanchamiento del abismo entre los 'ricos' y los 'desposeídos'" del mundo" presenta "nuevos retos" para la superpotencia mundial, retos a los que ésta sólo podrá responder con lo que llaman un "dominio total del espectro" (Full Spectrum Dominance) por tierra, mar, aire y espacio. |