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La
junta de gobierno que derrocó a Lemus tuvo una existencia efímera debido a que sus promesas
de una democracia más participativa y de una mejor
distribución de la riqueza parecieron a los militares
más conservadores, y a la clase dominante en general,
demasiado peligrosas, especialmente después del triunfo
de la Revolución Cubana.
En 1.961, la Junta fué derrocada por un nuevo golpe
de estado y, en su lugar, se instauró un Directorio
Cívico-Militar liderado por el coronel Julio Adalberto
Rivera. Este reestructura el PRUD bajo
el nuevo nombre de Partido de Conciliación Nacional
(PCN) y convoca elecciones en las que es el único
candidato, resulta obviamente elegido Presidente de la República.
En 1.967, con el fin del mandato presidencial del coronel
Rivera, se convocan nuevas elecciones. La participación
esta vez de la oposición no impide, como puede imaginarse,
que de nuevo resulte ganador el candidato del PCN, general
Fidel Sánchez Hernández.
La relativa bonanza económica que vivió el
país durante estos dos periodos presidenciales hizo
posible a los militares ejercer su dominación sobre
la sociedad civil sin mayores niveles de represión,
ya que podían satisfacerse las demandas económicas
de los sectores populares urbanos.
A pesar de ello, en 1.967 y 1.968 estallan dos importantes
huelgas impulsadas por la Asociación Nacional de
Educadores Salvadoreños (ANDES).
En ese marco político, el impacto producido por la
revolución cubana y el temor a su difusión
por el continente americano, hizo que los EE.UU. revisaran
su política latinoamericana. El gobierno de Kennedy
juzgó que el atraso económico-social de los
países de América Latina era tan peligroso
como una eventual intervención cubana o soviética.
De aquí los tres elementos claves de la política
de Kennedy para América Latina:
1. el reformismo socio-económico modernizante de
la Alianza para el Progreso.
2. el fomento de la democracia política.
3. la ayuda militar para la seguridad interna de los estados.
A
lo largo de la década de los sesenta, la democracia
política y el reformismo fracasaron. En cambio, la
ayuda militar se incrementó, especialmente una vez
que los gobiernos de Lyndon B. Johnson
y Richard Nixon se liberaron de los escrúpulos
democráticos kennedianos.
En estos años, el comandante en jefe del Comando
Sur de los Estados Unidos en Panamá, fue encargado
de las operaciones militares norteamericanas en América
Latina. Se modificó el tipo de equipamiento militar
suministrado a los gobiernos latinoamericanos, enfatizando
las armas ligeras y los equipos móviles adecuados
para la lucha antiguerrilla, se incrementó el número
de militares latinoamericanos entrenados en los Estados
Unidos en operaciones de contra-insurgencia, se formaron
fuerzas especializadas para este propósito y, finalmente,
se crearon programas de acción cívico-militar.
En
Centroamérica, los países de la región
constituyeron el CONDECA (Consejo de Defensa Centroamericana),
el cual fue incorporado al sistema de defensa norteamericano
en 1.965. Este promovió la homogeneización
de la organización, entrenamiento, armas y equipo
de las fuerzas armadas centro-americanas y la realización
de maniobras militares conjuntas.
Todo este esfuerzo, en países donde los militares
ocuparon el gobierno, no dejó de tener consecuencias
para las posibilidades reformistas y democráticas
de los militares centroamericanos. La indoctrinación
política, por parte de Estados Unidos, a los ejércitos
centroamericanos contribuyó a incrementar su temor
ante los grupos políticos que abogaban por reformas
sociales y democracia real.
El énfasis en la propaganda anticomunista sirvió
solamente para reforzar y promover el conservadurismo a
la vez que inspiraba una creciente desconfianza a todo tipo
de reformismo o democratización real de las estructuras
políticas.
El aspecto de la propaganda política del entrenamiento
del Comando Sur aumentó, además, la tendencia
de los oficiales militares centroamericanos a justificar
el uso de la represión militar con el pretexto de
frenar el comunismo.
En El Salvador, a partir de 1.961, y con ocasión
de las grandes huelgas civiles contra el régimen
militar de Lemus, se inició el establecimiento de
un aparato de seguridad superpuesto al ejército,
así como el de un efectivo sistema de información
(inteligencia) con capacidad operativa nacional.
Este fue el punto de partida del desarrollo de fuerzas paramilitares
y de un sistema nacional de información e inteligencia,
de la creación de escuadrones de la muerte y de la
militarización de la sociedad global.
ORDEN (organización Democrática Nacionalista)
fue el instrumento del ejército salvadoreño
para recoger la información imprescindible para los
servicios de inteligencia, a la vez que actuaba como fuerza
operativa para los trabajos sucios de contra insurgencia
y como base social para el reclutamiento inmediato.
Después de 1.967, su existencia y funcionamiento
se hicieron públicos y sirvieron como base de apoyo
electoral para el PCN, el cual, como hemos visto, "gana"
todas las elecciones desde 1.962.
La importancia de ORDEN reside en haber sido una organización
compuesta por campesinos y asalariados agrícolas,
quienes se encargaban de la represión en su propio
medio. En 1.967, esta estructura paramilitar llegó
a movilizar a más de cien mil personas.
A partir de la elección de Sánchez
Hernández, el Presidente de la República
pasó a ser su jefe máximo.
La estructura contrainsurgente en El Salvador quedó
completada después de 1.965, cuando todas las fuerzas
militares, paramilitares y otros servicios anexos, quedaron
atados en un único sistema de información:
ANSESAL (Agencia Nacional de Seguridad). Un informe de 1.983
indica que uno de cada cincuenta salvadoreños era
informante de ANSESAL.
