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| Miles de bombas, tres mil en las primeras horas del ataque aéreo según los generales estadounidenses, caerán sobre la inerme población de Bagdad. El corresponsal de BRECHA en la capital iraquí describe la vida cotidiana en una ciudad que se está preparando para la guerra. |
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Historias de Irak |
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El superviviente. "Nunca volveré a pisar un refugio antiaéreo ni jamás enviaré a mis hijos allí. Ya pueden bombardear todo lo que quieran. Yo me quedaré en mi casa." Khaled Mohamed me mira desde la profundidad de sus ojos, acuosos por las lágrimas que la memoria convoca junto a los recuerdos. Estamos sentados en una humilde sala de su casa, bebiendo una taza de té mientras sus hijos, una niña de cuatro años y un niño de año y medio, pululan a su alrededor y me miran con la desconfianza propia ante un extraño que habla una lengua extraña y viene de un país extraño. Hoy* es el aniversario del bombardeo del refugio de Al Ameriya, el suceso más dramático de la anterior Guerra del Golfo. En una fría madrugada de febrero de 1991 dos potentes bombas estadounidenses impactaron contra el refugio, en un barrio de Bagdad, en el que más de cuatrocientas personas dormían o intentaban hacerlo, creyéndose a salvo de los intensos bombardeos. La primera bomba, probablemente de las que los estrategas pervertidores del lenguaje llaman "inteligentes", abrió un boquete enorme en el techo de hormigón (concreto) estallando en el interior. La segunda, cuatro minutos más tarde, entró limpiamente y el efecto calorífico convirtió al refugio en un horno a una temperatura de centenares de grados centígrados. Cuatrocientas ocho personas murieron abrasadas, la mayoría completamente carbonizadas, con sus cuerpos irreconocibles. Todavía hoy, 12 años después, se pueden ver restos humanos pegados en el suelo del refugio, que el régimen iraquí ha convertido en una especie de memorial. Khaled Mohamed fue uno de los 14 supervivientes de aquella tragedia. Su madre y sus dos hermanos perecieron en el interior. Él mismo tiene dificultades para recordar cómo pudo salir del infierno. Sólo sabe que de repente se encontró lanzado a varios metros de donde se encontraba durmiendo. "Pensaba que estaba muerto, esa era la idea que tenía todo el tiempo, que estaba muerto." Recuerda que buena parte de su cuerpo era una masa amorfa cubierta de sangre y ampollas. Toda la cara estaba abrasada, los labios se le habían pegado por efecto de las quemaduras al igual que los párpados. No podía ver ni hablar, sólo escuchar algunos lamentos que le llegaban como del más allá, desde el mismo fondo de la pesadilla. A tientas pudo salir del refugio. Estuvo semanas en el hospital y recibió luego tratamiento en Alemania. Pero las cicatrices están ahí, indelebles, las visibles en su cuerpo, las invisibles en su alma. "Siempre había pensado estudiar alguna ingeniería, pero a partir de aquel día cambié de idea." Khaled Mohamed es hoy un joven médico de 28 años. Asegura que vive de milagro y quiere saldar esa cuenta con la vida ayudando a vivir a los otros. A las puertas de una nueva guerra Khaled Mohamed se pregunta por qué Estados Unidos quiere volver a bombardear Irak, y lo dice con rabia, con impotencia, con el dolor de un superviviente que a veces habría preferido haber muerto del todo y no sólo a medias.
LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS. Se inició la construcción el 28 de abril de 1998 y se finalizó, oficialmente, el 28 de abril de 2001. Un día señalado en el calendario iraquí por ser la fecha de nacimiento de Saddam Hussein. Su nombre es mezquita de Um al Maarek, "La madre de todas las batallas", el nombre que Saddam Hussein dio a su aventura kuwaití y la posterior guerra. La mezquita se encuentra en el barrio de Ghazalíe, a las afueras de Bagdad. Más que un templo para la oración y el encuentro íntimo con Alá parece un monumento al belicismo y el mal gusto. Sus cuatro minaretes o alminares simulan lanzaderas coronadas por sendos misiles Scud adornados con la bandera iraquí; aquellos viejos misiles soviéticos que Irak lanzó contra Israel durante esa guerra. Otras cuatro torres exteriores se asemejan a los cañones de los fusiles Kalashnikov, o al menos así lo interpretan algunos de los exégetas del suntuoso santuario. Todo el complejo se asienta sobre un lago artificial. Contemplado desde el aire, a vista de pájaro, su perfil se dibuja con el mismo trazo que el del conjunto de los países árabes, desde el noroeste de África hasta el Oriente Medio. Pero la joya de Um al Maarek la constituye el llamado Museo del Santo Corán. En una sala circular, protegidas por vitrinas, se exponen una a una las 114 suras o azoras (capítulos) del Corán. Con caligrafía grande y exquisita, realizada por uno de los calígrafos iraquíes más reputados, la tinta tiene un color pardo, relativamente