MUERTO DE DOLOR, DE VERGÜENZA, DE ASCO
Por Lemuel

1. Aunque no sea, desde luego, el intelectual hispano del siglo XX que yo más admire, Unamuno siempre me ha resultado un autor muy atractivo. Me gusta de él sobre todo la capacidad para la negación y la denuncia, para estar siempre, como él mismo decía, “contra esto y aquello”. De Unamuno --a cuya paradójica religiosidad de obsesivo y agónico increyente debo mi temprano ateísmo-- siempre recuerdo aquel fogoso pasaje prologal de la “Vida de don Quijote y Sancho”:

¿Tropezáis con uno que miente? Gritadle a la cara: ‘Mentira!’, ¡y adelante! ¿Tropezáis con uno que roba? Gritadle: ‘¡Ladrón!’, ¡y adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta? Gritadles: ‘¡Estúpidos!’, ¡y adelante! ¡Adelante siempre!

Claro que luego el gran pensador incurría en despropósitos e incongruencias de tal envergadura que él mismo, como hombre honestísimo que era, se veía enseguida en la necesidad de desdecirse y rectificar.

Si don Miguel dijo a algo NO de manera invariable durante toda su vida fue a la muerte, a su ineluctabilidad. Como dijo Machado, Unamuno sacaba de la angustia ante la muerte un consuelo de rebeldía de innegable valor ético. En la estela filosófica de Kierkegaard, y siendo heideggeriano antes del propio Heidegger, el vasco se distinguió siempre del alemán porque donde este pone un sí resignado, don Miguel pone --dice Machado— “un no casi blasfematorio ante la idea de una muerte que reconoce, no obstante, como inevitable”. En tal sentido, fue el más antisenequista de los pensadores hispanos.

2. Un hombre que de tal agónica manera luchaba contra la muerte no podía sino declararse enemigo acérrimo del fascismo franquista (fajismo lo llamaba él), esa apoteosis de la necrofilia y de las hueseras. Y ello pese al desnortado apoyo que prestó inicialmente a los facciosos. Al producirse la sublevación teocrático-castrense del 18 de julio del 36, Unamuno se adhiere en efecto de inmediato a ella, creyendo despistadamente, como ha señalado Reig Tapia, que se trataba de una intentona más o menos regeneracionista de la República, de un movimiento tendente a “sanar” al país de corruptelas, atrasos e ignorancias. Fue desde luego aquella una muestra bastante deprimente de la muy escasa lucidez política del ilustre pensador.

Pero, solo tres semanas después, don Miguel se da cuenta de su terrible error. El 10 de agosto, en carta a un socialista belga amigo suyo (reproducida en el excelente estudio de Luciano González Egido titulado “Agonizar en Salamanca”), confesaba: “He llorado porque una tragedia ha caído sobre mi patria. (...) Y yo, que creía trabajar para el bien de mi pueblo, yo también soy responsable de esta catástrofe. (...) Sé que han hablado de mí en los periódicos de su país y algunos me han juzgado muy severamente. (...) No me abochorna confesar que me he equivocado...

Así pues, al comprobar la esencia sanguinaria y bestial del fajismo, tras el asesinato de Lorca y los hechos terroríficos de Badajoz (acerca de los cuales es difícil saber qué noticia tenía el catedrático en Salamanca), don Miguel rectifica con su acostumbrada honradez, y el 12 de octubre grita a voz en cuello en la cara de los verdugos aquel exaltante y clamoroso NO que ha pasado a la historia universal de la dignidad intelectual. Resultó admirable, una vez más, la capacidad de Unamuno para rectificar, así como su enorme valentía. Coinciden, en efecto, los mejores estudiosos en señalar que, si el vasco se libró entonces de ser eliminado físicamente, ello se debió al tremendo escándalo internacional que el hecho habría suscitado. De modo que el fajismo hubo de limitarse a privar a don Miguel de su cátedra (por disposición personal del recién nombrado “Generalísimo”, F. Franco), a montar una histérica campaña denigratoria contra él, a someterle a constante vigilancia policiaca y a recluirle de por vida en su domicilio.

Resulta por cierto curioso constatar que hasta los primeros días de diciembre del 36, y a pesar de todos los pesares, don Miguel sigue exculpando de casi todo a Francisco Franco, y atribuyendo únicamente la barbarie fajista a los joseantonianos y al mulo Mola. La fe de este hombre en el criminalísimo eunucoide gallego se prolongaría casi hasta el final. ¡Otra deprimente muestra de su escasa lucidez política!

3. En diciembre, último mes de su vida, Unamuno envía dos cartas (“escribo desde una cárcel disfrazada, que tal es hoy mi casa”) a su amigo bilbaíno Quintín de Torre.

En la primera, fechada el día 1, puede leerse: “Es este un estúpido régimen de terror. Aquí mismo [en Salamanca] se fusila sin formación de proceso y sin justificación alguna. A alguno porque dicen que es masón, que ya no sé qué es esto ni lo saben los bestias que fusilan por ello. Y es que nada hay peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la de sacristía. Y luego la lepra espiritual de España, el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia (...) La reacción que se prepara, la dictadura que se avecina, presiento que pese a las buenas intenciones de algunos caudillos [¡don Miguel sigue confiando en el sapo iscariote y ladrón!], va a ser algo tan malo, acaso peor. Desde luego, como en Italia, la muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del Hombre...

La segunda carta, y último documento conservado de este vasco admirable, está fechada doce días después, y revela un avance muy notable de sus ideas acerca de la realidad política del momento. Como diría Blas de Otero, la carta es una especie de redoble de conciencia. Escribe en efecto en ella don Miguel: “... En cuanto a eso de que los rojos –color de sangre—hayan sacado los ojos y el corazón y cortado las manos a unos pobres chicos que cogieron, no se lo creo. (...) Lo atribuyo, viniendo en carta abierta y censurada, a la propaganda de exageraciones y hasta de mentiras que los blancos –color de pus—están acumulando... Aquí [en Salamanca] (...) hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. (...) También fusilan sin juicio alguno. (...) Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de universidad (...) Últimamente, al pastor protestante de aquí, por ser... masón. A mí no me han asesinado todavía esas bestias al servicio del monstruo (...) ¡Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco! (...) Esto es militarización africana pagano-imperialista. (...) Vencerán pero no convencerán. (...) ¡Pobre España!

4. Nada más conocer la inesperada muerte de su amigo y maestro, producida el último día de 1936, don Antonio Machado, transido de dolor, escribe: “Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.”

Y un escrito colectivo de marzo del 37 referente al caso del desvergonzadísimo doctor don Gregorio Marañón (documento firmado así mismo por Machado, además de por Jacinto Benavente, Victorio Macho, José F. Montesinos, León Felipe, T. Navarro Tomás y otros) acaba diciendo: “...Y si su conciencia de español [la de Marañón] está en carne viva, si la tragedia de su patria le lleva transido y angustiado hacia la España de Franco, en esas mismas tierras podrá encontrar un caso ejemplar al que atener su conducta: el de Unamuno, muerto de dolor, de vergüenza, de asco, en la atmósfera irrespirable, asfixiante de la Salamanca fascista.

Lemuel