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La ausencia de sesos |
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Javier Marías nos recuerda uno de los fundamentos de la justicia, la presunción de inocencia, y habla de la ilegitimidad de la guerra contra Irak. A menudo hablo aquí de la extrana confusión actual de conceptos que hasta hace poco estaban claros para la mayoría y se aceptaban y entendían sin dificultad ní problemas. Unos meses atrás hube de explicar por enésima vez, recuerdo, que la crítica a las opiniones de alguien no es un atentado a la libertad de expresión, como parecen creer cada vez más personas que pretenden decir lo que les plazca (a lo cual suelen tener derecho) y que ademas nadie les contradiga ni opine mal de sus opiniones (a lo cual no pueden nunca aspirar, y menos aún tener derecho). Lo único que hay que respetar es que las ideas se expresen, pero nada nos impide luego tacharlas de fanaticas, criminales o sencillamenee imbéciles, según los casos. Pero claro, quizá sea explicable que la confusión general vaya en aumento cuando resulta que individuos con poder, influencia, responsabilidad y mando (y vaya mando) son los primeros en exhibir sesos de corcho, o bien en tergiversar chapucera y deliberadamente conceptos para arrimar el ascua a su sardina, según el viejo y ya casi incomprensible dicho. No faltan en Europa políticos de cerebro impermeable o Falseador, como se quiera, y podría hacerse una antología de sofismas grotescos, premisas desfachatadas y corolarios prerracionales salidos de las bocas de gente como Berlusconi, Bossi, Blair, Aznar, Arzallus, lbarretxe, Haider y unos cuantos más que no abren las suyas tanto. Pero la palma se la llevan últimamente Bush Jr (ese hombre, se cuenta, incapaz de saber cual es su mano izquierda y cuál la derecha cuando las ve en el espejo) y sus asesores tan furibundos como multimillonarios como tardos: el Vicepresidente Cheney, el Fiscal Ceneral Ashcroft y el Secretario de defensa Rumsfeld. Hay que reconocer que este último ha soltado hace poco la frase mas idiota que se recuerda desde que empezo este siglo, y aunque no llevemos de él ni dos años, la competencia ha sido tremenda y lo que te rondaré, morena. Para defender sus ansias de bombardear Irak, aun sin pruebas concluyentes de que ese país haya acumulado armas de deseruccion masiva, ha proclamado esta genialidad: «La ausencia de pruebas no prueba la ausencia». Me he quedado con las ganas de saber si la segunda «ausencia» vuelve a ser «de pruebas» (lo cual sería genial al cubo) o si lo es tan sólo «de las armas» (lo cual ya es bastante genial en sí mismo). Hace falta ser mendrugo, y la frase movería a meras hìlarídad y befa si no fuera porque la ha dicho el segundo responsable mundial de las más feroces armas de destrucción masiva (que los Estados Unìdos las acumulan está fuera de toda duda), y porque, en su enrevesada sandez, confunde e induce a confundir conceptos. Y por desgracia hay hoy demasiada gente desacostumbrada a fjarse en lo que oye o lee, no digamos a examinar su veracidad o su sentido, y que ante la falaz parida del señor Rumsfeld podría pensar sin más: «Ah, pues es cierto». Veamos. «La ausencia de pruebas no prueba la ausencia», no importa de qué, en el fondo. Como mínimo, el bruto en cuestión, de haber sido medio inteligente o medío honrado, debería haber añadido que lo que desde luego y sobre todo no prueba la ausencia de pruebas es la existencia de lo que quiera que sea, armas o pruebas. Es de suponer que este cerebrito bélico quería decir que «aunque no tengamos pruebas, no es seguro que no las haya» (en el futuro, o en el limbo, o bajo el colchón de su antiguo amigo Sadam, habría que entender), o bien que «eso no descarta del todo la posible existencia de las armas». Bueno, a veces ocurre: uno sabe, pero carece de pruebas para demostrar a otros eso que sabe. Y si no las tiene, no le queda más remedio que fastidiarse, así es la justicia. Y menos mal que es así, porque lo que pretenden Rumsfeld y tanta gente en asuntos de menor peso, es justamente confundir conceptos e intentar que sean los acusados quienes aporten pruebas de su inocencia, lo cual no sólo va contra toda idea de verdadera justicia, sino que además es tarea imposible. Si a mí me acusan de haber matado anteayer a una anciana en el Retiro, y quien me acusa no está obligado a probar mì culpa, sino yo a demostrar mi inocencia, eso equivale a dar por buena cualquier acusacion gratuita (muy cómodo) y a exigírme a mí lo que no esta en mi mano. Porque así como puede y debe probarse que alguien ha hecho algo, nadie puede demostrar que no lo hizo, a menos que casualmente haya testigos de que a la hora del crimen uno estaba en Pernambuco. Esta confusión terrible es sin embargo frecuente, y es más, empieza a interiorizarse y asumirse la idea aberrante de que la inocencia sea demostrable, cuando lo unico que puede serlo es la culpa. Recuerdo como hace meses, cuando un par de mujeres famosas airearon las supuestas palizas que les propinaban sus ex-maridos, varios de esos periodistas de chismes, con seseras tan licuadas como la de Rumsfeld todos, espetaban una y otra vez en televisión a los dos machos: «A ver, demuéstranos que no la pegabas». Se trata de la misma necedad y de la misma falacia, ambas cosas. Porque lo que «la ausencia de pruebas» es seguro que jamás prueba, es la existencia de los delitos ni el fundamento de las acusaciones. Por favor, nunca se olvide. |