Su estructura está formada por altos mandos militares
responsables directamente ante el Presidente de la República,
y funciona como el cerebro de una red de seguridad que abarca
todo el país, proporciona información y ordena
el funcionamiento de los escuadrones de la muerte.
Por otra parte, a partir de 1.962, la economía salvadoreña
entra en una etapa de franco desarrollo de las exportaciones
de café, algodón y caña de azúcar.
De esta manera, la coyuntura favorable de los precios de
los productos primarios en el mercado mundial, permite a
las clases dominantes y al Estado la captación de
un mayor excedente económico susceptible de financiar
la continuidad del modelo de desarrollo capitalista, auspiciado
por la fracción más "modernizante"
de la burguesía, modelo que los sucesos de 1.960
y 1.961 habían puesto en peligro.
El auge de las exportaciones, junto a la puesta en marcha
de la estrategia contrainsurgente de la "Alianza para
el Progreso", produjo en el interior del país
una especie de "boom" económico que alcanzó
a sectores medios y populares del área urbana. Esta
situación permitió poner en práctica
algunas medidas de corte populista abriendo a la vez algunos
espacios políticos para la oposición.
Fue precisamente en esta etapa cuando se legalizó
el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y se adoptó
la representación proporcional de los municipios
en la Asamblea Legislativa, permitiéndose incluso
la participación encubierta y restringida del Partido
Comunista salvadoreño por medio del PAR (Partido
de Acción Renovadora) en el proceso electoral de
1.967.
Una característica sobresaliente de este periodo
la constituye el hecho de que los grupos económicos
dominantes ejercen un control limitado del Estado, prefiriendo
actuar a la sombra de la reorganización del sistema
bancario y fortaleciendo sus inversiones en la industria
y el comercio en el marco de un proceso de integración
económica centroamericana.
Este auge de la economía finaliza en 1.969, año
en el cual se unen dos hechos de enorme trascendencia económica
y política: los precios del café declinan
abruptamente y se rompe el esquema de integración
económica centroamericana a raíz de las disputas
entre las burguesías industriales de Honduras y El
Salvador, hecho que culmina con la llamada Guerra de las
Cien Horas o, irónicamente, Guerra del Fútbol,
así llamada por haber estallado tras los incidentes
producidos a raíz de un discutida decisión
arbitral en un partido de la tercera ronda de clasificación
para la Copa del Mundo.
A pesar de su brevedad, el conflicto fue serio, produciendo
más de cinco mil muertos, decenas de miles de heridos
y refugiados y la destrucción de la principal refinería
de petróleo de El Salvador.
Por otra parte, la guerra fue un golpe inesperado para el
CONDECA. Honduras se distanció de la organización
regional, mientras que El Salvador se vinculó más
estrechamente a ella. La reacción norteamericana
ante el fracaso del CONDECA fueron los tratados bilaterales
con cada país centroamericano.
Durante este periodo, la doctrina Nixon, inspirada en el
informe Rockefeller, fomentó el desarrollo de la
capacidad militar de los ejércitos nacionales para
luchar contra el comunismo, de modo que se pudiera evitar,
dentro de lo posible, la intervención directa norteamericana,
absolutamente impopular tras el fracaso de Vietnam.
En consecuencia, no sólo se reconoció a los
regímenes militares como gobernantes legítimos,
sino que incluso se fomentó el gobierno militar por
encima del civil democrático, siempre que el primero
fuera más ventajoso que el segundo para los intereses
norteamericanos.
De todo ello se puede concluir que la ruptura de la "comunidad
de seguridad centroamericana" producida por la guerra
entre El Salvador y Honduras, el incremento de la actividad
armada de grupos guerrilleros y el crecimiento de la protesta
popular, dieron base a las fuerzas armadas para su fortalecimiento
militar en varios países de la región, entre
ellos en El Salvador. En este periodo, las fuerzas armadas
se convirtieron en el eje articulador del sistema político,
responsable de la seguridad y del orden interno, redefinido
teórica y técnicamente para la contrainsurgencia,
oscilando ente su voluntad bonapartista y su fatalidad pretoriana.
El final de esta etapa de auge económico significó,
además, el fin de la línea populista de los
Gobiernos militares en El Salvador y el cierre de los limitados
espacios políticos existentes hasta entonces.
A
partir de 1.969, da inicio una etapa de autoritarismo y
de represión del movimiento social que alcanza su
máxima expresión en el fraude electoral en
El Salvador.
En esa ocasión, los militares le roban declaradamente
el triunfo al candidato de la oposición José
Napoleón Duarte, del Partido Demócrata
Cristiano, quien se había presentado a la contienda
como líder de una coalición de partidos de
centro-izquierda e izquierda, la Unión Nacional Opositora
(UNO).

Jose Napoleon
Duarte
El
flamante candidato "electo" del PCN, el coronel
Arturo Armando Molina, anuncia inmediatamente su voluntad
de iniciar un proceso de reforma agraria tendiente a modernizar
el capitalismo salvadoreño y a neutralizar las demandas
de la oposición política. Sin embargo, estas
pías intenciones son vetadas por la fracción
agraria de la burguesía salvadoreña y los
militares optan en adelante por abandonar el reformismo
populista como doctrina y, en su lugar, asumen la Doctrina
de la Seguridad Nacional como ideología oficial.
En nombre de esta doctrina se persigue cada vez con mayor
intensidad a la oposición política y se fortalecen
los mecanismos represivos del Estado, generando un creciente
malestar social que se traduce en mayores grados de organización
y movilización.
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