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Un procónsul para el petróleo |
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Paso a paso se va perfilando la estrategia estadounidense en relación con Irak. La Cámara de Representantes y el Senado han aprobado una resolución que autoriza al presidente Bush a emplear la fuerza para deponer a Sadam Husein. La resolución recurre a ciertos vericuetos lingüísticos, pero su interpretación común, que es la que importa, es que Bush podrá atacar a Irak cuando le venga en gana, sin esperar nuevas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Conviene advertir que esa autorización da luz verde al ataque dentro del marco de la política interior de EEUU, pero constituye una flagrante violación de la Carta de Naciones Unidas. Ésta solo autoriza el uso individual de la fuerza por los estados miembros "en caso de ataque armado [...] hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales" (Art. 51). Previamente la citada Carta establece que los miembros de la ONU "se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado" (Art. 2-3).
Conviene partir de estas premisas para recordar lo que es o no tolerable en el Derecho Internacional, de acuerdo con los propósitos y principios de la Organización. El discurso oficial de la Casa Blanca y del Pentágono se mueve en parámetros muy distintos, cuando no opuestos, lo que es preciso tener en cuenta. Ignorando las enormes diferencias entre el Japón de 1945 y el Irak de 2002 (la japonesa era una sociedad muy homogénea y cohesionada y la iraquí no lo es tanto), parece como si Washington deseara resucitar la "fórmula Mac Arthur" para el Irak post Sadam. El portavoz oficial de la Casa Blanca lo ha anunciado así: "La finalidad de los ejércitos no ha cambiado: combatir y ganar las guerras. Pero después, cuando concluye el enfrentamiento militar, el problema consiste en asegurar que el país siga unido y estable, y que la región conserve su estabilidad. EEUU no rehuirá esta misión". En vista de eso, la Casa Blanca y el Pentágono imaginan, de común acuerdo, un Gobierno militar de ocupación, que rija los destinos de Irak durante algunos años. El general Thomas Franks, del que se ignoran todas sus cualidades políticas, parece destinado a asumir esta nueva misión. Puede darse por seguro que, como comandante en jefe de las fuerzas dirigidas contra Bagdad, llevará a cabo con éxito la parte militar de la operación. No le faltarán medios ni recursos, y el enemigo que puede enfrentársele es ínfimo en cantidad y calidad, en comparación con el potencial militar que EEUU puede desplegar en la zona. Pero pretender gobernar el mosaico étnico, religioso y político que es hoy Irak constituye una tarea muy distinta, y mucho más difícil, que conducir victoriosamente a un ejército en operaciones. Hay abundantes indicios que apuntan a que esa estabilidad de la zona, que tanto preocupa a la Casa Blanca, tiene un fuerte olor a petróleo. Las multinacionales petrolíferas estadounidenses han apuntado ya hacia esta región las antenas de sus radares -mucho más sensibles que las de los instrumentos militares- y sobre ese Oriente Próximo que nada sobre un mar subterráneo del anhelado crudo se van a dirimir intereses de muy alta tensión para EEUU. Pero también hay que tener en cuenta que esos 80.000 o 100.000 soldados de EEUU que, según las previsiones, habrán de quedar permanentemente desplegados en Irak durante algunos años pueden ser la mecha que haga explotar el barril político de pólvora en que se ha convertido esa crítica franja geopolítica que se extiende entre los mares Mediterráneo, Caspio y Arábigo. Pólvora y petróleo muy adecuados para generar una mezcla de alto poder destructivo cuyos efectos se hagan sentir en todo el mundo. |