Los muertos son todos iguales

Ha pasado ya bastante tiempo desde el brutal atentado de Bali, en Indonesia; y un poco menos de la tragedia en la ópera de Moscou. No sabemos si cuando aparezca esta reflexión habrá alguna otra tragedia a la que extenderla. Pero cuando la rabia, el dolor y la ira se serenan un poco, es hora de reflexionar más profundamente ante el Misterio que nos envuelve, tanto si ese misterio tiene nombre creyente como si no lo tiene. Eso es lo que quisiéramos hacer en las líneas que siguen.

MEDITACION SOBRE ACONTECIMIENTOS DE LOS ULTIMOS MESES

1.- Lo primero que percibimos entonces es no sólo que la muerte de civiles inocentes es una forma de barbarie injustificable que ya no debería existir en nuestro mundo, si es que este mundo progresa como decimos. También constatamos que ese principio elemental no vale igualmente para todos los humanos. O que no todos los muertos son iguales. Si son blancos, rubios, prooccidentales, ocuparán páginas y días en los medios de comunicación. Sobre todo si se puede conseguir que a sus allegados se les quiebre la voz y lloren ante las cámaras: que no sé por qué a los humanos nos agrada tanto contemplar ese dolor que no nos interpela, porque ya no podemos evitarlo ni sanarlo.

2.- Comprendemos además que, en la sola elección de los temas y los espacios, los Medios de Comunicación tienen una gran responsabilidad de servir a la causa del hombre, o servir al dinero (es decir a más audiencia que significa anuncios más caros), y al señor de turno, (llámese Aznar o Pujol o Bush o Berlusconi...). Por ejemplo: no sé ya durante cuántos días fuimos reiterativamente informados del atentado de Bali. Pero sí sabemos qué poco informados fuimos de otros muertos: éstos eran afganos, morenos y musulmanes, claro.

3.- En la noche del 30 de junio durante la celebración de una boda en Kakrakai, provincia de Uruzgan, la aviación norteamericana bombardeó dejando más de 50 muertos y 200 heridos, casi todos mujeres y niños. Los primeros intentos de investigación de parte de Naciones Unidas acabaron siendo bloqueados por EEUU. Como explicó por fin el Financial Times (30.VII.02) “Estados Unidos es el principal proveedor de fondos de la ONU y tiene un derecho de veto en el consejo de seguridad sobre cuestiones como la de los cascos azules en Afganistán”.

De los prisioneros capturados en Kunduz (varios de ellos trasladados después a Guantánamo) muchos no llegaron ni al primer destino. Para llevarlos a la cárcel de Shibergan metieron lotes de 150 personas en contenedores metálicos, sin aire ni luz. Ante la queja de que allí no podían respirar, un soldado fue disparando a los contenedores “para abrir agujeros”. Cuando cinco días después se abrieron los contenedores “apareció un escurridizo remolino de orina, sangre, heces, vómitos y carne humana que es lo que quedaba de los ocupantes. “Los norteamericanos dijeron a los de Schibergan que sacaran de allí los cadáveres antes de que los filmaran por satélite”. Hoy el Pentágono niega que hubiera allí soldados norteamericanos, mientras los afganos afirman que sí los había y dirigían las operaciones. En cualquier caso, lo que sí hubo fueron muertos. No se sabe cuántos. El delegado de Amnistía Internacional Andrew McEntee sostuvo que aquello era un crimen contra la jurisdicción universal y contra las mismas leyes norteamericanas. Mientras tanto, el Congreso prepara leyes para que ningún soldado norteamericano tenga que enfrentarse a una persecución judicial en el exterior.

Las imágenes de niños argentinos muertos de desnutrición han sacudido infinidad de corazones. Pero sabemos de sobra que cada día mueren así miles de niños, aunque no veamos sus dramáticas fotografías. Si ante la terrible injusticia de nuestro mundo, nos movemos sólo por el refrán de “ojos que no ven corazón que no siente” ¿no estamos cayendo en el cinismo?.

4.- Ante datos como ésos, podríamos repetir parodiando el célebre sermón de Montesinos en Santo Domingo, delante de los conquistadores españoles: “¿Es que éstos no eran hombres?”. De todas esas barbaries no se nos informó tanto como de la barbarie de Bali. Lo cual acaba significando que no tuvieron existencia. Aquellos muertos afganos no debían ser de primera división, sino de categoría regional humana. Decididamente, no son iguales todos los muertos y ello a uno le da que pensar. Pues los derechos humanos sólo son tales cuando son derechos de todos, no cuando son privilegios para norteamericanos y falta de derechos para los no occidentales.