oscuro. La razón, y esa es la gran sorpresa con la que el cicerone del museo quiere impresionar al periodista, es que no ha sido realizado con tinta propiamente dicha, sino con sangre. Con los litros de sangre que Saddam Hussein fue donando, según la versión oficial. En uno de mis viajes a Irak, en 1998, en el paso fronterizo con Jordania, único abierto entonces a los periodistas, se nos exigió hacernos una supuesta prueba del sida. Conmigo viajaba otro colega español. Nos hicieron pagar primero 50 dólares a cada uno y posteriormente pasar a otras dependencias, con alguien a quien llamaban "doctor", en un lugar inmundo y sucio. Colocaron los nombres de ambos en sendos tubos de ensayo y me hicieron sentar detrás de un biombo. Tras extraerme la sangre el "doctor" me pidió una "propina". Le menté la madre en español y aguardé a que pasara mi colega. Mi sorpresa fue descomunal cuando vi cómo vertían parte de mi sangre en el tubo de ensayo con el nombre de mi colega: él había pagado una "propina" por adelantado y evitó así el pinchazo. Obviamente jamás recibimos ningún informe ni nada parecido. Recordando aquella anécdota en la mezquita de Um al Maarek, pensé que quizás mi sangre había contribuido a llenar los tinteros utilizados en el glorioso Museo del Santo Corán. En otra zona de Bagdad, en el antiguo aeropuerto, se está construyendo una nueva mezquita. Su nombre es Gran Mezquita Saddam Hussein, y su diseño, según me han contado, va a ser prácticamente el mismo que el de Um al Maarek pero cinco veces más grande. De momento sólo hay en pie una serie de gigantescos pilares. Hay quienes piensan que en esta ocasión la megalomanía del presidente iraquí y de su régimen no se verá coronada con el éxito. Confío, en cualquier caso, que no lleve incorporado un nuevo museo del Corán. BAGDAD-STALINGRADO. Mi intérprete iraquí es un tipo taciturno, que no habla demasiado, pero que a veces se destapa con una sabiduría socarrona que no deja de sorprenderme para lo que es habitual en este país. Hace unos días me dijo, mientras conducía por Bagdad: "Fran, el ministro de Asuntos Exteriores, Naji Sabri, ha dicho que debemos hacer de nuestras fronteras y nuestros desiertos las tumbas de los invasores". Tras unos segundos de pausa valorativa, añadió: "¿Quién le ha dicho que van a venir por las fronteras?". Me quedé mirándole fijamente, él me miró muy serio y, de repente, rompimos los dos en una sonora carcajada. Mi intérprete estaba recogiendo en sus palabras lo que es un secreto a voces. Quizás lo único sorprendente es que me lo comentara con tanta normalidad y no poca hilaridad, dado que son asuntos de los que los iraquíes no se atreven a hablar en público. La campaña bélica que diseña Estados Unidos, en caso de que finalmente decida lanzar una guerra contra Irak, no se va a decidir en las fronteras. Lo que parece previsible es que tras varios días de intensos bombardeos, en los que se intente destruir infraestructuras y comunicaciones vitales para el régimen, se lance una masiva operación con tropas de elite aerotransportadas que se desplegarían en una especie de anillo en torno a Bagdad. Se aislaría así a la capital iraquí del resto de ciudades importantes; de Mosul en el norte, de Kut en el sureste, de Kerbala en el sur y más al sur Basora. Días antes de que mi intérprete soltara su comentario, una fuente de las que presumen de bien informadas me detallaba sobre un mapa de Irak lo que sería la lógica del ataque. Eso que podría incluirse entre "los secretos mejor guardados" no es sino una realidad que no se oculta a casi nadie. El régimen iraquí también lo sabe y prepara su defensa, o, lo que es lo mismo, la defensa de Bagdad. En caso de ataque, daría por perdido el resto del país y trataría de atrincherar a sus fuerzas en la capital. El viceprimer ministro iraquí, Tarek Aziz, aseguraba también hace unos días que si estadounidenses y británicos atacan, se encontrarán con un nuevo Stalingrado. Es difícil imaginarse ese escenario en una ciudad como Bagdad, abierta a los cuatro puntos cardinales, sin ningún tipo de defensa natural y con amplias avenidas. No parece la ciudad ideal para una defensa casa por casa como ocurrió con la ciudad soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Ni los tiempos son los mismos, ni la diferencia abismal de potencial bélico entre estadounidenses e iraquíes es comparable a la de alemanes y soviéticos de entonces. Lo que sí está claro es que Bagdad va a ser el escenario principal de la guerra, donde se va a dirimir, si no su suerte, al menos su duración. En otro momento, mi intérprete me lanzó otra de sus preguntas: "¿Fran, te imaginas a los soldados americanos caminando por esta avenida? Yo no". Pero no noté mucha convicción en sus palabras cuando se contestaba a sí mismo. Me puse a pensar entonces: y los soldados estadounidenses, ¿se imaginan ellos patrullando por las calles de Bagdad? ¿Alguien se los ha explicado? Desde Bagdad Exclusivo para BRECHA |