5.- Debe quedar muy claro que reclamar más respeto a unos no significa pedir menos respeto para los otros, como tienden a hacernos decir los simplismos mediáticos. Y esa falsa conclusión tiene una causa muy enraizada en nuestra psicología humana. Todos tendemos a pensar que cuando alguien es un criminal, sus víctimas son necesariamente inocentes. Pero no es así. Todavía no hemos aprendido que el crimen sigue siendo crimen aunque la víctima sea otro criminal. Que lo que no nos está permitido a los humanos es la venganza como respuesta, o el tomarse la justicia por la propia mano y en nombre de la propia sensación de ofensa. Pero esto no obsta para que muchos crímenes sean una reacción (injusta e inadmisible moralmente) ante una prepotencia y un avasallamiento previos. Los hombres seguimos guerreando con la convicción de que los crímenes de nuestros enemigos nos excusan a nosotros cuando, en realidad, muchas veces los crímenes de nuestros enemigos nos acusan también a nosotros. Y Occidente, mejor que cruzadas antiterroristas haría bien en emprender una cruzada contra su propio racismo latente, su propio expansionismo y su propio deseo de las riquezas de otros.

6.- Hablando desde una perspectiva bíblica, sería fácil evocar aquí al profeta Jeremías. Al final de su libro, Jeremías escribe unos oráculos muy duros contra el rey de Babilonia. Pero antes, a lo largo del libro, ha hecho que Dios hable varias veces de él como “mi siervo Nabucodonosor”, explicando así al pueblo y a sus jefes que la invasión de Nabucodonosor y la deportación de los israelitas a Babilonia eran consecuencia de su propia injusticia y su propia corrupción. Isaías (10,5ss) se atreve a decir que Dios envía a Asiria contra Israel. E importa mucho dejar bien claro que ni Isaías ni Jeremías eran “menos patriotas” o menos amantes de su pueblo que quienes les denigraban por esas palabras. Pero habían comprendido que no puede haber patria que no sea solar de la justicia (ver la corrupción que denuncia Isaías en 10, 1ss). Y hoy ambos profetas son más representativos y engrandecen más a su pueblo que todos aquellos  que les criticaron y persiguieron por esas palabras.

Desde esta perspectiva, preguntémonos qué pasaría hoy si algún profeta bíblico hablara, en nombre de Dios, de “mi siervo Bin Laden”, aunque luego le dijera también cuatro verdades al criminal saudí. Es fácil pensar la que se armaría. Ni aunque Jeremías nos diera como razón esos otros espléndidos versos de su colega y poeta Isaías: “el poderoso es como la estopa y su obra como la chispa. Los dos arderán juntos y no habrá quien los apague” (Isaías 1,31).

7.- Una de las razones que más influyen en esa inhumana doble valoración de los asesinados es el miedo. Estamos entrando en una cultura del miedo. La forma como suelen presentar las muertes los Medios de Comunicación nos induce a pensar ante unas que “esos muertos podríamos ser nosotros”; y ante otras que “esas muertes no me afectarán a mí”: aunque se trate no sólo de muertes de afganos sino de accidentes de tráfico o laborales (unos cinco muertos por día, no lo olvidemos). Ahora bien: el miedo puede ser (y está siendo) terriblemente manipulado. El ser humano nunca es más ciego que cuando tiene miedo. Y una cultura presa del pánico aceptará cualquier crueldad para librarse de él.

8.- Por eso conviene recordar aquí una de las verdades humanas más elementales y que nuestra ceguera más se niega a admitir. Sin justicia no puede haber tranquilidad. Al menos a la larga. Y por eso, en un mundo tan plagado de injusticia y de hambres y miserias injustas, deberíamos preguntarnos si no nos estamos pareciendo al enfermo de cáncer de pulmón, que sigue fumando, y alega que el tabaco no le hace nada. Es ley probada que la injusticia engendra miseria y diferencias. Éstas, engendran desesperación, indignación, envidia o sueños de paraísos futuros... Y éstos a su vez engendran amenazas en formas de sublevaciones, guerrillas, inseguridad ciudadana o terrorismos... La clase de cáncer varía, pero no la gravedad del diagnóstico. El virus se llamará hoy Bin Laden, como antes se llamó Che Guevara o Carlos Marx , o Mao o Farabundo Martí... Pero el efecto es prácticamente el mismo.

9.- El terrorismo y la inseguridad parecen ser hoy nuestro cáncer. Moralizarlos puede ser un juicio muy verdadero; pero es tan ineficaz como moralizar al cáncer. Pretender “acabar con ellos” es otro de nuestros engaños. Se puede acabar el terrorismo; pero no se puede acabar “con” el terrorismo. Sería como esa cirugía del cáncer tan conocida que, de momento, le deja a uno muy bien (aunque algo amputado); pero, sin que sepamos cómo, al cabo de unos años aparece una maldita metástasis en otro sitio. Reaparecen las brigadas rojas, rebrota algún loco suicida palestino. Pésimas noticias pero quizá no inesperadas. Naturalmente, la metástasis genera alarma, y la alarma nos obligará a renunciar a mil calidades de nuestra vida. Así, poco a poco, allá donde hay un cáncer social, las libertades democráticas que tanto costó conquistar, habrán de ser aparcadas hasta nuevo aviso. Quizás hasta nunca. Porque sin justicia no puede haber democracia.

Así pues –y siguiendo con la alegoría del cáncer- no son sólo los focos del terrorismo los que necesitan una intervención quirúrgica, sino todo el organismo mundial el que necesita una buena quimioterapia. Sin ésta, será inútil la otra.

Oímos decir que, para todo eso hay una solución muy clara que consiste en “el libre comercio”. Pero luego hemos visto que el Sr. Bush entiende el “libre” comercio como poner él aranceles hasta de un 35% para el acero que importa su país, y quitar todos los aranceles para las mercancías que exporta su país y que arrasan la agricultura de los países pobres. Y la UE no le va la zaga. No cabe negar que es una manera de acabar con la pobreza muy parecida a la del que quiere curar su cáncer de pulmón fumando más. Mientras tanto, siempre habrá algún país pobre que bombardear, y ello es otra manera de acabar con la pobreza: eliminar a los pobres.

10.-Hay además la sospecha de que todo ese miedo sirva a otros intereses. Estados Unidos depende enormemente del petróleo, y está calculado que en el 2020 necesitará importar no el 52 % sino el 66% de su petróleo, pasando de unos diez millones de barriles diarios a más de 16. Para ello necesita explotar el petróleo de los países que tienen los 2/3 del petróleo mundial y, al mismo tiempo, diversificar sus fuentes (evitando la dependencia de Arabia Saudí que ha acabado siendo, paradójicamente, la cuna casi todos los terroristas). En este contexto resulta sorprendente que G. Bush, ya  en su campaña electoral (antes por tanto de los atentados del 11S), hablara de la necesidad de tener unas fuerzas armadas “móviles, mortíferas y fáciles de desplegar con un mínimo apoyo logístico”.

La sospecha que sugieren estos datos no es absurda y, en todo caso, es Estados Unidos quien estaría obligado a desmentirla con hechos, y no simplemente con palabras. Puestos a pensar mal, la sospecha se aumentaría con lo que está ocurriendo en Venezuela donde (más allá de la competencia o incompetencia de Chavez, y de los argumentos de sus partidarios de que nunca ha habido en Venezuela tanta libertad de expresión y cárceles tan vacías de presos políticos), nadie dice que todas las protestas contra el gobierno han brotado contra el deseo de racionalizar y acabar con la corrupción en PDVSA [Petróleos de Venezuela] que, a cambio de enormes sueldos para un grupo de privilegiados, estaba dilapidando una riqueza de todo el país.

Quizá pues la pregunta de nuestra hora es si, a pesar de todo, los ciudadanos del primer mundo preferimos “seguir bailando sobre la cubierta del Titanic”, mientras otros cuidan de nosotros. En fin de cuentas, como el Titanic va despacio es posible que los que se peguen el trompazo ya no seamos nosotros. Y a nosotros “que nos quiten lo bailao”. Pero cuando uno ve los rostros alegres y confiados de esos niños, hijos nuestros, que no sospechan el mundo roto que podemos dejarles, siente uno que esa actitud de “seguir bailando sobre la cubierta del Titanic” merecería también el nombre de cinismo.

[N.B.- Cuando salga esta nota ya habrá habido otros muertos inútiles que exigirían actualizar sus datos. Pero, por desgracia, su tesis seguirá siendo válida. Así somos. Y por eso está siempre tan amenazada la convivencia humana].